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La guerra interna

En esta semana extraña, en la que las todopoderosas defensas aéreas ucranianas han tenido una actuación especialmente deficiente, incapaces de repeler el ataque ruso más duro contra la ciudad de Kiev, los acontecimientos militares en la retaguardia han ejercido de alguna manera de pantalla de humo para el presidente Zelensky. En otro momento, las dificultades militares habrían supuesto un problema para el presidente, que habría tenido que explicar por qué los famosos interceptores que Ucrania trata de vender a toda costa a los países árabes, Israel y Estados Unidos como principal antídoto contra los drones iraníes no fueron capaces de mitigar ese ataque. Es significativa la mala actuación de las defensas aéreas de Ucrania esta semana, precisamente cuando el discurso ucraniano vuelve a ser el de victoria, con una narrativa que presenta a Rusia derrotada, con una economía al borde del colapso y profunda inferioridad militar con respecto a Ucrania.

“Las Fuerzas Armadas de Ucrania son las más fuertes y poderosas de toda Europa”, ha afirmado estos días Marco Rubio. Incluso Estados Unidos, que sigue insistiendo en que busca el final de la guerra por medio del compromiso, se ha unido a esta tendencia en la que los medios de comunicación han creado un punto de inflexión militar que solo existe en sus mentes. Los mapas de control del territorio y la actuación en la retaguardia muestran que la guerra de desgaste continúa. Un vídeo en el que docenas de personas protegían a varios hombres a los que los agentes de reclutamiento trataban de movilizar en plena calle es un ejemplo de que la fatiga de la guerra está presente en todos los sectores de la vida. En esas imágenes, ciudadanos y, sobre todo, ciudadanas de Odessa no se limitaban a proteger a las víctimas para hacer retroceder a los agentes, sino que empleaban la fuerza para detenerlos. La unidad del pueblo ucraniano alrededor de su líder y de la idea de luchar hasta conseguir los objetivos militares de derrotar a Rusia en el frente se desmorona en cada imagen de una sociedad profundamente fragmentada desde el cambio de régimen de 2014.

La oleada nacionalista de 2022 a raíz de la invasión rusa fue fruto de un momento concreto, pero no resolvió las fisuras internas que el Gobierno niega que existan y que la prensa afín, también la internacional, colabora en ocultar. No es extraño, por ejemplo, que se califique de propaganda rusa las imágenes que muestran los intentos de huida del reclutamiento, una realidad admitida por los estamentos militares, que desde hace años insisten en imponer castigos aún más draconianos a quienes tratan de evadir el deber de morir matando en el frente en nombre de la lucha común contra la Federación Rusa. Esos hombres son el enemigo contra el que sectores como Azov pregonan la necesidad de castigos físicos, pero no son el único adversario interno al que apuntan las autoridades, la prensa y la extrema derecha.

“El mundo se ha vuelto inhumano, no porque las personas sean malvadas, sino porque hemos permitido que las palabras grandilocuentes sustituyan a la simple humanidad. Los ucranianos no quieren ser «resilientes». Quieren vivir. Es hora de dejar de admirar la resistencia de las personas y empezar a ayudar a poner fin a esta pesadilla: con honestidad, realismo y sin ilusiones”, escribió en febrero Iulia Mendel, portavoz de Zelensky durante los dos primeros años de su mandato y ahora emigrada a Estados Unidos. Por aquel entonces, no era tan importante para Mendel la humanidad -el Gobierno del que era parte se negó a reanudar el pago de pensiones en Donbass- o terminar la guerra. La situación es diferente actualmente, quizá porque ese sufrimiento no se limita a uno de los lados del frente.

Siguiendo la misma lógica de Oleksiy Arestovich, Mendel se encuentra en proceso de convertirse en una disidente del espíritu de guerra al que contribuyó durante una fase en la que el conflicto estaba contenido en Donbass y no había intención real de conseguir un compromiso. Como Poroshenko, también el primer Zelensky, que había llegado al poder hablando de paz y diálogo, dejó hacer a la extrema derecha -incluso cuando mediáticamente se enfrentaba a Andriy Biletsky- y nunca dio un solo paso en favor del cumplimiento del único acuerdo de paz que se ha firmado a lo largo de estos doce años.

La prolongación de la guerra y la consolidación de su fase de desgaste mina con más fuerza al contendiente con menos recursos propios, tanto humanos como económicos, y hace que aparezca en una parte de la sociedad la sensación de que la guerra es imposible de ganar y, por lo tanto, es preferible un proceso de negociación con el que ponerle fin. En ocasiones, la demostración pública y mediática de esos postulados origina una tormenta política como la causada esta semana por la entrevista concedida por Iulia Mendel al periodista de extrema derecha estadounidense Tucker Carlson, una estrella mediática que garantiza una audiencia de millones de personas. Mendel, que ha renegado completamente de Zelensky, se aprovechó de ese altavoz mediático para repetir algunos de los tópicos en los que ha insistido el sector crítico con el presidente y que la prensa y el establishment ucraniano han utilizado para alegar que la exportavoz es ahora una difusora de desinformación rusa. La prensa ucraniana se ha centrado en cuestiones como la corrupción del presidente o su supuesto uso de drogas, esta última totalmente fuera de lugar, pero habitual en los comentarios de Carlson. Pero el centro de su análisis de la situación es la necesidad de poner fin a una guerra que no se puede ganar.

