“Nos gustaría contribuir a desbloquear el estrecho de Ormuz; sin embargo, hasta ahora Estados Unidos no nos ha planteado tal solicitud”, ha insistido esta semana Zelensky, una nueva mención a las insuperables capacidades militares de Ucrania, que iba a lograr lo que ni Estados Unidos ni la OTAN habían conseguido hacer por la vía militar. La reapertura del estrecho, abierto de par en par hasta que Donald Trump optó por la guerra, pasaba evidentemente por la negociación y solo Zelensky ha querido insistir en la vía militar para lograr lo que finalmente se ha conseguido con el diálogo. En su planteamiento de militarización de todo, especialmente de la industria, Ucrania planea también “producir sistemas de defensa aérea”. “Esta es una labor estratégica hacia la que estamos avanzando junto a nuestros socios”, sentenció ayer el presidente ucraniano. Las dos declaraciones muestran los objetivos de Ucrania: ofrecerse como herramienta militar de Estados Unidos y como mano de obra barata para la producción militar del rearme continental en tiempos en los que Washington ya no parece el paraguas infalible contra todo tipo de amenazas, reales o imaginarias.
En el proceso de consolidación de Ucrania como frontera exterior de una civilización, la europea, marcada por los valores, la igualdad y la paz hasta que todo eso choca con los intereses políticos y económicos, Ucrania ha utilizado una narrativa simple, pero efectiva: la guerra justa, la superioridad moral, la obligación de matar en nombre de un bien mayor. Desde 2022, Kiev ha sido el lugar al que líderes políticos de todo tipo acudían para realizar actos de relaciones públicas en las que aparentar dureza, valentía y el honor de defender la causa común de la guerra. Ucrania sigue dando argumentos de campaña para justificar el keynesianismo militar con el que el continente puede vender a su población austeridad social en nombre de una amenaza existencial. Ese valor adquirido por Kiev estos cuatro años se ha traducido en una guerra proxy que nadie en la Unión Europea parece desear que termine, en una financiación continua para garantizar que nunca escaseen las armas y suficiente asistencia humanitaria para evitar el colapso social que haría inviable seguir luchando.
Mientras la población sufre la miseria de la guerra, las élites se han beneficiado de unas condiciones económicas que han permitido a Ucrania, que no tiene que financiar la guerra por sí misma, ahondar en sus reformas desreguladoras y privatizadoras. Personas como Zaluzhny, Budanov, Prokopenko e incluso Biletsky han alcanzado un estatus de personajes aparentemente infalibles a los que continuar dedicando portadas. Y, por encima de todos ellos, Zelensky ha obtenido un lugar que jamás habría imaginado cuando llegó al poder en 2019 con un programa de limitar la legislación nacionalista, llegar a un acuerdo con Rusia, conseguir el final de la guerra de Donbass y avanzar en unas reformas económicas ultraliberales que ha llevado hasta unos límites imposibles en aquel momento.
Aunque Ucrania ya no es el centro de la actualidad internacional que fuera en 2022, el presidente ucraniano sigue acumulando galardones. “El presidente Volodymyr Zelensky y el pueblo ucraniano recibirán el Premio Internacional Four Freedoms”, ha anunciado esta semana la Fundación Roosevelt, que en su comunicado añadía que “desde la invasión rusa a gran escala de 2022, el presidente Zelensky y el pueblo ucraniano han luchado sin descanso por su libertad e independencia”. Como es costumbre, la generalización que es la expresión “pueblo ucraniano” ignora la posición de la población al otro lado del frente, sufriendo actualmente los bombardeos de las tropas de Kiev y especialmente la postura de las regiones de Crimea y Donbass, que hace doce años mostraron su rechazo al cambio de gobierno de febrero de 2014 y que, desde entonces, han luchado contra las Fuerzas Armadas de Ucrania. En esta simplista narrativa, la población ucraniana sigue a su líder y está dispuesta a seguir luchando en nuestro nombre mientras esa batalla sea útil para los intereses de los países europeos y de la parte Demócrata del establishment estadounidense.
