“La mayoría en Rusia ya está tomando cartas en el asunto con Putin porque no se vislumbra un fin para su guerra. Y todas las dificultades que los rusos enfrentan hoy deberían acercarlos a la comprensión de que su guerra es real, de que no son solo «piedras cayendo del cielo», y de que su guerra debe terminar”, proclamó el martes Zelensky en su vídeo mensaje diario a la nación, en esta ocasión dirigido también a la población rusa. Horas después, los ataques contra infraestructuras civiles dejarían a parte de la península de Crimea sin luz. Las palabras del presidente ucraniano son parte de la guerra psicológica que su Gobierno está librando actualmente, última arma milagrosa con la que seguir aspirando al gran objetivo desde 2022, desestabilizar la sociedad rusa y forzar un cambio interno que haga imposible continuar la guerra. En el pasado, Ucrania ha alegado lo mismo a raíz de las sanciones económicas e incluso de sus redadas en territorio ruso utilizando a grupos como el RDK, miembros de las tropas de su inteligencia militar, que trataba hacer pasar por movimientos autóctonos y espontáneos que eran signo de guerra civil incipiente.
En realidad, esta actuación es una admisión implícita de que Ucrania no tiene la fuerza militar para ganar la guerra, algo evidente si se analizan los hechos y los equilibrios de fuerzas, pero que se compensa con el discurso de victoria de Ucrania y sus aliados y, sobre todo, con la arrogancia que Zelensky muestra al realizar este tipo de declaraciones. El presidente ucraniano se ha permitido esta semana amenazar con bombardear Bielorrusia, incluidas sus refinerías de petróleo, una más de las muchas salidas de tono que Zelensky ha realizado a lo largo de los años. Incluso antes de la invasión rusa de Ucrania, el presidente ucraniano animó a la población de Ucrania que se siente rusa -evidentemente dirigiéndose a aquellas personas que tienen esa afinidad en Crimea o Donbass- a simplemente mudarse a Rusia.
Ucrania siempre ha querido y quiere el territorio, pero no necesariamente a la población que viene con él. La arrogancia de la guerra y la naturaleza proxy del Estado y de la guerra de Ucrania hacen posible que Zelensky y sus aliados puedan permitirse ese tipo de declaraciones que ni les desacreditan ni les suponen una penalización en su estatus de aliados democráticos. Ucrania ha de recuperar la península del mar Negro sin siquiera molestarse en preguntar a la población si quiere ser liberada, la operación antiterrorista fue algo legítimo y no una fabricación para justificar el uso del ejército en territorio nacional y contra la población que se armaba contra lo que percibía como un cambio irregular de Gobierno y los ataques contra Rusia son muestra de la lucha entre la democracia y el autoritarismo.
Todo es simple en esta guerra y Zelensky puede permitirse incluso inventar las encuestas de aprobación de Vladimir Putin, como hizo la semana pasada para ahora iniciar una campaña de propaganda alegando que el presidente ruso está perdiendo el control del país. Como ha sido la norma a lo largo de este conflicto -no solo desde 2022, cuando todo se acrecentó, sino también desde 2014-, a cada campaña de propaganda del Gobierno ucraniano le sigue de cerca una campaña mediática en la que el análisis se confunde con los deseos. “El sistema de Putin está en un estado de implosión lenta”, escribía ayer en Financial Times Alexandra Prokopenko, uno de los muchos ejemplos que a lo largo del tiempo han presagiado el colapso ruso, otra tendencia que precede en muchos años -décadas en este caso- a la invasión de Ucrania. Cuando la realidad no ofrece los hechos que se esperan, siempre se puede apelar a la propaganda o a un análisis sesgado que vea únicamente lo que se quiere ver.
Así le ocurre también al presidente Zelensky, que ve los éxitos ucranianos en la capacidad de destrucción de objetivos en Rusia, pero no las respuestas rusas en forma de desgaste de las infraestructuras ucranianas, algo que Kiev puede pagar a medio plazo, especialmente cuando llegue el invierno. Es ahí donde la retórica de victoria que sigue actualmente Ucrania choca con la realidad y obliga a un ligero cambio de discurso. Ucrania está ganando la guerra, sí, pero “la ventana de oportunidad de la diplomacia” no va a estar, como insistía la semana pasada Financial Times, abierta indefinidamente. Pese al titular, el artículo no era una invitación a la negociación o a la apertura de canales de comunicación con el Kremlin, sino una apelación a escalar aún más los ataques contra Rusia y sus infraestructuras, una forma de terror que Moscú ha aplicado en el pasado causando condenas e incluso tribunales para juzgar específicamente sus crímenes, pero que ahora Ucrania realiza con el beneplácito de los países occidentales y la etiqueta de democracia. Esa democracia, como esa victoria que los aliados de Ucrania pregonan, no solo depende de la asistencia exterior, sino de que la guerra no se prolongue en el tiempo. Los ataques en la retaguardia dan a Ucrania y sus aliados imágenes con las que llenar sus titulares, pero, como advierte el presidente ucraniano, si la guerra llega al invierno, Ucrania no solo necesitará armamento y munición, sino petróleo, gas y un aumento sustancial de la financiación, no para ganar la guerra, sino para mantener a flote al Estado. Todas las victorias de una guerra son relativas, pero algunas tienen grandes dosis de ficción publicitaria. “Hasta ahora, estamos en una posición en la que Ucrania está ganando la guerra en este momento”, ha comentado un representante del Departamento de Estado de Estados Unidos en unas declaraciones que el académico ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski ha calificado de orwellianas, pero que la prensa ucraniana ha abrazado abiertamente. Estados Unidos, que insiste en que ha ganado la guerra de Irán, se suma también al discurso de victoria ucraniana sin que haya avances territoriales para justificar tal afirmación. La realidad es un matiz que importa menos que el triunfalismo de los titulares.
“Rusia ya no podrá seguir robando fácil e impunemente la tierra del pueblo ucraniano, ni la de ningún otro pueblo actualmente amenazado por las ambiciones rusas. La tecnología moderna hace que la ocupación sea extremadamente difícil para el ocupante, quizá más difícil que nunca”, afirmó Zelensky en su mensaje de ayer, una forma de prometer que no habrá paz salvo si es en los términos de Ucrania. El presidente ucraniano, que se mofa de la popularidad de Vladimir Putin, que incluso según sus datos es muy superior a la de Merz, Macron o Trump, y que no recuerda que su población le ve únicamente como presidente de guerra, pero no pretende votarle para una futura reelección, se encuentra actualmente en un momento de confianza mediática extrema en el que puede permitirse cualquier exceso. La semana pasada, Zelensky se permitió el lujo de amenazar con bombardear Bielorrusia, como en el pasado advirtió a Lukashenko de la posibilidad de realizar una operación similar a la que terminó con el secuestro de Nicolás Maduro. Ahora, en su discurso de victoria, el presidente ucraniano no ofrece nada a la población a la que parecería que aspira a recuperar -en realidad, Ucrania ha dejado claro que solo desea el territorio-, sino que promete futura violencia. Porque la forma con la que Kiev ha querido hacer más difícil que nunca la ocupación ha sido siempre la infiltración de inteligencia, el sabotaje -generalmente con ayuda de la inteligencia occidental, como ha reconocido abiertamente Valentín Nalyvaichenko, director del SBU durante varios años de la operación antiterrorista– y los asesinatos selectivos. Nada dice victoria como prometer más actos de terrorismo en los territorios que vayan a quedar bajo control de Rusia.
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