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Donbass, Donetsk, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

La estrategia del agravio

Triunfalismo y sentimiento de agravio se mezclan en el discurso ucraniano y proucraniano de forma permanente y, en general, coincidiendo en el tiempo. Actualmente, Ucrania se jacta de los éxitos en su ambición de destruir las infraestructuras de producción y exportación energética de Rusia sin pararse a pensar en las consecuencias que, en el momento actual, tiene intentar eliminar al petróleo ruso del mercado global y, por supuesto, sin preocuparse por la catástrofe medioambiental que puede causar la lluvia ácida que trata de provocar en el Báltico. Israel lo hizo en Teherán con impunidad y Kiev aspira a hacer lo propio en San Petersburgo, jactándose de que se trata de la implementación de las sanciones de largo alcance. Sin embargo, junto a esa exaltación exagerada de unos ataques que no pueden compensar el aumento de ingresos que ha obtenido Rusia estos meses a causa de la guerra iniciada por Donald Trump contra Irán, Zelensky no cesa en su exigencia de más ayuda y sus aliados extranjeros insisten en denunciar que Estados Unidos ha abandonado a Ucrania.

“Si JD Vance está orgulloso de no ayudarnos, significa que está ayudando a los rusos, y no estoy seguro de que eso fortalezca a Estados Unidos”, afirmó Zelensky adhiriéndose a la línea más estricta del “si no están con nosotros, están con los terroristas” con el que George W. Bush quiso obligar al mundo a aceptar su guerra contra Irak, que dio lugar a la llamada guerra global contra el terrorismo, que ha desestabilizado Oriente Medio durante dos décadas. La versión de Zelensky, como la de Bush, parte de un argumento moral, la causa justa y necesaria, la cruzada contra la barbarie en nombre de la democracia. Al fin y al cabo, como ha publicado esta semana The New York Times en un artículo de opinión, el presidente ucraniano es “el líder del mundo libre”. Pese a haber obtenido de la Unión Europea los 90.000 millones de euros que se encontraban bloqueados desde hacía meses y con los que Bruselas quiere financiar dos años más de guerra, Ucrania busca más financiación, más asistencia y, sobre todo, más protagonismo. Palabras como las de JD Vance son el argumento con el que Kiev se permite el lujo de seguir exigiendo aún más financiación pese a jactarse de ser una gran potencia militar capaz de exportar armamento imprescindible a los aliados de Estados Unidos en Oriente Medio y ser el único actor conocedor de qué es exactamente lo que hay que hacer para reabrir el estrecho de Ormuz. Poco importa cuánto hay de verdad en esas propuestas, si los interceptores ucranianos van a proteger los cielos del Golfo cuando no han protegido los ucranianos o si Estados Unidos ha abandonado realmente a Ucrania.

En realidad, la postura de JD Vance responde a lo que en su momento propuso uno de los columnistas de The Washington Post, Marc Thiessen, uno de los lobistas de referencia del trumpismo y cuyas ideas siempre son escuchadas. Fue Thiessen quien primero publicó la propuesta de obligar a Ucrania a transitar entre ser “receptor de ayuda a convertirse en consumidor de defensa” estadounidense. Lo que ha ocurrido es exactamente lo que Thiessen defendía en su artículo, para el que daba dos opciones: que los países europeos se hicieran con los fondos rusos congelados en su territorio o que se hicieran cargo del coste de las armas. El abandono de Ucrania es, en realidad, un ajuste contable según el cual Estados Unidos sigue entregando las mismas armas, pero lo hace, en lugar de cargando ese coste a la columna de gasto, añadiéndolo a la de ingresos. El hecho de que Estados Unidos, que ha levantado temporalmente las sanciones al petróleo ruso para tratar de bajar los precios del crudo global, no haya realizado una sola protesta por los ataques ucranianos contra las infraestructuras rusas es un indicador más importante de la actitud de Washington que las palabras de su vicepresidente, que trata de explotar el discurso aparentemente aislacionista con el que consiguió el puesto de vicepresidente. En perspectiva, uno de los últimos artículos de Thiessen, evidentemente una voz escuchada en la Casa Blanca, propone asesinar a los negociadores iraníes para conseguir la rendición diplomática de Irán e imponer los términos estadounidenses en Oriente Medio.

Sin embargo, la coyuntura internacional supone un reto para Volodymyr Zelensky, que activamente trabaja para diversificar las relaciones de Ucrania y garantizarse diferentes fuentes de financiación para sostener la guerra. Pese a presentarse como un país fiable y solvente capaz de ser destino de la deslocalización de la industria militar mundial, Ucrania depende completamente de sus socios y aliados para mantenerse a flote como Estado, algo mucho más crítico aún en lo que respecta al sostenimiento de la guerra. Con el agravio como dogma y el reproche como herramienta, el presidente ucraniano sigue endureciendo su postura siguiendo las formas de actuar que Donald Trump aprendió de su mentor, Roy Cohn, una de las figuras más oscuras de la caza de brujas estadounidense. No conceder nada, no aceptar nada y seguir siempre a la ofensiva han sido siempre los dogmas del empresario Donald Trump, aspecto que ha trasladado también a la política y a la guerra. Los Tomahawk son armas comunes, muchos países los usan, alegó, por ejemplo, cuando quiso culpar a Irán del asesinato de más de 150 niñas en un colegio la primera mañana de su guerra. “Los rusos están absolutamente locos por atacar las estaciones nucleares”, afirmó Zelensky la semana pasada. Ninguna de las centrales nucleares en territorio ucraniano ha sido atacada. Sí lo ha sido, la última vez ayer mismo, la central nuclear de Energodar, bajo control ruso, periódico blanco de la artillería y los drones ucranianos. La mejor defensa mediática, especialmente cuando se actúa con la impunidad de quien sabe que no va a recibir preguntas incómodas, es un continuo ataque, aunque sus argumentos sean falsos.

