Ayer por la mañana comenzó la tregua de dos días anunciada por Ucrania, una medida puramente mediática con la que solo esperaba reincidir en la idea de que Rusia no desea la paz y justificar posibles bombardeos el 9 de mayo. «No es un buen momento para desfiles», advirtió ayer Zelensky. Un alto el fuego sin un marco político que lo sostenga ni una verdadera negociación es el escenario ideal para Kiev, que garantizaría un descenso de la batalla sin necesidad de tener que admitir las pérdidas territoriales incurridas. La ausencia de un acuerdo final aseguraría también la continuación de la financiación para Kiev y el mantenimiento de las sanciones contra Moscú que, como durante los siete años de ni guerra ni paz en Donbass, sería culpable de cualquier infracción.
La narrativa occidental de esta guerra ha seguido férreamente el mensaje que llegaba de Kiev y ha tratado de desmarcarse lo mínimo para no poner en cuestión la frágil base sobre la que se ha construido una movilización sin precedentes para una guerra proxy con la que los países europeos se encuentran muy cómodos y no parecen tener prisa por terminar. En 2022, cuando aún no se había producido gran parte de la muerte y destrucción y existía un proceso de negociación que, como han admitido todas las partes, estuvo cerca de lograr un acuerdo, ningún líder ni potencia occidental dio su apoyo al proceso. Meses antes, la invasión rusa de Ucrania había puesto fin a un proceso de siete años de negociación dilatada y obstaculizada por Kiev que, con ayuda de las capitales europeas, mantuvo públicamente su apoyo al proceso de paz mientras hacía todo lo posible por hacerlo descarrilar. Continuar la guerra hasta conseguir los objetivos -en este caso, no realizar concesiones a Rusia o antes a Donbass- siempre fue preferible a detener realmente el derramamiento de sangre que sigue causando enormes bajas.
El secreto mejor guardado por las partes en conflicto, la cifra de bajas sigue siendo un aspecto polémico en el que la prensa occidental se rige a rajatabla por la máxima de considerar propaganda cada palabra del Kremlin y nunca poner seriamente en duda las palabras de Kiev. “Sigue sin estar claro cuántos soldados ucranianos han perdido la vida a lo largo de cuatro años de guerra. Ni Rusia ni Ucrania publican cifras oficiales de bajas. El 5 de enero de 2026, en una entrevista con un canal de televisión francés, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky afirmó que Ucrania había perdido hasta la fecha 55 000 soldados en cuatro años de guerra”, escribe en un largo y desolador artículo
André Liohn. El periodista brasileño, habitual en varios grandes medios occidentales, admite que se cree que esas cifras son mucho más altas, aunque lo hace siempre sin incidir en la enorme falsedad de las cifras dadas por Zelensky y sin que esa evidente mentira suponga un motivo para poner en cuestión otras bases sobre las que se sustenta el dogma de que Ucrania puede permitirse continuar luchando, por el momento, dos años más. “Las estimaciones independientes son mucho más elevadas. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) calcula que entre 100.000 y 140.000 soldados ucranianos han perdido la vida desde 2022”, escribe Liohn que menciona como cifra alternativa la aportada por UAlosses, que en aquel momento estimaba 170.000 soldados ucranianos muertos. Actualmente, esa cifra supera las 197.000, no muy lejana a las 219.000 tropas rusas caídas en el frente que estima Mediazona. Esa diferencia tiene muy poco que ver con las triunfalistas afirmaciones de Zelensky y sus aliados europeos, que parecen tratar de convencer a su público de que en la guerra solo mueren tropas rusas.
El artículo del periodista parte de las consecuencias económicas de esa muerte masiva que se está produciendo en la guerra y lo hace a través de la historia de dos mujeres, Galina y Olga, madre y hermana respectivamente de un soldado que murió a causa de la guerra, pero no en la batalla. La guerra tiene poco de épico y mucho de barro, hambre, desesperación y muerte, no siempre a manos del enemigo. “Galina y Olga lloran ante una tumba que no da derechos”, escribe Liohn, que explica que “las dos mujeres se encuentran en un rincón, en los límites del extenso cementerio de Odesa, en el extremo sur de Ucrania. El frío y el humo del cigarrillo hacen que cada exhalación sea visible. Entre las tumbas recientes, los cuervos saltan de una cruz a otra. Perros flacos olfatean la tierra, aún sin compactar. El cementerio no es solo un lugar de recuerdo. Es un territorio en expansión”. La tumba que visitan Olga y Galina “difiere de las de los demás soldados. Muchas están hechas de granito pulido, con retratos grabados con láser. Pero aquí no hay placa. Ni fotografía. Ni insignia. Solo una sencilla cruz de madera y unas pocas flores de plástico azules y amarillas clavadas en el suelo”.
La causa de la muerte hace que la tumba no sea “solo estéticamente diferente de las demás. Es jurídicamente distinta. Según los documentos militares, Pravidin, el soldado enterrado aquí, no murió en combate. Se suicidó. Esa sola palabra basta no solo para excluir al soldado fallecido de la narrativa heroica de la lucha por la defensa del país. También significa que sus familiares, su madre Galina y su hermana Olga, no tienen derecho ni a una indemnización económica ni a un reconocimiento oficial”. Del heroísmo a la vergüenza solo dista la forma en la que lidian con la situación desesperada que es la guerra soldados que, en ocasiones, ni siquiera han elegido ese camino. La familia del soldado insiste en que “no quería ir a la guerra” y fue, como otros miles de hombres ucranianos cada año, busificado y enviado al frente donde, según una versión oficial que, según su madre, ha cambiado varias veces, se quitó la vida.
