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Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, Zelensky

Del candidato de paz al presidente de guerra

El 20 de mayo de 2019, hace exactamente siete años, Volodymyr Zelensky se convertía en presidente de Ucrania. Consolidado ahora como una estrella de la política occidental gracias a la guerra, a su buen manejo de la comunicación política y el inestimable e incondicional apoyo de la prensa y el establishment político occidental, es curioso recordar al actual presidente de Ucrania como el joven aspirante a tecnócrata que ascendió como la espuma en las encuestas de opinión a medida que la popularidad de Petro Poroshenko se hundía en la miseria. El actual líder ucraniano llegó de la mano de uno de los principales oligarcas, Ihor Kolomoisky, de quien siempre se sugirió que era la fuente de financiación de su campaña, y sobre la cresta de la ola de la fama que le había otorgado su exitosa serie Servidor del Pueblo, que dio nombre al partido que ese año conseguiría la mayoría absoluta en la Rada.

Semanas antes de la primera vuelta de las elecciones, el aspirante a la reelección había realizado su último intento de impedir una derrota electoral que ya parecía inevitable. Sin más sentido que decretar la ley marcial, el Gobierno de Poroshenko envió a medio centenar de marines a transitar sin permiso ruso bajo el puente de Kerch. En esa situación, solo había dos opciones posibles: Rusia dejaba pasar a un contingente que no suponía ningún peligro, algo que Ucrania habría utilizado para su propaganda refiriéndose a la debilidad rusa, o eran detenidos y Kiev lo presentaría como una gravísima provocación. Previsiblemente, los marines fueron abordados y retenidos por la armada rusa, lo que causó una enorme ira en Ucrania, pero, sobre todo, un revuelo político no necesariamente por los hechos, sino por la actuación del presidente. El intento fallido de Poroshenko de decretar la ley marcial dejó clara la intención del presidente: evitar su derrota posponiendo las elecciones. Como Zelensky recuerda ahora cada vez que se le pregunta por cuándo se celebrarán las presidenciales pospuestas por la invasión rusa, la legislación ucraniana impide la celebración de comicios en situaciones de estado de excepción.

El triste intento de Poroshenko de utilizar la guerra en Donbass y el discurso de lucha contra Rusia como argumento para ganar algo más de tiempo fue la estocada final a una figura política tremendamente desgastada que, por falta de carisma y de soluciones, tiró por la borda su fácil victoria en 2014, primera ocasión en la que las elecciones ya no se realizaron en todo el territorio nacional. Poroshenko no inició la guerra esa primavera e incluso apoyó un alto el fuego temporal, pero la intensificó con la aspiración de terminarla “en días, no semanas”. Como ahora, durante su mandato, el Gobierno utilizó la situación militar para aumentar el gasto militar a costa de austeridad y privatización, todo ello mientras la narrativa de batalla contra Rusia se hacía fuerte a base del endurecimiento de una legislación que buscaba institucionalizar el discurso nacionalista como único aceptable en el país. El descontento de una parte del país, el sudeste, que aún no se había sometido al dictado de la política de la nueva Ucrania nacida en Maidan, se acrecentó especialmente con la situación económica. La guerra se llevaba los recursos y los créditos del FMI, el Banco Mundial y la Unión Europea venían acompañados de aún más recortes y de la progresiva eliminación de los escasos resquicios del Estado social que Kiev heredó de la República Socialista Soviética de Ucrania.

En 2019, había quienes se sorprendían de que “un payaso” -así era como algunos adversarios se referían despectivamente a Zelensky por su pasado en el cine cómico- hubiera ganado con tanta facilidad unas elecciones generales. El 73% de los votos que el actual presidente obtuvo en la segunda vuelta respondían al entusiasmo de una parte del país pero, sobre todo, al rechazo a la prolongación del mandato de Poroshenko, que ni había estabilizado la situación económica ni había logrado ganar o detener la guerra. Por aquel entonces, Zelensky solo tuvo que presentarse a sí mismo como lo contrario a Poroshenko, sin necesidad de un gran programa ni excesivos detalles sobre cuáles serían sus intenciones una vez alcanzada la presidencia.

La campaña del candidato Zelesnky se basó en ridiculizar a su oponente por su incapacidad para gestionar el país y lograr la paz. El principal acto de campaña fue un debate celebrado en un estadio de fútbol que se pareció más a una parodia que a un enfrentamiento político. Ni esa escenificación ni los lemas de campaña hicieron variar la realidad. Con su eslogan “ejército, fe, lengua ucraniana”, Petro Poroshenko prometía exactamente lo mismo que había ofrecido a la población durante sus cinco años de mandato. Zelensky solo tuvo que mofarse de la anticuada forma de hacer política de su oponente y prometer no ser como él.

