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Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Arrogancia diplomática

Ministro de Asuntos Exteriores y posteriormente viceprimer ministro de Ucrania durante momentos importantes, el año anterior a la invasión rusa y gran parte de los momentos de guerra de alta intensidad, Dmitro Kuleba es una persona cuya opinión es representativa del establishment político vinculado a Volodymyr Zelensky. Como otros muchos políticos del momento, Kuleba ha pasado por diferentes fases en su relación con Zelensky, desde el apoyo incondicional hasta la huida a través de la frontera con Polonia, supuestamente amenazado por una orden de detención imaginaria. Tras esa salida irregular del país, mucho más sencilla que la que han de realizar los hombres en edad militar y menor poder adquisitivo, el exministro se reconcilió con su antiguo jefe y, sin necesidad de explicar nada de ese extraño episodio, ha vuelto a su labor original de ejercer tareas de propaganda y relaciones públicas para el Gobierno de Kiev. Por esa posición, que le ha dado credibilidad ante los medios de comunicación occidentales, es interesante analizar sus palabras. Esta última semana, el exministro ha realizado una amplia labor de difusión de la narrativa que le interesa generalizar a Ucrania.

“Es justo decir que ni Ucrania ni Rusia están ganando la guerra”, escribió en las redes sociales. Con estas palabras, que contrastan con las continuas menciones de la Unión Europea y de los países miembros de la victoria de Ucrania, algo que insisten en que ven creíble por los recientes progresos ucranianos, Kuleba presenta una guerra detenida en la que ninguna de las partes va a ser capaz de derrotar completamente a la otra. Esta realidad es evidente desde 2022, cuando la ofensiva rusa se agotó y quedó claro que Rusia no llegaría a Kiev, pero que tampoco permitiría a Ucrania recuperar todo su territorio. Esta certeza se confirmó en 2023, cuando Ucrania tampoco consiguió los objetivos que había planteado para la contraofensiva. Las palabras de Kuleba, sin embargo, no pretenden ser la admisión de que esta guerra no puede ganarse y, por lo tanto, precisa de una verdadera diplomacia con la que buscar una solución negociada, sino una reafirmación de una fuerza exagerada y que no se corresponde con la realidad objetiva. “Para Zelensky, esto es una buena noticia: solo ayer, muchos pronosticaban su derrota. Para Putin, es una mala noticia: ya nadie cree seriamente que está ganando”, añade Kuleba pese a que solo los más radicales daban a Ucrania por derrotada o esperaban “ayer” una victoria completa de la Federación Rusa. Inventar una posible derrota pasada es útil ahora que hay que vender una igualmente imaginaria victoria futura o justificar la continuación sine die del statu quo, es decir, continuar luchando hasta conseguir el objetivo de una paz en la que Ucrania no tenga que aceptar concesiones que considera inaceptables.

Más diplomático que otros dirigentes políticos ucranianos, Kuleba no se limita a lanzar esa proclama de victoria, sino que la argumenta a su manera. “Putin no quiere terminar la guerra”, afirma sin mencionar que tampoco Zelensky quiere el final de la guerra en los términos en los que se produciría actualmente. “Parece tener cinco opciones básicas, pero después de cuatro años de guerra a gran escala, su problema central es claro: ninguna de ellas le garantiza un resultado. ¿Un avance tecnológico? Toma tiempo y no ofrece garantía de éxito. ¿Un avance táctico? Ucrania puede adaptarse más rápido de lo que Rusia puede convertirlo en una ganancia estratégica. ¿Movilización? El instrumento más barato del Kremlin, pero uno que eleva el coste doméstico de la guerra. ¿Un nuevo teatro de guerra? Puede desviar la atención, pero no garantiza una victoria rápida. ¿Armas nucleares? Efecto de shock, pero con consecuencias incontrolables para la propia Moscú”, escribe olvidando que el problema del tiempo en la tecnología es igual para Ucrania -que tendrá que esperar hasta enero para obtener las aeronaves que ha anunciado esta semana a bombo y platillo-, que Rusia ha demostrado tanta o más capacidad de adaptación a las novedades del frente, que es Ucrania y no Rusia quien sufre problemas de movilización o que la mención a armas nucleares es un lema de propaganda que incluso Kirilo Budanov ha negado. Pero, pese a la falta de realidad de esos puntos, todos ellos son creíbles ante la prensa y la clase política occidental, que los ha adoptado como propios para justificar lo mismo que quiere garantizar Kuleba, la continuación de la forma de actuar que se ha seguido hasta ahora, la guerra hasta que se considere oportuno.

Desde la superioridad moral de quien solo ve los problemas ajenos y no los propios, Kuleba entiende que “lo más probable” es que Vladimir Putin “haga lo que mejor sabe hacer: ganar tiempo. Avanzará, en fragmentos, por las primeras cuatro vías y seguirá amenazando con la quinta. Las opciones de Ucrania permanecen sin cambios: golpear más profundo, defender el cielo y fortalecer la resiliencia en casa política, financiera y militarmente. Esto ha funcionado hasta ahora. Puede seguir funcionando”.

