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La guerra desde el punto de vista ruso

Ayer, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa publicó en su página web un artículo escrito, según anuncia su cabecera, para Politico Europe, que finalmente optó por rechazar el texto de Sergey Lavrov, el veterano jefe de la diplomacia rusa. En un momento en el que Ucrania y sus aliados trabajan activamente para recuperar la idea de la integridad territorial como objetivo de la guerra, se incrementan las sanciones para volver a intentar aislar la economía rusa y aumenta sustancialmente la guerra aérea para causar en Rusia el mayor daño posible, es preciso, no solo analizar qué parte del discurso triunfalista europeo parte de la realidad y cuál de una campaña de propaganda, sino para observar también cuál es la posición de la otra parte. Titulado “Ucrania, Europa y la seguridad global”, el artículo de Lavrov pretende ser la respuesta a quienes se preguntan qué piensa Rusia, cuáles son sus objetivos en la fase actual de la guerra y en qué medida se puede pensar en una negociación real en busca de una resolución diplomática a una guerra que se prolonga más allá de lo que cualquiera de los actores participantes habría imaginado hace unos años.

“En una reunión celebrada en Londres el 7 de junio de 2026, los líderes de Gran Bretaña, Francia y Alemania, así como Vladímir Zelenski, establecieron cinco condiciones previas para que Rusia consiga una «paz justa y duradera» en Ucrania. La Europa unida presenta ahora esta lista de exigencias como base para el diálogo con Moscú”, escribe Lavrov antes incluso de entrar en materia. Esa cabecera es el punto de partida desde el que Rusia plantea su respuesta: la percepción de los países europeos como una serie de actores para los que el diálogo es unidireccional y en el que el Kremlin tiene simplemente que acatar las órdenes. Esta percepción es coherente con la actuación de mayo del año pasado, cuando los países europeos plantearon a Rusia un ultimátum de 48 horas para aceptar una tregua unilateral, un intento de amenaza que no lo fue, ya que ninguno de esos países de forma individual ni todos ellos de forma colectiva tienen la capacidad de imponer ninguna medida al respecto.

“Más de dos décadas de negociaciones con Europa, como parte del Occidente colectivo, solo permiten llegar a una conclusión: entablar un diálogo con Rusia ha servido de cortina de humo diplomática para la expansión geopolítica de las instituciones occidentales —sobre todo la OTAN y la Unión Europea— hacia el este, hasta las mismas fronteras de Rusia”, escribe Lavrov en la fase de contexto del artículo. El planteamiento de Lavrov, que no detalla en este artículo, es el que Rusia ha mantenido a lo largo de los últimos años, un conflicto político que no se limita a Ucrania o a la guerra actual y que se enmarca en una expansión occidental en la que en ningún momento se ha tratado realmente de integrar a Rusia en la arquitectura política y de seguridad del continente tras la Guerra Fría. La desaparición de la Unión Soviética, del bloque socialista y del Pacto de Varsovia, respuesta soviética a la OTAN, no solo no animó a los países europeos a buscar la autonomía estratégica de Estados Unidos que aún siguen tratando de vislumbrar, sino que fue un momento de reafirmación de la necesidad de obtener una victoria completa. De esa visión errónea que se manifestó con más claridad en el fin de la historia de Francis Fukuyama -la victoria de la economía de mercado y la política liberal- nació una arrogancia que aún no ha desaparecido y que se manifiesta de forma constante en el intento de la Unión Europea y sus Estados miembros de tratar de dar órdenes a otros países que, como en el caso de China, le superan ampliamente en términos económicos o tecnológicos.

Desde el punto de vista ruso, esa ambición de expansión de la esfera de influencia europea y la alianza militar subordinada a Estados Unidos es la causa principal del conflicto ucraniano, que se remonta a los meses anteriores al cambio irregular de Gobierno que se produjo en Kiev en febrero de 2014. Ese golpe de estado dio lugar a una serie de circunstancias que hicieron posible la anexión rusa de Ucrania sin necesidad de uso de la fuerza, provocaron la rebelión de Donbass a la que Ucrania respondió con la operación antiterrorista y se llegó en 2015 a unos acuerdos de paz que Kiev nunca pretendió cumplir y que los países europeos nunca fomentaron como alternativa al riesgo de expansión de la guerra de Donbass al resto del país. “Francia y Alemania animaron de hecho al régimen ucraniano a incumplir sus propios compromisos. Tal y como reconocieron posteriormente Angela Merkel y François Hollande —una vez que la operación militar especial ya había comenzado—, nunca se tuvo la intención real de que Kiev aplicara los Acuerdos de Minsk, aprobados por unanimidad por el Consejo de Seguridad de la ONU. El objetivo, admitieron, era simplemente ganar tiempo: reforzar las Fuerzas Armadas de Ucrania e inundarlas de armamento occidental”, afirma el artículo basándose en las declaraciones realizadas por Angela Merkel y François Hollande, que desde 2022 se han manifestado en términos que han dejado claro que nunca hubo ningún tipo de presión europea en favor de los únicos acuerdos de paz que se han firmado en este conflicto y que nadie creyó realmente que fueran a implementarse.