Completamente desacreditado ante gran parte de la población, Poroshenko nunca tuvo ninguna opción de reelección, de ahí su intento de cancelar las elecciones. Pero, además, se encontró con un rival inesperado contra el que nunca supo luchar. En 2019 se repitió la situación que se había producido tras la desastrosa legislatura de Viktor Yuschenko, que había alcanzado la presidencia tras la Revolución Naranja, y que no tuvo opción de evitar el retorno de Viktor Yanukovich, que sería derrocado en Maidan, la Revolución de la Dignidad. La diferencia entre esos dos procesos electorales tras un mandato revolucionario catastrófico es que, en 2014, Ucrania no solo demonizó a Yanukovich y a su partido, sino que, a base de amenazas, hizo imposible la presencia física de Yanukovich en el país, un elemento más para la deslegitimación de todos aquellos partidos que no hubieran luchado activamente a favor del cambio irregular de Gobierno. La Ucrania de Maidan quiso asegurar que solo los partidos nacionalistas pudieran aspirar al juego electoral.

Eliminadas del tablero las principales opciones a las que podría haberse aferrado la población no nacionalista de Ucrania, que protestó contra el golpe de estado y rechazó la deriva nacionalista que había tomado Ucrania, la candidatura de Zelensky ocupó ese espacio. Por un lado, el candidato prometía que en su Ucrania se respetarían los derechos de toda la población. En referencia a la legislación del uso de la lengua, que Poroshenko había promovido de forma muy agresiva, iniciando el camino para eliminar el ruso de la esfera pública, las palabras de Zelensky se entendieron como una voluntad de rebajar el tono nacionalista del Estado. Por otro, la principal promesa del aspirante era trabajar por la paz en Donbass. “Haré todo lo que pueda para traer a nuestros chicos de vuelta”, afirmó la noche de la primera vuelta de las elecciones. “Continuaremos el camino de Minsk y llegaremos al final para detener el fuego, porque eso es lo más importante para nosotros, traer a nuestros chicos a casa vivos”, insistió.

“Me preguntan muy a menudo qué estoy dispuesto a hacer exactamente para detener la guerra. Es una pregunta extraña. ¿Qué estáis dispuestos a hacer vosotros, ucranianos, por la vida de vuestros familiares? ¿Qué? Os aseguro que, para que nuestros héroes dejen de morir, estoy dispuesto a hacerlo todo. Desde luego, no temo las decisiones difíciles, estoy dispuesto a perder mi popularidad, mis índices de audiencia y —si es necesario— estoy dispuesto a perder este cargo sin dudarlo para traer la paz”, ratificó en su discurso de la victoria el recién elegido presidente Zelensky, que precisó, eso sí, no estar dispuesto a ceder territorio. Minsk evitaba precisamente ese escenario, ya que suponía la recuperación de Donbass a cambio de concesiones políticas y económicas perfectamente viables. Sin embargo, la opinión del presidente cambió de forma inmediata.

Frente a las palabras del candidato, el presidente Zelensky nunca dio pasos hacia la implementación de los puntos políticos de esa hoja de ruta y rápidamente se rindió -posiblemente porque su lema de campaña solo fue eso, un lema- a las exigencias nacionalistas de no realizar concesiones a Rusia. Cumplir el acuerdo que Angela Merkel había negociado con Putin y Poroshenko era ya considerado una concesión a Rusia. Sin la más mínima originalidad, Ucrania continuó con la misma estrategia que había provocado el bloqueo político de las negociaciones desde su inicio: dilatar las conversaciones y negarse a negociar políticamente con Donetsk y Lugansk con el objetivo de mantener activa la guerra a la espera de que Moscú perdiera interés y cediera a las exigencias ucranianas de reescribir el acuerdo.

Hoy, no hay arrepentimiento por no haber intentado implementar al menos parcialmente los acuerdos de Minsk, cerrar la guerra de Donbass y hacer menos probable una guerra con Rusia. Esa guerra ha empoderado aún más a las tendencias nacionalistas de extrema derecha que ya habían alcanzado cotas de poder con Poroshenko, pero que han aumentado con Zelensky, no solo desde la invasión rusa. Antes de la guerra contra Rusia, el presidente ya había otorgado el título de Héroe de Ucrania a Dmitro Kotsiubailo, Da Vinci, miembro del ultraderechista Praviy Sektor.

El presidente de paz no se convirtió en presidente de guerra el 24 de febrero de 2022, sino que lo hizo progresivamente, a medida que renunció a sus dos principales promesas sociales -conseguir la paz y moderar el nacionalismo- para seguir la estela que se había iniciado en febrero de 2014. Libertarian -es decir, privatizador- en lo económico, tecnócrata en lo que respecta a la forma de gestionar el Gobierno, nacionalista en lo social y autoritario en la forma de acumular poder, el largo mandato de Zelensky, prolongado sine die gracias a la guerra, ha resultado ser una repetición ligeramente modificada -con menor gestión de la comunicación- de los postulados ideológicos de los de su predecesor.

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