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Bandera, Fascismo, Historia, Holocausto, Polonia, Rusia, Ucrania

Un panteón para los héroes

Desde la invasión rusa, el Parlamento ucraniano, con el mandato expirado desde 2023, se ha convertido en una institución utilizada únicamente para ratificar las decisiones del poder ejecutivo, que a su vez depende directamente de las de sus aliados y proveedores extranjeros, sin los que ni el país ni su ejército podrían sobrevivir. Esta estructura de jerarquía vertical ha dejado a la Rada realizando el mismo papel que juega el Parlamento Europeo, un lugar en el que se votan decisiones ya tomadas. Escasos, los debates tienden a ser de dos tipos: la gresca que finalmente acaba con los y las representantes votando tal y como se espera o la escenificación de unidad. Ambos casos tienen sus dosis de teatralización, ya que la opción del debate busca marcar unas diferencias políticas que realmente no existen entre los partidos ucranianos, que no se diferencian tanto por sus programas sino por la personalidad de sus líderes, y la de la unidad es una simple forma de acatar decisiones en las que el poder legislativo no ha tenido ningún papel previo.

La semana pasada, la Rada dio un ejemplo de esa segunda opción, la escenificación de una unidad que no se corresponde necesariamente con la opinión de la sociedad ni con las prioridades del pueblo más empobrecido de Europa. En una Rada llena, algo que no ocurre habitualmente en el contexto actual, el presidente Ruslan Stefanchuk anunció orgulloso que se había aprobado una importante ley propuesta días antes por el Gobierno. “Hoy he presentado una ley sobre el Panteón Nacional Ucraniano al Parlamento. Los nombres de todos los héroes que lucharon por Ucrania en diferentes siglos y épocas, que inspiraron a Ucrania, se combinarán y quedarán grabados para siempre en nuestra historia con mayúscula, con gran respeto y atención del Estado. Ucrania, que se respeta a sí misma, valora lo suyo y defiende lo suyo, su derecho a ser ucranianos. Cuando nadie nos ordenará nunca más cómo debemos vivir, cómo hablar, a quién amar, a quién estar agradecidos y qué héroes honrar”, había anunciado Volodymyr Zelensky el 28 de junio. El 1 de julio, con la rapidez propia de un Parlamento sin ningún papel real, Stefanchuk anunciaba la adopción de la ley. “La Rada Suprema ha dado un paso importante hacia la inmortalización de la memoria de los héroes ucranianos. El Estado está obligado a crear un lugar de memoria nacional que se convierta en un símbolo de respeto y gratitud del pueblo ucraniano hacia sus Héroes”.

La guerra se ha convertido en el escenario ideal en el que avanzar por un camino que Ucrania ya comenzó a transitar durante la legislatura de Yuschenko tras la Revolución Naranja. Ese primer intento de glorificar a Stepan Bandera fracasó, causó incluso una protesta del Parlamento Europeo y el culto a los líderes que lucharon por la libertad de Ucrania de la mano de la ocupación nazi no se extendió más allá de la parte occidental del país, donde ya desde los años 90 las estatuas que homenajeaban a figuras como Stepan Bandera habían sustituido a los antiguos monumentos soviéticos. La ruptura de los equilibrios políticos con la victoria de Maidan, que consiguió lo que no había logrado la Revolución Naranja, hacer inviables como opción presidencial a los partidos que representaban a la población no nacionalista, permitió dar un paso más. La guerra de Donbass y el uso de Ucrania como proxy contra Rusia después de la anexión de Crimea -que Rusia justificó sobre la base de un precedente occidental, el de Kosovo- provocaron que no hubiera en esta ocasión ningún tipo de protesta por parte de los países europeos.

De repente, Stepan Bandera, las marchas de antorchas en las que se homenajeaba a grupos que colaboraron con la Alemania nazi o la inclusión de grupos de extrema derecha en las instituciones del Estado ya no eran un problema. Sostener a la Ucrania de Maidan para evitar la repetición del escenario de la Revolución Naranja -cambio revolucionario, una legislatura catastrófica plagada de corrupción e incompetencia y retorno del clan prorruso de Yanukovich por la vía electoral- era demasiado importante como para centrarse en cuestiones de odio ideológico o revisionismo histórico para eliminar por la vía legislativa los símbolos de los héroes de una parte importante del país para aportar otros nuevos, los mismos a los que se aspira a enterrar en el nuevo panteón propuesto por Volodymyr Zelensky y aprobado con rapidez y entusiasmo por la Rada Suprema. Negando una realidad objetiva, la de esos grupos que colaboraron con la Alemania nazi en la ocupación de Ucrania, rebajando la gravedad de las masacres cometidas contra población civil como la polaca y olvidando completamente su papel en el Holocausto y en el asesinato masivo de población judía, comunista y partisana en Bielorrusia, Kiev ha creado héroes a los que enaltecer sin matices, sin plantearse siquiera su actuación como consecuencia de la guerra. Todo estaba justificado para luchar contra el mal absoluto que, en su versión manipulada de la historia, era la Unión Soviética. De la misma manera y con los mismos argumentos, todo está justificado en la lucha actual contra Rusia.

´Con más ímpetu incluso que en 2014, cuando comenzó el proceso, Kiev ha utilizado la guerra -primero la de Donbass y ahora la rusoucraniana- para avanzar en la reconfiguración del país en dos sentidos. Por una parte, contar con la financiación exterior para costear la guerra ha permitido a Ucrania poder continuar con su programa económico de desregulación y privatización masiva, la imposición de un modelo libertarian en un momento en el que el resto de actores implicados opta por el keynesianismo militar que supone más presencia del Estado en ciertos sectores de la economía. Por otra, la guerra permite a Kiev no tener que responder a preguntas incómodas sobre cuál fue el papel de esos luchadores por la libertad de Ucrania, que participaron en los pogromos contra la población judía del oeste de Ucrania incluso antes de que llegara la ocupación alemana o que defendieron la independencia de Ucrania protegiendo a la Alemania nazi hasta la derrota final y la entrega a las tropas británicas en Austria.

“Zelensky continuará glorificando y honrando como héroes nacionales a colaboradores nazis y asesinos en masa de la OUN y la UPA en su propuesto Panteón Nacional y rechaza la oposición de Israel y Polonia”, comentaba la semana pasada el académico ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski, que se refería a unas palabras del presidente ucraniano en las que afirmaba que “nadie nos dictará a quién debemos honrar”. “Nadie nos dictará nunca a los ucranianos qué héroes honrar, qué fiestas celebrar o qué historia estudiar. Nuestros antepasados lucharon por este derecho a la libertad de elección y la independencia nacional durante cientos de años, y esto es por lo que nuestros soldados derraman su sangre hoy. Su memoria debe vivir para siempre”, añadió Budanov en la misma línea. Días después, el actual jefe de la Oficina del Presidente se mostraba aún más provocador. “No hemos aceptado un ultimátum ni siquiera de Rusia, que, para serte sincero, es más poderosa que Polonia”, ironizó.

El miércoles, el presidente Zelesnky se reunió en los márgenes de la cumbre de la OTAN con su homólogo polaco. El objetivo era evidente, rebajar las tensiones entre los dos países aliados, que comparten enemigo, la Federación Rusa, y hacerlo sin que Ucrania tenga que renunciar al enaltecimiento de grupos y personas que participaron en pogromos y asesinatos masivos. La guerra ha dado a Ucrania esa sensación de superioridad moral que le garantiza la impunidad de la que se jacta.

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