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Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, Zelensky

Guerra de impacto y desgaste

Con una economía que se mantiene a flote solo gracias a las concesiones, subvenciones, préstamos y subsidios que ofrecen sus aliados extranjeros y las instituciones económicas supranacionales -que están flexibilizando las normas para seguir financiando un país que no será capaz de devolver lo que está recibiendo-, Ucrania se permite jactarse de las dificultades rusas. “La pregunta de si Ucrania puede, a través de esfuerzos diplomáticos u otros, impedir los suministros de combustible a Rusia desde países neutrales suena como una broma histórica. Un país como Rusia, cuya economía siempre se ha centrado en exportar sus propios recursos energéticos, ahora está desesperado por encontrar combustible en alguna parte y de alguna manera aumentar su capacidad para importar combustible. ¿Entonces Ucrania ha impedido esto ya? Ucrania ya lo ha hecho; ya lo hemos hecho. Creo que, si Yeltsin hubiera sabido que más de 20 años después Rusia, en lugar de exportar recursos energéticos, estaría importándolos porque había decidido de manera insensata desatar una guerra, Yeltsin habría elegido un sucesor diferente”, escribió Zelensky el viernes exagerando ampliamente las dificultades económicas rusas y obviando las propias.

Hace unos días, Volodymyr Zelensky ponía su cara más seria y compungida para advertir a sus aliados de la necesidad de conseguir un rápido final de la guerra. Acortar la guerra es la oferta que Ucrania realiza, no a su enemigo, sino a sus aliados, a los que alerta de las contrapartidas de no lograr el objetivo. Si los países europeos no aportan a Ucrania las armas que necesita, y con las que afirma que sería capaz de derrotar a Rusia según un plan ya establecido, el invierno será aún más complicado que el anterior. En caso de no haber logrado un alto el fuego -que Zelensky equipara a la paz pese a que situaciones como la de Oriente Medio o los siete años de Minsk recuerdan que conseguir un acuerdo político es mucho más difícil que obtener un acuerdo parcial de cese del fuego-, Ucrania no solo precisaría de armamento ofensivo y defensivo, financiación para pagar los sueldos y salarios de empleados civiles y militares y pensiones y prestaciones sociales, mantenimiento de infraestructuras y otros gastos propios de un Estado, sino que necesitaría gas, petróleo, generadores, ayuda humanitaria, etc. En otras palabras, Zelensky utiliza el argumento económico -el próximo invierno será más caro para vosotros- para convencer a sus aliados de que aumenten masivamente el envío de armas para conseguir obligar a Rusia a lo que Ucrania llama la paz.

El presidente ucraniano no se refiere a buscar la paz por medio del diálogo y sobre la base de la realidad sobre el terreno ni, por supuesto, teniendo en cuenta la voluntad de la población de determinados territorios. Como ha dejado claro Kirilo Budanov estos días, una oferta política -devolver a la lengua rusa el estatus de segunda lengua oficial en el territorio- no va a devolver a Ucrania el control de Crimea. “Hemos ido demasiado lejos para que importen los compromisos legislativos”, afirmó el exjefe de la inteligencia militar y ahora jefe de la Oficina del Presidente, es decir mano derecha de Volodymyr Zelensky.

La estrategia ucraniana para recuperar Crimea es tratar de imponer un cerco terrestre y marítimo que haga de la península una isla. Ucrania busca degradar las conexiones ferroviarias a través del corredor terrestre, amenazar el puente de Kerch y ataca sistemáticamente los buques que navegan por el mar de Azov. Dificultar el movimiento se ve como la mejor manera de obligar a Rusia a negociar, un término que hay que entender en su totalidad. Negociar no significa dialogar, sino imponer unos términos, de la misma manera que diplomacia quiere decir que la otra parte acepte el mandato. Ese es el tipo de negociación que intenta fallidamente imponer Donald Trump en Irán. “La administración de Trump ha dado a Irán hasta el sábado para declarar públicamente que el Estrecho de Ormuz está abierto, prometer dejar de disparar contra buques comerciales y reconocer su responsabilidad en los recientes ataques”, afirmaba ayer Axios, medio de cabecera del trumpismo para filtrar, entre otras cosas, sus amenazas de reanudación de bombardeos. Estados Unidos, añade el medio, sigue dispuesto a negociar un acuerdo nuclear que probablemente espere alcanzar de la misma manera que está operando con el resto de puntos del Memorándum de Entendimiento, manipulando los términos a su antojo y amenazando con bombardear si no obtiene todo lo que exige.

