El viernes, Marco Rubio dejó clara la frustración de Estados Unidos ante el evidente bloqueo del proceso de negociación con Rusia y Ucrania en busca de una resolución a la guerra más intensa que se ha producido en el continente europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Sin molestarse en comprender la guerra, Estados Unidos no ha sabido encontrar un camino en el que Kiev y Moscú pudieran negociar directamente y, sin la constancia necesaria del trabajo diplomático, no ha sido capaz de ver los momentos que debía aprovechar. Uno de ellos se produjo en Ginebra, cuando Vladimir Medinsky regresó al hotel en el que se estaban produciendo las negociaciones cuando la delegación rusa ya había partido hacia el aeropuerto. Le esperaban Rustem Umerov, hombre de total confianza de Zelensky, y David Arajamia, a quien se cree cercano a Budanov, es decir, a la parte del establishment ucraniano que estaría dispuesta a llegar a un acuerdo -temporal- con Rusia para detener la guerra.
Era 18 de febrero y Estados Unidos estaba ya mucho más pendiente de preparar su operativo para atacar Irán. La maquinaria diplomática, si es que puede calificarse así a Jared Kushner y Steve Witkoff, de Estados Unidos estaba ya centrada en justificar el fracaso de unas negociaciones nucleares en las que el yerno y amigo íntimo de Trump confundieron las concesiones iraníes con amenazas. Nunca hubo seguimiento a ese primer contacto político serio entre Rusia y Ucrania desde 2022. Estados Unidos, incoherente e inconsistente, no fue capaz de ver la importancia del momento y priorizó sus intereses, dejando caer una negociación que siempre estuvo bloqueada, en parte por la inoperancia de quienes la gestionaban, una enseñanza que puede resultar esclarecedora en los otros dos procesos que lideran Kushner y Witkoff, Gaza e Irán.
El paso a un lado de Estados Unidos, si es que este se confirma, dejaría el proceso de diálogo, que nunca llegó realmente a ser proceso de paz, no solo en suspenso, sino sin ningún aspirante a la mediación. La pelota volvería a estar sobre el tejado de las partes en conflicto, que se han mostrado capaces de acordar ciertos aspectos, pero que han dejado claro también que no desean negociar directamente, o de los países europeos que, en ciertas fases de la guerra, han mantenido posturas más radicales que las ucranianas. El año pasado, la Unión Europea de Úrsula von der Leyen y Kaja Kallas tardó más tiempo que Ucrania en comprender que debía realizar un giro retórico hacia el discurso de paz y ha mantenido la exigencia de recuperación de la integridad territorial incluso cuando Kiev había aceptado la exigencia de Estados Unidos de dejar de pedir imposibles.
Y aun así, apenas unas horas antes de que Marco Rubio sugiriera la posibilidad de que Estados Unidos cese sus esfuerzos de mediación, Financial Times publicaba un artículo en el que se proclamaba que “la UE se prepara para potenciales conversaciones con Vladimir Putin”. La fuente de la información no es, como habitualmente ocurre en esta guerra, ningún oficial a quien se ha garantizado el anonimato, sino Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, que afirmó estar “hablando con los 27 líderes nacionales [de la UE] para ver cuál es la mejor manera de organizarnos y determinar qué es lo que realmente necesitamos abordar con Rusia cuando llegue el momento adecuado para hacerlo”. Según cita el medio, en la reciente cumbre de la Unión Europea en Chipre, Zelensky “nos animó a estar preparados para contribuir de forma positiva a las negociaciones”.
“La política que la UE mantiene desde hace tiempo consiste en oponerse a cualquier debate o decisión sobre Ucrania en la que no participe Kiev. Sin embargo, muchos líderes temen que las conversaciones de paz entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania para poner fin a una guerra que dura ya más de cuatro años hayan avanzado muy poco y hayan dejado a la UE peligrosamente al margen y expuesta a verse obligada a aceptar un acuerdo con el que no está de acuerdo. Costa afirmó que Bruselas «evitaría entorpecer el proceso liderado por el presidente Trump» y admitió que no había señales por parte del Kremlin de que Putin estuviera dispuesto a sentarse a negociar con ningún representante del bloque”, escribe el medio en el párrafo que con más claridad explica el planteamiento de la UE.
