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El legado de Kallas

Tiempo de disputa de grandes potencias, la Unión Europea continúa en busca de su lugar en el nuevo tablero geopolítico. Con su apuesta por la guerra contra Rusia como forma de consolidación de la expansión a Ucrania, Bruselas admitía implícitamente una forma de subordinación, ya que, de ninguna manera iba a ser capaz de suministrar el material y la financiación necesarios para un conflicto bélico prolongado contra una potencia nuclear. Confiada en que la Alianza Atlántica era una sociedad de iguales en la que los países europeos eran tan importantes como Estados Unidos, la Unión Europea no ha sufrido solo el shock de los cambios que se han producido a nivel mundial, sino especialmente el que supuso saber que ya no es una prioridad de seguridad para Washington.

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos relega a Europa a un cuarto plano tras la disputa con China, América Latina y Oriente Medio y limita su papel a un gran mercado en el que colocar los productos tecnológicos, energéticos, agrícolas y armamentísticos estadounidenses. A la humillación de verse abandonada por su principal socio, Europa tuvo que añadir en enero la amenaza de conflicto a raíz de la cuestión de Groenlandia, cuya posesión fue reclamada por Donald Trump, que consiguió por medio de una negociación con el secretario general de la OTAN un mayor control de ese territorio estratégico en la proyección de poder y en términos de materias primas. En el juego de imposición de la voluntad de Donald Trump que se ha convertido el año 2026, en el que el presidente de Estados Unidos intentó ayer por todos los medios conseguir que Irán firmara el memorando de entendimiento coincidiendo con su cumpleaños, la Unión Europea intenta buscar su sitio sin haber comprendido aún del todo que el mundo ha cambiado y su importancia a nivel global ha quedado seriamente reducida.

Desde esa visión del mundo en la que considera tener el derecho natural de mantener influencia, la Unión Europea ha centrado su posicionamiento geopolítico en tres simples aspectos: mantener la alianza con Estados Unidos, aunque sea a costa de un acuerdo comercial que solo beneficia a Washington; la perpetua aspiración de expansión a Ucrania y Moldavia, los Balcanes y el Cáucaso y la guerra de Ucrania como herramienta principal en la disputa política, económica y militar con la Federación Rusa. Este planteamiento es, al menos en parte, consecuencia de las expansiones iniciadas en los años 90, en las que se dio acceso a países cuyo foco en la política internacional era precisamente su vendetta contra Moscú. La cara visible de esta tendencia casi obsesiva de interpretar todos los conflictos del mundo en términos del enfrentamiento con Rusia es la Alta Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad, Kaja Kallas.

La capacidad de la exprimera ministra de Estonia de ver en Rusia la fuente de todos los problemas mundiales ha supuesto un lastre para la política exterior de la Unión Europea y ha restado credibilidad a su diplomacia incluso a ojos de quienes defienden que es preciso que la UE cuente con una proyección exterior unificada. “El mundo se mueve bajo nuestros pies”, afirmó el pasado mes de septiembre en su intento de realizar un discurso geopolítico en el que admitía que el mundo está cambiando, pero daba por hecho que la UE estará al frente de ese proceso. Kallas ha entendido solo la primera parte, que el mundo ha cambiado, pero no la segunda, que la nueva situación implica un menor peso internacional y poder de la Unión Europea, un bloque que queda eclipsado por potencias emergentes como China e India a las que se niega a aceptar como iguales y a las que sigue mirando por encima del hombro. “China es el principal facilitador de la guerra de Rusia”, afirmó, por ejemplo, el pasado mes de abril. En su incomprensión de las consecuencias de tratar de aleccionar a países a los que las potencias imperiales europeas han visto tradicionalmente como inferiores, la política exterior de Kaja Kallas parece dirigida a mostrar una superioridad moral que deslegitima su postura e incluso a su persona a base de una doble vara de medir de la que hace gala con la mayor naturalidad. “El colapso del derecho internacional se hace patente en las dos crisis mundiales más destacadas de la actualidad: la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania y la guerra en Oriente Medio”, escribió en abril con el habitual estilo de condenar abiertamente solo a Rusia y a todo aquel país al que considere aliado de Moscú -como Irán, al que la UE ha condenado repetidamente por sus ataques en respuesta a la guerra de agresión de Estados Unidos-, pero nunca a Estados Unidos y sus países afines.