“Al final llegó el mensaje: suicidio fuera de servicio. Cada versión también reubicaba legalmente el cadáver. Cada versión cambiaba su propio destino material. La guerra es también esto: una secuencia de palabras que decide si una familia se convierte en acreedora o sigue siendo invisible”, añade Liohn, que da cuenta de la lucha de las dos mujeres para conseguir la información veraz sobre la muerte de su hijo o hermano y para poder acceder a las indemnizaciones de guerra a las que Ucrania se ha comprometido.
“Ucrania no puede permitírselo. Según Dmytro Andriyenko, analista de la Escuela de Economía de Kiev, el Estado, según datos oficiales, gastó 428.900 millones de grivnas, unos 8.370 millones de euros, en indemnizaciones entre 2022 y noviembre de 2025. Pero la deuda es mucho mayor”, explica Liohn. “Si unas 40.000 familias hubieran recibido los quince millones completos según el modelo original, la cifra ya se acercaría a los 600.000 millones de grivnas. El hecho de que la cifra real sea mucho menor solo admite dos hipótesis: o el número de fallecidos es mucho menor, lo que consideramos poco probable, o bien los pagos se han retrasado o no se han abonado en su totalidad. Y podemos confirmar con casi total certeza que se han producido retrasos debido a la falta de fondos”, explica Andriyenko.
“Los pagos a las familias de los soldados caídos ya no se abonan en un solo pago. Desde septiembre de 2025, se ha modificado el sistema para que se paguen tres millones de grivnas de forma inmediata. El resto se abona en cuotas a lo largo de ochenta meses. Dmytro Andriyenko afirma que este mecanismo se introdujo principalmente debido a la insuficiencia de recursos financieros, como una forma de gestionar la elevada deuda del Estado”, explica el artículo, que cita al experto afirmando que ese nuevo mecanismo “reduce el impacto inmediato, pero genera obligaciones a largo plazo”. En otras palabras, Ucrania ha modificado la forma en la que paga las indemnizaciones para poder sostener su economía a flote, signo de que, pese a las sonrisas de Zelensky cuando se refiere al futuro hundimiento ruso, su situación económica depende, como una estafa piramidal, de percibir constantes inyecciones de ingresos, en este caso, subvenciones o créditos de la Unión Europea. En este sentido, el analista alemán Wolfgang Munchau comentaba esta semana que “la UE está financiando la mayor parte de su ayuda para Ucrania -y el nuevo gasto en defensa- mediante préstamos. Rusia financia la guerra con ingresos corrientes. El solo aumento del precio del petróleo cubrirá una gran cantidad de la financiación de Rusia relacionada con la guerra. Según las tendencias actuales, parece más plausible que la UE se encuentre con restricciones de endeudamiento antes de que a Rusia se le acabe el dinero”.
“Estamos construyendo un país en el que una parte enorme de la capacidad financiera quedará permanentemente ocupada por el pasado”, afirma en el artículo Irinna Sovsun, diputada de Holos, un partido liberal-nacionalista que nunca se ha cansado de defender la guerra hasta el final. Incluso quienes defienden la lucha contra Rusia como el elemento central de la construcción del nuevo Estado ucraniano son conscientes de que la situación “no es sostenible”. Sin embargo, la solución no suele ser buscar el final de la guerra, sino exigir más financiación a los aliados europeos. Seguirán produciéndose así las devoluciones de cuerpos caídos en el frente en territorio propio y en el del enemigo, origen de los masivos intercambios de cuerpos en “vagones frigoríficos. Las ruedas parecen nuevas, como si los vagones hubieran sido renovados con un único fin: mantener la muerte en suspenso. Los vagones están cargados con los cadáveres de miles de soldados muertos en el frente y devueltos a Ucrania por Rusia. Yacen apilados en posición horizontal dentro de bolsas blancas de PVC, congelados, casi todos en avanzado estado de descomposición”.
“Esta es también una factura pendiente. Si se identificaran los cadáveres que ahora se encuentran almacenados en Odesa, el Estado tendría que hacer frente a unos 739 millones de euros. Si las cifras se repitieran en los demás centros, la deuda se acercaría a los 2.940 millones de euros. Una obligación futura, provocada por bolsas que llenan vagones enteros, donde la guerra ya no se manifiesta en forma de explosiones y disparos, sino como una lista. Como protocolo. Como obligación futura”, explica Liohn aportando unas cifras que el país más pobre de Europa no puede permitirse a largo plazo, especialmente si las cifras siguen irremediablemente aumentando con la continuación de la guerra.
“En la retórica oficial, durante mucho tiempo se albergó la esperanza de que parte de la carga de los costes de la guerra pudiera recaer algún día sobre Rusia, ya fuera mediante reparaciones o mediante el uso de sus activos extranjeros congelados. Cuando esto resultó imposible debido a desacuerdos internos, se señaló a Noruega como posible garante de un importante préstamo internacional, gracias a su solidez financiera, al fondo soberano más grande del mundo y a los extraordinarios ingresos energéticos obtenidos tras el estallido de la guerra. El Gobierno noruego rechazó claramente la propuesta”, comenta el artículo para describir una situación que siempre lleva a la Unión Europea, dispuesta a poner la financiación para la guerra, pero a quien se exige un compromiso a largo plazo como proveedor de las enormes cantidades de dinero que requerirá la posguerra.
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