“Nunca renunciaríamos a nuestros territorios. Nunca reconoceríamos la ocupación. Esta es nuestra tierra, no podemos negociarla”, afirmó ayer Kirilo Budanov, jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania y actualmente considerada una figura más abierta que Zelensky a la posibilidad de una paz negociada con Rusia. “Nadie quiere tratar con los débiles, el derecho internacional no funciona así”, añadió el exjefe de la inteligencia militar. Pese a lo aparentemente duro de sus palabras, no hay nada nuevo en ellas, ya que Ucrania ha dejado claro que ningún acuerdo va a hacer que renuncie a la idea de conseguir recuperar su integridad territorial en el futuro, por lo que no habrá un reconocimiento oficial de unas pérdidas que todas las partes dan por hecha. Es más, las palabras de Budanov solo ratifican esa segunda parte, no indican voluntad de Ucrania de seguir luchando en esta guerra hasta recuperar esos territorios. Las declaraciones son una afirmación vacía de la voluntad de mantener activo el conflicto político y, sobre todo, una retórica de fuerza que, a juzgar por las intenciones del actual Gobierno, se basará en un discurso de enaltecimiento de la guerra y de los veteranos que han participado en ella y en una fuerte militarización del territorio y de su industria.
En este sentido, Ucrania, que aspira a también a convertirse en una plaza fuerte para la deslocalización, espera jugar para la Unión Europea y el Reino Unido el papel que Israel juega para Estados Unidos en Oriente Medio. Un Estado hecho por y para la nación titular, una militarización de toda la sociedad y maltrato generalizado a aquella población que no se ajuste a la definición exigida de ciudadanía son algunas de las características que ambos países tienen en común. Si a ello se suma la cercanía de Tel Aviv a Washington, el aliado más deseado de Ucrania, puede entenderse por qué tanto Zelensky como Poroshenko han visto en Israel el ejemplo perfecto del país en el que quieren convertirse. Y, sin embargo, la relación Ucrania-Israel ha pasado en los últimos años por momentos de tensión, en un momento dado por el rechazo israelí al enaltecimiento de los héroes de Ucrania que colaboraron con el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, posteriormente la negativa a entregar a Ucrania armas de defensa aérea para luchar contra Rusia, signo de que Tel Aviv no quería alienar completamente a Rusia y actualmente a causa del grano de procedencia ucraniana que según Haaretz habría adquirido Israel y que ha provocado la ira de Zelensky y la queja de su ministro de Asuntos Exteriores.
“Las relaciones amistosas entre Ucrania e Israel tienen el potencial de beneficiar a ambos países y el comercio ilegal de Rusia con el grano ucraniano robado no debería socavarlas. Es difícil entender la falta de respuesta adecuada de Israel a la legítima solicitud de Ucrania respecto al buque anterior que entregó mercancías robadas a Haifa. Ahora que otro buque de este tipo ha llegado a Haifa, una vez más advertimos a Israel contra aceptar el grano robado y dañar nuestras relaciones”, escribió en las redes sociales Andriy Sibiha.
“Es un poco sorprendente viniendo de un país que apoyamos en foros internacionales, apoyamos de tantas maneras, incluyendo ayuda humanitaria… Pero probablemente así es la vida”, afirmó ayer Gideon Saar, ministro de Asuntos Exteriores de Israel, escasamente preocupado por la opinión de Ucrania. El motivo es similar al que hace que Zelensky se permita lujos como amenazar al entonces primer ministro de un país aliado, Hungría, o advertir a un enemigo, Alexander Lukashenko con dar el el tratamiento que Donald Trump dio a Nicolás Maduro. Tanto Israel como Ucrania sienten la impunidad de quien está protegido por Estados Unidos, una protección que supone un margen de maniobra del que carecen otros países. Sin embargo, al contrario que Tel Aviv, con décadas de certeza de que su actuación tiende a no acarrear consecuencias, el papel de Kiev es, pese a que Zelensky prefiera no admitirlo, mucho más precario. Esa diferencia no se limita a la capacidad de amenaza que los países pueden permitirse, sino que se extiende al tratamiento que les da Estados Unidos.
