El protagonismo y la espectacularidad de la guerra aérea ha eclipsado otras luchas paralelas que se están produciendo entre Rusia y Ucrania. Ayer se dio visibilidad a una de ellas: la guerra naval, prácticamente desaparecida de las noticias desde que los drones marinos ucranianos obligaran a Rusia a aceptar la derrota en la batalla por el mar Negro. Como todos los demás acuerdos y entendimientos de este conflicto, el acuerdo de exportación de grano ucraniano -que debía traer como contrapartida la posibilidad de que Rusia pudiera exportar sus fertilizantes y productos agrícolas- se rompió y se instaló en la zona un equilibrio en el que se imponía la lógica de no atacar buques civiles, un pacto no escrito que Ucrania ha infringido en varias ocasiones atacando cada vez más buques de carga no militar, en ocasiones muy cerca de las costas rusas e incluso de las turcas.
Hace varias semanas, la presencia de drones ucranianos en Grecia amenazó con una crisis entre los dos países. Antes, drones presumiblemente ucranianos habían atacado un barco con combustible ruso en las costas de Libia. La impunidad con la que actúa Ucrania es absoluta, Kiev no ha tenido que responder por sus actos ni dar explicaciones en ningún momento. Lo mismo ocurrió ayer, cuando Azerbaiyán denunció que cinco marineros de nacionalidad azerí habían muerto en el ataque de un buque civil que no llevaba bandera de ese país. “Ucrania afirma haber atacado cinco buques que transportaban carga ilegal en el mar de Azov y en las aguas costeras de los territorios ocupados por Rusia. El comandante de las fuerzas de drones ucranianas señaló que los buques estaban involucrados en el «robo» de cereales ucranianos, así como en el transporte de carga militar y combustible”, escribía ayer la BBC, siempre dispuesta a justificar cualquier acto ucraniano. Como Estados Unidos, que en su piratería se ha otorgado el papel de policía, juez y ejecutor del Caribe o del estrecho de Ormuz, Ucrania se adjudica la capacidad de decidir qué comercio es legal y cuál ilegal. “No está claro si los ataques contra buques de carga reivindicados por Kiev están relacionados con la muerte de cinco azerbaiyanos, quienes, según el Ministerio de Asuntos Exteriores de ese país, fallecieron en ataques con drones contra buques en el mar”, añadía la BBC, que tan rápidamente otorga la autoría cuando se trata de Moscú, pero que en este caso evidente prefiere mantener abierta la posibilidad de que la culpa, también aquí, sea de Rusia.
En el lado opuesto del mar Negro, en la ciudad rumana de Constanza, otro episodio volvió a poner de manifiesto el peligro de un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN. Ayer, la explosión de un dron marino causó daños en un buque y, según las autoridades rumanas, en varios depósitos. “Adrian Teodor Picoiu, máximo responsable de Constanza, declaró a G4Media que, según «la información facilitada por la parte ucraniana», el dron formaba parte de un grupo de cinco, y que un segundo dron había explotado en Ucrania. Posteriormente, Ucrania confirmó que se trataba de uno de sus drones navales y afirmó que había sido desviado de su rumbo por interferencias electrónicas rusas. Moscú no respondió de inmediato a esta afirmación.
Según el artículo, ayer “se desconocía el paradero de los tres drones restantes, pero las autoridades afirmaron que no había más riesgo”. La palabra de Ucrania es suficiente para dar por hecho el final del episodio. Tras ese comentario, la BBC tira la piedra y esconde la mano. “Aún no se ha dado ninguna explicación de por qué los drones se encontraban en aguas rumanas”, afirma para proceder a no tratar de responder a la cuestión de por qué operaban drones marinos ucranianos en las costas de Rumanía, donde cualquier buque ruso o que comercie con Rusia se encuentra a centenares de millas de distancia.
