El fragmentado mundo occidental se reunió el sábado para conmemorar, como cada año, el aniversario del desembarco de Normandía de 1944, acontecimiento que la reescritura de la historia y el cine han tratado de presentar como el más decisivo de la Segunda Guerra Mundial. Como un gran acto diplomático, Normandía ha sido escenario de momentos destacados en los últimos años, cuando aún se invitaba a representantes de todos los países que participaron en la guerra. Uno de ellos fue la aparentemente improvisada conversación que Angela Merkel provocó entre Vladimir Putin y Petro Poroshenko el 6 de junio de 2014. Ante las cámaras de periodistas de todo el mundo, los dos presidentes hablaron brevemente bajo la tutela de la entonces canciller Mekel, posiblemente la dirigente que más interés mostró a lo largo de los años en conseguir una resolución al conflicto de Donbass.
Por aquel entonces, aunque los combates habían comenzado ya y Ucrania se disponía a iniciar la ofensiva final para conseguir la captura de Slavyansk, acercar el frente a Donetsk y tratar de conseguir una victoria rápida en la guerra, no se había producido aún la gran destrucción del verano; la población aún no se había quedado sin luz ni agua en plena ola de calor; la cifra de bajas aumentaba, pero aún no era lo alarmante que sería meses después y las tropas ucranianas todavía no habían quedado cercadas a merced de los Grads de las Repúblicas Populares en diversas calderas en varios lugares de Donbass. Con la confianza de creer en una victoria rápida, el entonces presidente electo Poroshenko, que aún no había sido investido, había optado ya por la vía militar, por lo que el intento de Merkel de detener la guerra antes de que se cruzara el punto de no retorno fracasó, igual que lo hizo también el llamado Formato Normandía, inspirado en esa conversación y que en 2019 fue escenario de la única reunión directa entre Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky.
Hace tiempo que Normandía no puede considerarse un encuentro de recuerdo del esfuerzo colectivo para derrotar al fascismo en Europa, en parte a causa de la guerra en Ucrania y el conflicto político entre la Unión Europea y la Federación Rusa, excluida de todas las conmemoraciones que se realizan en la UE. Sin embargo, hasta la llegada de Donald Trump en su segundo mandato, había sido un acto de reafirmación de la alianza entre los países europeos occidentales y Estados Unidos, socios en una lucha común contra el actual enemigo, el aliado de la guerra cuyo papel quiere limitarse al máximo. Esa tendencia a la unidad occidental como eje de conmemoraciones como la de Normandía se ha roto este año con la presencia de Pete Hegseth, el jefe del Pentágono, secretario de Guerra de Estados Unidos, que hace un año sorprendió a los aliados notificándoles que Europa ya no es una prioridad para Washington, anunciando que la entrada de Ucrania en la OTAN no era un objetivo realista como parte de un acuerdo de paz y dando la orden de iniciar un aumento considerable del gasto militar que rápidamente dio lugar al ReArm Europe decretado por Úrsula von der Leyen.
En Normandía, como hiciera JD Vance en Múnich en 2025, Pete Hegseth no se limitó a un discurso protocolario de exaltación de la defensa común, sino que quiso utilizar la conmemoración para dar órdenes a los países europeos e insistir en el aspecto que más interesa a Washington de la guerra cultural mundial que es parte integral de su Estrategia de Seguridad Nacional. “Hoy hace ochenta y dos años, la supervivencia de la civilización occidental pendía de un hilo. Las fuerzas oscuras se habían extendido por toda Europa. Hitler se jactaba de que su Muro Atlántico era impenetrable. Pero nuestro enemigo cometió un error de cálculo fatal: subestimó la voluntad inquebrantable del combatiente estadounidense”, afirmó Hegseth dando la visión más hollywoodiense de una guerra en la que, en 1944, Alemania había sufrido ya derrotas decisivas que hacían que la victoria antifascista fuera cuestión de tiempo. Pero Hegseth no se limitó a reescribir el pasado, sino que quiso utilizar su discurso para hacer lo propio con el presente. Lo hizo con una comparación insultante, ofensiva y racista que, por la reiteración, ya no sorprende en el discurso trumpista. “Lamentablemente, hoy en día, diversas playas europeas están siendo invadidas por diferentes ideologías peligrosas”, afirmó para referirse a las “playas de España, Italia, Grecia y Bulgaria. Llegan barcos y personas. ¿Cuándo harán algo las capitales europeas ante esa invasión?”.
