“Soy un optimista con los pies en la tierra”, ha comentado en una amplia entrevista concedida a Politico el presidente de Finlandia Alexander Stubb, uno de los grandes defensores de Ucrania en el continente europeo y también uno de los principales interlocutores con Donald Trump, a quien sigue intentando recuperar para la causa de la defensa a ultranza de la guerra como método de lograr los objetivos políticos de Kiev. El realismo de Stubb es, en realidad, la reproducción sin matices de la narrativa que los países europeos repiten hasta la saciedad y que responde únicamente a la necesidad de utilizar una retórica de victoria para justificar la continuación de la estrategia del suministro eterno de armamento y munición a Ucrania como única vía para conseguir los objetivos políticos europeos. “El punto de partida es que Ucrania se encuentra en una situación mucho mejor, política, militar y económicamente, que en cualquier otro momento de esta guerra”, continúa Stubb en referencia a un país completamente dependiente de los subsidios y concesiones europeas para mantenerse a flote y cuya iniciativa es, en realidad, su capacidad de hacer daño en la retaguardia rusa y de esconder, fundamentalmente gracias a la maquinaria mediática occidental, los daños propios.
“En el ámbito militar, sin lugar a duda, durante los últimos seis meses Ucrania ha llevado la iniciativa”, insiste pese a que el frente no ha cambiado, sigue respondiendo a la lógica de la guerra de desgaste y Rusia avanza en el frente más importante, el de Donetsk. Stubb, a quien puede considerarse un buen portavoz del discurso occidental, continúa relatando, punto por punto, todos los dogmas con los que los países europeos han armado la narrativa de victoria de Ucrania. “Básicamente, eh, 35.000 soldados rusos muertos o heridos al mes. No son capaces de reclutar más que eso. Hay más drones y misiles ucranianos que entran en Rusia que al revés y, por supuesto, Ucrania ha logrado alcanzar con éxito objetivos estratégicos tanto en San Petersburgo como en Moscú, dejando fuera de combate a alrededor del 40% de las refinerías de petróleo de Rusia. Así que, militarmente, Ucrania está en una mejor situación. Y no quiero parecer morboso, pero la proporción de bajas ahora es de uno a ocho, es decir, un soldado ucraniano por cada ocho soldados rusos”, insiste Stubb utilizando todos y cada uno de los lugares comunes de este guerra, sin explicar por qué, si la cifra de bajas rusa es ocho veces superior a la ucraniana, es el Gobierno de Zelensky y no el de Putin el que recluta forzosamente por las calles o atrapa a los hombres que intentan huir del país jugándose la vida al incumplir la prohibición de abandonar Ucrania.
La narrativa europea no solo responde a la necesidad de instalar un discurso de victoria que justifique la continuación de la actual estrategia militar, sino que tiene también implicaciones políticas propias que no se limitan a Ucrania. El conflicto ucraniano, que se remonta a 2013, cuenta con un aspecto geopolítico de lucha entre Rusia y la UE en el que Bruselas prefiere no incidir. El simplismo con el que los países y medios europeos tratan la guerra da a entender que todo se reduce a un alocado imperialismo ruso que aspira a hacer desaparecer a Ucrania con el objetivo de reconstruir el Imperio Ruso o la Unión Soviética, dos entidades políticas muy diferentes, pero que se hacen parecer sinónimos. En perpetua crisis de identidad al no saber cómo adaptarse a un mundo en el que no es una superpotencia y en el que países a los que acostumbraba a mirar por encima del hombro le superan en términos económicos, tecnológicos o de innovación, la Unión Europea ha visto en la ampliación eterna su única vía de escape. Añadir más países implica, incluso desde el discurso oficial, arrebatar aliados a potencias oponentes.
