Los aliados europeos y Canadá esperaban una cumbre de la OTAN breve, tranquila y sin inquietudes. Mark Rutte había preparado el terreno consciente de que el mejor argumento para apelar a Donald Trump es la vanidad, regalarle momentos en los que pueda jactarse de ser el líder amado y respetado del país indispensable que marca el rumbo del mundo libre. Hace dos semanas, el secretario general de la OTAN convertía lo que debió ser una humillación, una sumisión equivalente a arrodillarse ante un rey extranjero, en un espectáculo prácticamente circense. Rutte se levantaba del sofá y corría a que sus asesores le entregaran un gráfico en el que, de manera infantil, la OTAN quería plasmar sus progresos. Como un niño que presenta las notas a su padre, Rutte mostraba cómo los aliados avanzan para cumplir las órdenes dadas por daddy, que esta semana ha llegado a Ankara a pedir todavía más.
El plan preparado por el secretario general de la OTAN, elegido para el puesto precisamente por su conexión personal con el líder de la Casa Blanca, era simple: una cumbre de menos de dos días centrada en tres puntos. El primero y más importante era presentar a Trump la evolución del aumento del gasto militar y los planes para llegar al 5% del PIB prometido hace un año por todos y cada uno de los aliados -también España y Eslovaquia, que afirman haber firmado algo diferente de la literalidad del texto- para gasto en defensa. El rearme no solo exige aumento de la inversión en defensa y seguridad, sino que implica el compromiso de potenciar la industria militar, segundo punto del tríptico de Mark Rutte, pensado para ser la continuación directa de la cumbre del año pasado, de la que Donald Trump salió reafirmado como el líder que da órdenes a sus subordinados.
Finalmente, el plan de Rutte introducía la cuestión de Ucrania, especialmente importante en un momento en el que incluso Kirilo Budanov admite que “la primavera tuvo un impulso real en las negociaciones. Ahora todos hemos entrado en una escalada. Todos lo comprenden”. La guerra se encuentra en un punto clave, no tanto por el cambio de iniciativa que pregonan con su sonrisa de guerra Úrsula von der Leyen, Kaja Kallas o Alexander Stubb, sino porque corre el riesgo de hacer estallar todas las líneas rojas y limitaciones que las partes se habían impuesto y acercarse peligrosamente a una guerra total que sea imposible de controlar.
La cumbre comenzó con los titubeos habituales por los cambios de humor de Donald Trump, que llegó a Ankara con la intención de demostrar a su amigo Erdogan que había acudido a la cumbre solo porque se celebraba en Turquía, un país al que el presidente de Estados Unidos dio las gracias por no participar en la guerra del lado de Irán. Aliado de la OTAN, fiel a los Hermanos Musulmanes y a esa versión del islam suní mucho más cercana a Arabia Saudí que a Teherán -una imagen de juventud de Erdogan le muestra rindiendo pleitesía a Gulbuddin Hekmatyar, el muyahidín favorito de Estados Unidos y Arabia Saudí contra el Afganistán socialista-, ningún escenario real podría hacer pensar que Erdogan fuera a apoyar a Irán en una guerra contra Estados Unidos. Sin embargo, al contrario que el resto de miembros de la OTAN, que tampoco se mostraron favorables a Irán y que, salvo matices, justificaron la actuación de Estados Unidos para evitar que Teherán adquiera unas armas nucleares que solo existen en la cabeza de Donald Trump, Turquía no obtuvo reproches, sino trato de favor.
Las acusaciones se centraron en España -declarada “causa perdida” y un país con el que Trump no quiere comerciar-, el Reino Unido, Francia, Alemania o Italia, cuya primera ministra ha recibido además el trato machista propio del tipo de hombre que es el presidente de Estados Unidos. Trump acusó al Gobierno español, que en las últimas horas se ha jactado de haber triplicado el gasto militar en los últimos años, de “no querer pagar nada”. A los demás países europeos, les acusó de haber obstaculizado su guerra contra Irán, que plantea como una cruzada contra un enemigo al que deshumaniza cada día más. “Son personas malvadas. Son personas enfermas. Son personas mentalmente perturbadas. Debería haberse hecho hace 47 años”, afirmó sobre la República Islámica de Irán. Los enfrentamientos en Ormuz, respuesta de Irán al intento de Estados Unidos de controlar el estrecho y a la nula voluntad de Washington de cumplir sus compromisos plasmados en el Memorando de Entendimiento, han derivado en bombardeos estadounidenses y una respuesta iraní que, durante varias horas, arrebataron todo el protagonismo que Rutte había preparado para Ucrania. En rueda de prensa, Donald Trump dio por finalizado el alto el fuego e incluso por descartado el Memorando de Entendimiento y anunció nuevos bombardeos contra Irán para esta noche, provocando rápidamente el alza del precio del petróleo.
