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Ucrania en el G7

“Quiero mencionar a Irán. Apreciamos la relación que hemos tenido en un corto período de tiempo con Irán. No estamos invirtiendo ningún dinero. Tengo el derecho a hacerlo si queremos, pero no estamos invirtiendo ningún dinero. No pagamos por ello como lo hizo Obama. Él pagó miles de millones de dólares”, afirmó ayer Donald Trump en su primer día de visita a Francia, donde esta semana se celebra la cumbre anual del G7, el grupo de países más industrializados del planeta en aquellos tiempos. Pese a que su peso económico ha caído sustancialmente, esas siete potencias del Occidente colectivo siguen jactándose de ser algo así como una especie de Gobierno mundial con capacidad de dar órdenes, imponer sanciones y exigir al resto del mundo que las sigan a rajatabla. El centro de la discusión de este año gira en torno a Oriente Medio, donde pese al anuncio del domingo de la finalización del Memorando de Entendimiento entre Estados Unidos e Irán, que se firmará el viernes en Ginebra, la situación sigue siendo incierta. El documento, un texto de algo más de una página, es solo un acuerdo intermedio que ha de ser el marco en el que negociar a lo largo de los próximos 60 días la parte técnica y la letra pequeña de los temas en los que es preciso pactar: el final de la guerra en sí, la cuestión nuclear, el levantamiento de sanciones contra Irán, qué ocurre con los miles de millones de activos iraníes retenidos en terceros países y, sobre todo, la cuestión que posiblemente vaya a ser la más complicada, el estatus de Líbano y la capacidad de Israel de actuar con impunidad justificando cualquier ataque u ocupación en la lucha contra Hezbollah.

Satisfecho con los titulares victoriosos o con una fotografía en la que pueda afirmar haber cumplido con sus objetivos -lo haya hecho o no-, Donald Trump ya parece haber pasado página. Los términos de su acuerdo -que ni siquiera ha llegado aún, ya que queda por negociar todo el contenido real dentro de los límites que marca el Memorando- aún no se han publicado, pero apuntan a un intento de volver a la situación anterior a la guerra (reapertura de Ormuz, abierto hasta que Estados Unidos atacó Irán por segunda vez en un año, y compromiso de no adquisición de armas nucleares, parte integral del acuerdo de 2015 que Donald Trump rompió en 2017), con Irán en mejores condiciones para obtener el levantamiento de parte de las sanciones que han condenado su economía a una situación extrema. Aun así, las palabras de Donald Trump, que tiene que escudarse en datos falsos y una narrativa cercana a la ciencia ficción, denotan su intento de presentar la situación actual como un gran éxito de Estados Unidos y un logro personal del presidente en comparación con su predecesor.

Para Donald Trump, el acuerdo ya está hecho, puede volverse a hablar de paz en Oriente Medio y de una nueva era de amistad y prosperidad bajo la tutela de Estados Unidos. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, como lo fue también su ostentación del anuncio de la Junta de Paz para Gaza, pero es suficiente para que el autoproclamado líder del mundo libre pase página y se centre en la siguiente cuestión en su lista de prioridades que, a juzgar por sus palabras de ayer, puede que no sea Cuba sino la guerra de Ucrania. “Vemos que Estados Unidos está totalmente centrado en la cuestión de Irán, y sería un error limitarse a esperar a que la guerra en Europa vuelva a ocupar el centro de su atención” había escrito Volodymyr Zelensky hace unos días en su carta abierta a Vladimir Putin. Los presidentes de los dos países en guerra han tenido que esperar poco tiempo para que Donald Trump recupere el interés por la guerra en Europa.

El domingo, cuando Donald Trump preparaba la pelea que había elegido como gran acto para celebrar su 80º cumpleaños y observaba en la distancia cómo la firma del Memorando de Entendimiento se retrasaba a causa del ataque israelí contra Beirut, el presidente de Estados Unidos conversó tanto con Vladimir Putin, el primer líder en llamar para ofrecer su felicitación, como con Volodymyr Zelensky. Desde entonces, el líder estadounidense ha vuelto a recuperar su discurso habitual de destacar la calidad personal de ambos e insistir en que los dos presidentes, el ruso y el ucraniano, desean conseguir la paz.

Como en las ocasiones anteriores en las que Donald Trump ha alegado la cercanía de la paz en Ucrania, Kiev y Moscú buscan un final del conflicto en sus términos y sin cruzar líneas rojas que consideran inaceptables. La cumbre actual del G7 se produce en un contexto de aumento de los ataques aéreos mutuos, pero con especial insistencia mediática en los éxitos de Ucrania, mucho más llamativos en términos de imagen, ya que se centran en hacer explotar objetivos altamente inflamables.

