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Armas, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Del G7 a la cumbre de la OTAN, temporada de bombardeos de diplomacia

La coordinación es uno de los aspectos más importantes de una guerra, ya que todas las piezas han de encajar para maximizar las capacidades propias y minimizar las del oponente. En el caso de la guerra moderna, al funcionamiento de los ejércitos terrestres y su cobertura aérea y naval en las zonas que conforman el frente hay que añadir esa inmensa zona gris en la que, como demuestran a diario Rusia y Ucrania, se produce una parte importante de la batalla tanto militar como mediática. A esos aspectos se suma también el frente económico, muy asociado a la participación indirecta de aliados o proveedores externos. En el caso de Rusia, el mantenimiento de las relaciones económicas con el exterior a pesar de las sanciones impuestas -la Federación Rusa es actualmente el país más sancionado del mundo- han sido la clave sobre la que, al menos hasta ahora, Moscú ha conseguido costear la guerra por medio de sus ingresos y no a crédito o suplicando asistencia a terceros. En el de Ucrania, todo pasa por un aumento constante de la ayuda militar y económica para poder sostener el Estado, adquirir las armas para continuar e incluso escalar la guerra y pagar los salarios.

Entre esos salarios que Ucrania es capaz de pagar únicamente gracias a los créditos y subvenciones occidentales están las remuneraciones de los soldados de las Fuerzas Armadas, una de las grandes quejas. Al contrario que Rusia, que ha utilizado grandes incentivos económicos para promover el alistamiento y evitar así la movilización general que sí ha tenido que decretar Zelensky, Ucrania ha apelado al patriotismo y al reclutamiento forzoso por las calles. “La reforma de Fedorov (él la denomina «transformación») tiene dos componentes. En cuanto a los salarios, el sueldo mínimo militar se ha aumentado a 30.000 grivnas. Esta cifra sigue siendo demasiado baja, sobre todo en medio de la inflación masiva del último año”, escribía ayer Peter Korotaev en su blog Events in Ukraine en referencia a los últimos anuncios realizados por el ministro de Defensa de Ucrania, a quien se adjudica gran parte del crédito por la potencia que Ucrania ha mostrado en los últimos meses en la guerra de drones. Esa fue su carta de presentación, que dio lugar a la gamificación de la guerra y le valió el cargo al frente del único departamento del Gobierno ucraniano que hoy en día es relevante. La segunda parte de la reforma busca ser un reclamo económico para los puestos más peligrosos de la guerra, en los que la esperanza de vida se reduce a unas pocas semanas.

“El aspecto más interesante del contrato es el motivo por el que lo he mencionado en el artículo de hoy sobre información: los nuevos contratos de Fedorov han aumentado enormemente los sueldos de quienes prestan servicio en unidades de asalto de infantería. Estas tropas, si se alistan a través del contrato de la unidad especial de asalto de Fedorov, recibirán ahora entre 300.000 y 460.000 grivnas al mes, unos 10.000 dólares. Se trata de inmensas sumas de dinero. Fedorov se jacta de que son los salarios de infantería más altos del mundo. El contrato de la unidad especial de asalto también conlleva un período de descanso mucho mayor que los otros dos nuevos contratos: por cada mes que se pasa en el frente se obtienen tres meses de descanso”, añade Korotaev, sugiriendo que, nada de ello sería necesario si Ucrania no tuviera un enorme problema para cubrir sus filas en las posiciones más comprometidas del frente.

La guerra moderna ha cambiado mucho y Ucrania basa en sus éxitos en la guerra aérea el argumento de que ha recuperado la iniciativa y está ganando la guerra. Ese es también el discurso de los aliados de Ucrania que esta semana han visitado el G7 y los ministros de Defensa de la OTAN que ayer se reunieron en Bruselas para tratar el rearme y el aumento de asistencia militar a Kiev. En la cresta de la ola tras el comunicado del G7, en el que todo el grupo, incluido Estados Unidos, reintrodujo de nuevo la idea de la integridad territorial de Ucrania, que hace solo un año fue mencionada por Pete Hegseth como un objetivo que no era realista, los ministros de la Alianza reafirmaron la intención de hacer un esfuerzo -otro más- para ofrecer a Kiev las armas que exige el Gobierno de Zelensky, es decir, munición para los sistemas Patriot e Iris-T de defensa aérea y misiles de largo alcance.