No hay nada de excepcional en los posicionamientos de Kallas, previsibles teniendo en cuenta que fue nombrada para el puesto precisamente porque la centralidad de la guerra de Ucrania para la política exterior de la Unión Europea. Desde su llegada al puesto, Kallas ha hecho exactamente lo que se esperaba de ella. Y, sin embargo, algunos actores parecen sorprendidos por la deslegitimación de la Unión Europea que supone actualmente su figura. Hace unos días, Volodymyr Zelensky reafirmaba la necesidad de que los países europeos tengan presencia en las negociaciones para lograr una paz a medida de Ucrania tras la guerra con Rusia. Incluso Kiev, completamente dependiente de la asistencia de la Unión Europea, mencionaba a los Estados en lugar de a la Unión, un gesto representativo que no es aislado.

“Francia y Alemania están debatiendo propuestas para una reforma radical del servicio diplomático de la UE, creado hace quince años, con el fin de mejorar la respuesta del bloque ante las crisis geopolíticas”, escribía la semana pasada Financial Times en un artículo en el que muestra que los países del bloque han comprendido que tienen un problema en su estructura de política exterior. “París, Berlín y otras capitales están sopesando opciones que incluyen retirar competencias a la jefa de la diplomacia del bloque, Kaja Kallas, y a su Servicio Europeo de Acción Exterior, con un presupuesto de mil millones de euros al año, y devolverlas a la Comisión Europea y a los Estados miembros, según cinco altos funcionarios informados sobre las conversaciones”, añade el artículo, que cita a un oficial europeo que afirma que “está claro que no funciona como debería en el mundo actual. Es disfuncional”. “El problema”, insiste, “es estructural, por lo que hay que reconstruir la estructura”.

“En los últimos años, la UE se ha visto sacudida por las guerras en Ucrania e Irán, los caprichos del presidente estadounidense Donald Trump y el creciente uso de aranceles, la coacción económica y el suministro energético como herramientas de política exterior, lo que ha llevado a muchos a cuestionar si el Servicio de Acción Exterior está a la altura de la tarea de coordinar respuestas eficaces”, explica el artículo, que afirma que revertir “los objetivos de una decisión de hace 16 años de crear el Servicio de Acción Exterior como un servicio autónomo es una de las varias opciones detalladas en una evaluación del Gobierno francés compartida con otros Estados miembros”. Y, señalando, aunque sin mencionar su nombre, a Kaja Kallas, Financial Times explica que “una idea propuesta por París es limitar la autonomía de la alta representante —que actualmente desempeña una doble función, respondiendo ante los Estados miembros y la Comisión— y relajar su control sobre la red de más de 140 delegaciones que el Servicio de Acción Exterior gestiona en países de todo el mundo”. Ese es el legado de la estrategia de Kaja Kallas y los halcones continentales de creerse una fuerza rectora en las relaciones internacionales y de autoproclamarse colíderes del mundo libre, capaces de dar órdenes a cualquier país del mundo.

De forma que de ninguna manera parece casual sino un intento de contrarrestar la deslegitimación externa e interna, una filtración ha coincidido con ese duro artículo publicado por Financial Times. “La jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas, comparó a Israel con la Sudáfrica de la era del apartheid durante conversaciones de alto nivel en México, rompiendo filas con la línea diplomática oficial de la UE”, escribía Euractiv, que actúa de forma similar a Axios para el trumpismo. En el momento en el que Kaja Kallas necesita recuperar apoyos y legitimar su minada posición, un medio afín cita a la jefa de la diplomacia comunitaria equiparando a Israel con el apartheid sudafricano, una postura que contradice la impunidad que la UE ha otorgado a Israel, pero que goza de gran aceptación a nivel mundial. Asediada por las críticas y temiendo por su puesto, Kallas reacciona utilizando un argumento que resulta difícilmente creíble teniendo en cuenta su postura estos últimos años y que no hace más que deslegitimar aún más su papel en una política exterior que se reduce a la disputa contra Rusia y al intento de seguir mostrando su superioridad moral dando órdenes a cualquier país del mundo.

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