Desde 2022, la Unión Europea de los valores se ha jactado del tratamiento que ha dado a la población refugiada ucraniana que huía de la invasión rusa. Los hombres, mujeres y niños que llegaban a la Unión Europea no tenían que pasar por el largo y en ocasiones absurdo proceso de solicitud de asilo y han recibido la protección internacional de manera automática de una forma que contrasta con lo vivido por quienes huyen de las guerras de otros continentes y no cuentan con la ventaja del color de piel o no vienen de un país que actualmente está siendo utilizado como herramienta en una disputa geopolítica. Es ahí donde se puede comprobar la nada sutil diferencia entre el significado de población migrante y población refugiada, en demasiadas ocasiones aquella que forma parte de los intereses políticos del país que la recibe. Aunque el matiz racial, cultural y europeo de la absorción de millones de personas llegadas de Ucrania es evidente, no se puede olvidar que quienes huían de la guerra entre 2014 y 2022 eran también blancos, cristianos y europeos. Sin embargo, llegaban de la parte incorrecta del frente y no podían ser utilizados políticamente contra una potencia enemiga. De ahí que países como España pasaran de rechazar más del 90% de las peticiones de asilo de personas que huían de la guerra en Ucrania a la llegada masiva de población refugiada tras la invasión rusa.
En el imaginario europeo, en el que se resalta por encima de todo la supuesta unidad del pueblo ucraniano, un relato que olvida la guerra civil que asoló el este del país durante ocho años, desaparece también toda esa parte que no huyó hacia el oeste, sino que lo hizo hacia el este, el gran tabú de esta guerra. Tener que explicar por qué una parte de la población ucraniana ha huido en algún momento de los últimos doce años, pero también en los últimos cuatro, a la Federación Rusa, declarado Estado agresor mucho antes de que sus tanques cruzaran la frontera, implica aceptar el componente de guerra civil del conflicto rusoucraniano, lo que supondría una contradicción que la Unión Europea no sabría explicar.
Desde que la contraofensiva de 2023 no consiguió su objetivo y las ingenuas esperanzas de victoria rápida se disiparon en los campos de minas de Zaporozhie y bajo los drones y la artillería rusa, Ucrania ha padecido un problema de reclutamiento derivado de la fuerte pérdida de población sufrida durante la guerra y también antes de ella. La evolución demográfica de Ucrania no es excesivamente diferente a la de Rusia. Con una población de partida muy inferior y sin poder compensar, como Rusia ha hecho desde la caída de la Unión Soviética, su baja natalidad y alta mortalidad con inmigración, reponer las filas del ejército ha sido cada vez más difícil para Kiev. Los grupos de presa han sido una constante en las calles de Ucrania, un fenómeno tan evidente que, pasados varios años, incluso la prensa occidental ha tenido que aceptar.
Varios han sido los intentos tanto de Ucrania como de los países acogedores para conseguir rebajar el coste que supone una población refugiada que no siempre puede valerse por sí misma. De ahí que se hayan producido ya diversos programas de retorno voluntario de países como Suiza, reducción de las prestaciones para la vivienda en otros como Irlanda o que el entonces canciller Olaf Scholz dijera a la población adulta ucraniana que Alemania ya les había proporcionado clases para aprender el idioma, por lo tanto, debían buscar trabajo. En países como Polonia, absolutamente incondicional en la idea de continuar suministrando ayuda militar a Kiev hasta la victoria final, los choques han sido económicos y sociales: en ocasiones, el sector del campo se ha visto perjudicado por la privilegiada llegada de productos ucranianos, mientras que la parte más nacionalista del país ha sentido como un agravio el uso que Ucrania ha hecho de grupos como UPA o OUN, que participaron en la limpieza étnica de la población polaca durante la Segunda Guerra Mundial.
Ucrania, por su parte, no ha dejado de intentar conseguir la colaboración de los países receptores de población refugiada en el retorno de los hombres que desea enviar al frente. Kiev ha dejado claro que no espera la vuelta de quienes no pueden contribuir a la causa militar en el frente o en la industria militar que ha de hacer viable la continuación de la guerra. Pero, hasta ahora, Ucrania solo ha obtenido el rechazo de los países europeos, dispuestos a deportar a población afgana hasta menos de una semana antes de la caída de Kabul, pero que no iban a enviar a un país en guerra a población que consideran europea.
