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Donbass, Ejército Ucraniano, Ucrania

Los límites de la justicia

Ha pasado tanto tiempo que la muerte del primer periodista de la guerra de Ucrania ha quedado prácticamente olvidada. El suceso fue polémico desde el principio, tanto por la forma en la que se produjo como por el hecho de que, de ninguna manera, pese al intento ucraniano, podía culparse de ella a la Federación Rusa. No solo porque era falsa la presencia del ejército ruso en Slavyansk en las primeras semanas de lo que aún era solo una incipiente guerra civil -solo había que ver la forma de combatir, las armas o los uniformes improvisados de los primeros grupúsculos que formaron las milicias de Donetsk y Lugansk-, sino, sobre todo, porque nunca hubo duda sobre la dirección del proyectil de artillería que mató a Andrea Rocchelli y su intérprete de origen ruso, Andrey Mironov. Ambos murieron por las heridas causadas por los disparos desde la colina de Karachun, uno de los primeros focos de la batalla por Slavyansk, lucha inicial de unos escarceos que escalaron a lo largo del verano de 2014 a una guerra terrestre que causó miles de bajas. La mejor manera de evitar que una guerra se extienda es detener los conflictos existentes, lección que no aprendieron quienes tuvieron en su mano avanzar hacia la diplomacia o continuar manteniendo activo el conflicto de baja intensidad de Donbass en su formato de ni guerra ni paz a lo largo del proceso de Minsk.

El bloqueo de Minsk, el rechazo a la diplomacia y la permanente amenaza de reanudación de las hostilidades que implicaba la situación de paz armada estalló nuevamente el 24 de febrero de 2022 con la invasión rusa de Ucrania, momento en el que quedó prácticamente eliminado a nivel mediático todo lo ocurrido entre 2014 y el instante en el que los tanques rusos cruzaron la frontera rusoucraniana, mostrando la diferencia entre lo que había sucedido hasta entonces y lo que ocurriría a continuación. Pese a que Kiev llevaba ya ocho años alegando agresión rusa y amplios sectores sociales negaron la naturaleza de guerra civil al conflicto de Donbass, que consideraban una invasión -inexistente- rusa, los acontecimientos desde febrero de 2022 son suficientes para rebatir esa versión. Con el olvido de lo ocurrido durante ocho años, muy conveniente para Ucrania y sus aliados a la hora de hacer de la guerra un simple buenos contra malos, culpables contra completamente inocentes, se eliminó también cualquier sombra sobre de la actuación de Ucrania en Donbass.

En las primeras semanas del conflicto, Kiev inventó una operación antiterrorista para justificar el uso del ejército en territorio nacional, envió a Donbass a grupos neonazis y de otros tonos de marrón fascista para compensar la falta de voluntad inicial de las tropas regulares a luchar contra milicias formadas por vecinos locales apoyados por pequeños grupos llegados de Rusia, bombardeó el centro de Lugansk y no tuvo piedad contra el aeropuerto de Donetsk, donde mató con bombardeos aéreos a decenas de milicianos que no contaban con ningún tipo de armamento para defenderse. En ese contexto se produjo la primera gran batalla, la lucha por Slavyansk, donde los combates comenzaron el 2 de mayo y se prolongaron hasta el 3 de julio cuando la milicia, sitiada, abandonó la ciudad para trasladar su base a Donetsk, de donde no se alejó el frente hasta el año 2024.

En esa batalla inicial, uno de los focos fue el monte Karachun, una altura estratégica en la que se encontraba también la torre de comunicaciones. En esa lucha cuerpo a cuerpo, con armas que, comparadas con las que se utilizan actualmente en Ucrania, eran rudimentarias, las distancias eran prácticamente inexistentes. Ese fue siempre uno de los argumentos de quienes buscaron castigar a quienes dieron la orden de disparar contra posiciones en las que se encontraban periodistas como Anrea Rocchelli y Andrey Mironov, que habían llegado al lugar en taxi. No había forma de que quienes dispararon o dieron la orden de hacerlo no fueran conscientes de que lo hacían contra la prensa, no contra la milicia o, por supuesto, el malvado ejército ruso, que nunca llegó a Slavyansk.