Los reproches ucranianos no se limitan a su enemigo ruso o a los países neutrales que, como China, prefieren mantenerse en los márgenes, comerciando con ambos bandos y apelando a la diplomacia sin implicarse. Zelensky no se limita tampoco a criticar a JD Vance, con quien mantiene una tirante relación que estalló públicamente durante la reunión del Despacho Oval en febrero de 2025. El reproche a Estados Unidos, que pese a haber desaparecido como donante sigue siendo el país indispensable sin cuyas armas Ucrania no podría defender sus cielos con mínimas garantías, se ha extendido recientemente también a los países europeos. Consciente de que la Unión Europea ha hecho de Ucrania su principal -puede que único- proyecto geopolítico, Zelensky ha endurecido su postura también en sus relaciones con sus socios europeos, que actualmente hacen que Ucrania pueda mantenerse a flote como Estado. Kiev necesita a la UE para seguir obteniendo financiación y armas, pero Bruselas no puede permitirse ver caer a Ucrania, lo que da a Zelensky un margen de maniobra que no tiene con Estados Unidos, que ya ha obtenido lo que quería de esta guerra: una ruptura continental, expulsar a Rusia del mercado energético y armamentístico europeo, enormes ingresos de energía y venta de armas e incluso un acuerdo extractivista con Ucrania.

La Unión Europea ha conseguido consolidar una ruptura política, económica y social con Rusia, y alejar definitivamente a Kiev de Moscú, labor que comenzó muchos años antes de la invasión rusa. Sin embargo, esas aparentes victorias contrastan con el fracaso a la hora de utilizar las sanciones para hundir la economía rusa y, sobre todo, con las consecuencias económicas que están teniendo la guerra y el desinterés de Estados Unidos por el continente. Aun así, las capitales europeas exigen terminar la guerra según sus condiciones y previo pago de unas reparaciones de guerra con las que aspira a paliar el inmenso coste de reconstrucción que tendrá que asumir en caso de integrar a Ucrania en la Unión Europea como exige Zelensky. Las prisas por consolidar las negociaciones de adhesión y los triunfalistas informes sobre los grandes progresos de Ucrania en las reformas privatizadoras y la mejora de la libertad de prensa -en un país en el que equivocarse de línea política es un peligro para cualquier periodista desde hace más de una década- han dado paso a llamadas a la tranquilidad cada vez que Zelensky exige saber la fecha en la que Kiev se adherirá al bloque político.

“La negativa de los líderes de la UE a acelerar la adhesión de Ucrania ha avivado la frustración en Kiev, y la retórica cada vez más euroescéptica del Gobierno de Zelensky está socavando los esfuerzos por alcanzar un compromiso. Altos funcionarios ucranianos han aprovechado recientes reuniones con sus homólogos de la UE y Estados Unidos para criticar la gestión de la ampliación por parte de la Comisión Europea y presionar por un calendario más rápido, insistiendo en que Bruselas necesita a Ucrania en el bloque tanto como Kiev desea unirse, según siete funcionarios presentes en esas conversaciones”, escribía el sábado Financial Times, en cuyo artículo se citaba a un oficial europeo recordando a Kiev que “la adhesión no es un regalo”.

“Tenemos un problema real aquí”, afirmaba otra fuente, que añade que “Zelensky y su entorno nunca han entendido realmente cómo funciona” el proceso de ampliación. La ingenuidad que algunos oficiales de la UE adjudican a Ucrania es, en realidad, una proyección de la suya. “Nos dicen: nos lo debéis”, insistía una tercera fuente citada por el artículo, que sentenciaba que “eso no ayuda”. Incomprensiblemente, la Unión Europea no comprendió que años alegando que Ucrania luchaba no solo por sí misma sino por la seguridad continental iban a volverse en su contra cuando tratara de mantener al país como una nueva colonia en la que obtener mano de obra barata y posibilidad de externalización, pero sin incluirla como Estado de pleno derecho en la Unión. Zelensky ha comprendido el mensaje y exige ahora lo que se le prometió implícitamente a cambio de morir y de matar por la causa de los valores europeos. “Ucrania se está defendiendo a sí misma y, sin duda, está defendiendo a Europa. Y no la está defendiendo de forma simbólica: hay gente que está muriendo de verdad”, ha afirmado recientemente, para recordar que “defendiendo los valores europeos comunes. Creo que merecemos ser miembros de pleno derecho de la Unión Europea”. Ucrania exige el premio que se le ha hecho creer que obtendría si continuaba luchando contra Rusia hasta el último ucraniano.

“Zelensky había dado instrucciones a sus diplomáticos para que no consideraran ni entablaran conversaciones con los gobiernos de la UE sobre tales propuestas, y para que solo hablaran de la adhesión plena a la UE, según informaron al FT dos altos funcionarios ucranianos. «Ni siquiera lo discutiremos», afirmó uno de los funcionarios ucranianos”, afirma Financial Times. Ya sin la opción de depender exclusivamente de Estados Unidos y con pocas posibilidades de que sus constantes giras por Oriente Medio den a Ucrania un premio económico con el que amenazar a la Unión Europea, a Ucrania le queda únicamente recordar a Bruselas que ha luchado, lucha y seguirá luchando en su nombre. Mientras la sociedad no perciba la situación como el abuso propio de la guerra proxy, en la que el ejército se desangra por el beneficio de intereses ajenos, esa ficción seguirá sosteniéndose sin que aparezca el principal y más peligroso agravio, sentirse engañada y utilizada.

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