“China sigue suministrando a fábricas de drones en Irán y Rusia a pesar de las sanciones de Estados Unidos”, publicaba la semana pasada The Wall Street Journal con un titular que sintetiza una idea que Volodymyr Zelensky lleva tiempo tratando de consolidar: un eje de potencias revisionistas que luchan colectivamente contra el orden internacional basado en reglas, concretamente las impuestas por Occidente. Desde esa línea ideológica, un ejemplo de ruptura del orden establecido es no acatar una orden estadounidense, el de aceptar las sanciones unilaterales no refrendadas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y que, por lo tanto, no son legalmente vinculantes para ningún Estado. La fortaleza geopolítica de los países se muestra en la voluntad de ignorar esas medidas que, en ocasiones, pueden acarrear consecuencias en forma de sanciones secundarias.
El artículo explica que “el 5 de marzo, mientras los ejércitos de Estados Unidos e Israel bombardeaban objetivos iraníes y Teherán lanzaba ataques contra Tel Aviv y los países del Golfo que albergan bases estadounidenses, se envió una avalancha de correos electrónicos desde un servidor ubicado en China”. Según el medio, el mensaje decía: “Estamos profundamente conmocionados e indignados por la agresión contra Irán, y nuestros corazones están con vosotros” y procedía de “Xiamen Victory Technology. La empresa se ofrecía a vender motores de diseño alemán utilizados para propulsar drones de ataque de un solo uso”.
“Estados Unidos ha prohibido la venta de esos motores, conocidos como Limbach L550, a Irán y Rusia. Han sido un componente importante del dron explosivo iraní Shahed-136, una versión del cual Rusia también ha estado utilizando ampliamente en Ucrania”, continuaba el artículo de The Wall Street Journal en referencia a las principales armas que vinculan las guerras de Ucrania e Irán. La noticia es la enésima publicación sobre la colaboración entre los tres países del eje revisionista al que Zelensky añade siempre a Corea del Norte, cuya participación directa en la batalla para recuperar los territorios perdidos de Kursk estuvo muy presente en el desfile del Día de la Victoria en Moscú. Como países ampliamente sancionados, la cooperación entre Rusia e Irán o Rusia y la República Popular de Corea no solo es lógica, sino que es prácticamente necesaria. Cuando precisó de ayuda para paliar una evidente carencia, el Kremlin no acudió a China, sino a Teherán en busca de un arma que ha resultado ser un punto de inflexión en la forma en la que se hace la guerra moderna.
Como admitía hace unos meses The Economist, ahora todos los países aspiran a copiar los Shahed por su eficiencia, especialmente en términos de coste-beneficio. Es más, esta misma semana, Estados Unidos se jactaba de su impecable diseño de un nuevo dron con el que anunciaba que “los combatientes estadounidenses siempre tendrán la ventaja tecnológica”. La imagen dejaba lugar a pocas dudas, un Shahed ligeramente modificado, más brillante y que es, en realidad, una copia de la copia alemana del dron desarrollado y producido por Irán, que Teherán vendió a Moscú en 2022 y que en años sucesivos Rusia ha modernizado y mejorado notablemente.
Antes de la primera agresión de Estados Unidos, Irán y la Federación Rusa habían firmado un acuerdo de asociación estratégica que abría la puerta a una cooperación militar mucho más amplia y que no estuviera marcada por las reticencias del pasado. Rusia tardó años en vender a Irán los sistemas de defensa aérea que Teherán requería y tanto Moscú como Beijing cumplieron el embargo de armas aprobado por Naciones Unidas. Sin embargo, la situación geopolítica y el claro intento de Estados Unidos y sus aliados de contener a ambos países obliga a un acercamiento ente ellos, deshaciendo parcialmente el logro de Kissinger de la ruptura sino-soviética, y también a generar formas de evadir las sanciones impuestas por Washington. No se trata tanto de minar el orden internacional basado en reglas, sino de sobrevivir en él ahora que queda cada vez más claro que la aplicación selectiva de esas normas está dirigida a mantener el stau quo de dominio de Estados Unidos, generalmente por medio de la amenaza del uso de la fuerza o la imposición de sanciones.
