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Economía, Energia, Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Caminos que llevan a Moscú

“Europa necesita el estrecho de Ormuz más que nosotros. Que se suban a un barco. Esta es su guerra, no la nuestra”, insistió hace unos días Pete Hegseth. Con sus palabras, podría parecer que Estados Unidos se ha encontrado inmerso en una guerra ajena y no en un ataque premeditado, no provocado, ilegal, inmoral y absolutamente innecesario. La enésima declaración de una persona que forma parte de la administración trumpista exigiendo la participación de los aliados de la OTAN contra Irán no es solo una muestra del intento de Estados Unidos de manifestar su superioridad sobre sus teóricos aliados, sino el reflejo de cierto grado de desesperación. En las últimas semanas, Trump ha pretendido negociar con Irán un acuerdo nuclear; ha bombardeado el país; ha anunciado repetidamente ataques masivos con los que rompería el alto el fuego y posteriormente su cancelación; ha impuesto un bloqueo naval de Irán; ha anunciado el proyecto libertad para ayudar a los buques bloqueados en el Golfo Pérsico a cruzar Ormuz y posteriormente su cancelación. La situación no ha cambiado y Ormuz continúa bajo el firme control de Irán, que ha demostrado que su botón nuclear no era la bomba sino la capacidad de controlar un estrecho por el que atraviesa alrededor de la quinta parte del petróleo que mueve la economía mundial.

En un mundo cada vez más globalizado, la situación afecta a todos los países, incluso a aquellos que se jactan de su enorme producción y de su autosuficiencia. Así ha tratado de explicar Estados Unidos por qué la guerra de Irán era, en realidad, un beneficio para sus empresas, algo que, sin ser falso -las petroleras se están lucrando gracias al aumento de los precios y a la necesidad de los países de compensar las importaciones que no ha obtenido del Golfo-, omite la parte más importante: el perjuicio a la población. Pese al discurso de Trump, que alega que la inflación, que afecta especialmente a la gasolina, es un pequeño precio a pagar para evitar que Irán tenga armas nucleares, la realidad es tozuda. La gasolina que adquieren a día de hoy los y las estadounidenses se encuentra a precios similares a los de hace cuatro años con la invasión rusa.

En 2022, los países europeos tuvieron la misma reacción que Trump ha tenido ahora: exigir a su aliado del otro lado del Atlántico recordar que esa era su guerra. En aquel momento, la fractura interna de la OTAN no existía y la administración Biden se sumó rápidamente a la movilización militar y financiera para la guerra y a las sanciones masivas con las que los países europeos aspiraban a destruir la economía rusa. Fue entonces cuando se gestó el muro simbólico que la UE ha querido erigir en la frontera oriental para crear una fractura continental permanente entre la Federación Rusa y los que habían sido los principales clientes de la energía rusa, especialmente Alemania. La renuncia al gas y al petróleo ruso ha obligado a diversificar rápidamente las importaciones energéticas en el continente, que no cuenta con los recursos naturales que precisa su industria. En términos prácticos, Europa ha tenido que compensar esa energía a la que ha renunciado con otras fuentes, aumentando su dependencia tanto de Estados Unidos como del Golfo. Los países europeos pagan cara su apuesta por la energía ajena al continente y su dependencia de un aliado, Washington, que con sus actos ha conseguido un alza de los precios que, además, ha venido acompañado de reproches, exigencias y amenazas.

Desde que se constató la efectividad de la estrategia de escalada iraní de utilizar la economía como arma para defenderse y la resiliencia persa alargó la guerra mucho más allá de lo esperado por Estados Unidos y sus aliados occidentales, el gran dilema mundial ha sido el flujo de petróleo, gas y fertilizantes, tres mercancías en las que el Golfo Pérsico juega un papel clave. Y prácticamente desde el principio, se ha sentido presente la sombra de un gran proveedor de los tres productos, la Federación Rusa, la línea roja que los países europeos han prometido no cruzar.

La pérdida de una parte importante del suministro que hasta el 28 de febrero se exportara a través de Ormuz ha supuesto graves problemas en Asia, afectada directamente al quedar limitado el suministro en la fuente que le resultaba más cercana. Con cierta rapidez, Estados Unidos dio el paso de conceder una exención de las sanciones al petróleo ruso, que podría ser vendido en el mercado normal, sin necesidad de que fuera transportado por la flota fantasma, lo que ha hecho aumentar los ingresos rusos y ha abierto el abanico de clientes asiáticos para el crudo ruso. Antes incluso de que Estados Unidos otorgara esa medida de gracia -tanto a Rusia, a quien la autoproclamada autoridad da permiso para vender, como a otros países, a los que autoriza a comprar- se habían confirmado ya adquisiciones de países como India o Filipinas. Pese a que expulsar a Rusia del mercado de petróleo controlado por Occidente ha sido parte integral de la política de Estados Unidos, Scott Bessent se ha visto obligado a prorrogar dos veces más esa exención, tres meses de aumento de los ingresos rusos derivados del petróleo.

