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Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Distopías bélicas

Cuestionada durante muchos años como un lema de la propaganda rusa, la naturaleza proxy de la guerra de Ucrania es ya tan innegable que nos encontramos en la siguiente fase natural, la de preguntarnos si la guerra se extenderá más allá de Rusia y Ucrania. Incapaz de contentarse con la movilización constante de recursos de los que ha disfrutado estos últimos cuatro años, exponencialmente superiores a los que Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido o Canadá habían invertido ya durante los años de guerra de Donbass en la modernización e instrucción del ejército ucraniano, Kiev sigue insistiendo en que precisa de más fondos. Hace solo unas semanas que se ha desbloqueado el masivo crédito -que, por definición, Kiev no tendrá que devolver hasta que Rusia pague unas reparaciones de guerra que son pura utopía, por lo que será la UE quien finalmente tenga que hacerse cargo de ese coste- que debía sostener la lucha durante los próximos dos años, pero Ucrania exige ahora otros 20.000 millones de dólares que desea que le sean concedidos durante la cumbre de la OTAN. El argumento es doble: la victoria y la derrota, una práctica habitual que apela tanto al deseo común de humillar a Rusia en el frente como al temor a una victoria rusa, entendida como una paz en la que Ucrania tenga que hacer ciertas concesiones inaceptables como admitir la pérdida de territorio.

“Todo el mundo ve que Rusia está ardiendo y queremos que arda todavía más, pero necesitamos financiación para hacerlo”, afirma un oficial ucraniano en declaraciones -anónimas- a Politico, cuyo artículo parece más un anuncio exigiendo esos fondos añadidos que una información sobre las exigencias ilimitadas de un país que exagera sus éxitos para ofrecerlos como argumento para resetear la negociación, empezar desde cero con términos mucho más duros. Para ello, Ucrania necesita mostrar fortaleza en el frente y continuar sus ataques de larga distancia y contra Crimea, donde trata de minar la logística en el corredor terrestre y está cosechando éxitos como los ataques contra trenes de pasajeros o la destrucción del museo de la Guerra de Crimea, un conflicto del siglo XIX clave para el posterior desarrollo industrial del Imperio Ruso. Según la idílica versión ucraniana -que obvia que también Ucrania está ardiendo y que depende de subsidios extranjeros para sostenerse-, Kiev está ganando la guerra, aunque, como es habitual, corre el riesgo de perderla de nuevo.

“Kiev quiere recaudar fondos para la cumbre de la OTAN en Akara, alegando que, de lo contrario, Rusia puede recuperar la iniciativa”. La fortaleza de Ucrania es tal que afirma que puede ganar la guerra, pero su debilidad es tan grande que no puede sobrevivir si no se aumentan los fondos más allá de los 90.000 millones recientemente concedidos. Algo similar puede decirse de las tropas ucranianas, tan potentes que Zelensky fabrica héroes de forma continua, pero tan escasos que la busificación es la norma. Sin la capacidad económica para ofrecer incentivos similares a los de Rusia, donde la guerra está actuando como herramienta de cierta redistribución de clase y entre centro y periferia, la solución de Ucrania parece ser un ejército mercenario. “Estamos abriendo el mercado de reclutamiento extranjero para reforzar las unidades de combate y preservar la vida del personal militar ucraniano”, ha declarado el ministro de Defensa de Ucrania, Mijail Fedorov, que espera llenar las filas de la infantería con un 30-50% de extranjeros. Puede que la exigencia de más fondos responda también a la necesidad de pagar a ese ejército mercenario, que no va a luchar por los miserables salarios con los que Ucrania envía a los hombres que captura por la calle al frente.

Las últimas súplicas del Gobierno de Zelensky se enmarcan en un momento de escalada de los ataques en la retaguardia y de guerra de drones que afecta a los países bálticos, que están utilizando la cercanía de las aeronaves no tripuladas ucranianas para insistir nuevamente en la idea del peligro ruso. La reciente histeria colectiva de los tres pequeños Estados bálticos no responde a un peligro real, sino al objetivo político de escalar la guerra contra Rusia que consideran aún más existencial que el resto de Europa. Pese a que tanto las declaraciones de las autoridades rusas -Vladimir Putin ha insistido recientemente en que es ridículo pensar que Rusia vaya a invadir un país de la OTAN- como las capacidades rusas son suficientes para decir que Moscú no ha mostrado ni la intención ni la posibilidad de atacar un país de la Unión Europea o de la Alianza Atlántica, la cuestión sigue sobre la mesa en las cancillerías y las redacciones de medios continentales.

El aroma a guerra está en el aire, ya sea como temor o casi como deseo. “Hay países que, en lugar de reclutar personal militar, están entrenando a niños acostumbrados a jugar en la PlayStation para pilotar drones de forma remota en una posible guerra futura”, ha comentado Georgia Meloni esta semana, como quien no quiere la cosa, proponiendo reclutar adolescentes para hacer la guerra a distancia. La distopía de Meloni se enmarca en la tendencia de algunos países a aprovecharse de la guerra de Ucrania para exaltar el peligro de una guerra de agresión que, según el planteamiento oficial europeo, solo podría llegar a Rusia. “¿Lucharías por tu país?”, se pregunta la portada de esta semana de El País Semanal aunque las encuestas disponibles ya dan la respuesta, no, la mayoría de la población no estaría dispuesta a alistarse para defender su país.

