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Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

La épica de la agresión

Completamente ignorada durante más de una década, la guerra de Donbass vuelve a los medios de comunicación en cada ocasión en la que es útil para demonizar a Rusia o enaltecer a los nuevos héroes ucranianos. En 2014, la prensa se concentraba en Slavyansk y en Donetsk con dos objetivos: estar ahí para documentar en primera línea la llegada de los hombrecillos de verde que suponían que enviaría Rusia para repetir el escenario de Crimea y demonizar a toda persona que participara en las protestas o en la toma de edificios. Apenas habían pasado dos meses desde la victoria de Maidan, que se había gestado sobre la base de ocupación de edificios públicos contra un Gobierno legalmente electo en unas elecciones en las que la victoria de Yanukovich fue clara y limpia.

En Donetsk, los medios se mofaban de la mezcla de personas de clase obrera, trabajadores de las fábricas, con tecnócratas pro-Kremlin en lo que calificaban de “República de dos edificios”, el ayuntamiento y el edificio de la administración regional, para la que el nuevo Gobierno había nombrado a un oligarca miembro de la patronal minera que nunca consiguió tomar posesión del despacho. En Slavyansk, los medios seguían con cierto asombro y no poco desprecio al alcalde popular, que años después acabaría como soldado raso luchando del lado ruso contra Ucrania. Fue Ponomaryov quien, junto a Strelkov -hoy preso en una cárcel rusa acusado de extremismo nacionalista por su defensa de una solución mucho más radical que la del Kremlin para Ucrania-, organizó la fiesta del 9 de mayo, Día de la Victoria, en la que toda la ciudad y sus invitados de la prensa mundial pudieron escuchar la grabación original del anuncio soviético de la invasión alemana y también el de la victoria. Llegan “noticias terribles de Mariupol”, escribió desde aquella celebración el periodista de La Sexta Alberto Sicilia, aún hoy asiduo de la información de la guerra, eso sí, desde el lado de Kiev.

Las terribles noticias e imágenes a las que se refería el periodista era el asalto de las tropas ucranianas -entre las que probablemente se encontraba el batallón Azov, nacido oficialmente esa misma semana para ser incluido en las tropas del Ministerio del Interior de Avakov- a Mariupol. Una parte de ese episodio ha vuelto a la actualidad esta semana cuando quien lo lideró, Mijailo Drapaty, ha sido nombrado comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, la jefatura del ejército. Hace doce años, Drapaty encabezó aquel asalto en el que, con la épica de quien olvida las consecuencias, ha vuelto a narrarse esta semana destacando el valor de haber irrumpido a toda velocidad por encima de las barricadas rebeldes.

El episodio terminó con la comisaria quemada y varios muertos entre la población civil, asesinados a bocajarro por los héroes ucranianos, una parte que los medios actuales omiten, ya que prefieren centrarse únicamente en la imagen lateral de un blindado saltando a toda velocidad por encima de unas barreras formadas por ruedas y cualquier elemento que la población civil que controlaba esos puestos de control totalmente improvisados y aislados entre sí, detalles que tampoco se mencionan. La épica decaería si se admitiera que, metros después, el blindado fue detenido por hombres y mujeres que se colocaron en la carretera y lo detuvieron utilizando sus propios cuerpos, como había ocurrido también en Slavyansk. Los medios occidentales dan valor a esa valentía solo en contextos como el de Tiananmen y si es delante de tanques de países oponentes. Cuando los blindados son de un país amigo, la épica no está en la población que se defiende sin siquiera las armas más básicas sino a los soldados fuertemente armados que disparan a bocajarro contra su propia población.

En realidad, esa última parte es discutible a juzgar por las palabras del ahora enaltecido Mijailo Drapaty. “El nuevo comandante en jefe de Ucrania afirma que los rusos son una nación que no tiene derecho a existir”, ha escrito esta semana Nexta, un medio bielorruso que publica desde Polonia y hace ostentación de su odio a Rusia. No había en sus palabras ninguna intención crítica. Como otros muchos medios, Nexta se hacía eco de unas declaraciones de Mijailo Drapaty en 2023. El ahora comandante en jefe no ha renegado de aquellas declaraciones, que reflejan un sentir generalizado en el nacionalismo ucraniano y que definen a la perfección el punto de vista del actual jefe del ejército, que no desentona en absoluto con la ideología oficial que ha institucionalizado la nueva Ucrania desde su victoria en Maidan.

