“Gerhard Schröder juega en el equipo de Putin, por lo que no hay manera de que pueda representar a Europa en cualquier negociación posible. Y no hay necesidad de buscar representantes especiales para llamar a la puerta del Kremlin cuando la UE ya tiene sus instituciones y líderes”, afirmó ayer, notablemente airado, el ministro de Asuntos Exteriores de Estonia Magnus Tsajna. El comentario no es un caso aislado, sino la comidilla del día de ayer en el establishment europeo, entre ofendido y sorprendido por las palabras de Vladimir Putin en su rueda de prensa del Día de la Victoria. Mientras el presidente ruso conmemoraba la victoria común contra el nazismo, las instituciones de la UE creadas como arma ideológica contra Rusia, empleaban el día equiparando comunismo y fascismo, una forma de negacionismo del Holocausto y de reescritura de la historia reciente.
Preguntado por la prensa sobre el alto el fuego de tres días pactado con Trump, la posibilidad de volver a dar impulso al siempre bloqueado proceso diplomático y la situación de la guerra en general, el presidente ruso comentó que sentía que el conflicto se aproxima a su final. Vladimir Putin no dio más detalles, por lo que cualquier interpretación, ya sea entender esa frase como una esperanza, una forma de dar a Donald Trump lo que quiere o una opinión basada en hechos que no se han dado a conocer es pura especulación. Pero, quizá a modo de troleo, mostrando un deseo que sabe imposible o por convicción, Vladimir Putin añadió un aspecto más, el nombre del excanciller alemán como posible mediador en unas conversaciones Unión Europea-Rusia que, a día de hoy, siguen pareciendo una quimera. La propuesta de Putin responde a un artículo publicado la semana pasada por Financial Times que, pese a la evidencia en su contra, entiende que las palabras de Antonio Costa y Volodymyr Zelensky sobre introducir a la UE en las conversaciones con Rusia supone una apertura a la negociación con el Kremlin. La postura de Bruselas hasta ahora y la firmeza con la que los Estados miembros se aferran a la idea de derrotar a Rusia para poder negociar en posición de fuerza sugiere que Costa, Zelensky y el resto de oficiales aspiran únicamente a controlar el proceso. Se pretende así evitar que la guerra se resuelva de una manera que Kiev rechaza y que sea desfavorable para la Unión Europea, consciente de que tendrá que cargar con el coste de la guerra mientas esta continúe y también del proceso de reconstrucción y posguerra, que se plantea tortuoso.
Cualquier mención a una posible negociación, especialmente si comienzan a realizarse propuestas y se aportan incluso nombres de personas que pudieran aspirar a ejercer la mediación -algo que puede resultar necesario en algún momento si el fracaso de Steve Witkoff y Jared Kushner se consuma y Estados Unidos busca un pasatiempos más lucrativo para su dupla diplomática– implica un inmediato desmentido de Kaja Kallas. “Antes de que discutamos con Rusia, deberíamos discutir entre nosotros qué queremos hablar con ellos, y por eso tenemos la reunión de Gymnich próxima con los ministros de Exteriores”, afirmó la líder de la diplomacia comunitaria en referencia al encuentro informal de los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea. Como para Ucrania, también para Bruselas, la principal negociación no es con el oponente, sino el debate interno sobre cómo imponer sus posiciones al otro lado, al que se aspira a no dar ni voz ni voto. Kallas, que en los últimos tiempos ha insistido en varias ocasiones en una versión imaginaria de la historia en la que Rusia ha atacado en el último siglo a 19 países, que nunca han atacado a Rusia, se aferra al clavo ardiendo de una realidad alternativa en la que la Unión Europea va a determinar el desenlace de la guerra de Ucrania. La sonrisa con la que acostumbra a referirse a la continuación de la batalla o a una idea de la resolución del conflicto que no se corresponde con la realidad delata que posiblemente no haya en el continente nadie que se adhiera más a la idea que planteó Lindsey Graham de luchar contra Rusia “hasta el último ucraniano”.
Personificación de la tendencia que siempre va a ver fallos inaceptables en cualquier propuesta de paz, la diplomacia parece ser la verdadera línea roja para Kaja Kallas, que sigue estrictamente la línea de los países bálticos, exigir continuar la guerra hasta la derrota final de Rusia, generalmente escudándose en la posibilidad -o supuesta certeza- de que Rusia vaya a probar si la OTAN es tan resolutiva como afirma y si el Artículo 5 se cumpliría en caso, por ejemplo, de una invasión de Estonia. Ninguno de los tres países bálticos se molesta en explicar para qué Rusia querría invadir uno de esos países cuya ideología nacional es el odio a todo lo ruso. Ese peligro abstracto es suficiente para justificar unos niveles de Guerra Fría de porcentaje del PIB empleado en defensa y para considerar insultante cualquier propuesta de negociación, que requiere primero una negociación interna en la que acordar los términos que se presentarían a Rusia. Los precedentes de los últimos años sugieren que esos términos serían de capitulación, vendrían escritos en el lenguaje del ultimátum y la Unión Europea no conseguiría imponerlos.