Para Lavrov, sin embargo, la disputa es mucho más larga y se remonta a la segunda década de la independencia de Ucrania. “La complicidad de Europa a la hora de avivar la crisis ucraniana es innegable. Junto a Estados Unidos, los países europeos orquestaron la Revolución Naranja en Kiev en 2004. Con el fin de crear un trampolín antirruso en Ucrania, pasaron años comprando a políticos y a partidos enteros, reescribiendo la historia y los planes de estudios, cultivando y fomentando el nacionalismo ucraniano, y no escatimaron esfuerzos para alejar a Ucrania de Rusia”, escribe el ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa.

Para Rusia, Maidan es una repetición ampliada de lo ocurrido en 2004 y en ella se otorga gran parte de la culpa a la Unión Europea, que, como indica Lavrov, presentó a Yanukovich una oferta de Acuerdo de Asociación que implicaba la incompatibilidad con la participación ucraniana en el bloque económico liderado por Rusia. Ese aspecto económico, en el que Lavrov no profundiza, es una de las causas del rechazo de regiones industriales como Donbass a la integración europea si esta implicaba la pérdida del único mercado que tenían sus productos, Rusia y otras exrepúblicas soviéticas que no se habían integrado en el bloque occidental.

“Cuando Víktor Yanukóvich solicitó un aplazamiento, los europeos incitaron a disturbios callejeros que rápidamente se convirtieron en un golpe de Estado en Kiev en febrero de 2014. Alemania, Francia y Polonia demostraron entonces ser igualmente traicioneras. Tras haber garantizado que se respetaría el acuerdo alcanzado entre la oposición y Viktor Yanukovich, se lavaron las manos en el instante en que esa misma oposición, fruto de su propia obra, tomó el poder. «La democracia», se encogieron de hombros, «da giros inesperados»”, sentencia Lavrov. Esta visión no tiene en cuenta la parte espontánea de la protesta, que existió inicialmente ante una situación económica que se percibía como mala, pero que posteriormente fue progresivamente secuestrada por los intereses occidentales, tanto del Occidente político como de Ucrania occidental, la parte más agrícola y que más podía ganar con el Acuerdo de Asociación.

La versión del Kremlin es que Rusia “exploró todas las vías diplomáticas para calmar la crisis de seguridad en Europa. Sin embargo, en enero de 2022, Estados Unidos y la OTAN rechazaron la propuesta de Rusia de establecer garantías de seguridad mutuas jurídicamente vinculantes. Los miembros europeos de la OTAN respaldaron activamente ese rechazo. Tras el inicio de la operación militar especial, la Europa unida apoyó los esfuerzos del primer ministro británico por sabotear las negociaciones de Estambul entre Rusia y Ucrania. El llamamiento de Boris Johnson a Kiev —«no firméis nada, simplemente luchad»— cerró la puerta a una diplomacia genuina en un futuro previsible”. Esta visión, basada estrictamente en los hechos, da excesiva capacidad de decisión a Boris Johnson, que simplemente notificó a Ucrania que dispondría del armamento y la financiación para hacer lo que Kiev ya quería hacer, seguir luchando para conseguir unas mejores condiciones en paz en las que no tuviera que cruzar sus líneas rojas: renunciar a la OTAN o admitir oficialmente la pérdida de territorio.

