Completamente dependiente del suministro de armas y financiación para sostener el Estado y asegurar que el ejército pueda seguir luchando con garantías, Ucrania se ha centrado estos últimos meses en el frente político y mediático, al que ha convencido de que la guerra ha cambiado. Las tropas rusas mueren masivamente, Rusia padece graves dificultades económicas y no puede defender su territorio de los drones y misiles rusos y ucranianos. Esa es, al menos, la versión que Ucrania y sus aliados europeos han implantado en los medios, y de ahí en la conciencia colectiva, a base de repetición del mensaje, que en ocasiones no se corresponde siquiera con la información disponible en fuentes propias del Estado ucraniano.
“Los mapeadores ucranianos de DeepState han vuelto a publicar actualizaciones textuales diarias de los avances rusos tras la cumbre de la OTAN. El servicio fue suspendido al inicio de la campaña mediática del cambio de marea hace unos meses. Batalla de relaciones públicas ganada, la guerra no tanto. Los rusos siguieron avanzando durante todo este período. El mismo patrón que en los últimos cuatro años y medio”, escribió ayer el periodista opositor ruso Leonid Ragozin. Ahora que Kiev ya se ha garantizado los 70.000 millones de euros de asistencia militar de los países de la OTAN para este año y el próximo, la realidad del frente terrestre puede volver a aflorar nuevamente. Aunque vinculada al Ministerio de Defensa de Ucrania, DeepState es una fuente útil para observar avances rusos consolidados, que generalmente se publican con un relativo retraso. El mapa de ayer muestra que, pese al discurso con el que el establishment político europeo proclama que “Rusia está perdiendo territorio” y la guerra ha cambiado, la dinámica persiste. Para ver una victoria ucraniana -siempre sin definir qué considerarían las capitales europeas ganar la guerra-, hay que centrarse únicamente en las imágenes que publican los medios occidentales sobre los daños causados por los drones y misiles ucranianos en Rusia y olvidar tanto el frente terrestre como la respuesta rusa a los ataques ucranianos. Porque aunque nunca se han detenido, los bombardeos aéreos rusos están aumentado estas semanas en las que Rusia es consciente de que tiene que responder a los golpes ucranianos y sabe también que, en estos momentos, escasean en Kiev los misiles para los sistemas de defensa aérea Patriot.
Conseguir más armas para Ucrania y sanciones contra Rusia fue la obsesión de Lindsey Graham hasta el final. El senador estadounidense, que murió el domingo, había visitado Ucrania apenas 24 horas antes. Allí había anunciado haber logrado un acuerdo con Donald Trump para la aprobación de una nueva ley de sanciones con la que atacar la economía rusa. El senador visitó también una fábrica de producción de drones, donde se le tomó la que será una de sus últimas fotografías. El fanatismo con el que Graham llevaba doce años exigiendo a Estados Unidos armar y financiar Ucrania contra Rusia ha provocado una oleada de mensajes de condolencias procedentes de Kiev. “Hoy, Ucrania ha perdido a un verdadero amigo, y América ha perdido a uno de sus hijos más destacados. El senador Lindsey Graham fue uno de esos políticos estadounidenses que no temía llamar a las cosas por su nombre. Apoyó consistentemente a Ucrania en sus horas más oscuras, abogó por la asistencia militar, pidió sanciones duras contra Rusia y recordó al mundo que la libertad tiene un precio”, escribió Kirilo Budanov, jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania. Graham, que como su amigo McCain, siempre equiparó libertad con victoria de Estados Unidos, no tuvo miedo en decir en voz alta lo que no se suele decir y admitió abiertamente que Ucrania estaba dispuesta a luchar “hasta el último ucraniano”.
“Me gusta el camino estructural en el que estamos aquí. Mientras ayudemos a Ucrania con las armas que necesitan y el apoyo económico, lucharán hasta la última persona”, afirmó Graham en 2022, cuando Ucrania perdía población y territorio masivamente. “El mejor dinero que hemos gastado”, comentó en esa misma conversación. Graham fue también el hombre que presentó como una enorme victoria económica para Estados Unidos el acuerdo de minerales que pretendía hacer de Ucrania una colonia extractivista para Washington. Quizá la pérdida de recursos naturales era uno de esos precios que tiene la libertad a la que se refiere Budanov.
