Como cada año, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debía sustituir a cinco de los diez miembros no permanentes con una elección en la que participan los miembros de la Asamblea General. Las cinco potencias con capacidad de veto -Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia- esperaban esta semana conocer cuáles serían los países que iban a sustituir a Somalia, Trinidad y Tobago, Panamá, Dinamarca y Grecia, cuya presencia termina este año. En el proceso finalizado este miércoles, los Estados miembros de Naciones Unidas debían elegir a un país africano, uno de América Latina-Caribe, uno de Asía-Pacífico y dos del grupo Europa occidental y otros. En este último, tres candidatos aspiraban a sustituir a Dinamarca y Grecia en un Consejo de Seguridad desproporcionadamente europeo.
Aunque por la potencia del país, su capacidad económica, población y presión política en una campaña en la que parecían prometérselas muy felices, Alemania era claramente uno de los favoritos a obtener uno de los dos puestos de Europa occidental, el miércoles por la noche, la cara de circunstancias de Annalena Baerbock lo decía todo. Su cara desencajada contrastaba con el vídeo de autopromoción inspirado en Sexo en Nueva York con el que se presentó a su llegada al puesto de presidenta de la Asamblea General y, sobre todo, con la arrogancia que mostró durante su paso por el cargo de ministra de Asuntos Exteriores de Alemania. Las redes sociales recordaban ayer especialmente la imagen de una dura Annalena Baerbock vestida de negro y con gafas oscuras escoltada por un séquito de hombres, también de negro, y de gran altura. Alemania llegaba al Líbano a dar órdenes de desarmar a Hezbollah y desmantelar toda resistencia contra Israel, que entonces, como ahora, atacaba el país con la impunidad que le caracteriza.
La exministra alemana no pudo esconder su decepción al anunciar que serían Portugal y Austria los dos países que pasarán a ocupar un asiento no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el órgano más importante de las instituciones multilaterales creadas tras la Segunda Guerra Mundial. Secuestrado por los intereses de ciertas grandes potencias con capacidad de veto, el sistema de Naciones Unidas se encuentra en su momento más bajo, incapaz de hacer absolutamente nada en la resolución y prevención de conflictos, motivo para el que fue creado. Hace unos días, los medios daban la noticia de que el bloqueo estadounidense impide a Naciones Unidas enviar ayuda humanitaria a Cuba, sometida a la versión moderna de un sitio militar. Si la ONU no es capaz de gestionar algo tan básico teniendo en cuenta la posición geográfica de Cuba y la experiencia de décadas de actuaciones humanitarias en zonas de conflicto, es difícil imaginar que la institución pueda tener un papel activo en la resolución de guerras como la de Ucrania, la de Irán, la del Líbano, o la de Sudán, tan ignorada que se olvida de que se trata de la crisis alimentaria más grave.
Aun venida a menos, pasados ya los años en los que era capaz de dar la orden a Estados Unidos de retirar sus tropas de Irak durante la primera guerra del Golfo, la presencia en el Consejo de Seguridad es un puesto cotizado. Así lo demuestra la campana con la que Alemania ha tratado de reclutar votos para acceder a ese foro en el que ya no se decide nada, en el que ya no se resuelven o se impiden conflictos, pero en el que se discuten, con un altavoz mediático casi incomparable, los temas más importantes de la agenda política internacional. La coyuntura actual, un momento de creciente lucha de grandes potencias, varias guerras que pueden marcar el desarrollo de los acontecimientos futuros en Eurasia, varias crisis energéticas en ciernes y el temor a cuál es el papel que Estados Unidos desea para Europa, hacía especialmente relevante para Alemania obtener ese asiento temporal en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Es ahí donde Alemania podría haber continuado su labor de proteger la impunidad israelí y, sobre todo, la de ejercer presión contra Rusia en una reconfiguración de la estructura de seguridad de la Europa del rearme en la que Alemania aspira a contar con el ejército más potente del continente.
