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Batallón Azov, Extrema Derecha, Fascismo, Historia, Nacionalismo, Rusia, Ucrania

Leyendas de unidad

Desde 2022, dos dogmas han dominado el discurso occidental en referencia a Ucrania: la unidad del pueblo ucraniano y la unidad del resto del mundo contra Rusia. Ese ha sido el discurso de Kiev y también el de Bruselas, a pesar de que ambas ideas parten de bases absolutamente falsas. Aunque Zelensky continúa insistiendo en la cohesión de la población del país, la realidad muestra a los miles de hombres que huyen a través de la frontera para evitar a los perros de presa que reclutan forzosamente en las calles de las ciudades ucranianas. Kiev prefiere también ignorar que miles de hombres y mujeres llevan años luchando contra las Fuerzas Armadas de Ucrania. Y cuando no ignora completamente a las víctimas civiles al otro lado del frente, tiende a culparles por sus desgracias y a asumir que han sido coaccionados para permanecer en los “territorios ocupados” o que la propaganda rusa les ha lavado el cerebro contra Ucrania. En cualquier caso, incluso en las zonas bajo control de Kiev, las encuestas muestran una opinión mucho más matizada que la continuación de la lucha hasta la victoria final que promulgan el Gobierno y las autoridades europeas.

En la UE, donde la máxima es la unidad absoluta del lado de Ucrania y contra Rusia, ese dogma también parte de falsas premisas. Es evidente que la Unión Europea ha sido la principal proveedora del ejército ucraniano, que ha financiado y seguirá financiando el Estado ucraniano para garantizar su sostenimiento, todo ello en beneficio propio, como una herramienta de presión contra el enemigo común, la Federación Rusa. Solo ciertos versos sueltos -Viktor Orbán hasta su reciente derrota electoral o ahora Robert Fico- se han desmarcado de la idea de basar toda la estrategia europea en el aspecto militar, sin acompañar la disuasión de diplomacia para lograr un final de la guerra y crear las condiciones para una reconfiguración de la estructura de seguridad y energía europea que evite situaciones como la actual. Con la guerra como única política exterior posible en la relación con Rusia, los países e instituciones europeas han hecho la vista gorda ante aspectos que normalmente habrían implicado determinadas políticas. Es el caso de la corrupción, ante la que se ha mirado hacia otro lado mientras los escándalos se han mantenido en esferas inferiores de la clase política. E incluso cuando han afectado al círculo más cercano a Zelensky, a quien desde Bruselas se ha convertido en el héroe incuestionable, se ha evitado dar la sensación de que el presidente pueda estar involucrado.

La guerra ha justificado también medidas extraordinarias que no habrían sido posibles en una coyuntura diferente. Dos aspectos en los que más claramente se puede observar el uso de la guerra para justificar medidas que en otras circunstancias supondrían, cuanto menos, un conflicto. Se trata de la política agraria y la memoria histórica, dos aspectos en los que se juega cuál será la relación de Ucrania con sus vecinos del este de Europea más allá de la guerra. El primero de los casos es el más claro: la fase inicial de la guerra implicó un bloqueo naval que dificultó para Ucrania su principal salida marítima de exportación, el mar Negro. Compensar esa pérdida supuso la necesidad de que la UE tomara medidas para privilegiar ciertos productos ucranianos a los que otorgó la posibilidad de venta más allá de los cupos previstos por el Acuerdo de Asociación de 2014, cuya negociación dio lugar a las protestas de Maidan.

La entrada masiva de esos productos ucranianos fue un revés para la agricultura de países como Polonia, donde las protestas dieron lugar a fuertes bloqueos que comprometieron incluso los pasos fronterizos entre los dos países, firmes aliados contra Rusia, pero rivales económicos en determinados sectores. Manejar las contradicciones de la necesidad de favorecer la economía ucraniana pero no perjudicar a otras de la UE en el proceso ha sido de uno de los aspectos que Bruselas ha tratado de manejar, no sin contradicciones y no sin conflicto. Sin embargo, el consenso que existe en esos países ante la necesidad de seguir luchando contra Rusia ha facilitado la labor, algo que puede no repetirse más allá de un posible alto el fuego. Pese a que ese momento aún no está a la vista, algunos dirigentes europeos anticipan ya ciertos problemas y buscan soluciones al respecto. Uno de esos líderes es Friedrich Merz, cuya propuesta de adhesión limitada a la UE implicaría para Ucrania tener presencia en las cumbres e incluso contar con eurodiputados, una forma de mantener del lado proeuropeo a la clase política, pero no supondría ni derecho a voto ni acceso al presupuesto salvo en cuestiones que serían tratadas “caso a caso”. En cada uno de los artículos que han tratado este asunto se ha especificado concretamente que Kiev no participaría, al menos inicialmente, en el reparto de fondos agrícolas, una exigencia de los agricultores de los países del este, posiblemente los más beligerantes contra Rusia y a favor de Ucrania durante la guerra, pero que no quieren perder su posición ante la posible adhesión de un país capaz de hacer caer los precios. Esta preocupación existe fundamentalmente en Polonia, que no ha protestado por la idea de la adhesión limitada a la UE y que incluso con el actual Gobierno proeuropeo se ha mostrado partidaria de limitar la presencia de productos agrícolas ucranianos.

