“No estoy aquí como político”, afirmó en Kiev el príncipe Harry, hijo del rey de Inglaterra y, evidentemente, no un político por méritos propios, sino alguien que ha alcanzado su posición social gracias a su ADN, que ahora utiliza para labores de lobby que presenta como actos humanitarios. “Estoy aquí como soldado que comprende el servicio. Como humanitario que ha visto el coste humano del conflicto. Y como amigo de Ucrania que cree que el mundo no debe acostumbrarse a esta guerra ni insensibilizarse ante sus consecuencias. Porque lo que está ocurriendo aquí no es simplemente una guerra por territorio. Es una guerra por valores. Por soberanía. Por si los principios que sustentan nuestra democracia compartida tendrán significado”, sentenció en su discurso.
La presencia en Ucrania de Harry, duque de Sussex, es un ejemplo más de la importancia del Reino Unido en la actual guerra y de la necesidad de Kiev de darse protagonismo y mantenerse en los titulares, aunque sea a base de pasear por su territorio a figuras sin la más mínima relevancia política. En las palabras de Harry sí hay un halo de verdad, ya que el príncipe, como es tradición en las monarquías europeas, conoce el servicio militar y también la guerra. Con dos estancias en Afganistán como piloto de helicópteros Apache, el hijo de Carlos de Inglaterra, que en el pasado se ha destacado por un disfraz de Nazi que quizá le haría hacer amigos entre las tropas ucranianas, publicó en sus memorias que su “número” era 25. Siguiendo la habitual lógica europea de no poner en duda la versión oficial de los hechos en lo que respecta a nuestras guerras y nuestras monarquías, la BBC explicaba que “en sus memorias, el duque de Sussex describe matar a 25 luchadores talibán en Afganistán como si fueran piezas de ajedrez eliminadas del tablero”. No puede haber duda de que se trataba de combatientes y no hay necesidad de humanizar el enemigo.
“No es una estadística que me llene de orgullo, pero tampoco me avergüenza”, explica en sus memorias, en las que añade que “cuando estaba metido en el calor y la confusión de la batalla, no pensaba en esas 25 personas. No puedes matar gente si los ves como personas”. “En realidad, no puedes hacer daño a gente si los ves como personas. Eran piezas de ajedrez eliminadas del tablero, malos hombres eliminados antes de que mataran a buenos hombres”, escribió para reflejar su visión de la guerra de Afganistán, en la que los pilotos de helicópteros, con dominio completo de los cielos, nunca se vieron envueltos en batallas con gran vorágine y confusión. La guerra completamente asimétrica entre uno de los ejércitos más fuertes del momento y guerrillas terrestres mal equipadas pero que siempre luchaban hasta el final y generalmente lograban expulsar a las tropas británicas ha sido un escenario que el Imperio Británico y posteriormente el Reino Unido han repetido en Afganistán, siempre mirando con desprecio a una población que, pese a siglos de intentos, nunca consiguieron someter.
Desde esa postura de deshumanización absoluta del oponente y un largo historial de abuso y saqueo de las poblaciones y territorios que han dominado a lo largo de los siglos, los representantes británicos, tanto políticos como otro tipo de lobistas, acuden regularmente a Kiev para presentarse como encarnación de los valores democráticos que, en el caso de Ucrania, se manifiestan en forma de defensa de la lucha común contra Rusia que, como Afganistán, es otro enemigo histórico para Londres. Al fin y al cabo, el cuadro de 1879 “Restos de un ejército”, en el que el único superviviente británico se retira de Afganistán en dirección a Jalalabad -al otro lado del paso Jíber que británicos y estadounidenses utilizarían un siglo después para enviar armas en su lucha contra la Unión Soviética- refleja una de las tres guerras de Afganistán, parte de una primera guerra fría conocida como el gran juego, en el que, en realidad, solo jugaba una de las partes. Pese a la exageración del peligro, la Rusia de aquel momento, el Imperio Ruso, nunca tuvo opción de poner en peligro las posesiones coloniales británicas de India. Sin embargo, como ahora, esa percepción era suficiente para crear un enemigo y justificar aventuras imperiales y presencia militar en países cercanos a su frontera.
“Un día esta guerra terminará. Y la historia no preguntará qué dijimos, sino qué hicimos. Ucrania está respondiendo a esa pregunta. Ahora es el momento de que el resto de nosotros también la respondamos”, afirmó el príncipe en su discurso para defender la continuación de la asistencia militar en lo que Boris Johnson, otro asiduo de Kiev ha calificado abiertamente de “guerra proxy”. La respuesta a qué está haciendo o qué ha hecho el Reino Unido es clara y se manifiesta prácticamente a diario. Como otros países europeos, Londres es uno de los grandes patrocinadores del ejército ucraniano en lo que es la repetición de lo practicado durante la penúltima aventura británica en Afganistán, cuando se suministraba armamento a los muyahidines para derrotar al ejército enviado por Moscú, en aquel momento el ejército soviético. El Reino Unido se ha destacado también como proveedor de inteligencia y, como han destacado medios como The New York Times y The Washington Post, junto a la CIA, el MI6 ha gozado de una importante presencia en el país desde 2014. Como potencia naval histórica, el Reino Unido se ha centrado en apoyar a Ucrania en su batalla por el mar Negro, en la que la principal obsesión ha sido el desarrollo de drones navales para los que las defensas aún no se habían adaptado.
