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Donbass, Estados Unidos, Rusia, Trump, Ucrania

«Donnyland»

Con un modelo económico exhausto en el que los beneficios de la bolsa no paran de crecer y lo hacen a costa de la precariedad de la mayoría, una situación geopolítica de ascenso de nuevos actores internacionales que tiende al conflicto entre grandes potencias y cada vez más escenarios bélicos ante la generalización del uso de la guerra como herramienta política muestran un mundo desbocado en el que las certezas de antaño han desaparecido, aparecen síntomas mórbidos y los diferentes actores buscan soluciones creativas a problemas que ya no son capaces de solucionar. En ocasiones, a falta de otras ideas, el recurso más utilizado es ganarse el favor de una potencia considerada más fuerte que pueda actuar de defensa, algo que se ha generalizado desde que el aislacionismo de Donald Trump se ha convertido en un intervencionismo que se extiende a lo largo y ancho del planeta.

Después de que Ucrania pusiera sobre la mesa sus recursos naturales, una oferta que Kiev tuvo que limitar seriamente ante el peligro de que su aliado hiciera del país una colonia extractivista, otro país desesperado, la República Democrática del Congo, hizo lo propio con la explotación de unos minerales mucho más valiosos que los ucranianos. Incapaz de detener el avance de los grupos financiados, armados y equipados por Ruanda, Felix Tshisekedi acudió a Donald Trump con el tipo de oferta que el presidente de Estados Unidos quiere escuchar, una en la que le daba acceso a recursos naturales a cambio de garantías de seguridad o de una intervención política en la que Washington impusiera los términos de alto el fuego a Ruanda. La violencia continúa, parte de la República Democrática del Congo sigue ocupada por milicias afines a Ruanda o por el propio ejército ruandés, que se reserva el derecho de seguir interviniendo militarmente, pero esta es una de las nueve guerras que Donald Trump afirma haber resuelto.

Otra de ellas es el largo enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, que concluyó realmente con la victoria azerí en Nagorno Karabaj, tras lo que únicamente restaba gestionar la capitulación armenia y darle forma de tratado internacional. Es habitual que dos enemigos u oponentes negocien unos términos y posteriormente busquen una potencia externa que dé un aspecto de tratado internacional más formal. Así ocurrió con el deshielo entre Irán y Arabia Saudí, en la que, concluida la negociación, China ejerció de maestro de ceremonias, apropiándose algo adjudicándose una parte del crédito por un proceso en el que su papel había sido marginal, y dio legitimidad a un acuerdo que, como su gestación, era puramente bilateral. Así fue también la negociación Armenia-Azerbaiyán, que también precisaba de un actor externo que ejercer de maestro de ceremonias. En su intento de alejamiento de Rusia y con la necesidad de Bakú de conseguir presencia de Estados Unidos en la región para aislar a Irán, más favorable a la Armenia cristiana que al Azerbaiyán chií, los dos países del Cáucaso eligieron dar a Donald Trump el papel y una guerra más que considerar que había resuelto.

Las alabanzas armenias y azeríes por una intervención estadounidense que no fue tal quedaron ensombrecidas por la forma en la que Pakistán ha buscado darle la vuelta a su relación con Estados Unidos a base de alabar exageradamente a Donald Trump. Tras años en los que Washington veía a India como el país prioritario en el subcontinente y Trump se refería a Pakistán como un país que no ofrecía más que “mentiras y engaños”, Islamabad supo aprovechar el resultado del escarceo de 2025 en su beneficio. Al contrario que India, que siempre intenta mantener cualquier aspecto relacionado con Cachemira como una cuestión bilateral con Pakistán, el Gobierno pakistaní optó por dar la razón a Donald Trump y alegar que su intervención había detenido la guerra e impedido un conflicto aún mayor, posiblemente nuclear. Pakistán, un país endeudado y rescatado por el Fondo Monetario Internacional, de ninguna manera podía permitirse una guerra abierta contra India, que tampoco buscó nunca ampliar el conflicto. La realidad de los dos países hacía improbable la continuación de los enfrentamientos, cuyo cierre fue similar al de escarceos anteriores, pese a que la intensidad de los bombardeos pudiera parecer un conflicto diferente a los anteriores. Esa fue la narrativa de Donald Trump, que lleva prácticamente un año jactándose de haber resuelto una guerra prácticamente nuclear. Aunque el conflicto entre los dos países persiste, el primer ministro pakistaní, única persona a la que Trump dio la palabra durante su presentación de la Junta de Paz para Gaza, insistió en el papel de pacificador del presidente de Estados Unidos. “Ha demostrado ser verdaderamente un hombre de paz y, permítame decirle, señor presidente, que es usted, sin duda, el salvador del sur de Asia”, afirmó dirigiéndose a Donald Trump, a quien Pakistán había nominado al Premio Nobel de la Paz cuando ya entonces, había provocado una guerra, la de Irán.

