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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Trump, Ucrania, Zelensky

Entre la guerra total y la paz

El ciclo de venganza mutua continuó ayer entre Rusia y Ucrania con ataques ucranianos contra refinerías rusas a cada vez más distancia de la frontera y duros bombardeos rusos centrados especialmente en la ciudad de Kiev. “El número de ataques ucranianos exitosos contra refinerías rusas alcanzó en mayo un récord mensual histórico de 16, según datos de Rochan Consulting, un grupo analítico polaco que realiza un seguimiento de la guerra. Desde principios de 2026, las refinerías rusas han sido atacadas al menos 194 veces, lo que supone un aumento de 11 veces con respecto al mismo periodo del año anterior”, explica esta semana Financial Times. Los ataques se enmarcan en una escalada aérea en la que “Kiev y Moscú están lanzando cifras récord de ataques con drones y misiles de largo alcance este año”.

Rusia, admite el artículo, afirma que está interceptando la gran mayoría de los drones de ataque ucranianos. “Sin embargo, el simple aumento de la frecuencia y la cantidad de proyectiles ha dado lugar a un número cada vez mayor de impactos en instalaciones energéticas estratégicas, según muestran los datos sobre ataques e interceptaciones”, añade. Rusia no solo no ha empeorado su capacidad de intercepción, sino que la ha mejorado. El problema es el aumento de la capacidad ucraniana de lanzar cada vez más drones debido a que Kiev y sus aliados han aceptado la guerra de drones como la forma con la que más daño pueden hacer a la Federación Rusa.

“Los analistas atribuyen el creciente éxito de la campaña con drones de Ucrania a su capacidad para aumentar significativamente la producción, así como a una mejor gestión”, explica antes de introducir otro aspecto obvio. “La ayuda de los servicios de inteligencia estadounidenses también ha desempeñado un papel importante, ya que ha ayudado a Kiev a trazar las mejores rutas para sus drones y a eludir las defensas aéreas”, añade Financial Times, el mismo medio que en 2025 fue el primero en confirmar que los ataques ucranianos contra las infraestructuras petroleras rusas que habían comenzado en el mes de julio se estaban produciendo con la aprobación y colaboración de Estados Unidos. Habitualmente calificado de pro-Putin y con fuertes presiones para reanudar la entrega de asistencia militar a Ucrania -en lugar de enviar únicamente aquel material que los países europeos de la OTAN adquieren comercialmente en Estados Unidos-, Donald Trump sigue apoyando activamente a Ucrania en un aspecto esencial de la guerra contra Rusia, el intento de destrucción de su sector energético, competidor del estadounidense en el mercado global. Donald Trump insiste en presentarse como pacificador e incluso se muestra abierto a pactar con Rusia una paz que implique el retorno del país a las relaciones económicas occidentales -o al menos a hacer negocio en Rusia-, pero sigue participando en el intento de destrucción de la economía rusa.

La contrapartida de esa escalada aérea es lo ocurrido ayer en Kiev, donde el presidente ucraniano se jactó de los resultados de la defensa aérea ucraniana para inmediatamente después plantear una situación desesperada de total carencia de munición. “Nuestros guerreros actuaron bien hoy al interceptar drones y misiles de crucero, pero lamentablemente no los misiles balísticos rusos. Y la razón radica en el suministro insuficiente de misiles interceptores. Es críticamente importante que el mundo –en primer lugar, Estados Unidos y nuestros socios europeos– salga de la Cumbre de la OTAN en Ankara con decisiones firmes en apoyo a nuestra defensa aérea, y por ende a la protección de la vida de la población civil. Mientras los misiles Patriot permanezcan en los arsenales de nuestros aliados, Rusia solo se ve alentada a seguir venciéndonos en edificios residenciales. Estados Unidos y Europa tienen la fuerza suficiente para detener este terror”, escribió Zelensky pese a que el impacto que se registró ayer en un edificio residencial de Kiev no es fruto de los misiles rusos, sino del impacto de un interceptor ucraniano, momento que ha quedado registrado en algunos de los vídeos que ayer se mostraban en las redes sociales.

Los ataques rusos de ayer se centraron en la industria militar, almacenes logísticos en los que Ucrania protege los drones con los que ataca Rusia e infraestructura de distribución de gasolina. Al otro lado del frente, Ucrania atacó industria militar, refinerías y puntos logísticos del ejército ruso. Los objetivos alcanzados contradicen el dogma que lobistas proucranianos como Michael McFault, embajador de Estados Unidos en la Federación Rusa en tiempos de Barack Obama, repiten hasta la saciedad, aunque no se corresponda con la realidad: “Ucrania ataca objetivos militares y Rusia ataca objetivos civiles”. No era un objetivo civil el mercado en el que Ucrania asesinó a media docena de civiles en Jersón la semana pasada, como no lo era tampoco la residencia de Starobelsk en la que murieron una veintena de estudiantes universitarias y personas que trabajaban en el lugar. Y tampoco fue Rusia quien impactó con un misil en el edificio residencial en el que ayer se produjeron muertos en Kiev.

