“Al fin y al cabo, estamos en el mismo equipo”, pronunció Friedrich Merz a Donald Trump con unas palabras que resumen a la perfección la postura de los países europeos, Canadá y Japón en esta cumbre del G7 que culminó ayer. El canciller alemán entregaba al presidente de Estados Unidos una camiseta de Alemania aprovechándose del origen alemán del abuelo de Trump, algo que ya utilizó en una ocasión anterior en la que quiso alabarle y acercarse a él. Merz enmarcó en un cuadro dorado la partida de nacimiento del abuelo Drumpf, que americanizó su nombre para que resultara menos europeo. Ahora, el canciller alemán ha utilizado la coyuntura futbolística para, sutilmente, recordar a Estados Unidos los intereses comunes del G7 y de la Alianza Atlántica y su principal socio asiático. El ascenso de potencias como China o India, sin las que no puede entenderse un foro que aspira a reunir a los países económicamente más potentes, ha podido dejar obsoleto al G7, pero las potencias medias intentan aprovecharlo al máximo para conseguir sus objetivos mientras el hegemón reafirma su intención de seguir al mando. “I’m the boss!” -soy el jefe-, proclamó en un tono de broma que sonaba perfectamente serio, Donald Trump a su entrada a uno de los grupos de trabajo que se han celebrado estos días en la última gran cumbre de los siete presidida por Emmanuel Macron.
Los roles han quedado claros estos días, al igual que la aceptación de la subordinación por parte de los aliados de la OTAN y Japón, que han apartado cualquier crítica que han realizado a lo largo de los más de cien días de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán -en muchos casos limitada a no comprender por qué Estados Unidos no ha conseguido con rapidez sus objetivos- y se han limitado a alabanzas, sugerencias y un posicionamiento perfectamente alineado con el de Estados Unidos. Mientras en Estados Unidos el establishment del Partido Demócrata basa su oposición en criticar el Memorando de Entendimiento desde la derecha, alegando que la derrota en la guerra ha provocado un documento que es un regalo a Irán, los mismos dirigentes que intentaron desmarcarse de Washington ahora lanzan odas a la capacidad negociadora de Trump.
Como ya se ha convertido en norma, los halagos responden al intento europeo de convencer a Trump de que les apoye en su principal objetivo geopolítico: derrotar a Rusia en Ucrania y donde haga falta. Así puede comprobarse con la lectura del comunicado geopolítico final del G7, en el que la priorización de los tres temas que se tratan -Ucrania, Oriente Medio y Asia-Pacífico- dejan poco lugar a dudas. En el peor de sus sentidos, la geopolítica parece solo el intento de imponer voluntades caiga quien caiga, sean cuales sean las consecuencias para los pueblos en cuestión. Solo así puede entenderse que Gaza obtenga una única frase para reafirmar que los siete acelerarán “los esfuerzos de reconstrucción humanitaria y de reconstrucción y la rápida implementación de las medidas políticas y de seguridad relevantes”. Solo así puede entenderse que haya mención al programa nuclear de la República Popular de Corea, Corea del Norte, y no a la peor crisis humanitaria mundial, la guerra de Sudán. Por supuesto, esa interpretación de la geopolítica como intento de lograr los intereses propios es lo único que puede explicar que Ucrania vuelva a ser la principal prioridad de un club como el G7, en el que se encuentra el país que ha causado una guerra regional en busca de una reconfiguración en la que exigía la capitulación de un actor no estatal, Hezbollah, en Líbano y un Estado, Irán, único país que impide su completa hegemonía en la región más importante en términos de producción de energía.