Las palabras de Drapaty se grabaron en 2023, pero la entrevista completa no se publicó, según el medio opositor ruso Meduza, hasta el 22 de julio de este año, es decir, hasta su nombramiento como jefe del ejército ucraniano. “Al principio, para ser sincero, puede que hubiera algo de miedo porque todo era muy incierto: qué iba a pasar, cómo iba a pasar”, afirma Drapaty en relación a los primeros pasos de la guerra de Donbass. El temor existente no se debe a la posibilidad de una invasión rusa en 2014, ya que, tras la anexión de Crimea, tanto las palabras como los actos de la Federación Rusa se dirigían a conseguir un diálogo interno en Ucrania que mantuviera los equilibrios este-oeste que habían hecho reversible la Revolución Naranja. El fracaso de aquella misión, ya que Maidan había derrotado ya al bando de Yanukovich y la intención era imponer una nueva forma de democracia controlada en la que solo tuvieran espacio partidos nacionalistas, condenó a Ucrania al conflicto. La resistencia de la población de Donbass, para la que Ucrania solo tenía insultos, reproches, el ejército y posteriormente el bloqueo, dio paso a la guerra civil y finalmente a la partición que Kiev sigue intentando revertir por la fuerza. La operación militar especial no ha sido el primer eufemismo de esta guerra. La operación antiterrorista iniciada por el Gobierno de Turchinov-Yatseniuk es el reflejo material de las palabras de Drapaty, que, como el Estado ucraniano temía que el ejército no fuera a ser capaz de disparar contra su población. Para eso se reclutó a los grupos que, liderados por el propio Drapaty, cometieron las primeras masacres en Donbass. Sorprendida por la resistencia, Ucrania decidió calificar de invasión rusa lo que en realidad era una guerra civil que Kiev nunca tuvo intención de evitar o de detener.

“Al final, hemos visto el resultado. Ni siquiera se les puede llamar vecinos. Se trata de una nación, junto con sus dirigentes, que no tiene derecho a existir. Allí no ha cambiado nada civilizado a lo largo de milenios, ni en su mentalidad ni en sus ambiciones imperiales”, insiste Drapaty en referencia a Rusia para añadir que “son una nación que, con sus dirigentes, no tienen derecho a existir”. El desprecio por Rusia es, según sus palabras, anterior a 2014. El ahora jefe del ejército ucraniano afirma haber tenido la convicción de que habría una guerra con Rusia muchos años antes y remonta las causas a 1991. En realidad, el desprecio de Drapaty se extiende a la población de Donbass, algo que explica la facilidad con la que los nacionalistas atacaron los pueblos y ciudades de lo que siguen afirmando que era su país.

La población de Donbass es “inconsciente” y el territorio siempre ha estado plagado de “elementos criminales”, afirma Drapaty, que achaca esa inferioridad y el deseo de “vivir de subvenciones” y el “rechazo a trabajar” a la “falta de atención” que Ucrania había dado a la región en términos de “ucranización”. Donbass, una región obrera y proletaria, nació como población industrial a finales del siglo XIX. La estepa, con su clima desapacible, era una zona menos densamente poblada, motivo por el cual los campesinos ucranianos contaban con mayores cantidades de tierra que labrar. Sin grandes incentivos para mudarse a los centros industriales, donde la explotación que Engels denunció en Manchester era aún más brutal en las ciudades en las que se hacinaba a la población sin servicios, la población ucraniana siguió siendo rural y agrícola. Tanto en el siglo XIX como después de la Segunda Guerra Mundial, la población obrera llegó desde diferentes lugares a este y oeste, tanto de otros territorios ucranianos, como de regiones de Rusia. Donbass, como región industrial, siempre fue multicultural, pero dominó la lengua y la cultura rusa, algo que el nacionalismo ucraniano nunca ha podido perdonar y ha tratado de cambiar, primero con varias oleadas de ucranización y posteriormente por la vía militar.

“La gente del Donbass os odia por lo que les habéis hecho, por la forma en que habláis de ellos y por el desprecio que siempre les habéis mostrado. Dejad de fingir que eres sus libertadores”, comentó la historiadora ucraniana Marta Havryshko. Sin embargo, el discurso de Drapaty, que desea recuperar el territorio, pero no a la población, que considera rusa y desea lo mismo que Israel para la población de Gaza, no solo no va a desaparecer, sino que es una de las bases ideológicas de la Ucrania actual. No en vano, Zelensky recomendó a quienes, en Donbass o en Crimea, se sientan rusos y no ucranianos, que abandonen sus lugares natales para mudarse a Rusia. El discurso del Estado pasa por calificar a la población de Donbass de manipulada, sometida al lavado de cerebro por parte de Rusia y dependiente, una visión de la población que hace de ella un ente prácticamente inerte, irrecuperable, inferior a la heroica población ucraniana que les agredió en 2014 y jamás se arrepintió de haber iniciado una guerra de agresión basada en su odio, cuya representación perfecta es el blindado de Drapaty ondeando su bandera azul y amarilla sobre unas barricadas improvisadas erigidas por la población civil organizada.

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