El paso del tiempo, la fatiga de la guerra, el creciente coste de la población ucraniana y la necesidad de apoyar a Ucrania en su intento de reponer sus filas y mantener activa la industria militar implica adaptación. Pese a la recepción que obtuvo la población refugiada de Ucrania en 2022 -el trato correcto que deberían recibir también otras poblaciones-, nada dura eternamente y la UE busca alternativas para reducir costes y cumplir objetivos. “Los Gobiernos de la UE están sopesando la posibilidad de excluir a los hombres ucranianos en edad de alistarse de cualquier futura prórroga del régimen de protección temporal del bloque, que ha dado refugio a más de cuatro millones de personas que huyen de la invasión rusa”, afirma esta semana una exclusiva publicada por Euractiv, un medio que ha seguido estrictamente el discurso oficial de la necesidad de continuar el apoyo europeo a Ucrania, a la que siempre ha defendido. La Unión Europea, que se jacta de sus valores de justicia y defensa de los derechos humanos, se plantea infringir sus propias normas para conseguir un objetivo más importante: garantizar que Ucrania siga teniendo hombres ahora que trata de contraatacar en diferentes partes del frente contra Rusia.
Absolutamente monstruoso, con implicaciones perturbadoras para el estado de derecho de la UE. La Directiva de Protección Temporal es la norma humanitaria emblemática de la UE. No puede excluir a los hombres porque la UE se arroga el poder sobre la guerra y la paz, sobre quién debe ser sacrificado y quién tiene derecho a vivir”, ha comentado Almut Rochowanski, activista feminista y parte del Quincy Institute, un think-tank estadounidense defensor de la paz que apuesta por la vía negociada hacia una resolución de la guerra de Ucrania.
“La propuesta surgió durante los debates sobre el futuro de la Directiva de Protección Temporal (TPD) de la UE, que permite a los ucranianos vivir y trabajar en toda Europa sin tener que pasar por los sistemas nacionales de asilo. El régimen, activado tras la invasión a gran escala de Rusia en 2022, está vigente actualmente hasta marzo de 2027 tras una prórroga acordada el año pasado”, explica el artículo de Euractiv, enmarcado en la preparación de la “eventual supresión gradual del programa”.
“Según un documento interno del Consejo de la UE al que ha tenido acceso Euractiv, entre las opciones que se barajan se encuentra la de prorrogar la protección temporal al tiempo que se reduce su alcance, por ejemplo, mediante «la exclusión de los hombres en edad de ser reclutados» o de las personas que no abandonaron Ucrania de forma legal”, añade el medio sin explicar que esas dos condiciones son redundantes. Quienes salen de Ucrania de forma ilegal son hombres en edad de ser reclutados, única población a la que, desde 2022, se le ha prohibido abandonar el país. Se adopte o no, esta propuesta es el primer paso para privar a la población refugiada ucraniana de los privilegios que han disfrutado con respecto a otras poblaciones en la Unión Europea. El motivo no es la mejora de la situación en Ucrania, donde las infraestructuras críticas se encuentran en unas condiciones cada vez más degradadas, la economía sobrevive únicamente gracias a las subvenciones y préstamos extranjeros y cualquier hombre en edad militar es susceptible de ser capturado por la calle o en su puesto de trabajo y ser enviado al frente. El motivo real es que la población ucraniana, que en un momento dado fue útil a la hora de imponer el discurso de humanidad de la Unión Europea y de crueldad rusa al desplazar a millones de personas de sus vidas, ahora es más útil en el frente, muriendo -o matando- por el bien de la causa común contra Rusia.
En un mundo desbocado en el que los países civilizados condenan a quienes califican de genocidio ver morir a miles de personas en directo en Gaza, Estados Unidos puede imponer sobre Cuba el equivalente moderno a un sitio militar y alega que la isla es un peligro para su seguridad nacional, países como Alemania se permiten el lujo de condenar a Irán por su respuesta a los bombardeos estadounidenses sin mencionar el ataque original, la Unión Europea se da el lujo de dar órdenes a China o un país como Emiratos Árabes Unidos puede impunemente armar y financiar a los grupos que están causando la mayor crisis humanitaria a nivel global, las sutilezas son innecesarias. Aunque los términos se habían conocido ya a lo largo de la semana, los comentarios de varios representantes europeos son incluso más directos. “Para nosotros es fundamental brindar protección a los ucranianos, pero al mismo tiempo hay que librar la guerra y ganarla”, afirmó Johan Forssell, ministro de Migraciones del Gobierno sueco plantando una idea para la que, según Politico, hay amplio apoyo europeo. “Para que eso suceda, es imprescindible que más hombres se queden en Ucrania y luchen”, sentenció, dejando claro que, al menos una parte del establishment de la UE está dispuesta a convertirse en parte del aparato de busificación de Ucrania para que los hombres de ese país cumplan con su misión: morir en nuestro nombre.
Comentarios
Aún no hay comentarios.