Como cuando se habla de victoria, un término elusivo que nadie se atreve a definir, ya que implicaría plantear los objetivos reales, Kuleba no explica qué quiere decir que la actuación hasta ahora ha funcionado. Ucrania sigue perdiendo población, se acumula la destrucción y la situación económica hace que el país dependa de las concesiones extranjeras para mantenerse a flote. Pero, aun así, ese funcionamiento, es decir, la guerra, debe continuar. Y en su continuación, Ucrania, como ya presagia Kuleba, culpará siempre a Rusia por dilatar la negociación o alargar la guerra, algo en lo que Kiev y el propio Kuleba tienen experiencia para dar lecciones. Durante siete años, dos de ellos con Dmitro Kuleba al frente de la diplomacia, Ucrania consideró inaceptables las concesiones políticas que los acuerdos de Minsk le exigían para recuperar el territorio de Donbass. Como ahora, también entonces la prioridad era sostener la guerra a la espera de mejores condiciones para limitar las concesiones propias y exigir más a Rusia. El hecho de que las circunstancias hayan derivado en una guerra más amplia y destructiva o que las concesiones que se exigen a Ucrania ahora sean mucho más duras no implica arrepentimiento ucraniano, sino reafirmación. En la huida hacia adelante, repetir la estrategia no es signo de locura, sino de soberbia y de profundo desinterés por paliar el sufrimiento del pueblo ucraniano.

En ese discurso de victoria y de superioridad militar, económica y diplomática que presenta Kuleba, un mundo imaginario, pero que es suficiente para ganarse la continuidad del suministro militar occidental, destacan los juicios del pasado. Durante los años de Minsk -en los que se exigía a Ucrania concesiones políticas perfectamente aceptables en forma de un estatus especial mucho más reducido que las autonomías del Estado español o, por supuesto, ejemplos como el Kurdistán iraquí-, Ucrania no solo negociaba en el formato trilateral en el que compartía mesa con las Repúblicas Populares de Donbass y la OSCE, sino que contaba con un formato privilegiado, el de Normandía, en el que la otra parte de la guerra no tenía presencia y estaba representada por Rusia, cuyo interés no siempre se alineaba con el de la población de Donetsk y Lugansk. Ese era el motivo por el que el Gobierno de Zelensky siempre priorizó ese formato. Tratar de marginalizar a Minsk era la forma con la que Kiev intentó conseguir obligar a Rusia a ceder y entregar Donbass en bandeja de plata a Ucrania. En ese formato, Ucrania podía permitirse el lujo de anunciar a Francia y Alemania que Minsk era inviable, sutil forma de confirmar que Kiev no cumpliría jamás los compromisos adquiridos con la firma en el acuerdo, a sabiendas de que siempre iba a mantener el apoyo de París y Berlín. Esa era la utilidad del Formato Normandía, del que Ucrania se aprovechó durante años para evitar resolver la guerra de Donbass por la vía del compromiso que Zelensky había prometido realizar para conseguir la paz.

En la soberbia actual de un país que puede sobrevivir solo gracias a la ayuda de los países a los que critica, Ucrania se permite incluso renegar del Formato Normandía, creado precisamente para proteger al Gobierno de Kiev de estar solo ante el peligro en una negociación. “Poroshenko ya entendía que Normandía era realmente un formato de 3+1: Rusia, Alemania y Francia de un lado, Ucrania del otro. No porque Berlín y París quisieran vernos destruidos, sino porque imaginaban la paz a través de concesiones ucranianas”, afirmó Kuleba, sin explicar por qué entonces Normandía era el formato que Zelensky exigía que se celebrara y que presionó incluso a Andriy Biletsky para cumplir las condiciones que Rusia había impuesto para aceptar una reunión de jefes de Estado o de Gobierno. En aquel momento, Zelensky, que ya había decidido que Kiev no cumpliría jamás los acuerdos de Minsk, única hoja de ruta firmada en esta guerra, no buscaba la paz, sino utilizar la presencia de Francia y Alemania para presionar a Rusia en busca de la prórroga del acuerdo de tránsito de gas ruso a través del sistema ucraniano. En la arrogancia de la guerra, incluso esos países que permitieron a Ucrania negarse a cumplir los acuerdos de Minsk son susceptibles de ser considerados oponentes, aliados que no han hecho lo suficiente para apoyar a Kiev en busca de una victoria tan irreal hoy como lo era cuando Zelensky notificó a sus socios que Minsk era inviable, pero afirmó en la rueda de prensa conjunta que era la única salida a la guerra. En el discurso ucraniano, guerra y victoria se intercalan como sinónimos, siempre en busca de una posición mejor.

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