Es así como actualmente se está planteando, por ejemplo, el acercamiento de Bruselas a Ereván, a quien, como a Serbia, se le exige sumisión y ruptura con una política exterior con capacidad de mantener relaciones a este y oeste. Fue así como la Unión Europea provocó también la primera fractura social en Ucrania, con un acuerdo de asociación que no ofrecía nada al este del país, pero al que se condenaba a perder su único mercado, el ruso, un aspecto económico clave en la reacción de zonas como Donbass contra el cambio irregular de Gobierno que se produjo en Kiev en febrero de 2014. Las consecuencias para Ucrania han sido claras y devastadoras. A la fractura social creada durante y después de Maidan le han seguido dos guerras que tendrán consecuencias políticas, sociales, económicas y demográficas que se sentirán durante décadas.
Las causas de la guerra de Donbass o de la rápida actuación rusa para asegurarse el control de Crimea en 2014 son diversas, pero, de la misma forma que no puede entenderse la guerra actual sin comprender la de 2014, no puede analizarse el futuro de la Ucrania que emergerá después del conflicto sin observar la forma en la que la actuación de la Unión Europea contribuyó a la brecha social que hizo posible que una parte de la población tomara las armas para defenderse de lo que percibía como una agresión deliberada.
Sin embargo, para los países y líderes europeos, no hay nada de qué arrepentirse. Nadie recuerda ya que las reticencias de Viktor Yanukovich a firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea no vinieron por exigencias del Kremlin, sino de Bruselas, que esperaba una exclusividad en la relación que la Federación Rusa nunca pidió. Aunque todo habría requerido de negociaciones, para Moscú no tenía por qué ser incompatible un acuerdo de asociación con la UE y la pertenencia a la unión aduanera liderada por Rusia. Para Bruselas, Ucrania no tenía derecho a tratar de ser un puente entre este y oeste, sino que debía integrarse en el bloque occidental de forma total y completa, una receta que, pese a la evidencia de que esa postura ha llevado al país al desastre, se sigue repitiendo actualmente.
Aprender de los errores cometidos no forma parte del ideario de la clase política europea, por lo que a una guerra causada, al menos en parte, por la forma en la que se han expandido hacia el este y de la mano dos instituciones clave, la Unión Europea y la OTAN, se pretende dar una solución que pase precisamente por ellas. “¿Cuáles eran los objetivos estratégicos de Rusia en esta guerra? Uno de ellos era impedir la independencia, la soberanía y la integridad territorial de Ucrania. Primer fracaso: Ucrania va a ser europea. Va a ser un Estado miembro de la UE y, con el tiempo, un Estado miembro de la OTAN”, comentó Stubb en su entrevista en Politico. El presidente finlandés, que aparentemente ve soberanía en el Estado ucraniano pese a ser totalmente dependiente de quien además le da órdenes, vuelve a caer en el discurso infantil con el que la UE intenta mostrar músculo geopolítico a base de incluir a más países pese a que en este caso se plantee hacerlo de forma casi simbólica, sin dar a Kiev ninguno de los beneficios de la adhesión al bloque. Como en 2013, Rusia no exige mantener a Ucrania en su zona de influencia exclusiva y ya en la negociación de Estambul, Moscú explícitamente apoyaba las ambiciones de entrada en la UE. Y aunque la pérdida territorial que implicaba para Ucrania la oferta rusa era menos draconiana que la que resultaría de un acuerdo ahora sobre la base de la línea del frente como frontera de facto, la contrapartida era un compromiso de neutralidad, es decir, de renuncia a las aspiraciones atlantistas de la clase política ucraniana, una línea roja que los países europeos no estaban dispuestos a aceptar. Soberanía es que se anime a un Gobierno a que continúe luchando contra un enemigo superior en una guerra de objetivos imposibles. Desgastar a Rusia en nombre de Occidente y mantener vivas las esperanzas de expandir el bloque militar de la guerra fría hasta la frontera oriental de Ucrania bien valían que el país se desangrara durante varios años más. La actitud de los países europeos, la recuperación de la idea de la integridad territorial como objetivo de la guerra, la insistencia en la victoria y palabras como las de Stubb muestran que todo sigue igual.
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