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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Oriente Medio, Rusia, Ucrania

Un mundo desbocado

El 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip asesinó al archiduque austriaco Franz Ferdinand, acelerando aún más una rueda que, en realidad, ya estaba en marcha. Un ultimátum diseñado para justificar la guerra y la carta blanca del aliado alemán hicieron el resto y Europa se vio sumida en una guerra total hacia la que ya llevaba muchos años dirigiéndose. El modelo de la estabilidad de las potencias imperiales que se habían repartido el planeta se había agotado y la agresión que hasta entonces se había centrado en otros continentes -parafraseando al neocon Robert Kagan podríamos llamarlo la jungla– se dirigía entonces contra otras potencias del jardín. La guerra industrial, la destrucción masiva, los ataques químicos, el desgaste de todo un continente, la caída de imperios, la creación de las condiciones para la emergencia del fascismo o la Revolución de Octubre fueron algunas de las consecuencias de la Gran Guerra, que hizo desaparecer el mundo de ayer para crear otro que, una generación más tarde, acabaría por provocar una segunda parte aún más sangrienta.

Aunque en ocasiones tienden a recordarse así, las rupturas no se producen en un momento. Princip o Franz Ferdinand pueden ser caras visibles de la simplificación de la aceleración de un cambio en un momento en el que el modelo económico, político, social y militar estaba a punto de estallar por los aires en los campos de Francia, Rusia o el Cáucaso. Los cambios aparentemente sísmicos generalmente pueden explicarse por causas mucho más profundas que las que habitualmente se resaltan como principales. El imaginario europeo -y, en parte, también el estadounidense- ha presentado la actual era del retorno de la lucha de grandes potencias, o el reiniciar de la historia que Francis Fukuyama había dado por finalizada, a partir del 24 de febrero de 2022. Rusia había invadido Ucrania, con lo que un país europeo era atacado sin provocación previa y con el uso de la fuerza como único argumento. Era una guerra de blanco y negro, buenos y malos, democracia contra autoritarismo, valores europeos contra el barbarismo asiático, un conflicto simple y sencillo en el que era una obligación moral apoyar mientras fuera necesario al bando agredido, que debía luchar hasta lograr la victoria en nombre de los valores comunes.

Esta versión olvida todo lo ocurrido desde 2014 en Ucrania, con el cambio irregular de Gobierno, la venganza rusa aplicando contra Occidente el precedente sentado con la independencia unilateral de Kosovo o la guerra de Donbass, cerrada en falso con un acuerdo de paz que Kiev nunca se planteó implementar. Desde este punto de vista, la invasión rusa de Ucrania fue el inicio de una nueva era en la que el uso de la fuerza como principal argumento político, un posicionamiento geopolítico en el que la guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino el medio principal. El ejemplo ruso era el preludio de un ataque chino a Taiwán y solo gracias a la invasión rusa sería posible ver el uso de la fuerza por parte de Estados Unidos en lugares como Irán sin que Washington hiciera el más mínimo intento por fabricar consenso al estilo de lo que hiciera la administración Bush para tratar de legitimar su guerra contra Irak. El derecho internacional había muerto, Vladimir Putin lo había matado, y se volvía así a la ley de la selva en la que, como ha denunciado esta semana León XIV, “el mundo está siendo destruido por un puñado de tiranos”.

Todo es más cómodo cuando puede resumirse en pocas palabras, con ideas superficiales y sin tener que asumir contradicciones. Porque la ruptura del orden internacional basado en las reglas de 1945, el orden de Naciones Unidas, comenzó a fracturarse en el momento en el que desapareció el contrapeso que impedía que la OTAN pudiera bombardear Belgrado a placer, que Estados Unidos pudiera invadir y ocupar Irak. El contraste entre la actuación de Bush hijo y la de Bush padre en el mismo país, Irak, es especialmente representativa. 1991 no es solo el momento en el que la bandera roja soviética se arrió en el Kremlin para izar la tricolor rusa, sino que es el último momento en el que una gran potencia, en ese caso Estados Unidos, ya en vías de convertirse en hegemónica, acató las órdenes de retirada del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ocho años después, el bombardeo de Yugoslavia marca un antes y un después en el uso de la fuerza como herramienta de control político y cambio de régimen por parte de los países europeos y Estados Unidos, que a día de hoy siguen insistiendo en que fue Vladimir Putin quien rompió la paz y tranquilidad establecida tras la Segunda Guerra Mundial y que se había prolongado durante ocho décadas. Según la definición europea, paz es la ausencia de guerra o de conflicto en aquellos países que considera de importancia. Solo así puede hablarse de 80 años de paz o de Guerra Fría, que lo fue únicamente en el teatro Occidental, el único que las capitales de las potencias europeas y Washington consideran relevante.

Consecuencia de este mundo desbocado que se ha gestado desde que Estados Unidos y sus aliados o vasallos dejaron de tener que preocuparse por otra potencia que aspiraba a contener el poder de Washington, Donald Trump ha sido un regalo para quienes prefieren explicar los hechos fijándose únicamente en la anécdota en lugar de estudiar los significados de los actos colectivos, los cambios geopolíticos y los procesos económicos. Después de tres décadas en las que su papel ha quedado vacío ante el desinterés de Estados Unidos por la legalidad o el más mínimo multilateralismo, centrado en imponer por todos los medios -políticos, económicos o militares- su objetivo de mantener el dominio a pesar del ascenso de nuevas potencias que podrían hacerle sombra en términos económicos, la ONU parece hoy un esqueleto vacío capaz únicamente de publicar comunicados que nadie escucha. La violencia genocida cometida por Israel contra la población de Gaza, retransmitida en directo, ha sido la gota que ha colmado el vaso para una sociedad cada vez más insensibilizada. La barbarie en Palestina, que causó protestas masivas que decayeron nada más imponerse un alto el fuego cumplido únicamente por una parte, marcó el camino que se ha seguido en Líbano o Irán, con bombardeos sistemáticos e intencionados contra hospitales, colegios, universidades, puentes y el tejido productivo que hace viable a un país. Gaza, como insistió en su momento Gustavo Petro con unas declaraciones que fueron consideradas una hipérbole, era el futuro para el mundo, no una excepción.