En todo este tiempo, los países europeos se han resistido con firmeza a mencionar siquiera la posibilidad de tratar de paliar el alza de precios para sus ciudadanos aceptando temporalmente la importación de petróleo ruso. Aunque países como España, siempre sigilosamente y tratando de no dar titulares, han aumentado sus adquisiciones de gas natural licuado, el petróleo ruso ha sido un tema tabú. De ahí que haya resultado una sorpresa y haya causado un fuerte escándalo el anuncio del miércoles del Reino Unido. “Reino Unido levanta algunas sanciones al petróleo ruso, permitiendo importaciones de diésel y combustible de aviación procesados en terceros países a partir de crudo ruso”, escribió ese día el analista de Bloomberg Javier Blas. La medida británica implica autorizar temporalmente las importaciones de crudo ruso refinado, por ejemplo, en países como India, un gran comprador de esa mercancía desde 2022 hasta que Donald Trump amenazó con sanciones y que ha recuperado esas adquisiciones desde que comenzara la guerra de Estados Unidos contra Irán. Desde hace varias semanas, los y las analistas habían previsto que el país más afectado por la pérdida de derivados del petróleo, entre ellos el combustible para aviación, sería el Reino Unido, por lo que no puede resultar extraño que Londres haya sido la primera capital en abrir la puerta a evitar un problema mayor echando mano del petróleo ideológicamente incorrecto que vende la Federación Rusa.

Sin embargo, paliar los problemas o conseguir reducir el precio de la gasolina que paga la ciudadanía no siempre es la principal prioridad, como han demostrado la Unión Europea y los gobiernos de los países miembros. La crisis política que vive el Reino Unido, y especialmente el Partido Laborista, hace que la oposición tory no haya tardado en utilizar la medida para presionar al Gobierno. “Tras 18 meses de “hacer frente a Putin”, el gobierno laborista emitió discretamente una licencia que permite las importaciones de petróleo ruso refinado en terceros países. Ayer, los diputados laboristas votaron EN CONTRA de las licencias de petróleo y gas del Reino Unido. Ahora estamos importando de Rusia en lugar de perforar en el Mar del Norte”, escribió la líder de lo que queda del Partido Conservador, sumido en una crisis aún más profunda que el liderado por Starmer. Su discurso, calificando la medida de traición a la causa ucraniana, es el mismo utilizado por el exprimer ministro Boris Johnson. “Me temo que el Kremlin se estará riendo hoy de la incompetencia y estupidez del gobierno de Starmer. Esto es una traición a Ucrania – y no hará nada para ayudar a los consumidores británicos”, se jactó ayer.

Es de esperar que el debilitado Gobierno británico se vea obligado a retirar esa medida, incluso a costa de sufrir escasez de algo tan relevante como el combustible para la aviación en vísperas de la campaña de verano. “Las licencias son solo medidas temporales”, se justificó el ministro de Comercio, que alegó que el Reino Unido va a imponer más sanciones a la energía rusa, aunque lo hará de forma escalonada. Sin embargo, el hecho de que el Gobierno haya tenido que recurrir a la medida de aceptar la adquisición indirecta de petróleo ruso indica la situación desesperada que empiezan a sufrir algunos Estados europeos. La guerra iniciada por Trump contra Irán no solo afecta directamente a Pakistán, India, Bangladesh o Kenia, que han sufrido ya consecuencias serias, sino también países ricos y desarrollados, que buscan resolver un problema causado por una decisión política de su aliado estadounidense.

Los problemas no se limitan al combustible, aunque ese sea la consecuencia más visible en el día a día de la población. Al principio de la guerra, el economista e historiador Adam Tooze comentaba que, al contrario de lo que se asumía, la guerra sigue estando marcada por la agricultura, como lo ha estado a lo largo de toda la historia. En plena temporada de siembra en el hemisferio norte, la guerra contra Irán ha privado a los diferentes países de una parte de los fertilizantes que son imprescindibles para garantizar las cosechas. “Estados Unidos está instando a Ucrania y a sus aliados europeos a relajar las restricciones a las importaciones de potasio bielorruso. Washington cree que aflojar las sanciones sobre este ingrediente clave para fertilizantes podría ayudar a alejar a Bielorrusia de Rusia y mejorar las relaciones con Minsk”, escribía ayer Bloomberg. Pese a la resistencia europea, en ocasiones, los caminos conducen a Moscú, o incluso a Minsk.

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