“El conflicto entre Polonia y Ucrania alegra a Putin y conmociona a nuestros aliados. La tarea de los presidentes Zelensky y Nawrocki es calmar las emociones, no avivar la tensión. La línea de frente discurre en otro lugar”, escribió el viernes Donald Tusk. Días antes, el 8 de junio, el primer ministro polaco había publicado en las redes sociales que, “dado que la diplomacia no ha producido ningún efecto, me dirijo públicamente a los presidentes Nawrocki y Zelensky para una conversación directa y sincera. Antes de que las emociones destruyan nuestra solidaridad, que nació ante la amenaza rusa. La cooperación está en el interés de ambos estados y naciones, y el conflicto en el de Moscú. Eso debe ser obvio para todos nosotros”. Los mensajes de Tusk apelando al sentimiento común de odio a Rusia como vínculo entre los dos países y argumento sobre el que resolver la actual disputa político-histórica respondían a la reacción del Gobierno polaco a la repatriación y entierro con honores de Andriy Melnyk, líder de OUN-M, que colaboró activamente con el nazismo, especialmente en el asesinato masivo de población polaca de Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial.
Dos semanas después de esa llamada de Tusk a la unidad antirrusa, el presidente de Polonia anunciaba el viernes que el país había retirado, tal y como había amenazado, la Orden del Águila Blanca otorgada a Zelensky, condecoración más alta del Estado polaco. El motivo, más allá del espectáculo dado por Ucrania con el entierro de Melnyk, en el que tuvo un papel protagonista el movimiento Azov, ha sido la decisión de Kiev de dar a una unidad un nombre que homenajea al Ejército Insurgente Ucraniano (UPA). En el estilo habitual de blanquear cada acto de Ucrania y restar importancia a la reescritura de la historia en clave tan nacionalista que se enaltece por ley a grupos que luchaban de la mano del nazismo y que tenían como inspiración a Mussolini y otros movimientos fascistas, medios como la BBC han definido a UPA como “polémicos luchadores durante la Segunda Guerra Mundial”.
“Muchos en Ucrania consideran a los miembros del UPA, que existió en las décadas de 1940 y 1950, como héroes que lucharon por la independencia de Ucrania contra el Ejército Rojo soviético, así como contra la Alemania nazi y las autoridades polacas. Por ello, para los ucranianos, el título de «Héroes del Ejército Insurgente Ucraniano» es un gran honor”, escribe el medio británico sobre ese grupo que participó activamente, entre otras cosas, en lo que se ha denominado el Holocausto con balas. “Polonia, sin embargo, acusa al UPA de haber llevado a cabo un genocidio contra la población de etnia polaca en Volinia (hoy Volyn, en Ucrania) entre 1943 y 1945”, añade como forma de dar las versiones oficiales de ambos países, pero sin entrar a valorar qué hay de cierto, por ejemplo, en la inexistente lucha de UPA contra el nazismo.
La disputa histórica con Polonia no es nueva y en diferentes momentos se ha gestionado de forma diferente, incluyendo el perdóname, te perdono de los años anteriores a Maidan. Sin embargo, desde la llegada al poder del Gobierno de Turchinov-Yatseniuk, que inició la reescritura nacionalista de la historia del país y, sobre todo, desde la invasión rusa de Ucrania, Kiev ha ignorado completamente las quejas, no solo de Rusia, sino también de Polonia e Israel sobre el enaltecimiento de grupos que colaboraron con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Podría pensarse que el enaltecimiento de grupos y personas que participaron en el asesinato masivo de población por motivos puramente étnicos provocaría una disputa más allá de la retirada simbólica de medallas. Sin embargo, la existencia de un enemigo común hace que, como indica la BBC, el presidente polaco “subrayó que la disputa diplomática no afectaría al apoyo de Polonia a Ucrania frente a Rusia”.
El conflicto Varsovia-Kiev a raíz de los pocos escrúpulos de Ucrania a la hora de enaltecer oficialmente a grupos que llegaron a Ucrania de la mano de la ocupación alemana es la más leve de las diferentes disputas que Ucrania mantiene o ha mantenido con sus vecinos. Durante meses, el Gobierno de Zelensky trató de negarse a la reparación del oleoducto que suministra petróleo ruso a Eslovaquia y Hungría, aspecto que el presidente ucraniano utilizó como argumento electoral contra Viktor Orbán. La historia no es tampoco el único motivo de conflicto entre Ucrania y Polonia, donde meses de protestas del sector del campo obligó a la Unión Europea a limitar la presencia de productos ucranianos en el país. A estas cuestiones hay que añadir las quejas de países como Rumanía por las tramas de contrabando -por ejemplo, de tabaco, que se realizaba, entre otras formas en parapente- o la actual exigencia de Kiev de que los países vecinos deporten a los hombres en edad militar que huyen a través de la frontera.
Ninguno de esos conflictos ha ido más allá de las declaraciones y retiradas de premios, fundamentalmente por el argumento que ahora esgrime Donald Tusk, la unidad contra Rusia, el vecino con el que Ucrania mantiene una disputa que va mucho más allá de la guerra actual y que se remonta a la victoria de Maidan, la pérdida de Crimea y la guerra de Donbass. Muy diferente es la relación que Kiev mantiene con su vecino del norte, Bielorrusia, que ha pasado por todo tipo de momentos desde el intento ucraniano de acercar a Lukashenko a sus posturas alegando incluso que el presidente bielorruso era étnicamente ucraniano, a las acusaciones de ataque inminente desde el territorio bielorruso que Ucrania compagina con declaraciones en las que insiste en que el país es tan débil que, de ninguna manera, puede ser un peligro. La realidad es que, durante años y gracias a la capacidad de Lukashenko como equilibrista político y geopolítico, el presidente bielorruso mantuvo una gran aceptación por parte de la población ucraniana, algo que se extendía también al establishment político. Aunque nunca se ha confirmado oficialmente, se cree que fue Andriy Ermak, entonces mano derecha de Zelensky, quien avisó a Alexander Lukashenko de la operación que la inteligencia ucraniana pretendía realizar para hacer aterrizar un avión en el que, mucho antes de la guerra de 2022, viajaba un grupo de mercenarios de Wagner a los que Ucrania iba a acusar de crímenes de guerra en Donbass. Esa llamada dio tiempo a Lukashenko para retener a los soldados e impedir la operación de la inteligencia ucraniana, algo que a día de hoy aún se les reprocha tanto al presidente bielorruso como al entonces jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania.