Los ejemplos de exaltación del rearme o exageración del peligro de guerra de grandes potencias se repiten a lo largo y ancho del continente, pero se centralizan especialmente en otro lugar, Alemania. “Tenemos que estar preparados. Tenemos que estar listos para luchar”, ha declarado esta semana el teniente general Christian Freuding, jefe del Estado Mayor de Alemania y el hombre que, con una sonrisa en la cara, comentaba en 2024 en la televisión alemana el intento ucraniano de asaltar Kursk. Vestido de militar y absolutamente exultante, la imagen de Freuding causó, por igual, memes que recordaban la anterior invasión de Kursk, la de la Alemania nazi, y cierta indignación por parte de quienes veían en su actitud una forma de jalear abiertamente la guerra. El teniente general “afirmó en que hay un amplio consenso aliado de que Rusia podría atacar territorio de la OTAN antes del final de la década”, indica Politico. “2029 no es una fecha alemana. Se trata de una información de inteligencia acordada por la OTAN”, insistió Freuding, que añadió que “los 32 aliados de la OTAN están de acuerdo en que Rusia puede tener la capacidad de invadir un país miembro de la OTAN para 2029”.

“Los comentarios de Freuding se producen en un momento en que los responsables europeos de defensa advierten de que Rusia podría recuperar en los próximos años el poderío militar suficiente como para suponer una amenaza convencional directa para el territorio de la OTAN, a pesar de sus pérdidas en Ucrania. Para los responsables de la planificación de la defensa, el año 2029 se ha convertido en un punto de referencia para el momento en que Europa debe subsanar con urgencia las deficiencias en materia de preparación, producción y capacidad militar”, escribe Politico, contribuyendo al principal objetivo de las declaraciones de Freuding: elevar el nivel de alerta para justificar el aumento masivo de la inversión y producción militar que supone el plan ReArm Europe, iniciado tres años después de la invasión rusa y un mes después de que Pete Hegseth comunicara a los ministros de Defensa de la OTAN que Europa ya no es una prioridad para Estados Unidos.

Es precisamente ahí donde se encuentra la disputa, que tiene que ver con el peligro ruso solo colateralmente y que está más vinculado a la pérdida de una parte del paraguas de seguridad de Estados Unidos que con las intenciones ofensivas rusas. “El general que comanda la OTAN ha afirmado que, pese a la preocupación de los aliados europeos sobre los potenciales vacíos de seguridad que suponen los planes de Washington de retirada de activos militares clave, Rusia «no está buscando un conflicto»”, explica esta semana Financial Times, que cita al general Alexyus G. Grynkewich insistiendo en que “Rusia no está buscando un conflicto. Entienden lo que significa el término alianza defensiva y entienden que tenemos una serie de ventajas asimétricas”. Las palabras del general de la OTAN se produjeron en la misma feria de productos aéreos que las del jefe del Estado Mayor alemán que afirmaba que Rusia podría estar en condiciones de atacar a la OTAN en 2029 y que esa valoración es compartida por todos los aliados.

El mundo occidental se divide actualmente entre quienes no ven intención rusa en atacar la OTAN y quienes utilizan esa posibilidad como argumento para potenciar la industria militar europea y justificar un rearme que ya ha empezado a causar recortes sociales. A ellos, por supuesto, se une Ucrania, que ve en cada movimiento ruso intenciones ofensivas. “Rusia ha ampliado su infraestructura militar cerca de su frontera con los países miembros de la OTAN y se está preparando para una posible guerra, según reveló una investigación realizada el 10 de junio por la cadena pública danesa DR y varios medios homólogos. Rusia está ampliando su presencia militar cerca de su frontera con Finlandia, Noruega y los países bálticos, según informaron al medio jefes de inteligencia nórdicos y altos mandos militares que prefirieron mantener el anonimato. La amenaza de un ataque ruso es la mayor en los próximos uno a tres años, ya que Europa aún se encuentra en proceso de aumentar sus propias capacidades, aunque también sea un momento más complicado para Rusia, según las fuentes”, afirmaba ayer The Kiyv Independent. En un contexto de rearme europeo, financiación de una guerra proxy cada vez más peligrosa, crecientes ataques aéreos desde territorios -por lo menos- muy cercanos al espacio aéreo de la OTAN y expansión de la Alianza hasta la frontera rusa no solo en el Báltico, sino también en Finlandia, reforzar las posiciones rusas en las zonas cercanas a esa frontera ha de ser necesariamente signo de intenciones ofensivas. Al menos si se interpretan los acontecimientos desde el punto de vista de quienes necesitan elevar el peligro de la amenaza rusa para justificar sus políticas o quienes, como la primera ministra danesa, consideran la guerra más peligrosa que la paz.

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