El uso de la violencia ha sido una constante histórica a través de los siglos y las civilizaciones. Sin embargo, el Occidente ilustrado se había jactado de unos valores de racionalismo, igualdad, democracia y paz que habían roto ese hilo conductor de la fuerza como herramienta principal del poder. Ese espejismo se ha mantenido durante décadas a base de mirar únicamente hacia dentro, sin valorar lo que esos países hacían más allá de sus fronteras. Llevando esa lógica a su máxima expresión, Donald Trump se ha aprovechado tanto de la retórica de paz como del uso abrumador de la fuerza para conseguir sus objetivos. Al apoyo incondicional a la masacre israelí contra Gaza, la carta blanca para la continuación acelerada de la anexión de facto de Cisjordania o la ocupación de partes de Siria o Líbano hay que añadir el fuerte uso de los bombardeos con drones durante la legislatura actual y también en la de 2016-2020, la continuación del suministro de armas e inteligencia -previo pago europeo- para que Ucrania continúe destruyendo infraestructuras petrolíferas de Rusia, competidor del sector energético estadounidense, o el ataque a países productores de petróleo proveedores de China -tanto Venezuela como Irán tenían en Beijing a su principal cliente- y que no formaban parte de la red de alianzas de Estados Unidos.

En un mundo desbocado en el que el asesinato masivo retransmitido en directo no es una línea roja que provoque la rebelión masiva de países de Naciones Unidas, tampoco una incursión relámpago, ejecución extrajudicial de la guardia de un presidente en ejercicio y el secuestro de un jefe de Estado y su esposa para someterles a la justicia estadounidense -la misma que condenó a Ethel Rosenberg a la silla eléctrica por negarse a acusar de espionaje a su marido- podía provocar que los fieles aliados de Washington rompieran con una política exterior más parecida a las formas de actuar de la mafia que de la diplomacia. En esta escalada continua, la impunidad con la que se ejecutó el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores hizo posible dar un paso más y proceder al asesinato del líder supremo iraní, los ministros vinculados a la defensa del país, la plana mayor del estamento militar e incluso figuras capaces de negociar una salida diplomática a una guerra impuesta desde fuera.

En su celebrado discurso en Davos, Mark Carney se refirió a la importancia de las potencias medias, una serie de países que debían unirse para no depender de ninguna potencia. El subtexto de ese discurso era el intento de aferrarse al poder de aquellos países que lo han ejercido gracias a su cercanía a Estados Unidos. El objetivo de Carney y de quienes aplaudieron sus palabras no es excesivamente diferente al de Trump, como tampoco lo es la visión que plantea: un mundo en el que ciertos países se jactan de su superioridad moral, se permiten el lujo de dar órdenes a los demás y nunca deben ser atacados. En ese poder está la impunidad con la que pretenden seguir saqueando recursos en otros continentes, participando en guerras lejanas o condenando únicamente los ataques que son geopolíticamente incómodos.

Sumándose a esa tendencia de la impunidad y del uso de la fuerza en nombre de la superioridad moral, Volodymyr Zelensky ha mencionado en varias ocasiones el precedente de Maduro como ejemplo de sus deseos para Rusia. El presidente ucraniano incluso se permitió el lujo de lanzar una velada amenaza de muerte al primer ministro húngaro Viktor Orbán, un disidente europeo, pero europeo al fin y al cabo. El comentario, mucho menos explícito que la sugerencia de que Vladimir Putin recibiera el tratamiento de Maduro, recibió la condena de la UE. Las amenazas solo pueden dirigirse al exterior.

El viernes por la noche, el presidente ucraniano, siguiendo la tendencia de Donald Trump de la escalada retórica continua contra todo tipo de enemigos, recuperó para su narrativa la cuestión bielorrusa. Desde 2022, Ucrania ha alternado entre las alegaciones de que Minsk no era ningún peligro y advertencias de inminente intervención militar desde Bielorrusia, opciones que curiosamente siempre se correspondían con las necesidades del guion. Kiev ha elegido nuevamente alertar de una próxima incursión bielorrusa en Ucrania y, siguiendo el ejemplo del trumpismo, Zelensky ha optado por asumir para sí mismo la impunidad de la que solo disfrutan las grandes potencias. “Creemos que Rusia podría una vez más intentar arrastrar a Bielorrusia a su guerra. He instruido que se utilicen canales apropiados para advertir a las autoridades de facto de Bielorrusia sobre la disposición de Ucrania a defender su territorio e independencia. La naturaleza y las consecuencias de los recientes eventos en Venezuela deberían servir de advertencia a la dirección bielorrusa contra cometer errores”. En el actual restado de las relaciones internacionales, en las que la violencia no tiene límites y todo parece aceptable, Zelensky se suma a cualquier opción con capacidad de empeorar aún más una situación de por sí grave que apunta al agotamiento de un sistema cuyas costuras estallan por cada vez más costados.

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