Ucrania ha dejado claro estar dispuesta a realizar las concesiones necesarias a sus aliados para conseguir lo que busca -más apoyo para la guerra y sanciones contra Rusia- y también, como se congratulaba Graham, a sufrir las consecuencias de optar por la vía militar para conseguir negociar en un futuro en posición de fuerza. Para ello, Ucrania demanda más apoyo para poder capitalizar sus ataques contra Rusia, que deben obligar al Kremlin a ceder, aceptar un alto el fuego sobre la base del frente actual y dirigirse a una negociación en la que Kiev y las capitales europeas presentarían un plan sobre la base del ultimátum de mayo de 2025.
Como era de esperar, la réplica rusa no ha sido ceder sino endurecer su respuesta, como habría deducido Graham y como habían advertido quienes ven la guerra total como un daño colateral soportable y el precio a pagar por una mejor situación más allá de un hipotético alto el fuego. “La respuesta de Rusia a los ataques ucranianos será recíproca y varias veces más potente”, declaró ayer Vladimir Putin, inmerso en la campaña electoral para las elecciones legislativas que se celebrarán en septiembre y en las que Rusia Unida quiere hacer una demostración de fuerza.
Más allá del endurecimiento de los bombardeos contra Kiev, donde es evidente que los misiles para la defensa aérea escasean, Rusia ha iniciado esa respuesta recíproca a la que se refirió ayer Vladimir Putin. Como país productor de petróleo, Rusia cuenta con una serie de objetivos de los que Ucrania carece, por lo que no veremos imágenes diarias de refinerías ardiendo. Como en prácticamente todo lo demás, Kiev depende de sus aliados para garantizar sus necesidades energéticas. Estas semanas, Rusia ha centrado sus ataques con drones en las gasolineras, un objetivo relativamente sencillo, y en la distribución eléctrica, especialmente aquella que afecta directamente a la industria militar. Plantas como Yuzhmash o Motor Sich son más fácilmente inutilizadas a base de impedir el suministro eléctrico que con los misiles. Construidas por la Unión Soviética, las fábricas que forman parte de la industria estratégica está demostrando que fueron diseñadas para soportar una guerra como la actual.
El fin de semana, los medios informaban de que Rusia había detenido el tránsito de uno de los canales que unen el Volga y el Don y que posteriormente desembocan en el mar de Azov, donde los drones ucranianos atacan actualmente buques civiles de todo tipo. Aunque la campaña comenzó con buques de carga de petróleo, Kiev ha atacado también otro tipo de embarcaciones. Detener temporalmente la exportación a través del mar de Azov implica reducir la exportación de grano de uno de los grandes productores, con las consecuencias de alza de precios que afectan desproporcionadamente a países pobres, un daño colateral que no molesta a las autoridades ucranianas ni a sus aliados.
En este sentido, Rusia sí dispone de la posibilidad de actuar de forma simétrica, ya que Ucrania es también un país exportador de materias primas y, sobre todo, productos agrícolas, cuya salida natural son los puertos del sur del mar Negro. “Los ataques rusos contra el puerto de Chornomorsk en el oblast de Odesa durante dos noches consecutivas causaron daños significativos y obligaron a las terminales de exportación de Kernel a suspender operaciones, informó la compañía agroindustrial el 13 de julio. Las fuerzas rusas llevaron a cabo ataques masivos contra el puerto de Chornomorsk durante dos noches consecutivas, las noches del 10 al 11 de julio y del 11 al 12 de julio. Según Kernel, los activos portuarios de la compañía sufrieron graves daños en los ataques”, afirmó ayer Ukrainska Pravda, que añadía sin la más mínima ironía que “los ataques dirigidos contra la infraestructura portuaria representan una amenaza directa no solo para la seguridad alimentaria global, sino también para la seguridad del transporte marítimo internacional”. Solo los ataques rusos, no los ucranianos, amenazan la seguridad alimentaria global y solo las acciones rusas, no las estadounidenses, amenazan la libertad de navegación.
En este ciclo de venganza en el que se han instalado Ucrania y Rusia desde el inicio de la campaña aérea con la que Kiev quiere obligar a ceder, la consecuencia más clara es un endurecimiento de la respuesta rusa. Desde el punto de vista de Zelensky, se trata de un mal menor que su Gobierno está dispuesto a tolerar si le ayuda a exigir más armas a sus aliados. Aunque sea a costa de que el empeoramiento de la situación no se limite a tierra y aire y se extienda también al mar.
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