“El premio expresa una profunda admiración y reconocimiento por el coraje, la perseverancia y la enorme resiliencia de todo el pueblo de Ucrania, que sigue luchando por la justicia, la libertad y la democracia. Es una lucha que nos concierne a todos”, ha sentenciado el presidente de la fundación que lleva el nombre del presidente Roosevelt, que lideró Estados Unidos cuando el país era miembro de la alianza antifascista con la que junto a la Unión Soviética derrotaron al fascismo. Pero el coraje que menciona Hugo de Jonge no se refiere a quienes detuvieron con sus cuerpos los primeros blindados que Ucrania envió a Slavyansk, a la mujer que se desangró en una calle de Lugansk cuando una bomba ucraniana le arrancó las piernas o la población anciana que arriesgo su salud e incluso perdió su vida en el desesperado cruce de la línea del frente en busca de las pensiones que Kiev se negaba a pagar en los territorios de Donbass más allá de su control. Este tipo de declaraciones, referidas de forma evidente a la población ucraniana en el lado correcto del conflicto, son en realidad una forma de reconocer que las realidades políticas han cambiado, como lo han hecho las fronteras de Ucrania que, pese a las exigencias de la Unión Europea, no regresarán a las de 1991, 2014 o incluso febrero de 2022.
“El mundo se ha vuelto inhumano no porque las personas sean malvadas, sino porque hemos permitido que palabras grandilocuentes reemplacen la simple humanidad. Los ucranianos no quieren ser «resilientes». Quieren vivir. Es hora de dejar de admirar la resistencia de las personas y empezar a ayudar a poner fin a esta pesadilla —honestamente, de manera realista y sin ilusiones”, escribió en febrero Iulia Mendel, primera portavoz del Gobierno de Zelensky, con unas palabras que responden exactamente al tipo de discurso defendido por quienes siguen entregando premios al líder ucraniano. “A pesar de estas duras circunstancias, el pueblo ucraniano está demostrando una enorme capacidad de resistencia. El presidente y el pueblo ucraniano siguen resistiendo y luchando incansablemente por su independencia. Luchan por la seguridad de toda Europa y defienden, con sus vidas, lo que nos protege a todos: la libertad, la democracia y el Estado de derecho frente a la «ley del más fuerte»”, insiste la fundación para justificar el premio “cuatro libertades”.
Se trata de la libertad de expresión, de culto, a vivir sin penurias y a vivir sin miedo. Ucrania, que ha prohibido partidos, cerrado medios de comunicación, encarcelado y amenazado periodistas desde 2014, que ha tratado de demonizar una determinada forma de ver la fe ortodoxa, que ha condenado a su pueblo a la miseria de la eliminación de los pocos resquicios que quedaban del Estado social y que condena a los hombres que huyen de la movilización a la clandestinidad no solo es resiliencia, sino que es la encarnación de la libertad. “El presidente Zelensky simboliza una nación y un pueblo que, en circunstancias extremas, siguen defendiendo la libertad, la autodeterminación y la democracia”, sentencia la Fundación Roosevelt, que compara a Zelensky con el presidente del New Deal -y también del internamiento masivo de población japonesa en campos de detención- al decir que “Roosevelt habló, en una época de amenaza global, de la libertad como brújula moral. Zelensky habla de ese mismo principio: que el miedo no debe prevalecer y que hay que defender la democracia. Este premio expresa una profunda admiración y reconocimiento por el valor y la perseverancia que Zelensky y el pueblo ucraniano han demostrado en su lucha por el derecho a la libertad y la democracia”. La democracia para quienes están en el lado correcto del conflicto.
La concesión del premio dio a Zelensky la oportunidad idónea para reintroducir otro de los grandes temas de la narrativa ucraniana. “Todas las libertades son frágiles sin la libertad más básica: ser libres de ruinas. No tener seguridad básica. Y cuando aquellos que inician guerras no sienten responsabilidad alguna. Así que no dejen que Rusia quede impune”, afirmó sin querer recordar, como nadie parece querer hacer ya, que esta guerra comenzó ocho años antes de que las tropas rusas cruzaran la frontera ucraniana. Sin embargo, la labor de simplificación absoluta de la guerra, acompañada de la dureza del conflicto de mayor intensidad en Europa desde la Segunda Guerra Mundial permite al presidente ucraniano olvidar cualquier parte de responsabilidad que pueda recaer en Ucrania y sus aliados para centrarse en lo que importa, garantizar que el conflicto político entre la Unión Europea y Rusia persista más allá de un posible alto el fuego. Solo así, Ucrania seguiría siendo militar y políticamente relevante para Londres, París, Berlín o Londres. Nada mejor para ello que exigir rapidez en el lanzamiento del “Tribunal por la agresión de Rusia contra Ucrania”, la idea favorita de Kaja Kallas y otros altos cargos de la UE y el Reino Unido para poder seguir justificando medidas coercitivas contra Rusia de aquí a la eternidad.

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