“En general, la situación en el frente sigue siendo difícil. Sería erróneo subestimar a Rusia o asumir que ha sido debilitada significativamente o que está perdiendo terreno en los ejes principales”, ha admitido esta semana Oleksandr Syrysky, jefe del ejército ucraniano, negando así la retórica triunfalista según la cual Ucrania se ha hecho con la iniciativa y está ya ganando la guerra. Aunque los éxitos ucranianos en la retaguardia son innegables y el aumento de su capacidad de destrucción de larga distancia es obvio, hay algo de teatralización en toda esta narrativa que simplemente busca justificar el retorno a la vía militar como única salida posible al conflicto, echando por tierra cualquier avance que pudiera haberse conseguido en más de un año de negociaciones. “Si crees que el éxito bélico reportado por Ucrania va por delante de la verdad objetiva, tendrías razón. Pero ese es el quid de la cuestión: está creando una realidad propia. Finge hasta que lo consigas”, escribe esta semana en The Economist Oliver Carroll que, sin matices, defiende la propaganda como forma de convencer a la población de que aquello que ahora se dice que está ocurriendo puede producirse en el futuro.
Fabricar una determinada narrativa con la esperanza de que se convierta en realidad no es solo la receta que propone este periodista, sino la que se está aplicando oficialmente desde Kiev y Bruselas. Sin embargo, en el caso de las autoridades ucranianas y europeas, el objetivo no es elevar la moral y justificar unas determinadas políticas de apuesta por la guerra hasta conseguir los objetivos, sino convencer a Donald Trump de que la situación real es la que afirma la propaganda. No es casualidad que esta campaña de triunfalismo se esté produciendo en estos momentos. Por una parte, los países aliados de Estados Unidos son conscientes de que pueden utilizar el apoyo ruso a Irán y el ucraniano a Washington en su guerra como una herramienta de convicción para mejorar la opinión de Trump sobre Kiev. Por otra parte, la negativa rusa a ceder a las exigencias europeas es otro argumento con el que los y las líderes de los países e instituciones europeas intentan instalar en Donald Trump la percepción de falta de compromiso ruso por la paz. Lealtad ucraniana, traición rusa y posibilidad de victoria en la guerra son los elementos con los que Ucrania y sus aliados buscan algo muy concreto: un compromiso de aumentar la asistencia militar para los próximos años y garantizar que Estados Unidos suministre el armamento necesario.
Ese era uno de los grandes objetivos de los países europeos miembros de la OTAN, que ya han conseguido lo que buscaban. La cumbre de Ankara puede resumirse en tres puntos básicos: mantener contento a Donald Trump mostrándole el resultado de sus órdenes en forma de gráficos de aumento del gasto militar de cada país, obligar a Turquía a tomar una posición más favorable a Occidente y más reacia a mantener relaciones con Rusia y lograr un gran acuerdo de financiación para Ucrania. Según se ha filtrado, el compromiso que adquirirán los países miembros de la OTAN será de 70.000 millones de euros anuales en asistencia militar a Kiev para este año y el próximo.
Este nuevo recordatorio de que esta guerra nunca carecerá de financiación ni de armas se produce en un momento decisivo, no necesariamente en el frente, donde los cambios son escasos, pero sí en la escena política. Los países europeos y Ucrania llevan meses buscando el compromiso político de Trump, que se confirmará si Estados Unidos acepta la definición de Rusia como “amenaza a la seguridad euroatlántica” que se plantea en el borrador de la declaración final de la cumbre, que se celebrará el 7 y 8 de julio. Eso confirmaría lo que los países europeos consiguieron en la cumbre del G7, en la que Estados Unidos se sumó a un comunicado en el que, además de ratificarse en la idea de sancionar masivamente al sector energético ruso -una exigencia de Trump desde su llegada al poder-, se recuperaba la idea de la integridad territorial. Kiev y sus aliados son conscientes de que solo un colapso completo y una derrota militar absoluta de la Federación Rusa puede devolver a Ucrania el control de Crimea, el territorio más importante para Moscú y en el que la población participó activamente en la secesión y posterior adhesión a Rusia. La insistencia en recuperar las fronteras internacionalmente reconocidas de 1991 no es solo la esperanza utópica que no acaba de morir, sino el compromiso por una guerra eterna que corre el riesgo de convertirse en total e ir eliminando los pocos límites que hasta ahora se mantenían.
