Mucho se ha hablado últimamente de apertura a la diplomacia, con la visita de los embajadores de Alemania, Francia y el Reino Unido al Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa y la búsqueda por parte de Antonio Costa de un canal de comunicación supuestamente secreto, que fue filtrado a la prensa por aquellos países para los que incluso un diálogo que se limite a dar órdenes a Moscú es un gesto excesivamente magnánimo. Con Estados Unidos ocupado en la negociación, manipulación y reescritura del Memorando de Entendimiento alcanzado con Irán, aún no se ha producido la visita de Steve Witkoff y Jared Kushner a Rusia que el Gobierno ruso esperaba. Completamente inoperante, la iniciativa de diálogo de Washington se encuentra en un bloqueo del que es muy difícil que pueda salir, especialmente teniendo en cuenta el aparente cambio de postura de Donald Trump.
“Trump se mostró «muy impresionado y entusiasmado» con la reciente campaña de ataques de largo alcance de Ucrania contra objetivos situados en el interior de Rusia durante la cumbre del G7 de la semana pasada, según afirmaron dos personas al corriente de las conversaciones privadas entre los líderes. En dicha cumbre, Trump también acordó endurecer las sanciones contra el sector energético ruso”, escribe esta semana Financial Times, que en pocas palabras resume las bases sobre las que actualmente se sustenta la actuación occidental y la coordinación con Kiev. De la fase de incentivos y amenazas con la que el trumpismo inició lo que creyó que sería un paseo hacia un acuerdo sencillo se ha pasado ya a una etapa de medidas coercitivas, aumento de la presión militar y una retórica de enfrentamiento activo en la que los países europeos se congratulan de haber recuperado a Estados Unidos. En realidad, el cambio solo es dramático si se confunden las intenciones de Washington del año pasado y se olvida que la administración Trump nunca buscó retirar las sanciones contra Rusia y no ha dejado de suministrar material militar a Ucrania.
Fue Trump y no Biden quien desde Naciones Unidas dio orden a los países europeos de abandonar las adquisiciones de gas y petróleo ruso y quien sancionó a Rosneft y Lukoil, las dos grandes empresas petroleras rusas. Y no fue en tiempos de la administración Demócrata sino de la Republicana cuando, en el verano de 2025, Estados Unidos dio permiso y comenzó a aportar inteligencia para que Ucrania iniciara la campaña de ataques contra las infraestructuras de producción y exportación petrolera de Rusia. Esos ataques fueron el principio de lo que Ucrania aspira a hacer ahora, una escalada de la guerra en nombre de la paz y con la que la Unión Europea y el Reino Unido están cada vez más cómodos.
Para los países europeos, no es clave recuperar a Estados Unidos como patrocinador del ejército ucraniano, una ayuda a fondo perdido que Washington no pretende reanudar. Lo hagan a base de recortes en otras partidas, a crédito o, en el futuro, con el uso de los activos rusos retenidos en su territorio, los países europeos están dispuestos a costear las armas con las que Kiev pueda continuar y escalar la guerra, especialmente en este momento en el que se jactan de los éxitos ucranianos y del interés de Trump. El gran logro de los líderes europeos es que Estados Unidos se haya vuelto a sumar al lenguaje del ultimátum con el que las capitales europeas quieren hablar a Moscú. “Por primera vez, Estados Unidos firmó un texto con nosotros diciendo que ya no son mediadores neutrales. Apoyan la soberanía territorial de Ucrania junto a nosotros, con capacidad militar, apoyo energético y sanciones contra Rusia”, proclamó el jueves Emmanuel Macron en una rueda de prensa conjunta con Giorgia Meloni. El éxito europeo se mide en que ya no haya una parte neutral que aspire a mediar entre los dos países en conflicto, algo que hace imposible una negociación y que deja la guerra hasta conseguir lo que se pueda considerar victoria como única vía de resolución del conflicto.
