Mucho más interconectado e interdependiente, el mundo actual difícilmente puede compararse con el de la Guerra Fría, en el que dos sistemas-mundo con convivían con fuerte control en el flujo económico, político y cultural entre ellos y se enfrentaban militarmente en guerras subsidiarias en lo que entonces se calificaba de tercer mundo. Como hombre de los años 80 rodeado de halcones de una irracional lucha anticomunista que se extendía a cualquier movimiento de izquierdas o de avance social en busca de la reducción de la desigualdad, Donald Trump ha recuperado toda la retórica del ellos y nosotros que no puede sorprender. Al fin y al cabo, Donald Trump ha recibido el apoyo político de los últimos retazos vivos de lo que fuera la John Birch Society, una organización que acusaba de pecado de comunismo a Ike Eisenhower y que, con el tiempo, vio esas tendencias en el feminismo y en el ecologismo y que consideraba una conspiración que ahora se calificaría de globalista -con todos los matices antisemitas del término- para imponer un gobierno mundial, por supuesto, comunista. Heredero de estas tendencias, el trumpismo ha adaptado ese juego al mundo actual y ve amenazas terroristas en Irán, principal espónsor del terrorismo, en cualquier lancha que navegue por el Caribe o el Pacífico, en Nicolás Maduro o incluso en Cuba.
Sin embargo, la división del mundo entre amigos y enemigos -el eterno retorno al mundo de Carl Schmitt- no es exclusivo de Donald Trump, para quien todo es un juego de suma cero en el que las personas, países o acontecimientos son completamente favorables o absolutamente inaceptables. Tampoco lo es de su movimiento trumpista dominado por una derecha radical que, hasta hace una década, era solo una tendencia marginal en un partido cuya base era tan amplia que su protagonismo era escaso. La lucha común contra Rusia en Ucrania, la rivalidad con China, la alianza -totalmente coyuntural y oportunista- entre Beijing y Moscú y el intento de esos países de acercarse al Sur Global como forma de debilitar la hegemonía de Estados Unidos o la fuerza de alianzas como la OTAN ha hecho que se normalicen nuevamente ideas que se remontan a la Guerra Fría y que contribuyen a caricaturizar la realidad y los conflictos que se están produciendo.
Un artículo publicado por The New York Times hace unos días es un buen ejemplo de esa recuperación vacía de conceptos de la Guerra Fría para simplificar hasta el infinito una guerra y enaltecer, sin excesivo conocimiento sobre el tema, a una figura afín. “Conozcan al líder del mundo libre”, titulaba David French, un comentarista conservador, exrepublicano por no aceptar los postulados de la alt-right que es la base del trumpismo. El marco de la Guerra Fría, aunque absolutamente inútil a la hora de explicar la Rusia actual después de más de tres décadas de discurso anticomunista, es ideal a la hora de defender la necesidad de continuar hasta el infinito la lucha común contra Moscú. El Kremlin -o la catedral de San Basilio, habitualmente confundido con el recinto en el que se encuentra el gobierno ruso- sigue siendo un tótem al que se aferran los halcones a la hora de caricaturizar a un enemigo y enaltecer, de forma igualmente surrealista al aliado.
“En los campos de batalla de todo el mundo ha ocurrido algo extraordinario. Ucrania —una nación que se suponía que se desintegraría a los pocos días de la invasión rusa— ha logrado llevar a Rusia a un punto muerto, revolucionando de paso la guerra terrestre. Se ha convertido en un socio indispensable en materia de seguridad para la alianza occidental, incluso en la guerra contra Irán”, escribe French para ubicar la guerra de Ucrania y definir a Volodymyr Zelensky, como esa figura destacada sobre la que descansa el peso del mundo libre. “Ahora, Volodymyr Zelensky, presidente de Ucrania, está dando el siguiente paso, algo que habría sido impensable incluso en una fecha tan reciente como 2024. Con sus palabras y sus actos, está mostrando a Europa y al mundo cómo el mundo libre postestadounidense puede preservar su libertad e independencia. Esto es lo que ocurre cuando, como escribió Phillips Payson O’Brien en un artículo para The Atlantic, «Kiev parece haber perdido la fe en Estados Unidos»”, continúa el artículo.