Tras vender la piel del oso antes de cazarlo, Alemania no ha sido capaz de ocultar su decepción y ayer empleó el día en tratar de justificar lo que claramente ve como un fracaso para su diplomacia. “En la derrota, malicia; en la victoria, venganza”, escribió ayer la activista feminista y miembro del think-tank pacifista Quincy Institute Almut Rochowanski, que destacaba una noticia de la BBC en la que el medio público británico titulaba que “Alemania culpa a Rusia de la amarga derrota en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas”. Al más puro estilo de la incapacidad europea de ejercer la autocrítica, Alemania ha preferido ignorarlos motivos por los que se quedó con los insuficientes 104 votos y aferrarse al clavo ardiendo habitual, una aplicación de la doctrina Serrano Suñer en la que Rusia siempre es culpable.
“Ahora sabemos quién en la UE está protegiendo incluso a Ben-Gvir y Smotrich de las sanciones. En la reunión de embajadores de la UE de ayer, según Der Standard: Alemania insistió en excluir a Smotrich, limitándolo a Ben-Gvir. República Checa sola en contra de sancionar incluso a Ben-Gvir”, escribía el periodista Martin Konečný. Ambos ministros israelíes se han destacado por defender la política asesina israelí, jactándose de la ocupación de Cisjordania, del hambre en Gaza y de sus intenciones de limpieza étnica en ambos territorios palestinos ocupados. “Digo al pueblo de Israel: vengan a vivir a Cisjordania. Hay muchas razones para vivir en Cisjordania. Espero que este incentivo nos ayude a traer un millón de colonos y a matar la idea de un Estado palestino”, afirmó ayer mismo Bezalel Smotrich, protegido por Alemania ante la posibilidad de sanciones personales.
Aunque los medios europeos han tenido a escudarse en Viktor Orbán para justificar la ausencia de sanciones a personalidades cuyas declaraciones son pruebas utilizadas en una causa por genocidio. Sin embargo, ha sido clave el papel de Alemania en la protección a ultranza del aparente derecho de Israel a la libertad absoluta de actuación violenta en Palestina, Líbano, Irán, Siria o Yemen, países que Israel ocupa, bombardea o ha bombardeado recientemente, siempre con la connivencia, si no con el apoyo explícito de Berlín.
Y, sin embargo, incluso a pesar de la importancia que la causa palestina tiene en el Sur Global, grueso de los países con derecho a voto en la Asamblea General de Naciones Unidas, para la diplomacia alemana, ese factor de defensa de un país acusado de genocidio no es más que un factor secundario. “Ahí está nuestro apoyo inquebrantable a Ucrania. No es ningún secreto que Rusia no quiere una voz como la nuestra en la mesa e hizo campaña en nuestra contra. También puede que nos haya costado votos el hecho de que Alemania deba asumir siempre una responsabilidad especial por Israel con respecto al conflicto de Oriente Medio. Seguiremos cumpliendo con nuestra responsabilidad histórica —incluso mientras criticamos políticas específicas del gobierno actual”, declaró el decepcionado Johann Wadephul, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania.
En la Unión Europea de la venda en los ojos y el ver solo lo que interesa en cada momento, todo pasa por la guerra de Ucrania, principal proyecto geopolítico del bloque comunitario, pero que para el resto del mundo no es un conflicto existencial ni marca sus relaciones internacionales. Y en ese mundo sin sentido de la Europa del rearme para perpetuar hasta la eternidad la disputa política, económica y militar contra Rusia, Moscú es, a la vez, una potencia venida a menos y completamente aislada y alguien capaz de organizar una campaña mundial para conseguir privar a toda una Alemania del puesto al que aspiraba. Ni lo ridículo de la acusación, que hace parecer a los países del Sur Global Estados sin capacidad de pensamiento propio que solo siguen órdenes, ni el hecho de que le haya superado Austria, que en su campaña ha destacado precisamente su neutralidad militar, va a hacer recapacitar a Berlín.
Tras renunciar voluntariamente a la energía barata que era una de las bases de la competitividad de su industria, una creciente brecha social que se manifiesta en el fuerte ascenso de la extrema derecha como opción electoral, motor de una Unión Europea que carece de las materias primas que mueven la economía del presente y moverán la del futuro ni más activo que ser un gran mercado, Alemania pierde también peso diplomático sin saber explicar lo ocurrido y teniendo que aferrarse, como acostumbra, a culpar a Moscú. Un recurso fácil que en Europa sigue funcionando a la perfección, pero que denota una arrogancia que da lugar a resultados como el de la sorpresa alemana en su derrota en Naciones Unidas.
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