Denunciando que “bajo el lema de la «autonomía estratégica», Europa está experimentando una importante acumulación de capacidades militares, incluso en el ámbito nuclear”, el continente se encamina a una situación de peligro ante la posibilidad de un choque de grandes potencias que rechaza que vaya a partir de Rusia, Lavrov se centra en la presente situación, especialmente en la actual mezcla de política de máxima presión militar y económica y apertura del diálogo cerrado en febrero de 2022. “¿Qué ha llevado a los líderes europeos a cambiar repentinamente su discurso y empezar a hablar de negociaciones, y qué pretenden conseguir con estas declaraciones?”, se pregunta Lavrov, para posteriormente aportar sus respuestas, indicadores claros de aquellas personas o instituciones con las que el Kremlin va a rechazar dialogar. “Por ejemplo, la jefa de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, ha declarado que el objetivo de cualquier diálogo con Rusia es imponer las condiciones de Europa. Entre ellas se incluyen: el pago de «reparaciones» a Ucrania; la retirada de las tropas de Transnistria y del Cáucaso Meridional; la derogación de la ley de «agentes extranjeros»; y la aceptación de límites estrictos al tamaño de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. Según su planteamiento, «no puede haber una paz justa y duradera sin que Rusia rinda cuentas». Durante la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU celebrada el 19 de mayo de 2026, un representante de la UE lo dejó claro de forma inequívoca: «el apoyo militar a Ucrania no contradice la búsqueda de la paz, sino que constituye un requisito previo fundamental para cualquier negociación creíble y de buena fe»”. La postura europea, argumenta Lavrov, es conseguir un alto el fuego para evitar el colapso del ejército ucraniano -una posibilidad que claramente exagera, ya que no hay ningún signo de colapso del frente ni de las tropas de Zelensky- para congelar y frente y consolidar la posición de Ucrania como herramienta de presión contra Rusia. “El plan”, insiste, “consiste en «congelar» el conflicto sin abordar sus causas fundamentales y, a continuación, desplegar rápidamente contingentes militares de la «coalición de voluntarios» anglo-francesa en territorio ucraniano”.

El futuro, para el Kremlin, “pasa por garantizar de forma fiable la seguridad a lo largo de las fronteras occidentales de Rusia y velar por el respeto y la dignidad de nuestros ciudadanos y compatriotas, incluido el derecho a hablar su lengua materna, el ruso, y a practicar la fe cristiana ortodoxa. Una mayor expansión militar, política y económica por parte de Occidente es inaceptable: va en contra de los imperativos de un mundo multipolar”. Y volviendo a apelar a la historia, Lavrov recuerda a sus homólogos occidentales que “el modelo de seguridad regional construido en Europa a lo largo de décadas, desde la adopción del Acta Final de Helsinki en 1975, ha sido destruido por ellos mismos. Y nunca se recuperará” y propone “avanzar hacia la creación de una arquitectura de seguridad a escala continental, abierta a todos los países euroasiáticos y que refleje la realidad multipolar actual” que “puede plasmarse en una nueva arquitectura euroasiática” a la que los países europeos podrán unirse “cuando llegue el momento oportuno”.

Para Rusia, “la clave es que un diálogo significativo requiere restablecer la confianza, que quedó destrozada por las acciones antirrusas de Occidente —y de Europa como parte de él— en la era posterior a la Guerra Fría”. Esa confianza, insiste Lavrov, “no puede restablecerse, ni puede reanudarse el diálogo, mediante un ultimátum como el que se lanzó a Rusia en Londres el 7 de junio de 2026”. En aquel momento, los países europeos recuperaron la exigencia de hace un año de imponer a Rusia unas medidas de capitulación que ni se corresponden con la realidad ni los países europeos son capaces de aplicar. Sin embargo, las declaraciones del E3, al igual que el comunicado del G7, en el que vuelve a hablarse de la integridad territorial de Ucrania, el sueño imposible desde hace doce años, son indicativos de la voluntad europea de seguir financiando la guerra hasta conseguir su objetivo de desgastar a Rusia, algo que en el Kremlin se percibe con claridad y que impide tomar en serio las aperturas aparentemente dialogantes de esos países.

“Cabe destacar que el ultimátum de Londres fue reafirmado de forma inequívoca por los embajadores de Gran Bretaña, Francia y Alemania en la reunión celebrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso el 11 de junio de 2026, una reunión que ellos mismos habían solicitado con tanta insistencia”, explica Lavrov sobre la visita del pasado jueves y de la que hasta ahora no habían trascendido detalles. “Ese era el único objetivo de su visita al Ministerio”, reprocha Lavrov con unas palabras que dejan claro que esos países no van a ser considerados interlocutores aceptables para una futura negociación. Lo mismo puede decirse de Kaja Kallas, aunque curiosamente no de Antonio Costa, que no recibe ninguna mención por parte de Lavrov, un dato que puede resultar relevante en el futuro teniendo en cuenta que es la persona que actualmente trata de abrir un canal de comunicación con el Kremlin.

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