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Diplomacia, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Intereses y diplomacia

Escenarios diferentes de una lucha que, sin ser la misma, es parte de un conjunto de guerras producto de las pugnas de un mundo en proceso de cambio, Irán y Ucrania comparten algunas características. Entre ellas destaca el equipo negociador con el que Estados Unidos aspiraba a imponer su voluntad y conseguir beneficios económicos. Ese aspecto empresarial con el que la Casa Blanca ve todos y cada uno de los conflictos actuales, no solo aquellos que provoca deliberadamente por ese motivo, es la causa de que la diplomacia trumpista no esté dirigida realmente por el burócrata neocon Marco Rubio, sino por Steve Witkoff y Jared Kushner, que tienen vía libre para actuar en las negociaciones de Gaza, Ucrania e Irán, tres territorios en los que Estados Unidos busca objetivos económicos claros. Un aliado de Trump, la persona que le sugirió que tomara Groenlandia, ya se ha garantizado el primer gran contrato extractivista según el acuerdo de minerales. En Gaza, Kushner ya ha calificado de “grandes terrenos para la construcción” la costa de Gaza, donde tanto él como el resto de la familia Trump y la Kushner aspiran a lucrarse del boom de la construcción que implicaría la puesta en marcha del plan de ocupación que es la Junta de Paz. En Irán, uno de los objetivos siempre fue el petróleo, algo que, al igual que en Venezuela, Trump ha admitido con total naturalidad.

“Aunque podamos ser el país más poderoso del mundo, nuestros recursos no son ilimitados. Debemos asignar recursos en todo el mundo en base a lo que sirve a NUESTRO interés nacional”, escribía ayer la cuenta oficial del Departamento de Estado en las redes sociales. Ese interés nacional no se mide en seguridad propia, sino fundamentalmente en intereses geopolíticos y económicos. Así ha de leerse la priorización de la venta de munición para los sistemas Patriot y otros tipos de misiles a los países del Golfo, cuya existencia depende del paraguas de seguridad de Estados Unidos y que son una parte clave del mantenimiento de la hegemonía estadounidense en Oriente Medio. Ucrania, que se considera principal damnificada, ya que no ha obtenido los deseados Tomahawks y ve cómo países como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí o Qatar le adelantan por la derecha en la lista de prioridades militares de Washington, ha buscado la vía para paliar futuras carencias.

El uso masivo de la munición defensiva ha hecho reducir los arsenales y la lenta producción de esos misiles limita las cifras que Estados Unidos puede colocar en el mercado. Zelensky ha apelado a los países árabes a compartir esos recursos y también a los aliados europeos, a los que, con un pretendido tono de consejo en beneficio de su seguridad, ha apelado a no depender de Washington y producir sus propias armas. El objetivo no es tanto la seguridad de los países europeos, bajo el paraguas nuclear estadounidense, sino asegurarse una fuente más de la que obtener armamento.

Ninguna de las dos opciones va a salvar a Zelensky, que seguirá dependiendo de la voluntad de Donald Trump y su equipo de poner en manos de los aliados europeos de la OTAN los misiles que Ucrania demanda. Pero todas ellas muestran que la intención de Ucrania es continuar luchando mientras sea necesario, siempre que sus aliados pongan la financiación para sostener la economía del país, pagar sus salarios, adquirir armas extranjeras o producir las propias, esas en las que Kiev está basando actualmente su propaganda internacional. “Estos cuatro años de guerra y nuestra resiliencia nos han hecho más fuertes en términos de innovación en nuestra defensa, en tecnología. Ahora podemos incluso ofrecer nuestras actividades en el ámbito de la defensa y yo diría que hasta proteger a Europa”, ha dicho, por ejemplo, la embajadora de Ucrania en España, presentando al país como una garantía de seguridad sin explicar que esa producción solo es posible por la financiación constante de la Unión Europea.

El discurso y la actuación de Ucrania estas semanas, con un endurecimiento de las amenazas de Zelensky a Rusia en un estilo cada vez más trumpiano, muestra que la prioridad de Kiev sigue siendo el mantenimiento del statu quo de militarización, apoyo incondicional europeo y acceso a armas estadounidenses, ya sea adquirido por los aliados continentales o como ayuda de los países árabes. Ucrania justifica su postura alegando fortaleza en el frente e intenta convencer a Estados Unidos de que ha dado la vuelta a la guerra y ahora cuenta con la iniciativa. Sin embargo, el motivo del desinterés por la diplomacia es que la única propuesta que hay sobre la mesa, la de Witkoff y Kushner, no gusta a Ucrania, que tendría que renunciar implícitamente -nunca de iure– a los territorios perdidos y quizá a la parte de Donetsk aún bajo su control para obtener las deseadas garantías de seguridad de Estados Unidos, una línea roja que no está dispuesta a cruzar, pero que es la que le exigen tanto Washington como Moscú.