La guerra de Irán implica ambos aspectos y es ilustrativa de la forma en la que está reconvirtiéndose el escenario geopolítico. En ese sentido, Irán está mucho más cerca de cumplir el rol que Zelensky considera que debe ejercer Ucrania: ser el punto de inflexión sobre el que se reconfiguran las relaciones, se organizan las estructuras de seguridad y se castiga a ese eje de la agitación (axis of upheaval) que hay que derrotar por la vía militar y la económica. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado una respuesta persa mucho más sofisticada de lo esperado por los dos países agresores y por sus aliados del Golfo, que en algunos casos se han reafirmado en la apuesta por Washington y aumentan su dependencia -como Emiratos Árabes Unidos- y en otros empiezan a comprender, aunque sin ser capaces de hacer nada al respecto, que su vinculación a esa estructura de seguridad ha supuesto un lastre y ha colocado su territorio en un peligro innecesario.
En ambos escenarios, los acontecimientos se han desarrollado de forma paralela, aunque en Oriente Medio se ha dado paso de forma mucho más rápida a un proceso de rearme que responde a dos aspectos: haber comprendido que Irán, como Rusia en Europa, ha resultado militar y económicamente más resiliente de lo que esperaban y el temor a perder el paraguas de seguridad de Estados Unidos. Sin embargo, al contrario que Ucrania, la región del Golfo, el estrecho de Ormuz e Irán son elementos esenciales de la pugna política y económica de Estados Unidos para mantener su hegemonía frente al ascenso de China, para quien la zona es absolutamente clave en el suministro energético de su inmenso país. De ahí que, mientras Beijing no ha aportado ninguna asistencia a Ucrania durante los más de cuatro años de guerra, ha movilizado ya su logística para aumentar sus conexiones terrestres con Irán, una forma de esquivar el bloqueo naval estadounidense y esté aportando, según varios medios estadounidenses, información de satélite para las operaciones militares iraníes e incluso MANPADS, misiles tierra aire para tratar de derribar helicópteros o aeronaves agresoras.
La cuestión de la ayuda de Rusia y China, primera y tercera potencias nucleares respectivamente, es polémico y está sometida a fuertes dosis de propaganda. En diferentes momentos de esta guerra, Donald Trump se ha referido a la posibilidad de que China apoye a Irán en términos mucho más duros que en relación con Rusia. “Espero que no lo estén haciendo”, afirmó Trump en respuesta a una pregunta sobre la posible asistencia militar china a Teherán. Sin embargo, en el caso de Rusia, el presidente de Estados Unidos, en un poco habitual signo de realismo e incluso de comprender la reciprocidad, dio por hecho que el Kremlin estaba ayudando “un poco” a Irán, ya que Vladimir Putin “probablemente cree que nosotros estamos ayudando a Ucrania”. “Ellos lo hacen y nosotros lo hacemos”, admitió.
Según necesidades del guion, Rusia está ignorando las plegarias de Irán y abandonando a su aliado a su suerte o está siendo clave con su información de inteligencia, con la que Teherán ataca bases militares de Estados Unidos en la zona. Cualquier asistencia rusa a Irán es un reflejo del cambio en una relación en la que se ha pasado de las reticencias a una colaboración casi imprescindible y al reconocimiento de la capacidad iraní de absorber el golpe y provocar un inmenso coste económico a Estados Unidos y sus aliados. “Irán es un socio de Rusia que, incluso antes de esta guerra, ya generaba gastos a Estados Unidos sin que ello supusiera un riesgo para Rusia. Desde el punto de vista del Kremlin, es algo casi insustituible”, escribía el mes pasado en The New York Times Nicole Grajewski, cuyo último libro estudia precisamente la relación entre los dos países.