En esas condiciones y con la guerra de Ucrania estable a pesar de las constantes afirmaciones de cambio de tendencia e iniciativa a favor de Kiev, Oriente Medio es considerado un problema aparentemente resuelto en el que no queda más que exigir que Irán no tenga armas nucleares -algo que recibe tres menciones en el breve comunicado- y mostrar el apoyo incondicional a la visión trumpista de utilizar la negociación de un acuerdo final para introducir en las exigencias aspectos como el programa de misiles iraní o el apoyo de Teherán a los grupos que luchan contra la hegemonía regional Israelí en Oriente Medio. Apenas tres días después de que Israel volviera a bombardear Beirut y sin que Tel Aviv haya aceptado que el Memorándum de Entendimiento menciona explícitamente que ha de cesar el fuego en el Líbano.
“Nosotros, los líderes del G7, nos mantenemos unidos en nuestro apoyo inquebrantable a Ucrania en la defensa de su libertad, soberanía e integridad territorial. Reafirmamos nuestra solidaridad con la población ucraniana, que sufre los ataques contra sus infraestructuras esenciales y su patrimonio cultural. Felicitamos a Ucrania por su resiliencia y los avances logrados en el campo de batalla en los últimos meses, y destacamos que ahora se ha generado un nuevo impulso”, comienza el comunicado, en el que, como destacaba el lunes el académico ucranianocanadiense Ivan Katchanovski, “falta la paz”. “En su lugar”, insiste, el comunicado “se centra en continuar la guerra proxy imposible de ganar hasta el próximo invierno”, una forma de reafirmarse en la idea de que esta aparentemente buena guerra es preferible a cualquier paz por medio del compromiso.
“Para respaldar y acelerar este nuevo impulso, acordamos aumentar el suministro de capacidades de defensa aérea, sistemas e interceptores adicionales, así como capacidades de largo alcance. También estamos dispuestos a considerar la posibilidad de conceder a Ucrania licencias que permitan aumentar su producción militar”, continúa el comunicado, que también promete nuevas sanciones contra el petróleo y el gas ruso ahora que “el presidente Trump ha alcanzado un acuerdo que apoyamos para la reapertura de Ormuz”. Pese a la sorpresa que ha causado en quienes insisten en ver posiciones prorrusas o aislacionistas en el trumpismo, el presidente de Estados Unidos nunca ha sido reticente a enviar armas a Ucrania -realmente solo ha negado a Kiev los Tomahawks exigidos, esas armas capaces de asesinar en un doble bombardeo a más de un centenar de niñas y niños iraníes-, y la Casa Blanca se ha sumado a esta tendencia de clara escalada de la asistencia a Ucrania.
“Estoy muy agradecido de que el presidente Trump y toda la delegación estadounidense hayan mostrado un alto grado de disposición para cooperar. Todos tenemos el problema de que en este momento estamos produciendo demasiado poco. Esto puede compensarse mediante acuerdos de licencias con empresas que cuentan con las capacidades de producción necesarias, y esas son empresas europeas así como empresas ucranianas”, afirmó el satisfecho Friedrich Merz. Según Le Parisien, la decisión de otorgar ese permiso ya estaría tomada. “Los países europeos del G7 y Estados Unidos producirán bajo licencia misiles de largo alcance y sistemas de defensa aérea en Ucrania. El acuerdo permitiría a Ucrania ampliar su producción de armas bajo licencias occidentales, incluyendo capacidades de ataque profundo ucraniano como misiles de largo alcance. Las empresas estadounidenses podrían otorgar estas licencias a fabricantes europeos y ucranianos”, afirma el medio sin explicar que todo ello implica logística, financiación y lleva tiempo, por lo que previsiblemente no se trataría ya de acelerar este nuevo impulso con el que figuras como el ministro de Defensa de Ucrania aspiran a hacer que “Crimea sea una isla”, sino en preparación de una paz armada en la que perdurará la fractura continental y Rusia quedará ubicada en un bloque al que tanto Estados Unidos como la Unión Europea, el Reino Unido, Canadá y Japón seguirán enfrentados. Como hasta ahora, la guerra de Ucrania es una herramienta militar y económica en la reconfiguración geopolítica que se está produciendo actualmente a nivel regional en Oriente Medio y en Europa y también a nivel global.
Comentarios
Aún no hay comentarios.