La estrategia ucraniana de endurecimiento de la guerra tanto en aire como en el mar, atacando buques con la saña de saber que no son ningún peligro y que todas las víctimas van a ser civiles inocentes, generalmente ciudadanos de países del Sur Global en condiciones de precariedad, es de máxima presión militar contra Rusia. Los drones aéreos y marítimos son el espectáculo con el que Ucrania quiere causar víctimas, daños materiales y, con el apoyo del aparato mediático occidental, que oculta los daños que los drones rusos causan en Ucrania, alegar constantes humillaciones de una Rusia vencida, incapaz de defenderse y a merced de las armas occidentales y ucranianas. En el mundo de Trump, la coherencia entre la realidad y el discurso oficial no es una exigencia. Así pudo constatarse el jueves con la publicación de una “carta abierta” de Volodymyr Zelensky a Vladimir Putin que solo los más incondicionales seguidores de Ucrania, como el establishment de la Unión Europea, pueden considerar una oferta de apertura hacia la paz.
“Los ucranianos han expresado escepticismo ante la posibilidad de que la carta abierta del presidente Volodymyr Zelensky al presidente ruso Vladimir Putin vaya a contribuir a poner fina a más de cuatro años de guerra”, titulaba ayer Reuters. Ni siquiera los medios que no dudan en dar por buena cualquier afirmación de Kiev confían en el gesto del líder ucraniano, un artículo de opinión con forma de carta diseñada para ser rechazada y en la que la arrogancia es el elemento central. “Puedes acabar tu guerra”, afirma Zelensky para cerrar un texto en el que alega que “digas lo que digas sobre la OTAN, la geopolítica o la lengua rusa, esta guerra es tu decisión personal: una guerra sin una causa real. Así es como la recordará la historia”. Reducir la guerra a la decisión irracional de un hombre intenta ocultar que esta guerra tiene una serie de causas que se pueden encontrar en las tres facetas del conflicto.
La primera es el factor civil, con la decisión de Ucrania de utilizar la vía militar para resolver un problema político. Es especialmente significativo que el presidente ucraniano ni siquiera mencione a Donbass en su enumeración de lo que afirma que no son causas de la guerra. La segunda, el enfrentamiento Rusia-Ucrania por Crimea, la península que tuvo el apoyo ruso para separarse de Kiev en el momento en el que el golpe de estado amenazaba con imponer la agenda política nacionalista que finalmente se puso en práctica. Y la tercera, la lucha geopolítica más amplia, heredada de la Guerra Fría, en la que la UE y Estados Unidos han creído que los años 90 continuaban y la expansión de su bloque militar tenía el derecho a avanzar sin que la otra parte pudiera reaccionar.
Analizar la guerra en su complejidad es aceptar que su resolución implica un proceso de negociación técnico y político que no puede limitarse a la reunión entre dos presidentes, que es lo que Zelensky propone, consciente de que Rusia no busca participar en la diplomacia del espectáculo sino avanzar en el frente o alcanzar una solución negociada que Ucrania no pueda reescribir como trató de hacer en Minsk o que Estados Unidos y los países europeos hicieron con el acuerdo nuclear iraní. “Son los líderes quienes resuelven las cuestiones clave. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Propongo fijar una fecha concreta para dicha reunión. Hemos oído que en Alaska se le prometió la resolución de ciertas cuestiones relativas a Ucrania y Europa. Pero usted mismo puede comprobar que las cuestiones ucranianas y europeas no se deciden en Anchorage. Otros participantes acordados podrían sumarse a la vía bilateral que se establecerá entre nosotros. Dado que la guerra se está librando en Europa, y dado que Ucrania necesita garantías de seguridad, al tiempo que usted también busca garantías de seguridad para sí mismo, sería lógico involucrar a quienes pueden actuar genuinamente como garantes. Creemos que Europa debería formar parte de este proceso, aquellos que realmente tienen la capacidad de influir en la situación. También creemos que Estados Unidos debe formar parte del proceso. Esto es lo que podría ayudar a configurar una nueva arquitectura de seguridad para nuestra parte del mundo”, escribe Zelensky en su irresistible oferta.