Nada indica que la actual guerra de Estados Unidos contra Irán, que se suma a una serie de intervenciones militares dedicadas -no siempre con éxito, como muestra la situación en Ormuz- a aumentar su control de la navegación marítima y del mercado global de energía, vayan a crear realmente una alianza político-militar entre China, Rusia y países como Irán. Sin embargo, la de tensar cada vez más la cuerda de la contención de ambos países, acosando o derribando a sus aliados o socios económicos en el mundo y la percepción de intento de imponer la voluntad de Estados Unidos, policía, juez y ejecutor de las normas, en todo el mundo obligan a endurecer posturas. En este sentido, China, con un enorme volumen de comercio con Estados Unidos, se encuentra en una posición más difícil a la hora de equilibrar sus relaciones. Para Rusia, sin embargo, la elección es mucho más clara. De la misma forma que Moscú puede permitirse el lujo de romper el bloqueo de Cuba, arriesgándose a sanciones secundarias a su comercio con Estados Unidos, tan reducido que no es sancionable, mientras China puede enviar paneles solares, pero no buques de petróleo, principal necesidad de la isla actualmente.
En el caso de Irán, también la conexión logística es más sencilla para Rusia que para China. “Para dos aliados que se han visto envueltos en guerras y que se enfrentan a más sanciones occidentales que cualquier otro país, esta vía fluvial ofrece una ruta para el comercio tanto abierto como encubierto —envíos que han ayudado a Irán a mantenerse como adversario de Estados Unidos a pesar de la abrumadora superioridad militar estadounidense—. Rusia está enviando componentes de drones a Irán a través del mar Caspio, según afirman funcionarios estadounidenses, lo que ayuda a Irán a reconstruir su capacidad ofensiva tras haber perdido aproximadamente el 60 % de su arsenal de drones durante los recientes combates. Los funcionarios hablaron de forma anónima para divulgar evaluaciones militares privadas”, escribía el sábado en su noticia de portada The New York Times en un artículo en el que añadía que, “los envíos de drones ponen de manifiesto la estrecha colaboración en materia de defensa entre Moscú y Teherán. Aunque es poco probable que los componentes rusos desempeñen un papel decisivo en la guerra de Irán contra Estados Unidos e Israel, contribuyen a reforzar el arsenal de drones de Teherán. Si los envíos continúan, ayudarán a Irán a reconstruir rápidamente ese arsenal”. Teniendo en cuenta que la modernización de los drones realizada en Rusia ha causado a Ucrania muchos más problemas que los Shahed originales, cualquier envío que llegue a través del Caspio supondrá, no solo reponer los arsenales, sino una mejora en las capacidades iraníes.
Según los datos disponibles, el Caspio no ejerce solo como ruta de suministro de armas, sino fundamentalmente para sortear el bloqueo naval impuesto por Estados Unidos. Las autoridades iraníes afirman que “los esfuerzos por abrir rutas comerciales alternativas avanzan a buen ritmo, y que cuatro puertos iraníes a orillas del mar Caspio trabajan sin descanso para recibir trigo, maíz, piensos para animales, aceite de girasol y otros suministros”. “Las autoridades comerciales rusas y las estadísticas portuarias también apuntan a un rápido aumento del tráfico marítimo por el mar Caspio en los últimos meses. Dos millones de toneladas de trigo ruso que antes se enviaban anualmente a Irán a través del mar Negro —ahora amenazado por los ataques ucranianos— se transportan por el mar Caspio, según afirmó Vitaly Chernov, jefe de análisis de PortNews Media Group, que realiza un seguimiento de la industria marítima rusa”, explica The New York Times. “En un contexto de inestabilidad en Oriente Medio, las rutas del mar Caspio hacia Irán parecen mucho más atractivas”, afirma Chernov. La necesidad de evitar riesgos en el mar Negro y la situación en Ormuz se unen para abrir una ruta escasamente utilizada, pero con potencial para unir Rusia con el sur de Asia y China con Asia occidental. En el marco de la guerra, cada intento ruso de esquivar problemas implica otro equivalente ucraniano para impedirlo. Este fin de semana se ha reportado un ataque en un puerto de Daguestán, uso de drones que continuará a medida que Rusia e Irán aumenten el flujo de tránsito a través del Caspio.
Aunque muy diferentes en su naturaleza y en lo asimétrico de la batalla, en un mundo globalizado, ningún escenario es completamente independiente a otro y los actores han de adaptarse a unas circunstancias que, en Eurasia, están directamente marcadas por las dos guerras, con paralelismos cada vez más claros.
Comentarios
Aún no hay comentarios.