Polonia es también el principal escenario de la segunda disputa que, como la cuestión agrícola, tiene dos partes: por un lado, todo está justificado por la guerra, pero, por otro, no es aceptable cuando se amenaza la cohesión interna. Es lo que ha ocurrido esta semana tras la inhumación de Andriy Melnyk en Ucrania, el entierro con honores que le dio Volodymyr Zelensky, que se postró ante su tumba proclamándole héroe de Ucrania. “Polonia condena enérgicamente la adoración de fascistas ucranianos muertos hace mucho tiempo, y se mantiene firme en su apoyo y dependencia de sus seguidores modernos para contrarrestar a Rusia”, comentaba el viernes Oleskiy Kuzmenko, experto en la extrema derecha ucraniana y muy crítico con la deriva de revisionismo histórico que se ha generalizado, no solo en Ucrania, sino también en el resto de Europa oriental. La normalización de figuras como Andriy Biletsky -que idolatra a los líderes nacionalistas ucranianos que se inspiraron en el fascismo y que colaboraron con el nazismo en la ocupación de Ucrania e incluso en el Holocausto con balas que asesinó a centenares de miles de personas en la Unión Soviética- no supone ningún problema para la Unión Europea. Tampoco lo es para Polonia, que solo ocasionalmente protesta por la generalización del cántico “gloria a Ucrania; gloria a los héroes” utilizado por OUN y UPA, entre otros momentos durante las masacres contra la población polaca de Ucrania.

Los homenajes a Melnyk han cruzado una línea roja precisamente por el enaltecimiento de figuras y grupos que perpetraron esa limpieza étnica que en Polonia se entiende como genocidio. No pasa nada por enviar armas, instruir, financiar o fortalecer políticamente a personas y grupos con ideologías herederas de las de OUN o UPA, pero Ucrania no puede traspasar ciertos límites que compliquen el revisionismo histórico de los países vecinos o que pongan en contradicción las diferentes visiones históricas, todas ellas nacionalistas y con tendencia a la extrema derecha, pero en ocasiones contradictorias entre sí. Doce años de revisionismo no han causado grandes roces entre Ucrania y Polonia -aunque sí entre Ucrania e Israel, cuyo presidente exigió desde la Rada que se cesara en la glorificación de quienes perpetraron el Holocausto-, pero el tratamiento a Andriy Melnyk ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia del presidente polaco, que ha propuesto retirar a Zelensky la orden del águila blanca que se le había concedido. A sus críticas se unen las de Lech Walesa, que ha calificado de “bandidos” a los miembros de UPA y ha criticado el homenaje, que “me ofende a mí y a nuestros compatriotas asesinados”. “Por eso”, continuaba el exlíder polaco, “me he quitado públicamente la bandera ucraniana de la solapa. Seguiré ayudando a la nación en su lucha contra los soviéticos. Me niego a apoyar al presidente Zelensky”. “En un movimiento ilustrativo de consistencia y mente clara, una figura prominente rechaza el árbol del fascismo ucraniano, para posteriormente comprometerse a seguir disfrutando de sus frutos: luchar contra los soviéticos”, comentó Kuzmenko.