“La mayor defensora de la UE por la paz, Kaja Kallas, va a exigir a Rusia que retire sus tropas de la parte ocupada de Moldavia como una de las condiciones para la paz en Ucrania”, comentó ayer con ironía Iulia Mendel. La exportavoz de Zelensky recogía con ironía unas palabras que la Alta Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad había pronunciado en el mismo encuentro de Chipre en el que Volodymyr Zelensky animó a Antonio Costa a que la Unión Europea participe en las conversaciones trilaterales Estados Unidos-Rusia-Ucrania. “Quiero decir, hay tropas rusas allí. Por ejemplo, podría ser con condiciones también para la estabilidad y seguridad en la región: que ellos retiren sus tropas”, afirmó Kallas en referencia a Transnistria. Como propuesta, supuestamente para resolver un conflicto, Kallas espera empeorar otro, un planteamiento evidentemente absurdo, pero que refleja a la perfección la postura de los países bálticos y de una parte importante del establishment de la Unión Europea. “Está intentando sabotear las conversaciones, ya que se siente apartada por Costa y los gobiernos de los Estados miembros. Es personal”, comentaba ayer Dmitry Ragozin. En realidad, Kallas solo hace explícito lo que Costa deja implícito, el intento de la UE de controlar un proceso en el que evidentemente no está cómoda y siempre va a encontrar problemas: las concesiones que Estados Unidos o Ucrania exijan a Rusia nunca serán suficientes, las concesiones territoriales y de seguridad jamás serán las esperadas y Moscú no podrá, aunque vacíe sus arcas e hipoteque su futuro, cumplir las expectativas de Bruselas en términos de compensaciones de guerra. De ahí que siempre vaya a haber una excusa para rechazar cada proceso. Minsk era imposible porque no resolvía la cuestión de Crimea, Estambul era inviable porque había que ganar la guerra y destruir la economía rusa y el proceso liderado por Estados Unidos es inaceptable porque no supone la humillación completa de Rusia. No es de extrañar así que Kallas proponga exigir a Moscú la retirada de sus tropas de Transnistria.
“Si le concedemos a Rusia el derecho a nombrar a un negociador en nuestro nombre, eso no sería muy sensato”, comentó ayer Kallas pese a que Vladimir Putin no había hecho más que sugerir un nombre, alguien con experiencia en el este y en el oeste, canciller de Alemania y miembro de la junta de Gazprom, estadista retirado que brevemente fue también una de las personas consultadas durante la negociación de Estambul, alguien inaceptable para el actual jefe de Gobierno en Alemania, pero que “no debe descartarse” para el SPD. Como para otros representantes de origen báltico, Schröder es una opción que resulta prácticamente insultante para la líder de la diplomacia comunitaria. “Creo que Gerhard Schröder ha sido el principal defensor de los intereses de las empresas estatales rusas, por lo que está claro por qué Putin quiere que sea él quien ocupe ese puesto, de modo que, en realidad, estaría sentado a ambos lados de la mesa”, afirmó Kallas.
“No, no apoyamos a ese candidato”, sentenció Andriy Sibiha, ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania que, pese a que todo parte de un simple comentario de Vladimir Putin, no de una propuesta mínimamente formal, ya parece considerar seria la proposición. “No lo apoyamos, por supuesto. En Europea hay otros muchos buenos líderes”, añadió Sibiha, cuyo país cuenta con una larga lista de líderes de la diplomacia con los que espera negociar y ninguno de esos nombres tiene una visión amable de Rusia.
También la prensa alemana ha tomado en serio las palabras del presidente ruso. Un artículo publicado por Der Spiegel, por ejemplo, niega la posibilidad de una mediación liderada únicamente por el excanciller del SPD, pero afirma que “un dúo de mediadores formado por Schröder y Steinmeier podría ser una opción interesante”. El actual presidente alemán, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de quien sucedió en el puesto a Schröder, Angela Merkel, es una opción curiosa teniendo en cuenta sus años de experiencia trabajando en el intento de resolución de la guerra de Donbass. Steinmeier puso su nombre a la fórmula con la que quiso romper el bloqueo de las conversaciones de Minsk. El entonces líder de la diplomacia alemana planteó una propuesta según la cual el estatus especial para Donbass que se preveía en los acuerdos entraría en vigor de forma inmediata, aunque temporal, para convertirse en permanente una vez que se celebraran las elecciones locales que también se exigían en la hoja de ruta. El fracaso de la fórmula Steinmeier es el mismo que el del proceso de Minsk y parte de no querer comprender que Ucrania nunca estuvo dispuesta a cumplir los puntos políticos de aquel acuerdo. Durante siete años, figuras como Steinmeier protegieron a Ucrania manteniendo el semblante de negociación cuando el bloqueo era el objetivo de Kiev.
Sin embargo, esta especie de nostalgia por alguien que participó en aquel proceso es una nueva forma del eterno retorno a Minsk, un acuerdo que habría devuelto a Ucrania el control de Donbass con una autonomía local perfectamente asumible, pero que, al no resolver a su favor la cuestión de Crimea, era inaceptable para Kiev. Pese a las consecuencias del fracaso de aquel proceso, la muerte, destrucción y miseria humana que ha acarreado la guerra, no hay arrepentimiento en los y las representantes de Ucrania ni de la Unión Europea que, incluso ahora siguen viendo la guerra como una opción menos mala a una diplomacia que pudiera dar lugar a una resolución política en la que hubiera que realizar concesiones. Si las que exigía Minsk eran inaceptables, las actuales no lo pueden ser menos.
Comentarios
Aún no hay comentarios.