Las armas que exige Zelensky muestran cuál es la teoría con la que, en plena coordinación políticomediática, Ucrania y sus aliados europeos pretenden presentar la causa ucraniana como una posibilidad de victoria contra el enemigo común ruso. Los movimientos de Mijail Fedorov muestran que la esperanza no es el progreso territorial, la captura de localidades hasta recuperar las fronteras internacionalmente reconocidas. El ministro de Defensa aspira a ofrecer a la infantería unos salarios que no pueden soñar en ningún sector ucraniano más allá de la oligarquía o las estafas criminales y busca que un 30-50% de esas posiciones estén cubiertas por ciudadanos extranjeros. Una infantería mercenaria e incentivos millonarios para convencer a la población propia y ajena -pagada con las concesiones occidentales- no es exactamente el signo de victoria que Zelensky y su equipo buscan pregonar en esta temporada de grandes actos políticos que va desde la cumbre del G7 esta semana a la cumbre de la OTAN que se celebrará en unas semanas en Turquía y en la que Kiev aspira a obtener otros 20.000 millones de dólares que sumar a las ofrendas de armas que periódicamente van realizando sus aliados europeos.

La coordinación de esta guerra no pasa solo por mantener un mensaje unificado en el que resaltar los aspectos más positivos y ocultar todo lo negativo -como el ataque ucraniano contra un autobús de niños bielorrusos que transitaba por la región de Bryansk esta semana o el bombardeo mortal y deliberado contra una residencia de estudiantes hace unas semanas-, sino por ofrecer éxitos con imágenes que den la vuelta al mundo y se produzcan en momentos clave. El incendio en una de las iglesias del monasterio Pechersk Lavra, posiblemente la respuesta rusa a la destrucción ucraniana del museo de la guerra de Crimea, donde se destruyó patrimonio histórico común a Rusia y Ucrania, ha sido uno de los argumentos esgrimidos por Volodymyr Zelensky para convencer a Donald Trump de que es preciso endurecer la postura contra Rusia. Y ayer, las imágenes de la principal refinería de la región de Moscú ardiendo por segunda vez en pocos días buscaban reafirmar la idea de que, como insistió el presidente ucraniano, “si las ciudades ucranianas arden, arderán las ciudades rusas”.

Las imágenes de ayer, más mediáticas que reales en términos de punto de inflexión en la guerra, muestran la mejora de las capacidades ucranianas de hacer daño en la retaguardia rusa y responden a algo que comenzó en julio del año pasado, cuando los Estados Unidos de Trump dieron el visto bueno y aportaron la inteligencia para iniciar lo que continúa hasta ahora, la campaña para destruir las infraestructuras petroleras de la Federación Rusa. El ataque, coordinado para hacerlo coincidir con un momento que Ucrania y sus aliados consideran clave, fue el más duro realizado por Kiev contra la Federación Rusa, con centenares de drones, casi 200 de ellos contra Moscú, principal objetivo de Zelensky. Aunque es evidente que las capacidades ofensivas ucranianas han mejorado considerablemente, las defensas rusas interceptan una cantidad comparable, o incluso superior, a la de las defensas ucranianas, donde se producen ataques similares, ayer mismo en Dnipro, que la prensa prefiere no destacar salvo que pueda ser utilizada como argumento para justificar más armamento.

“En los últimos días, todos nuestros socios han destacado la precisión y efectividad de nuestros ataques de mediano alcance y sanciones de largo alcance. Es hora de que la guerra termine, y Rusia debe tomar los pasos necesarios en la diplomacia”, escribió Zelensky en el mensaje en el que reivindicó el ataque contra Moscú. Con ese texto, el presidente ucraniano dejaba claras las intenciones occidentales, obligar a Rusia a negociar en posición de debilidad. No es casualidad que este mensaje y estos ataques coincidan con lo que los medios están presentando como una apertura europea a la negociación, un cambio de postura que solo lo es para quienes ven en Bruselas una voluntad de negociar y no simplemente de imponer sus términos.

“El presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, se ha puesto en contacto con el Kremlin con el fin de involucrar al presidente ruso, Vladímir Putin, en las conversaciones sobre cómo poner fin a la guerra en Ucrania, según fuentes cercanas al asunto. El principal asesor de Costa ha mantenido dos conversaciones telefónicas con un alto cargo ruso cercano a Putin con el objetivo de allanar el terreno para futuras conversaciones más sustantivas, según ha afirmado una de estas fuentes, que ha pedido mantener el anonimato para hablar de asuntos privados”, escribe esta semana Bloomberg con una noticia que no puede considerarse un cambio teniendo en cuenta que se produce en el momento en el que los países europeos intentan realizar su esfuerzo más potente a la hora de armar y financiar a Ucrania para que aumente lo más posible sus ataques contra Rusia por tierra, mar y, sobre todo, aire.

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