Desde la invasión rusa de 2022 que, en parte, llegó también desde territorio bielorruso, Bielorrusia se ha enfrentado a las mismas sanciones que han afectado a Rusia -desconexión del sistema Swift, prohibición de sus productos en Occidente, incluso los fertilizantes, y expulsión de sus equipos y sus atletas individuales, que pueden participar en las competiciones internacionales que se les admite solo si lo hacen de forma neutral, sin bandera ni himno- y también a la ira de Ucrania. No han sido pocos los instantes en los que Ucrania ha utilizado la amenaza de invasión bielorrusa como argumento para elevar la tensión y exigir más asistencia militar a sus aliados, algo que actualmente se repite, aunque con ciertos matices. “Cuando comenzó la guerra a gran escala, fuimos atacados por misiles que mataron a niños y adultos. Y Alexander Lukashenko lo sabe. Un gran número de misiles fueron lanzados desde Bielorrusia. En ese entonces, él llamó, se disculpó y dijo que estaba fuera de su control. No lo creo, pero eso es lo que ya ha dicho. Ahora, Rusia seguirá presionándolo más hacia esta guerra. Ahora, él entiende que Ucrania responderá”, escribió el viernes Zelensky, limitando a Lukashenko a un títere sin capacidad de decisión, algo sorprendente teniendo en cuenta la escasa capacidad de actuación de Ucrania con respecto a sus aliados y proveedores.
La diferencia actual radica en que el discurso de Zelensky no busca más armamento o financiación de sus aliados, sino que es una demostración de fuerza de Ucrania con respecto a Bielorrusia en unas circunstancias en las que una campaña organizada alega a nivel europeo que Kiev le ha dado la vuelta a la guerra y se busca que Rusia tenga que negociar en posición de debilidad. Aunque los hechos y el equilibrio de fuerzas no justifican esa postura, Ucrania trata de hacerse fuerte en el ámbito mediático a base de ataques como los que realiza contra las refinerías rusas, el intento de destrucción de las infraestructuras de Crimea y sus accesos y de mostrar músculo al eslabón más débil de la cadena rusa, Bielorrusia. A estas alturas, es evidente que no va a haber una invasión bielorrusa de Ucrania, lo que no impide que Zelensky haya decidido que es el momento de buscar una política de máxima presión contra su vecino bielorruso.
“No hace falta decir más. Hay retransmisores en sus torres de comunicación. En su territorio, a lo largo de las dos regiones que bordean Ucrania, hay equipo que ajusta el fuego sobre nuestra gente. Él debería retirar ese equipo. Creo que una semana es suficiente para que él lo haga. Porque ahora mismo, todos los días, nuestros civiles están siendo asesinados, y niños están siendo heridos como resultado de esto. Si él no lo hace, nosotros lo haremos. Lo mismo aplica para su sector de refinación de petróleo, por ejemplo. Estamos haciendo todo lo posible para que los rusos no tengan la capacidad de vender petróleo y suministrar diésel y combustible a su ejército. Hoy, Bielorrusia es uno de los proveedores clave para el ejército ruso. ¿Puede esto detenerse? Estoy seguro de que está en su poder. Y él es quien lo controla”, publicó Zelesnky en sus redes sociales, reproduciendo un discurso ampliamente difundido en el que, a continuación, acusa a Rusia de haber bombardeado su propio territorio y de haber atacado un autobús bielorruso, una nueva alegación de autobombardeo que tanto se ha repetido desde hace doce años. El mensaje de Zelensky es claro: un ultimátum a Lukashenko para retirar aquellos elementos que puedan ofrecer inteligencia a Rusia -algo que no es válido, por supuesto, para todo aquello que, instalado en Occidente, suministra inteligencia a Ucrania tanto en la tierra como en el espacio- y detener cualquier venta de petróleo refinado a Moscú. En otras palabras, Ucrania aspira a dar a Bielorrusia, no solo órdenes militares, sino también económicas bajo amenaza de ataque militar.
El discurso de Zelensky puede considerarse una forma de amenaza de invasión para obligar a Rusia a desviar tropas para reforzar la frontera bielorrusa, dejando expuestos otros territorios, o la justificación de una operación como la de Kursk. En cualquier caso, las palabras de Zelensky buscan provocar la división entre Rusia y Bielorrusia, algo que Ucrania no ha conseguido desde hace doce años, pero que sigue aspirando a causar. Las amenazas son también un ejemplo claro de la posibilidad de expansión de la guerra más allá de las fronteras de Rusia y Ucrania, algo que no recibiría el rechazo ni la condena de los países occidentales, que han apostado por la presión máxima contra Rusia como herramienta de negociación con el Kremlin sin pararse a pensar en el peligro que supondría atacar un país que se encuentra bajo el paraguas nuclear ruso. Ucrania sigue dispuesta a tensar la cuerda con todos sus vecinos, con Polonia por la vía histórico-política y con Bielorrusia por la vía militar.
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