El lunes por la mañana, mostrando por primera vez algo de emoción, el primer ministro británico Keir Starmer anunció oficialmente su decisión. El secreto a voces se retrasó solo unos días, mientras el efímero líder laborista meditaba si luchar por el puesto en una carrera que se perfilaba a dos o ceder a lo que finalmente parece que se convertirá en una coronación de un líder improbable y que llegará al poder sin haber sido capaz nunca de ofrecer una alternativa suficientemente atractiva al partido. Andy Burnham, exministro de Gordon Brown, oportunista nuevo laborista y ahora soft left que aspira a frenar la fuga de votos que haga inevitable un futuro Gobierno de la extrema derecha del Reform de Nigel Farage.
El destino de sir Keir Starmer estaba escrito desde que Burnham se convirtió en el único candidato real a sucederle al frente del laborismo y del Gobierno. Solo con una carrera a varias voces -con los exministros Wes Streeting, Angela Rayner o incluso Ed Miliband, personas que han barajado estos meses sus aspiraciones-, había alguna posibilidad de que Starmer aguantara el pulso interno en el partido y se mantuviera en un liderazgo que nunca ha sabido ejercer. La clara victoria electoral de Andy Burnham en un distrito en el que Reform había ganado las elecciones municipales apenas unas semanas antes fue leído como un referéndum sobre la figura de Starmer, desgastada y deslegitimada por su inoperancia, total ausencia de carisma e incapacidad de ofrecer el cambio que prometió y en el que nunca creyó.
El anuncio de la caída de Starmer se ha producido en el décimo aniversario de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, un momento decisivo para el país y una cuestión que aún colea a ambos lados del canal de la Mancha. Es más, la relación con la Unión Europea ha sido uno de los escasos aspectos en los que Starmer ha mostrado alguna capacidad de liderazgo. El Brexit prometía un alejamiento de Bruselas para priorizar otras relaciones políticas y comerciales entre las que destacaba la relación especial con Estados Unidos. La teoría no siempre puede llevarse a la práctica y, pese al intento de Starmer de apelar a la vanidad de Donald Trump ofreciéndole una carta del rey o una inédita segunda visita de Estado en la que fue agasajado por encima de cualquier límite razonable, la relación con Washington no pasa actualmente por su mejor momento. La reacción de Donald Trump y la de Úrsula von der Leyen son representativas del momento. El domingo, con un post en su red social personal, el presidente de Estados Unidos anunciaba la dimisión de Starmer antes de que se produjera. “Ha fracasado en dos importantes cuestiones: INMIGRACIÓN Y ENERGÍA (¡ABRID EL PETRÓLEO DEL MAR DEL NORTE!)”, sentenció Trump antes de desear lo mejor a Starmer.
La presidenta de la Comisión Europea, por su parte, destacaba de Starmer su liderazgo, su colaboración para hacer Europa más segura, su implicación en el aumento del gasto militar y, sobre todo, en la cuestión ucraniana. “A muchos líderes les toma años crecer hasta convertirse en el estadista en el que tú te has convertido en solo dos años”, escribió von der Leyen, destacando aquello de lo que Starmer ha carecido durante este tiempo, para añadir que” la seguridad europea y ucraniana es más fuerte gracias a ti. Gracias, querido Keir”. La seguridad europea es una guerra que nadie quiere detener y que amenaza con crear una paz armada en la que ni siquiera el alto el fuego vaya a suponer ausencia de conflicto.
El presidente Zelensky, que ha visto en Keir Starmer un aliado clave que ha intercedido en nombre de Ucrania en busca de permiso de Estados Unidos para el uso de misiles occidentales de largo alcance contra territorio ruso, respondió a la dimisión con aparente tristeza, pero también con la tranquilidad de quien es consciente de que nada va a cambiar. Poco, o nada, se sabe de la futura política exterior de Andy Burnham, que hace una década hizo campaña a favor de la permanencia en la UE y de quien se espera una estricta continuidad en los aspectos más importantes de las relaciones internacionales. Nada indica que el rearme, el aumento del gasto militar a costa de la inversión pública o el apoyo político, económico, financiero y militar a Kiev vayan a reducirse con la llegada del futuro Gobierno de Burnham, de quien se llegó a plantear que fuera a ofrecer la cartera de Defensa al actual primer ministro.
Estas últimas semanas de agonía de un Gobierno británico en descomposición, con dimisiones como la del ministro Healy, que saltó de un barco que se hundía alegando que Starmer no había realizado una suficiente inversión en defensa, han sido momentos de uso de la política exterior con el objetivo de mejorar la situación interna, algo a lo que se están aferrando también otros líderes europeos con problemas políticos o electorales como Pedro Sánchez o Emmanuel Macron. Como el presidente francés, Starmer ha sido uno de los líderes de la futura -y aún hipotética- coalición de voluntarios, una serie de países europeos que aspiran a enviar una misión militar armada de disuasión a la Ucrania posterior al alto el fuego. En estos breves dos años de Gobierno, puede decirse que la alianza con Francia y ahora también con Alemania para la organización de ese pequeño ejército que sería enviado a Ucrania como avanzadilla de la OTAN camuflada en sus banderas nacionales ha sido el gran proyecto de política exterior de Starmer, una iniciativa que el ya dimitido premier dejará inacabada. Como para la Unión Europea, la autonomía estratégica del Reino Unido implica la necesidad de un acuerdo entre Washington y Moscú para el alto el fuego, la aceptación rusa de tropas europeas en su frontera de facto y la voluntad estadounidense de ofrecer la inteligencia y la cobertura aérea para hacer viable esa gran propuesta continental de garantizar la seguridad de la Ucrania de postguerra.