El medio dispone de toda la información para comprender realmente lo que significan las declaraciones de Costa y la invitación de Zelensky. Sin embargo, se queda en la literalidad de las palabras para no comprender realmente lo que implica la propuesta. Los hechos de los últimos días muestran que Estados Unidos sigue teniendo el mando, pero también que se siente incapaz de avanzar en las negociaciones. El viernes por la noche, Donald Trump anunció que, por su iniciativa, Rusia y Ucrania habían pactado una tregua de 72 horas. Teniendo en cuenta que Rusia había anunciado un cese del fuego de 48 horas, tregua a la que Zelensky había dado a entender que Ucrania no iba a unirse, parece evidente que el presidente ucraniano recibió una orden directa de la Casa Blanca. Para que la medida no pareciera una iniciativa puramente rusa, la tregua se alargará un día más. Sin embargo, como muestra el alto el fuego de Pascua, uno más de los muchos procesos de cese del fuego que en doce años no han conseguido avanzar hacia una resolución del conflicto entre los dos países, la alegría de Donald Trump es ingenua e infundada y demuestra el desconocimiento de la realidad de la pugna entre Rusia y Ucrania, que deriva en la incapacidad para lograr una resolución. El presidente de Estados Unidos, para quien un titular es más importante que el contenido de un texto, se conforma con anunciar medidas -la “paz en Oriente Medio”, la “paz entre el Congo y Ruanda”, “hemos ganado la guerra” contra Irán- y pasar a otra cosa, una estrategia que, en el caso de Ucrania lleva a la frustración de quien quizá quiere, pero ha demostrado que no puede.
La posible retirada de Estados Unidos, que acusa el desgaste de la repetición de unas negociaciones que no pueden avanzar en el marco en el que se han planteado, elimina en la práctica al único actor que ha podido ejercer de mediador. Lo ha hecho por su posición dominante en términos geopolíticos, pero también porque tanto Rusia como Ucrania lo han considerado aceptable, algo que no ocurre en el caso de la Unión Europea. Mientras Kiev se ha escudado en el apoyo de la UE y de sus países miembros como herramienta de negociación -de ahí que prefiriera el formato Normandía, en el que contaba con la presencia de Alemania y Francia, frente al de Minsk, donde tenía que dialogar con Moscú, Donetsk y Lugansk-, Rusia solo aceptaría la mediación de Bruselas si hubiera sido política o militarmente derrotada.
Las palabras de Costa y la invitación de Zelensky a que la UE se implique más en la negociación con Rusia no es, como quiere sugerir el titular de Financial Times, un signo de cambio o una apertura de Bruselas a una negociación con Rusia. Teniendo en cuenta que Moscú no se ha negado a reunirse con Estados Unidos o con Ucrania a lo largo de más de un año, y que tampoco lo hizo durante los siete años de Minsk, las menciones de oficiales europeos exigiendo que Rusia “regrese a la mesa de negociación” tienen un eco en apelaciones similares que Estados Unidos y los países europeos hacen en referencia a Irán, que no solo estaba sentado en la mesa de negociación, sino que aguantó ahí hasta que Estados Unidos hizo estallar el proceso con sus bombas en junio de 2025 y en febrero de 2026.
Los comentarios occidentales sobre Irán y los europeos sobre Rusia son el reflejo de una concepción de negociación en la que el oponente acude en posición de debilidad, sin voz ni voto, únicamente a acatar las órdenes. Pese a los lujos que se pueda permitir Zelensky, como por ejemplo emitir un decreto que en el que anuncia su “permiso” para celebrar el desfile militar del Día de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú y, anunciando las coordenadas del evento, da la orden a las Fuerzas Armadas de Ucrania de no golpear el lugar, ni Kiev ni sus aliados europeos están en condiciones de celebrar ese tipo de negociaciones. Lo que sí pueden hacer es, como trató de hacer en un principio, insertarse en las negociaciones para tratar de llevarlas a su terreno. No parece casualidad que la invitación de Zelensky a reanudar el diálogo con Rusia, algo que Ucrania condena cada vez que puede cuando se trata de terceros países, se produzca en el momento de mayor frustración de Estados Unidos, lo que deja abierto el campo para la Unión Europea, ya sea para guiar a Washington hacia una posición más favorable a Ucrania o para tomar el mando e imponer unos términos de negociación mucho más duros. Ese es el verdadero significado de las palabras de Costa y la propuesta de Zelensky, que no quiere verse abogado a una negociación directa con Rusia en la que no vaya de la mano de un aliado incondicional que ejerza para Kiev el papel que Pakistán juega para Estados Unidos en Irán, pretender objetividad, pero actuar de parte de uno de los contendientes.
Comentarios
Aún no hay comentarios.