La lógica de este marco es la misma que ha utilizado Donald Trump para justificar que el aumento del precio de la gasolina para la población estadounidense no es para tanto. “Decían que iba a subir a 300 dólares” alegó Donald Trump en referencia a unas previsiones de alza del barril de Brent absolutamente inventadas, pero que son útiles para justificar que sobrepasar los 100 dólares y que el galón de gasolina alcance los mismos precios de 2022 en tiempos de Biden, cuando se acusaba a la administración Demócrata de incompetencia económica. French aplica ese modelo a Ucrania para presentar al país como el héroe absoluto de una guerra asimétrica en la que nunca debió tener ninguna opción. En realidad, según los datos publicados recientemente por el SIPRI, en Ucrania se enfrentan el tercer y séptimo presupuesto militar más altos del mundo. El gasto militar ruso duplica al de Ucrania, aún así una guerra bastante menos desigual que la que enfrenta a la primera potencia militar, con sus 950.000 millones de dólares de presupuesto, frente a los 7.600 millones de dólares que, incluso a pesar de la guerra, fueron el gasto militar total de Irán. La épica de la guerra y la defensa del más débil depende directamente de la posición geopolítica desde la que se mira.
La posición de Ucrania como underdog, el más débil, también es curiosa. De la misma forma que se ha trazado una línea directa entre las primaveras de 2014 y 2022 olvidando todo lo que ocurrió entre ellas, el análisis de la guerra de Ucrania pasa de los primeros días de la invasión rusa, cuando los tanques rusos avanzaban con rapidez por el sur e incluso hacia Kiev, al momento actual. Se olvida así el triunfalismo exultante de quienes en el Gobierno ucraniano planeaban ya qué hacer con la población de Crimea, a la que se prometía un castigo colectivo y a quien se animaba, de la misma forma desde el Gobierno que desde la extrema derecha, a autodeportarse. Con algo más de moderación, representantes occidentales como Antony Blinken o Emmanuel Macron soñaban ya con una negociación a la que Rusia tendría que acudir en posición de debilidad absoluta ante el avance de Ucrania hacia el sur y el serio peligro al control de Crimea. Desde entonces, Ucrania llegó a capturar territorio dentro de la Federación Rusa. La capacidad de Kiev de causar daños en Rusia, exagerada por la constante emisión de imágenes y por no mencionar los golpes equivalentes que Moscú sigue causando en Ucrania, es una más de las herramientas para argumentar que la guerra puede ganarse y defender que es preciso seguir luchando.
“Ya no es correcto considerar a Ucrania como un país desamparado y sin posibilidades; se está convirtiendo en una potencia independiente”, continúa French, que se limita a lo más superficial del análisis para ignorar que Occidente llevaba años fortaleciendo al ejército ucraniano durante la fase de guerra de Donbass y que los miles de millones de euros en asistencia militar, económica y financiera no solo persisten, sino que aumentan. La independencia de Ucrania se traduce en depender de la financiación occidental para seguir luchando, pagando los salarios de los soldados, las indemnizaciones a las familias de los muertos o para producir las armas de las que se jactan tanto Kiev como sus propagandistas. “Aunque lucha por su supervivencia contra Rusia, según se informa está cerrando acuerdos de defensa con los Estados del Golfo y con Estados Unidos, y esta vez es Ucrania la que está proporcionando ayuda militar”, continúa en referencia a la venta de armento que Ucrania no podría producir sin la asistencia económica de sus aliados.
En su argumentación, French referencia un artículo escrito por The Atlantic -medio en el que escribe Anne Applebaum y dirigido por un exmiembro del ejército israelí-, en el que se afirma que “Kiev parece haber perdido la fe en Estados Unidos. Está buscando activamente nuevos socios diplomáticos y militares; por ejemplo, compartiendo con Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos su experiencia, ganada a pulso, en la guerra con drones, y firmando acuerdos de producción de armas con Alemania”. Esa pérdida de confianza en Estados Unidos no es otra cosa que la necesidad de buscar vías alternativas para obtener las armas estadounidenses que Washington ya no dona a Ucrania y que prefiere transferir a sus clientes de Oriente Medio en lugar de a los aliados europeos para que sean enviadas al frente ucraniano.
Acercarse a las satrapías árabes para conseguir misiles Patriot de Estados Unidos es el mundo post-estadounidense que propone ese líder del mundo libre que emula a Trump también con sus formas y su lenguaje. Hace unos días, Zelensky amenazaba a Alexander Lukashenko con secuestrarle como Estados Unidos lo hizo con Maduro. Ayer, en su estrategia de tensión contra Rusia la semana del Día de la Victoria, una fecha denostada y defenestrada por la Ucrania post-Maidan que tanto gusta a Occidente, Zelensky afirmó que “hemos recibido apelaciones de algunos estados cercanos a Rusia que dicen que sus representantes planean estar en Moscú. Un deseo extraño… en estos días. No lo recomendamos”. En el mundo post-estadounidense, dar a entender que representantes internacionales pueden ser bombardeados es un simple comentario que no provoca ninguna reacción adversa. Siempre que sea el líder del mundo libre quien pronuncie esas palabras.
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