Según varios medios, Estados Unidos ha valorado recientemente la posibilidad de volver a la fase activa de su agresión militar contra Irán, aunque Trump se había inclinado por continuar por el camino de la presión diplomática y económica. Y como publicó ayer The Wall Street Journal, Trump ha ordenado que se determine una lista de productos españoles contra los que imponer algún tipo de embargo. Las obsesiones de Trump pueden siempre convertirse en políticas reales. Sin embargo, de la beligerancia mostrada por Trump ante los medios se pasó a una conversación informal que Pedro Sánchez calificó de “cordial” y a una postura mucho más constructiva en la reunión privada de los jefes de Estado y de Gobierno, en la que, según Reuters, el líder estadounidense no repitió reproches contra España -que para la noche se había redimido completamente por su «generosidad»-, no amenazó con abandonar la OTAN y tampoco insistió en la posibilidad de romper definitivamente el alto el fuego en Irán, donde los bombardeos continúan en el modo alto el fuego -bombardear con menos intensidad que durante la fase activa- de los últimos días.
Al final del día, pese al vaivén entre amenazas y cordialidad, Estados Unidos cumplió exactamente el papel que Mark Rutte esperaba para Washington. Trump ha detectado debilidad y voluntad de sometimiento en sus aliados de la OTAN, lo que se traduce en más presión incluso cuando se le anuncia que obtendrá todo lo que pide. El objetivo tiende a ser siempre el mismo: obtener más ingresos, ya sea para el país, en este caso para su industria militar, o para su propia familia. En Ankara, Trump obtuvo lo que quería, más dinero, y sentó las bases para seguir exigiendo más sometimiento a esos aliados que siguen dispuestos a darle lo que pide. “No es que Trump esté ganando la discusión. Es que ha ganado la discusión. Los países entienden que tienen que actuar con más responsabilidad”, afirmó Mark Carney como elogio al rearme y el aumento del gasto y la producción militar. Responsabilidad no es buscar el final de las guerras en curso, sino garantizar que la que consideran más importante no vaya a quedarse sin armas y preparar una paz armada en la que el peligro -y la justificación de la deriva belicista- no desaparezca del continente.
“Trump suele ejercer presión mediante un enfoque muy contundente. Los últimos presidentes estadounidenses nos pedían educadamente: «Por favor, haced por fin un poco más por vuestra propia defensa», pero en toda Europa esas peticiones cayeron en gran medida en saco roto. Ahora hay un presidente estadounidense que dice, sin rodeos: «Ya basta»”, añadió en rueda de prensa Friedrich Merz. Los aliados europeos parecen apreciar la forma en la que daddy Trump consigue lo que todos desean: avanzar hacia la militarización de Europa.
El comunicado final ofrece resultados tangibles en los tres puntos principales de la cumbre: los aliados se congratularon de un aumento del gasto militar de 119.000 millones de dólares; anunciaron 50.000 millones de dólares de nuevas apropiaciones, una compra de armas que dará aún más beneficios a la industria militar estadounidense y, como se había anunciado la semana pasada, se comprometieron a aportar 70.000 millones de dólares como asistencia militar a Ucrania. Tras mucha espera, Volodymyr Zelensky no solo consiguió el compromiso de financiación que deseaba, sino una comparecencia pública con Donald Trump en la que el presidente ucraniano arrancó de su homólogo estadounidense un aparente acuerdo a la propuesta ucraniana de otorgar licencia para que Kiev produzca los misiles PAC-3 para los sistemas Patriot. “Te vamos a dar una licencia para fabricar misiles Patriot. Así no podrá quejarse de que no le estamos dando lo suficiente. Fabrícalos tú mismo”, afirmó Trump delante de Zelensky, al que también preguntó si iría a Moscú para negociar con Vladimir Putin. “Es difícil. Es peligroso ir a Moscú, hay muchos drones”, se jactó Zelensky, que no dudó en utilizar el momento para colocar su mensaje triunfalista en una comparecencia ante los medios de todo el mundo.
Como colofón, Zelensky obtuvo también el apoyo público de Estados Unidos a su estrategia de empeorar al máximo la situación en Rusia. Tras varios días insistiendo en que tanto Zelensky como Putin quieren la paz, sin ver en ello ningún tipo de contradicción, Donald Trump y su equipo elogiaron la escalada ucraniana. “Creo que esa es una de las dinámicas que han cambiado en esta guerra en los últimos meses y es que los rusos están encontrando más difícil defender su propio espacio aéreo. Y lo que esperamos que eso signifique es que ahora va a crear el espacio para negociar el fin de esta guerra”, afirmó el neocon Marco Rubio pese a la certeza de que el aumento de la presión ucraniana ya está suponiendo una respuesta más dura de Rusia contra Ucrania ahora que escasean los misiles para la defensa aérea. Las consecuencias para Ucrania y su población no son tampoco una preocupación para Donald Trump, que añadió a las palabras de su secretario de Estado que “es una escalada, pero también una escalada que puede conducir al fin” de la guerra. La realidad y los deseos vuelven a confundirse en la difusa mente de Donald Trump. Para regocijo de los aliados de la OTAN, esa postura es exactamente la deseada, ya que implica más armas para la guerra y más presión contra Rusia.
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