Al contrario que otros muchos casos de muertes civiles, el de Rocchelli y Mironov llegó a juicio. Fue en Italia, donde fue acusado de los hechos el miembro de la Guardia Nacional Vitaly Markin. Como recuerda esta semana Il Manifesto, “tras ser condenado en primera instancia, Markiv fue absuelto posteriormente en apelación y por el Tribunal Supremo de Casación, pero todas las sentencias —incluidas las que lo exoneraron— coincidieron en afirmar que los proyectiles de mortero que mataron a los dos periodistas fueron «disparados desde la colina de Karachun por soldados del ejército ucraniano», y que el ataque se produjo «sin provocación ni intención ofensiva alguna», en cumplimiento de «una orden ilegítima dada por los comandantes» y «en violación de las normas destinadas a proteger a la población civil»”. En noviembre de 2020, Vitaly Markiv regresó a Ucrania y fue recibido como un héroe por el presidente Zelensky.

Como explica el artículo de esta semana de Il Manifesto, para entonces los tribunales italianos habían comenzado ya una segunda investigación que buscaba juzgar a quien o quienes hubieran dado la orden de disparar de forma injustificada contra personas que no eran combatientes. Rápidamente, el testimonio de soldados ucranianos reveló ser coherente con lo que los periodistas italianos habían recopilado en sus entrevistas a otros periodistas que fueron testigos de los hechos.

“La nueva investigación se centró en el ex oficial ucraniano Bogdan Matkivsky, quien en mayo de 2014 era el superior directo de Markiv y dirigía el destacamento de la Guardia Nacional en la colina de Karachun. Dado que los disparos se efectuaron sin duda desde la cima de la colina, y la orden de disparar debió haber sido dada por alguien —razonaron los investigadores en aquel momento—, ¿no deberían ser los primeros en ser juzgados los comandantes a cargo de esa guarnición? La pregunta, aparentemente trivial, pronto adquiriría mayor relevancia. Durante los juicios de Markiv, se descubrió que, además de la Guardia Nacional de Matkivsky, otra unidad ucraniana, mucho más numerosa y experimentada en combate, también estaba presente en Karachun durante esas semanas: la 95ª Brigada Aerotransportada, una unidad de élite cuyos hombres eran los únicos que disponían de cañones y morteros”, explica el periodista Andrea Sceresini, que ha seguido el caso desde 2014 y que ha recopilado testimonios tanto de soldados ucranianos como de periodistas que se encontraban aquel día en el monte Karachun.

Entre las personas que se encontraban ahí estaba el general Zabrodsky, alguien que se convertiría años después en uno de los artífices de la contraofensiva de 2023 que debía romper el frente de Zaporozhie, encaminar a las tropas ucranianas hacia Crimea y obligar a Rusia a aceptar la paz del derrotado. En realidad, el objetivo no era diferente al que Ucrania tenía en Karachun en 2014, cuando creyó que el avance hacia Donetsk sería definitivo y Rusia -en realidad Donetsk y Lugansk- tendría que aceptar la derrota. Como recuerda el periodista “en una tensa entrevista plagada de no lo sé y no recuerdo”, el propio Zabrodsky admitió dirigir la 95º Brigada Aerotransportada en Karachun aquel día, asumiendo su responsabilidad por el asesinato de dos civiles extranjeros a los que nunca se debió disparar.

“Si los responsables de las muertes de Andy y Andrei se encontraban entre quienes tenían el poder de disparar morteros desde la cima de la colina, la posición del general Mijailo Zabrodsky parecía, sin duda, la más incómoda de todas. ¿Por qué, entonces, nadie le exigió responsabilidades por sus actos?”, se pregunta el periodista, que denuncia que la causa está a punto de ser archivada de forma definitiva. “Siendo realistas y maliciosos, la respuesta quizás se encuentre en el propio historial del general”, responde para recordar que, en 2019, Zabrodsky recibió el título de héroe de Ucrania, fue elegido diputado por el partido de Poroshenko, plagado entonces de militares y nacionalistas. Como también recuerda Il Manifesto, según desveló The New York Times, Zabrodsky “se convirtió en el enlace entre el ejército de Zelensky y los generales estadounidenses estacionados en Europa, con quienes creó, en la base alemana de Wiesbaden, la denominada Fuerza Operativa Dragón, cuyo objetivo era intercambiar información de inteligencia para coordinar mejor los ataques contra el ejército ruso”, una persona demasiado importante como para manchar su imagen, su reputación y su legado con la imputación por el asesinato de un periodista italiano y su intérprete rusoitaliano.

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