 “Si la guerra tiene como objetivo la adhesión a la OTAN, Ucrania no tiene ninguna posibilidad de entrar en la Alianza; si es contra Zelensky, entonces él es su principal beneficiario; si es para recuperar territorios, Ucrania lleva tres años perdiéndolos; si es por la democracia, entonces en este momento no hay democracia en el país”, afirmó Mendel con una frase que resume todo su planteamiento. “Esta postura también se hace eco de los argumentos de Moscú y de las declaraciones rusas según las cuales las autoridades ucranianas estarían luchando en vano «hasta el último ucraniano»”, escribió sobre ella The New Voice of Ukraine, uno de los muchos medios liberales creados por las subvenciones occidentales para consolidar una comunicación proeuropea.

El planteamiento es molesto, no solo porque insista en que el acceso a la OTAN es un objetivo imposible por el que no merece la pena luchar, sino porque atenta contra la misma lógica de la narrativa de Ucrania desde 2022: una lucha de liberación nacional y por la democracia. Aunque Mendel ignore prácticamente todo lo ocurrido entre 2014 y la invasión rusa, ese era también el planteamiento de Ucrania desde el inicio de la guerra de Donbass. Recuperar territorio, entrar en la OTAN e imponer una determinada forma de democracia en la que las únicas opciones políticas fueran las nacionalistas ucranianas. Nada en el discurso de Mendel reniega de ese pasado. Pero, aun así, su figura se ha convertido en el saco de los golpes con el que el establishment se ensaña para denunciar lo que percibe como una traición a la patria y, sobre todo, al mito de la unidad de una Ucrania que, siguiendo a su líder, está dispuesta a matar y morir en las trincheras hasta la victoria final.

Hace unas semanas, la exportavoz atajaba precisamente ese tema en un largo y comentado post que seguramente fue el motivo por el que obtuvo la entrevista con Tucker Carlson. “Los ucranianos no hablan con una sola voz. Hace mucho tiempo que no es así, y ya es hora de que Occidente acepte esa realidad”, comenzaba, siempre sin admitir que tampoco en los años anteriores a la invasión rusa, cuando había una guerra civil en el país, existía esa unidad. “Por lo que he visto y por lo que me cuentan mis conocidos, la gran mayoría de la sociedad ucraniana —casi todas las personas con las que hablo— cree que Ucrania debe hacer concesiones y poner fin a esta guerra lo antes posible. Quieren que cesen las matanzas. Quieren que la gente deje de huir del país. Quieren que los misiles y los drones dejen de sobrevolar sus cabezas. Quieren que se abran las fronteras, quieren que terminen los secuestros en las calles para el frente y, como mínimo, quieren que cese la corrupción militar. Esa es la realidad silenciosa y agotada. Pero eso no es lo que se ve en las noticias. En las noticias se ve una historia diferente: una Ucrania heroica, unida y patriótica liderada por Volodymyr Zelensky, dispuesta a luchar por la «dignidad» durante años, con unos objetivos que cambian constantemente. Una nación tan orgullosa que, al parecer, está dispuesta a morir por esta idea de dignidad en constante cambio”, añadía para insistir en que “solo alrededor de un 10% de la población participa en las encuestas de opinión”.

En realidad, incluso las encuestas ucranianas muestran desde hace más de un año una mayoría que favorece esa opción, unas cifras que, como sugería Mendel y explicaba esta semana Volodymyr Ischenko, siempre han de matizarse. Como añadía el sociólogo ucraniano, las encuestas ucranianas miden únicamente la opinión de la población bajo control de Kiev. “Eso significa que no encuestan a los ucranianos en Crimea, en el Donbás, en los territorios ocupados, en la UE, ni a los ucranianos que se fueron a Rusia como refugiados, y hay millones de ellos”, recordaba Ischenko.

Más allá de eso, para el sociólogo no se trata únicamente de qué proporción de la población ve sus opiniones silenciadas, “sino de qué grupos están mucho mejor representados en la esfera pública occidental. Los que tienen mayor visibilidad suelen ser los más privilegiados, acomodados, con mayor nivel educativo y mejor organizados, que ya están alineados y conectados con las élites de Ucrania y Occidente. Los marginados suelen ser los subalternos, los más pobres, con menor nivel educativo y más atomizados; sus intereses y opiniones apenas estaban representados antes y lo están aún menos ahora”.

En este mundo dividido entre amigos y enemigos, desmarcarse de las posiciones establecidas coloca a las personas en una posición comprometida y sometida a todo tipo de ataques. El control del mensaje y la agresividad de la propaganda procuraniana ha hecho sencillo demonizar como traidora a cualquiera de las personas que se han desmarcado de la idea de luchar contra Rusia hasta la victoria final. Quizá la falta de costumbre a lidiar con una oposición con capacidad de difusión de sus ideas ha hecho que los ataques contra Mendel, que en ningún momento ha mostrado posturas antiucranianas o prorrusas, hayan sido especialmente viles o que hayan rozado el ridículo. “Lo importante de la entrevista de Mendel es que no merece tanta atención. Así que tal vez sea un buen momento para dar un pequeño impulso a personas como yo, para que también se escuchen las voces ucranianas reales, no solo las de Mendel y Carlson”, escribió, por ejemplo, la periodista Kateryna Lisunova, ampliamente promocionada por los medios occidentales pese a ser una simple correa de transmisión de las opiniones del Gobierno. Las voces reales ucranianas son solo aquellas que transmiten las ideas correctas, concretamente las de continuar la guerra mientras sea necesario. Así lo era cuando Mendel defendía la guerra de Donbass y lo es ahora cuando periodistas como Lisunova demonizan a cualquiera que se desmarque de ese camino.

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