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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Minsk, Ucrania

Guerra de treguas

“Este verano será el momento en que Putin decidirá qué hacer a continuación: ampliar esta guerra o virar hacia un camino diplomático. Y debemos empujarlo hacia la diplomacia”, afirmó Volodymyr Zelensky el pasado lunes en su breve paso por la cumbre de la Comunidad Política Europea antes de seguir su viaje hacia Bahréin, donde el presidente ucraniano busca vender sus drones para la guerra común contra Irán. Posiblemente, el líder ucraniano sea, junto a los halcones más radicales como Lindsey Graham, la persona que con más fuerza está intentando presentar los tres escenarios bélicos del este de Europa y Oriente Medio como una sola guerra que se lucha en diferentes escenarios. En el argumentario de Zelensky, el Kremlin, la República Islámica de Irán y Hamás son tres participantes en un mismo eje que busca derrocar al orden internacional basado en normas, concretamente las de Estados Unidos.

Si todo es un mismo conflicto del bien contra el eje del mal, Ucrania ha de apoyar sin matices tanto a Israel en su violencia genocida contra Gaza, en su cada vez más dura ocupación en Cisjordania y en su destrucción del sur del Líbano -al fin y al cabo, posiblemente Hezbollah también forme parte de esa coalición imaginaria- como a Estados Unidos en su guerra de agresión contra Irán, segunda en un año. Como muestran los numerosos viajes de Zelensky a Oriente Medio estos últimos dos meses, el apoyo ucraniano no se limita a Estados Unidos e Israel, sino que se extiende a cualquier país capaz de atacar a Irán escudándose en una definición de la defensa propia que pasa por alto la parte en la que esos países son parte de la agresión estadounidense desde el momento en el que permiten el uso de su territorio para una guerra ilegal, inmoral y no provocada. Ese es, al menos, el argumentario ucraniano y europeo con respecto a Bielorrusia y con él se ha sancionado al país y vetado a sus deportistas en los Juegos Olímpicos.

El apoyo político de Zelensky y la oferta de cooperación en el sector de los drones no es caridad, sino el más puro negocio militar. Hace unos días, la prensa estadounidense informaba de que Marco Rubio se disponía a acelerar la venta de más de 8.000 millones en armamento para los aliados estadounidenses de Oriente Medio, medida con la que evitaba el paso por el Congreso y señalaba cuáles son las prioridades de Washington. Parte integral de ese paquete de armamento son los misiles Patriot, tan escasos en el mercado por la lentitud de su fabricación y por el elevado uso que han hecho de ellos todos los países árabes vecinos de Irán, que según la opinión de Ucrania, han malgastado esa valiosa munición. Presentando los interceptores ucranianos y la experiencia de Ucrania en la lucha de drones como el activo más valioso que esos países pueden desear en este momento, Zelensky busca abiertamente obtener a cambio munición para sus sistemas Patriot, que hace tiempo que ya no son una prioridad para Washington. Cansada de la guerra y sin mayor interés por nada más que dejar hacer y disfrutar en la distancia de la destrucción de las infraestructuras petrolíferas de uno de los pocos grandes jugadores que no están bajo su control, la Casa Blanca ya ha dejado claro el papel de Ucrania, un proxy europeo mucho menos importante que sus aliados y clientes de Oriente Medio.

Los drones son el principal argumento de Zelensky para tratar de obtener armamento pesado de los aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico y también para defender que Ucrania le ha dado la vuelta a la guerra y justificar así la intensificación de la asistencia militar para continuar luchando contra Rusia. Con toda la ligereza del mundo, el presidente ucraniano sugirió que podría haber una “delegación ucraniana de larga distancia”, es decir, drones de ataque, el 9 de mayo, Día de la Victoria, en Moscú. Día antes, el presidente ucraniano se había alarmado nuevamente, como ocurre con cada comunicación Rusia-Estados Unidos, tras la conversación entre Vladimir Putin y Donald Trump, de la que salió una idea antigua, una tregua para los días 8 y 9 de mayo. Con esta medida, Rusia busca no poner en peligro a su presidente y a miles de personas que cada año acuden a la Plaza Roja a conmemorar el aniversario de una victoria antifascista común, de la que la Unión Soviética está siendo borrada. Como en años anteriores, Berlín ha prohibido los símbolos rusos y bielorrusos, pero también los soviéticos en los actos de estos días de mayo.

Sin embargo, la versión ucraniana de los hechos es la extrema debilidad rusa: un país que no puede celebrar un desfile sin pedir permiso a Ucrania no puede aguantar demasiado, por lo que es momento de presionar al máximo. Teniendo en cuenta que la economía rusa resiste y que es falso que Rusia pierda territorio como alega Zelensky -con unos datos que niegan incluso las cuentas ucranianas que se dedican al seguimiento de la línea del frente-, la confianza de Zelensky, cuyo ejército tiene cada vez más dificultades para reponer sus filas, es más impostura que realidad, un juego mediático para obtener aún más ayuda de sus socios y tratar de recuperar el favor de Estados Unidos.

No es casualidad que el último intento de Zelensky de conseguir la atención de Donald Trump coincida con una nueva campaña de presión mediática estadounidense acusando al Pentágono, concretamente a Elbridge Colby, de no haber utilizado la financiación aprobada para asistencia a Ucrania, una cantidad limitada que no va a cambiar la dirección de la guerra, pero que es suficiente para acusar a la Casa Blanca de abandonar a Ucrania. En paralelo, Volodymyr Zelensky revisa su discurso para dejar claro que la visión del mundo de Ucrania es la misma que la de Estados Unidos. intensificar la guerra es la forma de conseguir la paz, alega Zelensky tratando de adherirse a la idea de la paz por medio de la fuerza pregonada por la Casa Blanca y que ha demostrado tener mucho de guerra y más de agresión. Y como insistía en Armenia, la guerra es la forma de obligar al enemigo a volver a la mesa de negociación.

También en eso, la visión de Zelensky es exactamente la misma que la de Donald Trump, que entiende el concepto de negociación como la presentación de unos términos que el oponente simplemente tenga que aceptar. Una negociación en la que Rusia -como Irán y la población palestina en Oriente Medio- no tenga voz ni voto es la única versión de la diplomacia a la que aspiran Kiev y las capitales europeas, como han dejado claro desde 2022, momento en el que prorrogaron la táctica de 2015, extender las negociaciones hasta la eternidad, exigiendo cada vez más y rechazando cualquier compromiso.

La última disputa diplomática es representativa de esta táctica de presentar como concesión una medida puramente mediática. Ucrania ha querido responder a algo que considera absurdo -un alto el fuego para garantizar la seguridad de miles de personas que celebran la derrota del fascismo-, con una propuesta que lo es aún más: un alto el fuego también de dos días, motivo por el que Kiev rechazaba la tregua rusa, pero sin necesidad de que se conmemore nada especial y diseñado simplemente para ser rechazado. “Rusia podría detener los ataques en cualquier momento y eso podría fin a la guerra”, ha alegado Zelensky, reduciendo a la parodia un conflicto que ha pasado ya por siete años de alto el fuego. “Es de un cinismo absoluto pedir un alto el fuego para celebrar actos propagandísticos mientas se llevan a cabo ataques con misiles y drones todos los días”, ha sentenciado el presidente ucraniano, el mismo que no considera cinismo comunicar a sus aliados europeos que el acuerdo de paz era inviable y, ese mismo día, firmar el comunicado final de la cumbre, que definía ese acuerdo, el de Minsk, como la única vía de resolución posible.

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