Las imágenes de ese interceptor fallido impactando en plena ciudad y la admisión de no haber derribado uno solo de los misiles balísticos rusos no es casualidad y rompe completamente con la tendencia ucraniana al triunfalismo, que se interrumpe brevemente en los momentos en los que hay que explotar las derrotas para conseguir sus objetivos. Hoy comienza en Ankara la cumbre anual de la OTAN, en la que Mark Rutte ha planteado tres puntos esenciales: el aumento del gasto militar, la promoción de la industria militar de los Estados miembros y el compromiso de la Alianza con la asistencia a Ucrania. “Anunciaremos decenas de miles de millones de dólares en nuevos contratos en el Foro de la Industria de la Defensa el martes”, proclamó Mark Rutte en su rueda de prensa previa al inicio de esta cumbre en la que se sabe ya que el compromiso de financiación de Ucrania alcanzará los 70.000 millones de euros para este año y el próximo. Nadie en los países europeos se plantea realmente la posibilidad de un cese de la guerra que no se produzca por la vía de la escalada.

De ahí que la dinámica de la guerra persista. “La ciudad aún no está bajo control total del enemigo, pero la actividad de nuestras unidades solo se percibe en sitios específicos y es limitada”, escribió ayer Muchnoi, uno de los principales blogueros militares de Ucrania en referencia a Konstaninovka. Rusia progresa en la batalla por esa ciudad fortaleza, prácticamente capturada, avanza lentamente, pero se acerca a Krasny Liman y comienza a minar las infraestructuras y logística ucraniana en Kramatorsk y Slavyansk en preparación de la batalla final por el control de Donetsk. Esta guerra de desgaste, en la que el peligro para las tropas es extremo, permite a sus oponentes que sigan explotando cifras imaginarias para presentar una visión completamente distorsionada de la guerra en la que parece que solo mueren soldados rusos. “Putin está dispuesto a sacrificar a 35.000 de sus propios hombres, lo cual es una locura”, insistió Rutte volviendo a utilizar un dato procedente de la inteligencia militar ucraniana, difícilmente una fuente fiable en lo que respecta al estado del ejército ruso. “Si eres un joven que vive en Rusia y estás considerando unirte al esfuerzo de guerra, piénsalo de nuevo”, añadió, siempre sin mencionar cuáles son las opciones de los jóvenes ucranianos, capturados por las calles en escenas que, en ocasiones, terminan con los agentes de la movilización apuntando sus armas a los futuros reclutas.

Ucrania, por su parte, confía en la estrategia de la propaganda para convencer a Donald Trump de aumentar el suministro de armas y en empeorar al máximo la situación para Rusia, aunque el ciclo de acción-reacción provoque imágenes como las de ayer y daños cada vez más difíciles de superar en Kiev y otras ciudades del país. Ese es el método con el que Zelensky aspira a conseguir el final de la guerra. “El conflicto ruso-ucraniano va en trayectoria hacia una guerra total que podría expandirse a un conflicto más directo con la OTAN”, ha advertido estos días Leonid Ragozin, muy escéptico con la retórica triunfalista de Ucrania, brevemente apartada en el momento en el que Ucrania presiona a sus aliados a que envíen rápidamente munición para su defensa aérea. Lo hacen, eso sí, después de haber decidido, por ejemplo, bombardear San Petersburgo, acto que acarreaba la certeza de una dura respuesta rusa.

Mientras Rusia y Ucrania tratan de destruir mutuamente sus gasolineras, refinerías e infraestructuras logísticas civiles y militares, con el conflicto cada vez más cerca de perder la escasa contención que aún se mantiene, Donald Trump, el hombre del que la OTAN siempre desea más armas, se mantiene firme en su postura de confundir la realidad con su imaginación. “Creo que estamos mucho más cerca de lo que la gente se da cuenta”, afirmó ayer Trump en referencia al final de la guerra. “Putin quiere que termine. Se lo digo con mucha convicción. Tuvimos una buena llamada. Zelensky en realidad quiere que termine ahora. Vamos a ir a la OTAN, y vamos a hablar de ello. Y creo que vamos a lograr que termine”, sentenció en una rueda de prensa en la que se presentó como pacificador, pero volvió a amenazar con la destrucción completa de Irán si Teherán no acepta el acuerdo que Estados Unidos le ofrece. Guerra y paz se entrelazan en el discurso de Trump con la misma coherencia que lo hacen en el discurso ucraniano el triunfalismo del ejército imparable y el victimismo de quien acusa a sus aliados de haberle abandonado a su suerte, desarmado y a merced de una fuerza mucho más potente.

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