“Rusia lleva varios años bajo sanciones, así que sabe cómo minimizar sus consecuencias”, declaró el jueves Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin. Pocas horas antes, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent había afirmado a los medios la intención de no renovar la exención de sanciones que Washington había concedido al petróleo ruso que, por lo tanto, volvía a estar sancionado. En su intento por mantener el dominio mundial a pesar de que su hegemonía se degrada por momentos ante el ascenso de nuevas potencias, Estados Unidos ha apostado por tratar de controlar los flujos de tres aspectos esenciales de la economía: la energía, las armas y la tecnología. En el caso de la energía, Washington busca tener una posición de dominio desde la que poder dar órdenes o aplicar medidas coercitivas contra sus enemigos designados en el comercio de las materias primas que moverán la economía del futuro, entre ellas las tierras raras y minerales como el litio, y las que mueven la del presente, como es el caso del petróleo. No es casualidad que los dos últimos países atacados, Venezuela e Irán tuvieran a China como principal cliente de su petróleo. Tampoco es fruto del azar que sancionar al petróleo ruso haya sido la herramienta económica elegida por el trumpismo para intentar someter a Rusia. Con el veto a Rosneft y Lukoil y el precedente de abordar y requisar un petrolero que había sido registrado bajo bandera rusa -aunque formaba parte de la flota fantasma venezolana-, Estados Unidos no solo buscaba obligar a Rusia a vender su petróleo con enormes descuentos y a tener que hacerlo al margen de los flujos habituales, reduciendo notablemente sus ingresos, sino que trataba de derrotar a un competidor por los mismos mercados.
La guerra iniciada por Donald Trump y con la que la Casa Blanca ha querido conseguir por la vía militar lo que podía haber conseguido por medio de la diplomacia -un acuerdo que ponga férreos límites al programa nuclear iraní- comparte con la de Ucrania más de un aspecto, entre ellos el hecho de que no ha salido como las autoridades políticas esperaban. La Casa Blanca fue a la guerra el 28 de febrero de 2026 preparada para la de junio de 2025, sin anticipar que la opción nuclear de Irán era, en realidad, aquello en lo que se le suponía la mayor debilidad, la economía. El cierre de Ormuz, por donde transita alrededor de la quinta parte del petróleo mundial ha supuesto un alza de precios gracias al cual el precio del barril de los Urales se ha duplicado, mostrando el valor del petróleo ruso, cuyas rutas comerciales no se han visto afectadas por la guerra.
Esa ha sido una de las grandes quejas de Volodymyr Zelensky, que desde el primer momento mostró su apoyo a Estados Unidos e Israel contra Irán, pero se preocupó por dos aspectos: la certeza de que, ante el uso masivo de misiles PAC-3 de los sistemas Patriot, iban a producirse retrasos en la entrega de armamento para la guerra europea y el aumento de ingresos que iba a suponer para Rusia el alza del precio del petróleo. El anuncio de la exención de sanciones al petróleo ruso que se encontrara ya en el mar -fuera en cargueros bajo bandera rusa o de la flota fantasma– provocó el enfado de Zelensky y no pocos titulares y posts enfurecidos por parte de expertos y think-tankers para quienes el mal menor elegido por Estados Unidos para paliar ligeramente la subida de precios era una medida inaceptable. Para los más radicales, como Timothy Snyder, la medida era una prueba de la cercanía de la Casa Blanca al Kremlin y un indicio de que el objetivo real era eliminar las sanciones contra Rusia. Ese discurso se queda cojo cuando se tiene en cuenta que no fue Biden, sino Trump quien impuso sanciones al petróleo ruso y quien exigió a los países europeos que hicieran lo propio, cesando las adquisiciones de crudo a Moscú e incluso abordando los buques que lo transportan.
“Cada dólar pagado por el petróleo ruso es dinero para la guerra. Más de 110 petroleros de la flota fantasma de Moscú se encuentran actualmente en el mar. A bordo hay más de 12 millones de toneladas de petróleo ruso que, debido a la flexibilización de las sanciones, pueden volver a venderse sin consecuencias. Eso supone 10.000 millones de dólares, un recurso que se convierte directamente en nuevos ataques contra Ucrania”, escribió ayer Volodymyr Zelensky, preocupado por el tiempo que se prolonga la guerra y, sobre todo, por la posibilidad de que la coyuntura haga imposible regresar a la situación anterior al 28 de febrero.