“Todo el mundo entiende, incluidos, diría yo, los negociadores ucranianos, que ahora Kiev solo tiene que dar un paso decisivo, tras lo cual, en primer lugar, se suspenderán las acciones militares y, en segundo lugar, se abrirá una vía para debatir seriamente las perspectivas de una solución a largo plazo de este problema”, ha afirmado esta semana Yuri Ushakov en clara referencia a la retirada de Donetsk, que Rusia ha puesto como prerrequisito, ya sea por la vía diplomática o, con el tiempo, por la vía militar, para cesar el fuego definitivamente.

Sin ningún colapso ucraniano a la vista y con el frente de Donetsk prácticamente estable, esa exigencia rusa es inviable e incluso Estados Unidos pierde su interés. “Hemos intentado desempeñar un papel de mediadores en este asunto”, comentó ayer Marco Rubio, que añadió que “hasta ahora, no ha dado frutos por diversas razones. Seguimos dispuestos a desempeñar ese papel si puede resultar productivo”. “Aunque estamos dispuestos a desempeñar cualquier papel que podamos para alcanzar una resolución diplomática pacífica, lamentablemente, en este momento esos esfuerzos se han estancado”, sentenció el Secretario de Estado de Estados Unidos.

Encabezado por Steve Witkoff, sin ninguna experiencia diplomática real y sin un conocimiento mínimo sobre el conflicto en el que trata de mediar, el proceso de negociación siempre ha estado lastrado por la percepción estadounidense de que esta es simplemente una mala guerra que todas las partes quieren terminar y olvidar. Puede incluso que la Casa Blanca esté proyectando sobre Rusia y Ucrania su percepción de la actual guerra de Irán, que debía ser sencilla y se ha convertido en un rompecabezas que Trump no consigue resolver. En los dos casos, la resolución pasa por una verdadera negociación en la que exista una mediación competente capaz de buscar soluciones. Ambas guerras comparten, no solo el equipo negociador de Estados Unidos, sino la incapacidad de la mediación de ejercer ese rol. En Irán, Pakistán ejerce de intermediador de mensajes y pantalla que Washington utiliza para justificar sus pasos, sea el alto el fuego o el final del intento de reabrir Ormuz, causado, no por la petición de Islamabad, sino por la prohibición saudí del uso de su espacio aéreo para las operaciones estadounidenses. En Ucrania, Estados Unidos negocia individualmente con Kiev y Moscú sin saber cómo unir sus incompatibles exigencias territoriales y de seguridad, un año en el que Washington no ha conseguido más resultado que una dinámica continuada de intercambios de prisioneros y de cuerpos de soldados caídos en el frente, un paso positivo, pero insuficiente.

Ayer por la tarde, Donald Trump anunció una tregua de tres días para la celebración del Día de la Victoria, otro paso positivo, pero que no cambiará la guerra, que el 12 de mayo volverá a la situación actual. El falso optimismo de Trump contrasta con el pesimismo de su Secretario de Estado. Sin embarog, sus palabras no son una retirada del proceso de negociación, como no lo son tampoco las de Yuri Ushakov, ni la insistencia de Ucrania de resetear los términos en los que se ha estado negociando durante los últimos meses. Estados Unidos sigue sin comprender que ningún proceso de resolución puede tener éxito si no tiene en cuenta la principal causa de la guerra, la seguridad. Solo ofreciendo garantías de seguridad a Ucrania y equivalentes a Rusia, en ese caso un compromiso vinculante de no expansión de la OTAN a sus fronteras puede rebajar las exigencias territoriales rusas y moderar el rechazo ucraniano a cualquier tipo de compromiso que consolide el estatus del frente como nueva frontera de Ucrania. Mucho más difícil que proponer una división territorial, esta solución requeriría de una negociación bilateral o trilateral real, no encuentros aislados en el campo de golf propiedad de Steve Witkoff o reuniones en Ginebra en días en los que la dupla diplomática de Estados Unidos se reunía por la mañana con Irán y por la tarde con Rusia-Ucrania, un trabajo que Washington nunca ha mostrado voluntad de realizar. Al fin y al cabo, Estados Unidos ya ha conseguido lo que buscaba -una ruptura continental que permanecerá más allá del alto el fuego, una parte importante del mercado energético europeo y enormes ventas de armas-, se ha desvinculado de su papel de donante para pasar a ser simple proveedor comercial y la distancia desde la que ve la guerra hace que no tenga ninguna prisa por encontrar una solución que tampoco los países europeos desean.

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