Pese a las tensiones iniciales en su relación, Donald Trump es el modelo que Volodymyr Zelensky está siguiendo a rajatabla la receta trumpista de intentar ganar la guerra en la fase de negociación y a base de manipulación pese a no haberlo conseguido en el campo de batalla. De ahí la insistencia mediática en los éxitos de la guerra área mientras se niega cualquier avance ruso en el frente terrestre. Es más “ahora que Rusia pierde terreno” es una frase que está extendiéndose a nivel mediático pese a no corresponderse con la realidad. Esta última semana tanto Oleksiy Sirsky como su predecesor al frente del ejército ucraniano, Valery Zaluzhny, han advertido de que el punto de inflexión al que se refieren las autoridades políticas ucranianas y europeas está lejos de llegar.

La cautela del estamento militar se basa en el conocimiento del significado y la naturaleza de la guerra, en la que hay que tener en cuenta más factores de los que permiten al establishment político producir titulares de prensa. El viernes, incluso mapeadores proucranianos detectaban la colocación de banderas rusas en la parte norte de Konstantinovka, una de las cuatro últimas ciudades-fortaleza aún bajo control ucraniano en el obast de Donetsk. Presencia no implica control y Ucrania trata de movilizar reservas para encarecer el avance ruso, pero la iniciativa rusa en esta parte del frente, absolutamente prioritaria a la hora de determinar el resultado de la guerra, es evidente. La apuesta rusa es clara y simple: subsistir hasta avanzar hacia Slavyansk y Kramatorsk y posteriormente ofrecer a Ucrania una paz basada en la línea de contacto. Sin embargo, para ello Rusia necesita aún el tiempo suficiente para capturar Druzhovka, la siguiente ciudad-fortaleza; recuperar Krasny Liman, perdida en la ofensiva ucraniana de septiembre de 2022 y aproximarse a la batalla final por Slavyansk y Kramatorsk, donde todo empezó en 2014.

“No sentimos en absoluto los efectos de los ataques de media distancia”, afirma un soldado citado por Ukrainska Pravda sobre el nulo efecto que la campaña aérea ucraniana está teniendo en el frente terrestre. Sin embargo, esta táctica es la herramienta que Kiev ha elegido para mostrar fortaleza propia y debilidad ajena. El objetivo ucraniano siempre ha sido imponer una versión de la estrategia con la que Richard Nixon quiso llevar a Vietnam del Norte a una negociación en sus términos: los bombardeos masivos que infligieran costes por encima de lo soportable. La diferencia entre el sueño y la realidad es la misma que el desequilibrio de potencia de fuego que existía entre Estados Unidos y la resistencia vietnamita, que no se da en el caso de Ucrania frente a Rusia, mucho más potente en este aspecto.

La actual campaña aérea ucraniana pretende ser una guerra de impacto que obligue a Rusia a ceder a corto plazo. Sin embargo, la capacidad rusa de escalar su propio contraataque y las mayores posibilidades que Rusia tiene en su mano debido a sus mayores recursos implican que, en realidad, los ataques ucranianos actuales se han convertido en una guerra de desgaste aérea en la que es evidente que existen éxitos tácticos, pero que comporta serios riesgos. El otro lado de la felicidad con la que Zelensky, von der Leyen o Kallas se refieren a los ataques contra refinerías o buques civiles en el mar de Azov o el mar Negro contrasta con la segunda admisión en una semana de que Ucrania no ha sido capaz de derribar uno solo de los misiles balísticos rusos disparados contra Kiev.

Con la enorme capacidad mediática de no tener que responder a preguntas incómodas -como si la escalada contra Rusia merece la pena a costa de poner a la población en riesgo de la contraofensiva aérea rusa-, Zelensky sigue sonriendo y ofreciendo soluciones sencillas que resuelven los problemas sobre el papel, pero no sobre el terreno. En Ankara, el presidente ucraniano obtuvo de Trump la promesa de otorgar a Kiev licencia para producir misiles PAC-3 para los sistemas Patriot. De sus aliados europeos, Zelensky consiguió también el compromiso de acelerar los envíos de armas, algo que ahora exige de forma inminente. La escasez de munición que padece hoy Kiev se debe a dos factores: el aumento de bombardeos rusos en respuesta a la escalada ucraniana y el uso masivo de esa munición en la guerra de Estados Unidos contra Irán, que Zelensky ha defendido y en la que se han empleado tantos misiles, que los países árabes han agostado sus reservas. Los aliados son prioritarios frente a los proxis, por lo que Ucrania ha de esperar su turno para que los países europeos adquieran munición. Un próximo paquete de emergencia llegará en unos días, pero lo hará cuando la munición se había agotado en Kiev, algo que posiblemente se repita si la campaña ucraniana se prolonga en el tiempo, ya que lo hará también la respuesta rusa.

Exponer a la población a un mayor riesgo parece ser un daño colateral que Ucrania está dispuesta a soportar en nombre de sus éxitos tácticos y simbólicos en la Federación Rusa, que no están cambiando la guerra, pero que son una herramienta útil para que Zelensky exija a sus aliados cada vez más armas para escalar el conflicto aún más. Siempre en nombre de acortarlo, siempre en nombre de la paz.

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