Sin embargo, esa evidente debilidad europea -de la Unión Europea y el Reino Unido, que en esta cuestión han actuado en tándem- no impide que los últimos actos de política exterior de Starmer hayan sido de ataque, una huida hacia adelante que se ha traducido en el reciente ultimátum a Moscú. El Reino Unido, cuya prensa ha sido siempre una de las más implicadas en la causa ucraniana, ha sido uno de los países en los que con más entusiasmo se ha abrazado la retórica de victoria de Ucrania que actualmente ha hecho elevar las esperanzas de Kiev de conseguir más armas y financiación para su Estado y su ejército y sanciones aún más duras contra Rusia. El Gobierno de Starmer fue uno de los firmantes del comunicado geopolítico del G7 en el que se recupera la idea de la integridad territorial de Ucrania y en el que el grupo de potencias occidentales se compromete a sanciones aún más draconianas contra el petróleo y el gas ruso para obligar a Moscú a negociar el final de la guerra de Ucrania entre la espada y la pared. El Reino Unido fue también uno de los tres países cuyos embajadores visitaron a iniciativa propia el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa el pasado 11 de junio. “Cabe destacar que el ultimátum de Londres fue reafirmado de forma inequívoca por los embajadores de Gran Bretaña, Francia y Alemania en la reunión celebrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso el 11 de junio de 2026, una reunión que ellos mismos habían solicitado con tanta insistencia”, comentó Sergey Lavrov, que precisó que esa había sido la única labor de los tres embajadores, que habían acudido a la sede de la diplomacia rusa, no para negociar o abrir canales de comunicación, sino para dar órdenes a Moscú.
Una parte importante de la postura europea, y especialmente de la del Reino Unido, que nunca se implicó siquiera de palabra en acuerdos como los de Minsk y que siempre vio la vía militar como prioritaria, es el sostenimiento de la asistencia de Defensa, la financiación del ejército ucraniano como garantía de que Moscú no podrá imponer un acuerdo de paz en el que tengan que readmitir a Rusia en las relaciones internacionales occidentales como un país más. Para el Reino Unido, la guerra ha sido también la ocasión de desgastar a un enemigo histórico y recuperar una rivalidad que se remonta al siglo XIX. Con sus aliados, el Reino Unido luchó contra Rusia en la Guerra de Crimea, una posición ya entonces considerada estratégica y que, como demuestran los actuales intentos ucranianos de cortar los accesos a la península, no ha perdido su importancia como eje del control del mar Negro, una posición muy valorada para los gobiernos británicos, ya sean conservadores, laboristas, actuales o pasados.
Pero más allá de la política y de la capacidad de utilizar un proxy para desgastar a un enemigo histórico, la guerra ofrece también un servicio que el Reino Unido lleva tiempo utilizando: la posibilidad de probar en situación de combate de alta intensidad las nuevas armas desarrolladas que, en ocasiones, ni siquiera han sido completamente testadas. “El Reino Unido prueba misiles de largo alcance para ayudar a Ucrania a bombardear Moscú”, titulaba esta semana con total normalidad el diario británico The Telegraph, uno de los más fanáticamente proucranianos y, a la vez, mejor informados de la participación británica en el conflicto, cada vez más directa y cada vez más jaleada. El artículo no pretende ser alarmante -¿hasta qué punto pueden los países occidentales insistir que no participan en esta guerra con este tipo de titulares?- sino presentar las posibilidades que implica el desarrollo de nuevas armas. “Los sistemas experimentales, con unas cabezas de 250kg, podrían potencialmente alcanzar la capital rusa desde Kiev”, continúa el subtítulo para presentar unas armas abiertamente experimentales, que apenas han sido testadas y que, como admite, presentan fallos. “Todos los sistemas disparan a pesar de pequeños fallos técnicos menores”, comenta. Como ocurre con la idea de otorgar a Ucrania licencias para la fabricación de misiles y munición para los sistemas Patriot, algo que requeriría tiempo de producción, tampoco las nuevas armas milagrosas -con pequeños fallos- británicas buscan mantener la inercia actual de Kiev, sino que son la constatación de que se prepara una paz armada ampliamente militarizada a nivel continental o que el plan es que la guerra se prolongue mucho más allá de este año.
“Los oficiales británicos esperan entregar el primero de los nuevos sistemas a Kiev en el plazo de un año”, afirma el artículo. La guerra debe continuar y lo hará sea quien sea que se encuentre al frente del Gobierno británico, cuya política hacia Ucrania ha sido la misma con los conservadores Cameron, Johnson, Truss y Sunnak o el laborista Starmer. La guerra proxy de Ucrania y las posibilidades de su uso como herramienta de desgaste de Rusia son aspectos demasiado importantes como para que la política sufra cambios si gobierna el centro-derecha o el centro-izquierda.
“El proyecto Brakestop muestra lo que ocurre cuando combinamos el compromiso con el talento y el ingenio de la industria británica”, se jacta The Telegraph, que añade que “en menos de un año, las compañías británicas han llevado un concepto ambicioso de la mesa de dibujo a las pruebas de uso, desarrollando unas capacidades de nueva generación a una velocidad sustancial”. Todo por la guerra.
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