La coherencia no ha sido nunca una condición exigida en el discurso mediático referido a la guerra en Ucrania. Ni en su fase de guerra de baja intensidad ni en la actual de guerra abierta entre dos ejércitos fuertemente armados se ha buscado nunca un discurso que pudiera reflejar mínimamente las complejidades de un conflicto que siempre se ha visto en su versión más simplificada, casi infantil, para poder así justificar las políticas que en cada momento se han querido poner en práctica. El momento actual es de escalada, especialmente mediática, entre una Rusia que continúa con su planteamiento de guerra de desgaste y una Ucrania que, con ayuda de sus aliados, exagera sus éxitos para alegar que ha recuperado la iniciativa y, por lo tanto, la guerra puede ganarse y ha de hacerse con más ayuda de los países occidentales.
Quizá por lo poco creíble de esta aspiración, Occidente necesita un argumento añadido para justificar el aumento de la movilización de recursos para la guerra. Cuatro años después de la invasión rusa y con una situación económica europea que no es particularmente boyante, los Estados de la UE y la OTAN buscan la forma de utilizar a su favor tanto el aliciente de victoria como el riesgo de derrota, en muchos casos de forma simultánea, como está ocurriendo ahora. Para los medios y el establishment político europeo y parte del estadounidense, Rusia siempre ha sido capaz de estar, a la vez, al borde del colapso y a punto de conseguir el éxito que ponga en peligro a todo el continente. En términos materiales, industriales y tecnológicos, Rusia es, a la vez, un país incapaz de producir armas dignas con las que equipar a sus tropas y un peligro existencial que requiere de centenares de miles de millones de euros de rearme para ejercer una correcta disuasión.
El peligro actual de la guerra no está en una posible ruptura del frente, improbable teniendo en cuenta lo fuertemente armados y atrincherados que se encuentran los dos ejércitos en la primera línea, donde todo movimiento está condicionado y dificultado por la enorme proliferación de drones de ataque y de vigilancia. Los drones son también el arma que está causando el mayor peligro lejos de la primera línea del frente, no solo en las retaguardias de ambos países, sino también en terceros países que alertan -y en ocasiones jalean- de la posible expansión del conflicto a Estados miembros de la OTAN. Con incidentes crecientes en los países bálticos o en Rumanía, generalmente por la presencia de drones ucranianos que buscan camuflarse cerca de las fronteras de la UE para atacar posiciones en Rusia, la guerra aérea es ahora mismo el centro del discurso mediático. Su objetivo principal es presentar a Rusia como un país incapaz de lidiar con los ataques de Ucrania, cuya capacidad para desarrollar y producir aeronaves no tripuladas supera con creces las capacidades de la atrasada Rusia, que ha necesitado de ayuda de Teherán para compensar aquello en lo que su ejército había quedado obsoleto.
La propaganda más útil es aquella que está lo suficientemente cerca de la realidad para parecer creíble. En 2022, Rusia precisó de ayuda iraní para recuperar el tiempo perdido. Como el resto de ejércitos europeos, Rusia se había centrado en el desarrollo y producción de tanques, misiles y otras armas llamativas que vender en las ferias internacionales y no había observado detalladamente las guerras que se estaban produciendo para saber que los drones no son las armas del futuro, sino que son imprescindibles en cualquier conflicto actual. Sin embargo, pese a las constantes referencias a la superioridad ucraniana a la hora de adaptarse a las circunstancias, el cambio entre la situación del ejército ruso en 2022 y 2026 es sustancial. Rusia no se ha limitado a seguir produciendo los Shaheds que adquirió a Irán, sino que ha modernizado los diseños y producido otros drones que reducen la necesidad de uso de misiles, mucho más costosos y laboriosos de producir.
Pese a que la prensa mantiene el discurso de atraso ruso en el área de drones, estos son también el eje sobre el que se estructura la idea de la siempre creciente amenaza rusa contra la OTAN. En el comunicado del E3 -Alemania, Francia y Reino Unidos- con Ucrania, los países europeos condenan la presencia de drones rusos en el espacio aéreo de la Alianza, una queja curiosa teniendo en cuenta que la presencia de aeronaves no tripuladas rusas en países como Rumanía ha sido absolutamente marginal y accidental, algo que no puede decirse con certeza de los drones ucranianos. “Cazas aliados derriban un dron extranjero en el este de Letonia, que ingresó en el espacio aéreo del país por la guerra electromagnética rusa, según las Fuerzas Armadas del país báltico”, escribía EFE el lunes. Generalmente, la ausencia de mención al culpable implica que no se trata del enemigo ruso, sino de fuego amigo. “De momento Letonia no ha revelado si se trata de un dron ucraniano desviado por Rusia. Tampoco Kiev se ha pronunciado al respecto.
Se trata de la primera vez desde que comenzaron a detectarse drones procedentes del extranjero en el espacio aéreo letón que un vehículo aéreo no tripulado es derribado”, añadía el texto, dejando aún menos dudas.
Pero, aun así, la Unión Europea está echando el resto para utilizar esa amenaza como elemento central de su estrategia de elevar la tensión política y mediática con Rusia para para justificar el aumento del apoyo militar a Ucrania y, sobre todo, para favorecer la política del rearme. “Cualquier conflicto directo entre Moscú y la OTAN podría comenzar en los tres Estados bálticos, que se consideran difíciles de defender dada la proximidad de Rusia y la lentitud de la alianza a la hora de reforzar las defensas de su flanco oriental”, afirma un artículo publicado la semana pasada por Financial Times, cuya fuente principal es el general Kaspars Pudāns, comandante de las Fuerzas Armadas de Letonia, uno de los países más beligerantes con respecto a Rusia. Según el militar letón, “la ventaja de Moscú no radica en disponer de mejor tecnología, sino en su capacidad para fabricar drones a gran escala y adaptarlos rápidamente en tiempo de guerra”. De repente, varias de las cualidades que Occidente siempre le ha negado a Rusia, la capacidad de adaptarse a las necesidades de la guerra y de producir el armamento necesario, es el principal activo de Moscú. “Su ventaja es la escalabilidad de los drones”, insiste Pudāns, para añadir que “son capaces de reponer rápidamente las existencias, de disponer de grandes cantidades a gran escala”.
Para Financial Times, la conclusión es que “Rusia podría aprovechar la lentitud del rearme europeo, ya que no se espera que la mayoría de los programas de modernización del ejército surtan efecto hasta aproximadamente 2029”. Como es habitual en esta propaganda belicista, cuyo único objetivo es utilizar la guerra actual y el peligro imaginario de invasión futura de la OTAN como argumento para justificar el incremento del gasto militar o, como ocurre en este caso, la exigencia de aumento masivo de la producción militar, es decir, de la militarización del continente. “Si yo estuviera en el Kremlin, diría que, si hacemos algo, deberíamos hacerlo antes de que termine 2028”, sentencia Pudāns. La guerra real ha provocado la aceleración de la política de rearme, que en realidad precede a la invasión rusa de Ucrania, y la guerra imaginaria de Rusia contra la OTAN puede hacer lo propio con la producción militar.
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