“Ucrania y Rusia se encuentran atrapadas en un ciclo interminable de venganza. «Rusia seguirá intensificando la presión sobre el régimen de Kiev para alcanzar sus objetivos», amenaza Peskov a Ucrania una vez más. Hoy, Zelensky seguramente prometerá tomar represalias por este ataque, como ya ha hecho en numerosas ocasiones anteriormente. El precio de esta escalada constante son las vidas de muchas personas corrientes”, ha escrito esta semana Iuliia Mendel, exportavoz de Volodymyr Zelensky, y ahora una de las personas más críticas con la continuación eterna de la guerra, postura que le ha valido amenazas por parte del nacionalismo ucraniano y cierto protagonismo mediático en la parte aislacionista de la derecha estadounidense, único sector político contrario a la continuación de la guerra contra Rusia en Estados Unidos. Mendel se refería concretamente al bombardeo de Kiev de esta semana. Con medio centenar de misiles y centenares de drones, el ataque, que causó la muerte de al menos 30 personas, fue el más duro que se ha visto en Kiev en varios años, una represalia por el fuerte aumento de los bombardeos ucranianos en la Federación Rusa y preludio a la respuesta ucraniana.
Ayer, los drones y misiles ucranianos atacaron San Petersburgo, concretamente la importante base militar de Kronstadt y el puerto petrolero, un bombardeo que será preludio del siguiente ataque ruso, que posiblemente sea más duro para Ucrania. Pese a la propaganda de victoria, los bombardeos rusos requieren de grandes cantidades de munición para la defensa aérea. “El ministro de Defensa de Ucrania, Mijailo Fedorov, ha informado de que ha pedido por carta a casi 40 países socios que transfieran durante este mes de julio sus reservas de misiles Patriot, una de las principales demandas de armamento de Kiev, que está a la espera de que Washington le conceda licencia para fabricarlos”, escribía ayer Europa Press. La modestia nunca ha sido una de las cualidades de Fedorov, que exige a sus aliados que envíen unas reservas que no siempre existen. Es probable que entre los 40 países estén, además de todos los miembros de la OTAN, los países del Golfo que han gastado sus reservas de Patriots derribando los misiles y drones con los que Irán ha respondido a la agresión estadounidense e israelí.
Sin pararse a pensar en las consecuencias, Kiev se ha embarcado en una escalada de la guerra aérea que solo podía provocar una actuación más dura por parte de la Federación Rusa. Y lo ha hecho en un momento en el que el mercado carece de excedentes en lo que respecta a la munición para la defensa aérea, un pequeño detalle que Ucrania, acostumbrada a obtener siempre lo que desea, ha preferido no tener en cuenta.
“Los ataques masivos y coordinados contra la infraestructura del complejo militar-industrial de Ucrania … deben continuar”, afirmó el vienes Vladimir Putin. Sin ninguna posibilidad real de negociación, una diplomacia que nadie está realizando desde que Estados Unidos centró su interés en la guerra contra Irán y posteriormente en tratar de reescribir a su favor el Memorando de Entendimento, la guerra se dirige hacia una fase tremendamente peligrosa. Ataques y contraataques se suceden actualmente sin que se pueda recordar ya cuál es el bombardeo original y cuál la represalia, que a su vez provoca una nueva ronda de drones y misiles dirigidos contra objetivos cada vez más críticos y en zonas cada vez más amplias, por lo que el peligro para las dos poblaciones civiles no deja de aumentar.
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