Más de medio año después, Pakistán trata de aprovechar el buen lugar en el que quedó tras esa estelar intervención de Shehbaz Sharif y la nominación al deseado galardón para ejercer de único mediador creíble en la segunda guerra contra Irán provocada por Donald Trump, que no se cansa de resaltar las alabanzas de Islamabad. “He sido completamente informado por el vicepresidente JD Vance, el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner, sobre la reunión que tuvo lugar en Islamabad a través del liderazgo amable y muy competente del mariscal de campo Asim Munir, y el primer ministro Shehbaz Sharif, de Pakistán. Son hombres muy extraordinarios, y continuamente me agradecen por haber salvado 30 a 50 millones de vidas en lo que habría sido una horrenda Guerra con India”, escribió el presidente de Estados Unidos en referencia a la primera ronda de negociaciones celebrada en Pakistán.

Quienes no pueden agradecer a Trump por haber salvado a millones de personas en un conflicto nuclear inexistente en una guerra abierta entre India y Pakistán que no iba a producirse tratan de buscar vías alternativas para agasajar al líder de la Casa Blanca. “Cuando Armenia y Azerbaiyán firmaron un compromiso de paz en la Casa Blanca el año pasado, bautizaron la conexión de transporte que este creaba como la «Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales»”, escribía ayer The New York Times recordando una idea que ahora se ha visto superada en su esperpento. Inquieto al considerar que Donald Trump favorece a Rusia y no se preocupa en exceso por Ucrania y a la desesperada al ver que Estados Unidos retira temporalmente sanciones al petróleo ruso en lugar de aumentarlas, Zelensky busca nuevas opciones, en ocasiones llegando a límites ridículos.

Recordando el precedente de Armenia y Azerbaiyán, The New York Times explicaba ayer que “el caso más improbable en el que el nombre del presidente Trump se ha asociado a un punto geopolítico conflictivo podría ser uno que ha permanecido oculto al público hasta ahora. En las conversaciones de paz sobre Ucrania de los últimos meses, las autoridades ucranianas han sugerido que la parte de la región de Donbás por la que Rusia sigue luchando podría llamarse «Donnyland»”. “El apodo, una referencia a «Donbass» y a «Donald», fue descrito por cuatro personas familiarizadas con las negociaciones, quienes hablaron al respecto bajo condición de anonimato debido al secretismo que rodeaba las conversaciones. Cuando un negociador ucraniano mencionó por primera vez el término, parcialmente en broma, fue como parte de un intento por convencer a la administración Trump de que se opusiera con más firmeza a las reivindicaciones territoriales de Rusia”, añade el medio, que destaca también el parecido del nombre con Disneyland e insiste en que, pese a que el término no ha sido utilizado en documentos oficiales, “el término se ha seguido usando en las negociaciones”.

“«Donnyland» ha sido una de las estrategias que utilizaron los ucranianos para intentar que Trump se posicionara más a su favor”, explica el artículo, que recuerda que la idea “refleja una realidad mundial en la que los gobiernos apelan a la vanidad de Trump para ganarse el apoyo del poderío estadounidense”. Pese al descenso de superioridad económica y militar que Estados Unidos disfrutara en los años posteriores al final de la Guerra Fría -el momento unipolar del consenso de Washington-, aquellos países que se aferran al statu quo del mundo de ayer acuden, no solo a la Casa Blanca, sino directamente a su presidente como presencia indispensable sin la que no pueden resolverse los conflictos en su beneficio. Hasta el esperpento de llegar a plantearse reducir la guerra al absurdo de dar a la parte más golpeada del territorio, Donbass, donde la guerra se prolonga durante doce años, el nombre de la persona de la que se intenta conseguir un trato de favor.

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