El presidente ucraniano ofrece a su homólogo ruso un alto el fuego en vistas de una negociación sin ninguna certeza de acuerdo, precisamente la idea que los países europeos trataron sin éxito de imponer en 2025. En esa negociación, como en el Formato Normandía, Ucrania iría de la mano de los países europeos, los mismos que le protegieron de tener que cumplir los compromisos adquiridos con su firma en los acuerdos de Minsk. La similitud con el modus operandi de Ucrania durante los siete años de proceso de paz de Donbass es excesiva para que, incluso bajo presión militar, Rusia pueda caer en este claro intento de imponer una negociación en la que Ucrania pueda hacer uso del poder de sus aliados europeos para imponer sus condiciones. Zelensky esboza solo una pequeña parte de su visión para el futuro del continente europeo, pero, en su gran ambición, deja claro que quiere colocar a las tropas de Estados Unidos, es decir, de la OTAN, en la frontera rusoucraniana.
Las escasas propuestas de Zelensky se ubican en la parte final de la carta abierta, cuya fase inicial muestra la arrogancia de quien quiere humillar a su oponente para posteriormente plantearle una oferta que no puede no rechazar. “Pero tus recursos se están reduciendo considerablemente. No tendrás suficiente dinero ni capital político para seguir comprando la lealtad de los rusos como lo has hecho durante los últimos 26 años. Y haremos todo lo que esté en nuestra mano para garantizar que el mundo contribuya a que ese momento se acerque”, se jacta Zelensky. Pese a las evidentes dificultades que implica la situación, Rusia financia la guerra con sus ingresos, mientras que Ucrania lo hace gracias a la generosidad de los países occidentales, fundamentalmente europeos, que se manifiesta en subvenciones a fondo perdido para adquirir armas y préstamos con los que sostener el Estado que Kiev no está en condiciones de plantearse devolver. Es probable que, en un futuro, la guerra siga ejerciendo de justificación para todo, como lo ha hecho durante los últimos 14 años, y se convierta en el argumento con el que Zelensky o sus sucesores argumenten que esa deuda está ya pagada en sangre.
“Sabemos que el 63 % de vuestras bajas en el campo de batalla son muertos, mientras que solo el 37 % son heridos. En el siglo XXI, ningún ejército puede permitirse una proporción así. Y el porcentaje de muertos seguirá aumentando. No es que en Ucrania nos preocupe el destino de los soldados rusos después de todo lo que vuestra guerra ha traído a nuestro país. Pero sí me preocupan los ucranianos”, continúa Zelensky tras insistir en una cifra de bajas rusas cuya fuente es una invención de la inteligencia militar ucraniana. En su soberbia, el presidente ucraniano, consciente de que la prensa seguirá sin hacer preguntas incómodas sobre cuáles son las bajas reales de Ucrania, se permite mofarse de las bajas rusas. “Estamos perdiendo a nuestros compatriotas, y cada pérdida nos resulta dolorosa. Aunque la proporción entre las bajas ucranianas y las rusas sea de uno a cinco o de uno a seis, sigue siendo muy importante”, insiste Zelensky, sin explicar cómo, si las bajas rusas son seis veces más elevadas que las ucranianas, es Ucrania y no Rusia quien recluta forzosamente por la calle o quien ha prohibido salir del país a los hombres en edad militar.
La carta abierta de Zelensky, una oferta de negociación que ha durado 24 horas, es parte de la misma estrategia de la que forman parte los ataques en el mar o los drones contra San Petersburgo, desde donde Vladimir Putin ha respondido a su homólogo ucraniano acusándole de temer la celebración de elecciones. A ello hay que sumar las sanciones europeas, los abordajes de buques de la flota fantasma rusa en países como Francia o el endurecimiento del discurso de Bruselas en busca de un proceso de negociación que se parezca a Minsk o Normandía, una demolición controlada de una diplomacia en la que una parte se había propuesto el bloqueo como única táctica posible. Ese es el escenario ideal para la Unión Europea, un limbo entre la guerra eterna y una situación de ni guerra ni paz en el que poder seguir justificando el rearme, la militarización de Ucrania y el uso del país como herramienta militar contra el enemigo común, contra el que se aspira a consolidar una estructura de seguridad que es una parte integral del problema, aunque trate de presentarse como la solución.
Comentarios
Aún no hay comentarios.