Pese a sus declaraciones apenas dos días antes, el viernes Scott Bessent confirmó la dificultad de la situación y la escasez de herramientas a disposición de Estados Unidos para contener los precios del petróleo. Solo así puede leerse el comunicado en el que el secretario del Tesoro anunciaba una nueva exención de las sanciones al petróleo ruso según las mismas condiciones que la anterior: Rusia no puede, según esta orden, vender ese petróleo cargado en buques y transitando actualmente por los mares, ni a Cuba, ni a la República Popular de Corea ni a la República Islámica de Irán. Esta lista de Estados Unidos de enemigos a destruir es paradójica teniendo en cuenta que Donald Trump ha afirmado repetidamente que no existe un bloqueo de Cuba y que todo el problema energético de la isla se debe a que “el régimen comunista” no puede pagar el petróleo. Por otra parte, se prohíbe a Rusia vender petróleo a Irán, pero se da permiso a Irán para vender su crudo exento de sanciones, un indicio más de que Estados Unidos actúa a salto de mata, sin saber muy bien qué hacer para reducir el precio del petróleo, principal obsesión del trumpismo y motivo por el que ha elevado notablemente la retórica para presionar a Irán a que acepte el acuerdo que se le ofrece. Nuevamente en forma de ultimátum, Donald Trump anunció ayer que su equipo se dirige a Islamabad, donde presentará una oferta que considera generosa, pero que si no es aceptada, será el final del mister nice guy. Donald Trump vuelve a amenazar con destruir todas las centrales eléctricas y puentes de Irán, algo que solo puede realizar con bombardeos masivos que provocarían una respuesta similar de Irán contra otros países de la región, la prolongación de la guerra y, por lo tanto, también de la situación económica que ha provocado que Washington tenga que utilizar la carta rusa para arreglar lo que su guerra ha roto.
Por el momento, la orden de Scott Bessent otorga a Rusia otro mes en el que no tiene que luchar por esquivar las sanciones de Estados Unidos, ilegales al ser unilaterales y no estar avaladas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, pero aplicables gracias a la capacidad de Washington de amenazar a los potenciales clientes. Esa fuerza es la principal esperanza de Volodymyr Zelensky, que un día amenaza a un jefe de Estado con un secuestro y al siguiente quiere resolver la situación en Ormuz. “Todos debemos colaborar para eliminar los peligros en el estrecho de Ormuz de manera que se contribuya a proteger la libertad de navegación en todo el mundo. Las decisiones que se tomen ahora respecto a Ormuz determinarán la actitud que puedan adoptar otros alborotadores a la hora de provocar problemas, tanto en otros estrechos como en otros frentes”, escribió el viernes en un hilo en el que sugería una solución militar en el estrecho de Ormuz y más allá insistiendo en que actualmente hay “tareas de seguridad que no pueden resolverse únicamente por medio de decisiones políticas”.
“La guerra en Irán está afectando negativamente la situación en Europa a través de la guerra de Rusia contra Ucrania. Rusia no tiene intención de reducir el número y la brutalidad de sus ataques, mientras que Estados Unidos podría estar aliviando la presión sobre ella. Esto podría llevar a escasez de armas, especialmente de defensa aérea”, añadió sin explicar realmente cómo reducir las sanciones contra Rusia va a suponer escasez de armas para Ucrania. Evidentemente, Zelensky no puede explicar esa relación porque tendría que admitir que la guerra iniciada por Estados Unidos y que Kiev ha apoyado desde el principio no ha salido bien y que los interceptores ucranianos no van a salvar la situación ni en Oriente Medio ni en Ucrania, donde el arma que precisan las defensas aéreas es la misma, munición para los sistemas Patriot.
Nervioso por la situación y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, Zelensky se ha mostrado ofendido por la decisión de Bessent de otorgar otro mes de amnistía al petróleo ruso. “La continua flexibilización de las sanciones contra Rusia no refleja la situación real ni en el frente bélico ni en el diplomático, y alimenta la ilusión de los dirigentes rusos de que pueden continuar la guerra”, escribió. En realidad, la flexibilización de las sanciones refleja exactamente la situación real en el frente bélico y en el diplomático, especialmente si se entiende, como hace Zelensky, que la guerra en Ucrania y en Oriente Medio son dos escenarios de un mismo conflicto.
Más allá del enfado y la exigencia, el presidente ucraniano trató de mostrar en su mensaje que Kiev tiene cartas en la mano. “Es importante detener a los petroleros rusos y no permitir que descarguen petróleo en los puertos. Las exportaciones de petróleo del agresor deben disminuir, y las sanciones de largo alcance de Ucrania siguen trabajando para lograr ese objetivo. Agradezco a cada uno de nuestros combatientes por su precisión, y doy las gracias a todos los socios que están ayudando a aumentar la presión sobre Rusia por esta guerra”, escribió en referencia a los bombardeos de las infraestructuras petrolíferas rusas, el último esta misma noche, con los que Kiev trata de sabotear el levantamiento temporal de sanciones y para los que cada vez queda más claro que está utilizando, al menos parcialmente, espacio aéreo de la Unión Europea, un paso más en el creciente riesgo de enfrentamiento directo.
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