“El 30 de abril de 2026, 4,37 millones de ciudadanos no pertenecientes a la UE, que habían huido de Ucrania a raíz de la guerra de agresión de Rusia, se encontraban bajo protección temporal en la UE”, explica la web de Eurostat que periódicamente actualiza las cifras de personas refugiadas acogidas en los diferentes países. Más de dos millones de esas personas se encuentran en dos países, Alemania y Polonia, que lideran con mucha diferencia el reparto territorial. Evidentemente, Eurostat no da cifras sobre países extracomunitarios como el Reino Unido, donde, según Statista, han sido acogidas más de 260.000 personas que huían de la guerra. En esos datos queda oculta la situación que ya existía en Ucrania antes de la invasión rusa, cuando había comenzado, aunque de forma mucho más limitada, la huida de personas que no querían servir en el frente y una parte de la población de Donbass escapaba primero de la guerra y después del limbo del ni guerra ni paz que fueron los siete años de Minsk, sin paz real ni capacidad de recuperar la economía ni restaurar los daños provocados por la operación militar especial iniciada por Kiev en abril de 2014.
Ninguna de esas fuentes cita, por supuesto, a los varios millones de ciudadanos y ciudadanas de Ucrania que se han refugiado en la Federación Rusa. Según datos oficiales del Kremlin, Rusia ha recibido este año más de 700.000 peticiones de asilo por parte de ciudadanos de Ucrania. Y aunque la cifra de personas refugiadas es incierta -y desciende a medida que esas personas tienen acceso a la nacionalidad rusa-, los datos oscilan entre 1,3 y 3 millones de personas procedentes de Ucrania refugiadas en Rusia, un dato que los países occidentales prefieren ignorar, ya que rompe con su discurso de unidad del pueblo ucraniano en su lucha existencial contra Rusia.
Desde 2022, la Unión Europea y el Reino Unido han tratado a la población procedente de Ucrania ofreciendo ciertas facilidades y privilegios que siempre ha negado a las personas que huyen de otras guerras en lugares más lejanos o donde el color de piel de la población no es tan similar al de la población europea. El tiempo ha dejado más similitudes entre la población autóctona y la que estos años ha llegado de Ucrania. Dr.dk, el principal medio público de Dinamarca, ha mostrado recientemente uno de ellos en un artículo poco común en el que se critica a una parte de la población refugiada ucraniana, que hasta ahora había escapado de las tendencias racistas y xenófobas que están generalizándose en el continente europeo. Porque al igual que en los privilegios que se le otorgó para facilitar su llegada legal a los países de la UE o el Reino Unido e integración social e incluso laboral, la población ucraniana, por motivos de color de piel y cultura, ha escapado también de los prejuicios que se han extendido estos años contra los refugiados.
Por esos motivos, las únicas críticas reales que se han mostrado en ciertos momentos a la población ucraniana se han limitado a los hombres en edad militar y se ha vinculado siempre a la necesidad de su retorno para contribuir al esfuerzo militar en el frente o industrial en la producción de armamento en la retaguardia. Esa crítica ni siquiera ha partido de los países de acogida o de su población en cuestión, sino fundamentalmente del Gobierno ucraniano, para quien la huida del sagrado deber de participar en lo que se presenta como una guerra existencial de liberación nacional y de defensa de la civilización europea es un serio contratiempo que dificulta reponer las filas de las unidades de las Fuerzas Armadas de Ucrania.
En un ciclo reaccionario en el que el racismo campa a sus anchas y se ponen en cuestión derechos aparentemente consolidados por los que se había luchado durante décadas, no puede sorprender que la población ucraniana reproduzca comportamientos similares a los de los países de acogida, en los que los partidos de izquierda buscan el centro, las derechas se escoran cada vez más en esa dirección y los partidos radicales en ocasiones llegan a liderar incluso las encuestas de opinión. “Las autoridades alertan sobre una tendencia de extrema derecha entre los jóvenes refugiados ucranianos”, titulaba la semana pasada el mencionado medio de Dinamarca, un país en el que su primera ministra socialdemócrata copia la política migratoria de las derechas europeas y se ha destacado por afirmar sobre el conflicto ucraniano que la paz podría ser más peligrosa que la guerra. La sorpresa del artículo danés solo puede comprenderse desde la ignorancia de la realidad de Ucrania, donde todo partido o movimiento de izquierdas fue acosado, perseguido y prohibido mucho antes de la invasión rusa y las tendencias de extrema derecha llevan más de una década integradas en la política como fuerzas nacionalistas perfectamente aceptables.