La unidad europea alrededor de Ucrania lo justifica prácticamente todo, pero se detiene en el momento en el que Kiev realiza actos de homenaje a figuras nacionalistas que complican el revisionismo propio. Sin embargo, incluso en estos casos, la guerra es el argumento para evitar males mayores. “Sí, sí, sí, ahora es exactamente justo el momento adecuado para desenterrar agravios históricos, discutir sobre quién debe qué a quién en la historia de Europa del Este, y decidir quién pertenece a la Europa civilizada y quién apenas ahora está lo suficientemente brillante. Gente, todos estamos en el mismo barco, nos necesitamos unos a otros, somos mejores que esto, necesitamos mantenernos unidos, y ahora es 2026”, escribió el periodista ucraniano Ilia Ponomarenko, confeso seguidor de Azov y cuyas ideas coinciden a la perfección con las del primer ministro polaco Donald Tusk. “Si nos peleamos sobre el pasado, serán otros quienes ganen el futuro. El presidente de Ucrania debería entenderlo finalmente. Los polacos también. ¡Antes de que sea demasiado tarde!”, proclamó el expresidente de la Comisión Europea.

“Si te preguntas por qué Zelensky se molestó en enterrar y enaltecer a Andriy Melnyk, el líder del ala más nazi-colaboracionista de la OUN, a la derecha del ala de Bandera – un movimiento simbólico aparentemente innecesario, predeciblemente perjudicial para las simpatías internacionales menguantes de Ucrania y ya ha provocado un escándalo con Polonia e Israel – aquí está la respuesta. Cuando la mayoría no quiere luchar, tienes que sostener a la minoría movilizada, a la que hay que tranquilizar constantemente diciéndole que no están luchando solo por este gobierno corrupto”, explicó la semana pasada el sociólogo ucraniano Volodymyr Ischenko. Sin más ideología que el nacionalismo y con una situación económica y social que en lugar de tender a la unidad apunta a la anarquía y al caos, la elección de Zelensky siempre ha sido escudarse en la parte más cohesionada del país, el nacionalismo al que ha dado aún más poder del que ya había adquirido en tiempos de Poroshenko, algo que solo ha molestado a los países europeos en momentos muy concretos, en los que se han visto directamente afectados.

“Zelensky se arrodilla ante la tumba de un colaborador nazi, Melnyk. Luego, nombró a una unidad militar de élite en honor a los «Héroes de la UPA», quienes masacraron a miles de civiles polacos, judíos y ucranianos. Protesta de Israel. Polonia está furiosa. Alemania, la superpotencia moral de Europa y guardiana de la memoria histórica sobre la Segunda Guerra Mundial, ni siquiera alzó una ceja. Sr. Merz, tiene la palabra”, escribió en las redes sociales la historiadora ucraniana Marta Havryshko, a quien sigue sorprendiéndole la capacidad europea para ignorar señales claras de una deriva autoritaria y de enaltecimiento del fascismo. “Unidades del Ejército de Ucrania llevan nombres de colaboradores nazis. Más allá del Batallón «Nachtigall», las Fuerzas Armadas de Ucrania han introducido recientemente un batallón de sistemas de drones llamado «Roland». Solo hubo un «Roland» en la historia militar ucraniana: el batallón formado por la Abwehr alemana en 1941 con miembros de la OUN. Participó en la invasión de la Alemania nazi a la Unión Soviética, y su personal fue transferido más tarde al Batallón de Schutzmannschaft 201, que participó en operaciones antipartisanas en Bielorrusia. La glorificación de colaboradores nazis dentro de las Fuerzas Armadas de Ucrania no es un fenómeno abstracto. La responsabilidad política última recae en el comandante en jefe Zelensky”, escribió el viernes, recordando que el revisionismo y el enaltecimiento de colaboracionistas no es un caso aislado y que no se limita al entierro de una figura histórica aupada artificialmente al estatus de héroe.

Por el momento, la guerra justifica armar a grupos que en otras condiciones resultarían imposibles de aceptar en un contexto de democracia y respeto a minorías y otras opciones políticas, enaltecer a quienes colaboraron en el Holocausto o en la limpieza étnica de poblaciones como la polaca y también privilegiar a los productos ucranianos incluso a riesgo de causar problemas económicos y protestas en países vecinos. La apuesta de Ucrania por profundizar en la revisión nacionalista de su historia y exigir que los privilegios se extiendan más allá de la guerra indica la voluntad de perpetuar esa situación escudándose en haber sido el ejército proxy de una lucha común. Las quejas polacas por un revisionismo excesivo y que afecta al suyo propio y los movimientos de Alemania para evitar una adhesión plena de Ucrania a la UE sugieren que la unidad a favor de Ucrania más allá de la guerra puede no ser tan sólida como quiere aparentar.

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