Aunque Kiev y Odessa han sido escenarios en los que primeros ministros o titulares de Defensa británicos han realizado sus actos de relaciones públicas, la aparición más recordada fue la de Boris Johnson en la primavera de 2022, un viaje en el que los hechos se mezclan con la leyenda y al que se ha otorgado el crédito -o la culpa- por la ruptura del proceso diplomático que pudo haber conseguido un acuerdo que finalizara la guerra antes de que se produjeran gran parte de la muerte y destrucción. “Simplemente, vamos a luchar”, habrían sido las palabras de Johnson según publicó meses después Ukrainska Pravda y que han sido consideradas una prueba de que el Reino Unido y otros países occidentales intervinieron para evitar un acuerdo que, en las condiciones en las que se estaba negociando, siempre fue improbable. En realidad, la intervención de Johnson, en representación de Occidente, fue el anuncio de que Zelensky contaría con lo que necesitaba para hacer lo que ya había decidido, seguir luchando.
Desde entonces, el Reino Unido ha sido uno de los principales patrocinadores de la idea de luchar hasta el último ucraniano, versión de la guerra que comparte con Kiev, y de la necesidad de lograr una resolución que implique la introducción de la misión armada que Starmer, Macron y Merz llevan meses preparado y que depende de la aprobación de Estados Unidos, que tendría que aportar la cobertura aérea e inteligencia.
El Reino Unido es también un foco de lobistas, una puerta giratoria codiciada para políticos que han acabado su carrera o que han caído en desgracia por su actuación en el servicio público. Una mezcla de ambas situaciones llevó a Sanna Marin del puesto de primera ministra de Finlandia a la Fundación Blair, uno de los núcleos del lobismo europeo. Además de multimillonario, socio de uno de los grandes oligarcas de nuestro tiempo, Larry Ellison, miembro de la Junta de Paz de Donald Trump y exprimer ministro británico, Tony Blair es especialmente recordado por dos grandes actos políticos: la fabricación de la narrativa con la que George Bush invadiría Irak sobre la base de una mentira evidente, las armas de destrucción masiva, y la consolidación del nuevo laborismo. Junto al de Blair, destacan en esto último otros dos nombres, Gordon Brown y Lord Mandelson, the prince of darkness, el príncipe de la oscuridad, cuya caída final se ha producido este año de la mano de las revelaciones de su cercana relación de amistad y lucrativos negocios con Jeffrey Epstein. El escándalo le ha costado el puesto de embajador del Reino Unido a Mandelson y su carrera política a Monrgan McSweeney, spin doctor y mano derecha del actual primer ministro laborista, Keir Starmer.
Internamente deslegitimado, McSweeney busca su sitio y parece querer convertirse en el próximo lobista de Ucrania. “El exjefe de gabinete del primer ministro asistirá este mes a una conferencia sobre seguridad en Ucrania, mientras reflexiona sobre su futuro profesional tras su paso por Downing Street. Morgan McSweeney, que dimitió de su cargo en el número 10 en febrero, asistirá al Foro de Seguridad de Kiev en un momento de incertidumbre sobre su próximo paso. Al parecer, le preocupa la cuestión de cómo afectará la inteligencia artificial a las elecciones en Ucrania, que el presidente Zelensky ha dicho que convocará una vez que se haya acordado un alto el fuego con Rusia”, publicaba hace unos días The Times. McSweeney, a quien se otorga una parte importante del crédito por la victoria electoral de Starmer, parece tener las cosas claras y no mira a Ucrania como una oportunidad en sentido abstracto, sino como un proyecto concreto. McSweeney “cree que las próximas elecciones en el país serán unas de las más trascendentales de la historia reciente de Europa. Sus amigos creen que estaría interesado en ayudar a Zelensky”, añade el artículo que, sin embargo, insiste en que “se da por hecho que no mantiene conversaciones activas con el Gobierno ucraniano sobre esa posibilidad”. Como principal proyecto geopolítico europeo, Ucrania sigue siendo un foco de lobistas y gurús de la tecnología política de la Unión Europea y del Reino Unido.
La caída de Andriy Ermak ha hecho perder al Reino Unido a un activo importante, que ha sido sustituido por Kirilo Budanov, un hombre mucho más cercano a Estados Unidos. En un contexto de tensión interna en el bloque atlantista, con cada vez más reproches de Donald Trump a Keir Starmer, sería lógico que el lobby británico tratara de recuperar terreno en Ucrania utilizando a figuras públicas como príncipes o exprimer ministros o enviando a expertos de la lucha electoral para ejercer de lobby con el que garantizar que todo siga igual y que Ucrania siga estando liderada por quienes han demostrado activamente la voluntad de seguir luchando hasta el último ucraniano en esta batalla común.
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