La imagen de Úrsula von der Leyen posando junto al muro que Polonia ha construido en su frontera con Bielorrusia, más dirigida contra la inmigración que contra una posible invasión militar, es prueba suficiente para recordar a Hegseth que la retórica antiinmigración y el racismo no se dan solo en Estados Unidos. También Europa utiliza parte del aumento del gasto del rearme en la militarización de las fronteras terrestres y marítimas, que han convertido el Mediterráneo en una gran fosa común de personas que simplemente buscaban una vida mejor. Sin embargo, es evidente también que existe una gran división entre Estados Unidos y los aliados europeos de la OTAN en las prioridades de la militarización. Mientras Washington se centra en las fronteras, los países europeos mantienen la fijación militar de armarse contra Rusia, otro de los temas en los que existen diferencias dentro del bloque de la Alianza.
Hace unas semanas, causó cierta alarma el anuncio estadounidense de reducción de las tropas norteamericanas en Alemania para regresar a las cifras anteriores a la invasión rusa. Demasiado útiles en su proyección de músculo militar y capacidad de intervención en otras zonas del planeta, Estados Unidos no va a renunciar a sus bases en Europa ni va a realizar una retirada amplia. Así se comprobó cuando Donald Trump compensó el anuncio de reducción de tropas en Alemania con un aumento de tropas en Polonia, un país más afín ideológicamente al nacionalismo trumpista. Pero a los países europeos no les preocupa la cifra de tropas estadounidenses en el continente tanto como la presencia de armas. Este fin de semana se ha producido otra noticia que ha causado nerviosismo en el establishment político europeo, que en febrero de 2022 vinculó su suerte a la de Estados Unidos y planteó el conflicto con Rusia y la guerra de Ucrania como el centro de su posicionamiento geopolítico.
“Se prevé que el Pentágono cancele el plan de enviar misiles Tomahawk a Alemania, en parte porque a los responsables les preocupa que Rusia lo interprete como una escalada, lo que supone un sorprendente cambio de rumbo respecto a un acuerdo planeado desde hace tiempo con uno de los principales aliados de Estados Unidos”, escribe Politico, un medio con buenas fuentes dentro de la administración estadounidense. “Esta medida forma parte de una retirada generalizada de Estados Unidos de la OTAN —que incluye la cancelación del despliegue de miles de soldados estadounidenses en Alemania y planes para retirar determinados recursos—, en un momento en que Estados Unidos está alterando las estrechas alianzas que han consolidado esta relación durante generaciones”, añade el artículo con una retórica de tintes alarmistas.
Sin embargo, como casi siempre, lo que se presenta como una disputa interna realmente no lo es tanto. Al igual que en la cuestión de las fronteras, tema en el que las posturas de Estados Unidos y los países europeos no son tan diferentes, también la propia noticia de Politico lleva en su texto el desmentido de un alejamiento intra-OTAN en relación con Rusia. “La probable revocación del plan de los Tomahawk resulta especialmente inquietante para las autoridades alemanas, que se apresuran a modernizar sus fuerzas, ya en declive, para que sirvan de baluarte frente a la agresión rusa”, afirma el artículo insistiendo en presentar los hechos para resaltar las vulnerabilidades europeas frente a Rusia y la voluntad estadounidense de realizar concesiones a Rusia. “El canciller alemán, Friedrich Merz, declaró el mes pasado que no esperaba que Estados Unidos desplegara misiles Tomahawk en Alemania debido a la escasa disponibilidad de estos misiles de crucero, que pueden recorrer más de 1.600 kilómetros”, continúa centrándose en la realidad de la coyuntura militar. “Los americanos no tienen suficientes para ellos mismos en este momento”, continúa el artículo citando las palabras de Friedrich Merz. La guerra contra Irán, mucho más larga y complicada de lo que Estados Unidos esperaba, ha supuesto una escasez de material militar que ahora hay que priorizar. La noticia sobre la probable cancelación de la instalación de misiles en Alemania no es fruto de la fractura interna dentro de la OTAN que, pese a existir, es más en forma que en fondo. Aunque los países europeos han mostrado ciertas discrepancias sobre cómo Estados Unidos ha gestionado la guerra en Oriente Medio, todos comparten el objetivo, acabar con la República Islámica de Irán y sustituirla por un régimen más favorable a sus intereses. Algo similar se puede decir sobre la cuestión de las fronteras, obsesión a ambos lados del Atlántico, o de las armas, otro aspecto en el que la única disputa es retórica, no material. A pesar del espectáculo del trumpismo dando órdenes a sus aliados.
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