En preparación para la temporada de cumbres, primero el G7 y posteriormente la OTAN, los medios europeos han dado credibilidad a la idea ucraniana de que Kiev ha conseguido recuperar la iniciativa y darle la vuelta a la guerra. Casualmente, este momento coincide en el tiempo con el intento de los países europeos de presentar como apertura a la diplomacia su deseo de hacerse con el mando de las negociaciones para eliminar lo poco que se había avanzado hasta ahora para reiniciar el proceso con términos mucho más duros para Rusia. “Esta vez, la región de Moscú sintió el alcance de las capacidades de largo alcance de Ucrania. Una refinería de petróleo fue alcanzada a una distancia de 500 kilómetros. Agradezco a los guerreros del Servicio de Seguridad de Ucrania, las Fuerzas de Sistemas No Tripulados, las Fuerzas de Operaciones Especiales, la Inteligencia de Defensa de Ucrania y las Fuerzas de Misiles por su trabajo efectivo”, escribió ayer Zelensky que, con la arrogancia habitual de quien prefiere omitir que las pérdidas de su país son incomparablemente superiores a las rusas, se reafirmaba en que “hay que obligar a Rusia a poner fin a su guerra contra nuestro pueblo. Y las armas de largo alcance de Ucrania son uno de los componentes importantes de esa presión”. En la división del trabajo, Ucrania se jacta de éxitos reales y exagerados, la prensa los resalta omitiendo los daños que Ucrania está sufriendo -salvo en los casos en los que los ataques pueden ser utilizados políticamente- y los países europeos insisten en garantizar más financiación para Kiev y sanciones contra Moscú con la esperanza de lograr ahora lo que no se ha podido conseguir en cuatro años.

En esa estrategia sigue siendo importante el posicionamiento frente a Donald Trump. La guerra de Ucrania “no tiene impacto en nosotros salvo que vendemos armas. Estamos a miles de millas de distancia”, insistió ayer el presidente de Estados Unidos que, aun así, sigue siendo el país indispensable a la hora de suministrar el armamento pesado con el que seguir luchando y la cobertura aérea e inteligencia para la propuesta estrella europea, una misión armada con la que disuadir a Rusia más allá de la guerra y, según Moscú, para instalar a la OTAN en el territorio bajo la tapadera de sus banderas nacionales.

La importancia de Estados Unidos, que hasta ahora ha mediado entre Rusia y Ucrania y que planea reanudar los contactos -la semana pasada se anunció la próxima visita de Steve Witkoff y Jared Kushner a Moscú-, hace que el encuentro con Donald Trump fuera el principal objetivo de Volodymyr Zelensky. Pese a no aparecer en la agenda, Volodymyr Zelensky, flanqueado por Rustem Umerov, mantuvo una breve reunión con Donald Trump, acompañado por Marco Rubio, una figura que no ha tenido especial presencia en la cuestión de Oriente Medio, pero que es mucho más proclive que el equipo negociador de Trump a mostrar posiciones contrarias a Rusia. De ahí que sea la persona que los países europeos y Ucrania desean tener como principal interlocutor de Estados Unidos en detrimento de Steve Witkoff, a quien se considera excesivamente cercano a Rusia por sus vínculos económicos de los años 90.

Aunque sin dar detalles -posiblemente por su falta de conocimiento al respecto-, el cambio de postura de Trump no parece casual. “Rusia debería llegar a un acuerdo. Rusia ha perdido una cantidad tremenda de personas, y lo mismo ha sucedido con Ucrania… Hablé con el presidente Putin el domingo, y es más o menos lo mismo: solo siguen adelante, luchando, perdiendo soldados… no ha ocurrido nada igual desde la Segunda Guerra Mundial”, afirmó ayer Donald Trump que, posiblemente por influencia de su secretario de Estado ha comenzado a adherirse a la cifra de 25.000 soldados rusos al mes, un dato difícil de creer teniendo en cuenta que no hay en este momento ninguna gran batalla en la que puedan producirse tantas bajas.

El trabajo para lograr el cambio de opinión de Trump está en marcha y ha sido coordinado por Ucrania y sus aliados europeos, los mismos que han conseguido que el presidente de Estados Unidos se reúna con Zelensky. “Posteriormente”, escribía ayer The Kyiv Independent en referencia a Macron, Trump y Zelensky, “los tres líderes participaron en una sesión de trabajo conjunta con otros líderes del G7, en la que la guerra de Rusia contra Ucrania fue uno de los temas centrales de debate. Zelensky afirmó que los socios del G7 habían acordado prestar apoyo en materia de defensa aérea, y añadió que todos los miembros del grupo trabajarían para reforzar la protección de Ucrania”. El intento ucraniano de modificar la postura de Trump no se limita al proceso de negociación, sino que fundamentalmente busca que Estados Unidos aumente el suministro de armas a Ucrania. “Hablamos tanto de los sistemas como de los misiles”, afirmó Zelensky sobre la demanda de aún más sistemas Patriot y de más misiles. Cualquier momento es bueno para exigir armas para la guerra. Sobre todo si se enmarca en una falsa retórica de paz.

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