“Desde la primavera, hemos recibido varias consultas sobre jóvenes de origen ucraniano que pueden calificarse de extremistas de derecha. Puede tratarse de declaraciones contra minorías, tatuajes, estilo de vestir o cualquier otro aspecto que apunte al extremismo de derecha, afirma Kenneth Schmidt Hansen, director del CDE”, escribe el artículo, señalando un problema que, teniendo en cuenta el peso que en esta última década ha adquirido la extrema derecha a nivel social, particularmente entre los hombres jóvenes en edad militar o aproximándose a ella, de ninguna manera debería resultar extraordinario. Durante estos últimos cuatro años específicamente, los medios europeos han resaltado por encima de todo la capacidad de reclutamiento que han adquirido grupos como Azov, una de las canteras más importantes de la consolidación de las posturas de extrema derecha en Ucrania.
La facilidad con la que la prensa occidental, especialmente la europea, ha aceptado el crecimiento de grupos como el de Biletsky, Azov, el de Korchinsky, Bratstvo, el Cuerpo de Voluntarios Rusos del neonazi Kapustin y otros muchos ejemplos hace pueda resultar una noticia chocante conocer que los jóvenes ucranianos refugiados en la Unión Europea muestren tendencias similares. Porque, aunque la extrema derecha nunca ha tenido grandes resultados electorales -argumento con el cual se ha negado durante más de una década que Ucrania tuviera un problema de extremismo-, han sido esos grupos los que más se han aprovechado de la guerra tanto para obtener más armas con las que luchar contra Rusia incluso antes de que los tanques rusos cruzaran la frontera como para normalizar su mensaje e integrarlo con naturalidad en el discurso oficial del país. La extrema derecha ha protagonizado también el acoso a minorías como la romaní, contra la que se han repetido los pogromos, las escasas y pequeñas marchas del orgullo LGBTI o cualquier manifestación que reivindicara derechos como las pensiones.
Sin embargo, para los medios europeos es chocante incluso que estos jóvenes ucranianos vistan ropas con mensajes de la extrema derecha. “Una de las comisarías que ha recibido consultas sobre estos jóvenes es la de North Zealand. Según esta comisaría, se trata, por lo general, de jóvenes que se reúnen en la calle vistiendo ropa de extrema derecha o expresando opiniones extremistas. Kenneth Schmidt Hansen afirma que los símbolos que aparecen en la ropa o en los tatuajes de estos jóvenes pueden ser, por ejemplo, esvásticas o símbolos de las SS”, explica Dr.dk, aparentemente sin caer en la cuenta de que incluso el presidente del país ha publicitado conocidas marcas de ropa de extrema derecha; que ese es también uno de los negocios de Kapustin; que el símbolo de la División Borodach, núcleo duro del que nacería Azov en 2014, contara con las runas SS adornando un totenkopf modificado o que la simbología actual del Tercer Ejército de las Fuerzas Armadas de Ucrania, el ejército privado de Andriy Biletsky, acostumbre a inspirarse en las divisiones nazis para diseñar sus enseñas y sus medallas.
La noticia sobre la preocupación danesa por el extremismo de una parte de la población joven ucraniana en el país coincide con la diputa histórica entre Polonia y Ucrania, que después de doce años de revisionismo en clave nacionalista ha molestado a Varsovia al homenajear al líder de un grupo que colaboró con el nazismo (OUN-M) y a otro que participó activamente en la masacre de Volinia, en la que fueron asesinadas miles de personas por su etnia polaca. Como en el caso danés, el problema es que la actuación ucraniana afecta directamente al país y todo aquello que es justificable cuando se produce en Ucrania causa alarma, sorpresa y plantea qué hacer para evitarlo. Sea el revisionismo histórico que utiliza el mito y la ficción para reescribir el pasado, el presente y el futuro o sean las actitudes y conductas de extrema derecha que no resultan un problema cuando hay que enviar armas para matar, pero que son repentinamente preocupantes cuando se producen en las calles de nuestras ciudades de Europa occidental.
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