Los medios y el establishment político europeos no se centran en analizar los movimientos del frente, donde Rusia está a punto de obtener el éxito de la captura de una de las escasas ciudades fortaleza que quedan en manos ucranianas en Donetsk, sino de presagiar el colapso ruso gracias a los ataques de larga distancia. La estrategia es triple. Por una parte, los bombardeos contra refinerías y otros objetivos en la profundidad de Rusia buscan llevar la guerra a Rusia, complicar la vida de la población y causar dificultades para el Gobierno a la hora de mover la economía y a su ejército, con un poco de suerte provocando una inestabilidad interna que destruya a eso que se insiste en llamar el régimen. Por otra, esta campaña ha de tener un fuerte componente mediático que intente explotar el factor de nerviosismo que suponen las dificultades en la retaguardia. De ahí que se esté produciendo una fase coordinada de informaciones sobre el descenso de confianza en el Gobierno para conseguir los objetivos militares, se insista otra vez en las bajas masivas en el ejército, se vuelva a hablar de la necesidad de una movilización o se sueñe con el colapso, argumentos todos ellos que pueden también aplicarse a Ucrania.
Esos dos pasos son la fase previa al tercer y más importante aspecto: la presión sobre Crimea, verdadera línea roja de Rusia y motivo real por el que Ucrania jamás iba a implementar los acuerdos de Minsk -que habrían resuelto la cuestión de Donbass, pero que no tocaban Crimea- y nunca pudo haber aceptado la oferta rusa de Estambul en 2022. Crimea, el territorio más importante de todos los perdidos por Kiev, es la causa por la que, para Ucrania, la guerra era el escenario menos malo. Anexionada en 2014 sin necesidad de ningún tipo de violencia y con el favor de la población, a la que Kiev no ha dejado de insultar con la esperanza de su partida en caso de recuperación del territorio, la península del mar Negro es la obsesión de Ucrania y la herramienta con la que Occidente quiere obligar a Rusia a negociar en posición de tener que aceptar unos términos de capitulación.
“Aprobé una operación de influencia de 40 días del SBU contra el estado agresor con el objetivo de obligarlo a poner fin a la guerra”, escribió el jueves Volodymyr Zelensky, anunciando una aún mayor escalada de los bombardeos de larga distancia contra objetivos en la Federación Rusa, una estrategia que busca obligar a Rusia a volver a la mesa de negociación, es decir, a aceptar los términos que le ofrezcan Kiev y sus aliados europeos. Para Zelensky y el resto de dirigentes de la UE y sus Estados miembros, el evidente riesgo que supone para la población e infraestructuras ucranianas un aumento de la violencia contra Rusia, que inevitablemente implicará una respuesta equivalente de Moscú, con una mucho mayor potencia de fuego en términos de misiles, no es un factor a tener en cuenta. La guerra debe continuar, en este caso en nombre de una paz sin más negociación que la amenaza.
“Nuestra operación, especialmente en lo que respecta a Crimea, está claramente calculada. Y la forma en que avanza la operación lo demuestra absolutamente: si Ucrania obtiene exactamente lo que discutimos con nuestros socios en el G7 —y esto depende de la decisión de nuestros socios— crearemos rápidamente las condiciones bajo las cuales Rusia se verá obligada a elegir la paz. Contamos con una respuesta positiva de nuestros socios. Ellos saben exactamente de qué estoy hablando”, proclamó Zelensky en su vídeo a la nación el jueves. El objetivo es claro y es el mismo que en la contraofensiva de 2023: poner nerviosa a Rusia a base de poner en peligro -de forma real o simplemente en su percepción- el control de Crimea. En esta ocasión han cambiado las formas y no se trata ya de romper el frente en dirección a la península, sino de destruir sus infraestructuras para hacer imposible la vida en ella, un objetivo ambicioso y altamente improbable para el que Ucrania necesita, como suele ser habitual, de la asistencia de sus socios. Al final, el dogma de esta guerra es que todo termina con una exigencia de aún más dinero y una lista de armas a cambio de las cuales Ucrania promete una victoria imposible.
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