“Estados Unidos produce alrededor de 60-65 misiles Patriot por mes, eso son migajas. En el primer día del ataque a Asia Occidental, usaron tanto como producen en dos años”, comentó Zelensky hace unas semanas en una poco sutil crítica a la escasa cantidad de misiles para los sistemas Patriot que entiende que ha recibido Ucrania. Esa queja refleja la diferencia entre un proxy y un aliado, dos figuras que Zelensky suele confundir, pero que implican un tratamiento muy diferente. Por ejemplo, el presidente ucraniano se lamentó profundamente de la forma con la que Estados Unidos, el Reino Unido y Francia colaboraron en 2024 para derribar los drones y misiles iraníes disparados en represalia por sendos ataques israelíes contra intereses iraníes. Esa defensa se repitió nuevamente durante la guerra del pasado mes de junio y se ha repetido en la actual, en la que, al contrario que otros países aliados de Estados Unidos en la zona, Israel no ha recibido la visita del presidente ucraniano
Zelensky ha tratado de utilizar la guerra contra Irán como herramienta para devolver a Ucrania a la primera línea de la geopolítica, presentar a Ucrania como un escenario prioritario de una única guerra mundial, vender armas, obtener compromisos de inversiones militares de países extremadamente ricos y presentarse a Estados Unidos como útil para la causa común. Ucrania ha vendido a Arabia Saudí, Jordania o Qatar interceptores de drones que no parecen haber sido de gran utilidad -poco a poco, los medios estadounidenses van admitiendo que los daños sufridos por las bases militares estadounidenses y las infraestructuras de la zona son mayores de los admitidos inicialmente- y ha enviado expertos que no van a cambiar la naturaleza de la guerra, pero con los que Zelensky aspiraba a presentar a su ejército como una fuerza de vanguardia también en esta guerra.
Para sorpresa de Zelensky, siempre confiado en su capacidad de conseguir lo que quiere, incluidas recepciones de honor por parte de monarcas y dirigentes mundiales, la reacción de Israel no se asimiló a la de los países del Golfo y, como tras el 7 de octubre, cuando el presidente ucraniano quiso visitar Tel Aviv para mostrar su apoyo a Netanyahu momento en el que comenzaba la reacción israelí al ataque de la resistencia palestina, tampoco en esta ocasión se ha aceptado su presencia. Como es habitual, el argumento de Ucrania se limita a explicar cualquier obstáculo en su camino como una intervención rusa. Israel, entiende Kiev, no quiere romper completamente con Rusia. Durante años, esa relación se basó en el interés común de mantener el equilibrio en Siria, con un acuerdo de no agresión de facto entre ambos países, el compromiso ruso de impedir que tropas iraníes alcanzaran la frontera israelí y permiso tácito para los ataques contra ciertos objetivos en Siria. La caída de Bashar al Assad hizo innecesaria para Israel la coordinación con Rusia, pero el cambio geopolítico no modificó la demografía interna del país, que cuenta con un elevado porcentaje de población de origen ruso.
La noticia sobre la compra israelí de grano de procedencia ucraniana ha provocado una oleada de ira por parte de propagandistas proucranianos. “La verdad: Israel vota con Rusia en la ONU, recibe las llamadas de Putin y le permite lavar trigo ucraniano robado a través de Haifa mientras él arma a la gente que intenta matar israelíes. La verdad es fea, e Israel necesita rendir cuentas por esto”, escribía a su millón de suscriptores el excongresista Republicano Adam Kinzinger, que selectivamente olvidaba, por ejemplo, que Rusia e Israel votan de forma sistemática en bandos opuestos en Naciones Unidas, no solo en cuestiones de Oriente Medio, sino también en aspectos como el bloqueo de Cuba, votación en la que Tel Aviv y Ucrania acostumbran a ser dos de los pocos apoyos que obtiene Estados Unidos. Por supuesto, quienes reprochan a Israel una postura prorrusa ignoran, por ejemplo, que la aviación israelí ha bombardeado en varias ocasiones la central nuclear iraní de Bushehr, operada por Rosatom y con presencia de centenares de trabajadores rusos.
En paralelo al alegato sobre las filias prorrusas y antiucranianas que imaginan ahora lobistas de todo tipo, Ucrania añade otra idea. “También habría que entender la psicología ucraniana: el grano es profundamente sagrado para los ucranianos, especialmente desde el Holodomor. Hacer negocios con Rusia utilizando grano ucraniano robado no solo es ilegal y financia la guerra de Rusia, sino que también es profundamente ofensivo para la nación ucraniana”, escribió la periodista ucraniana Katerina Lisunova apelando, como tiende a hacer Ucrania, a un argumento emocional que poco tiene que ver con la realidad.
La ira ucraniana tiene una motivación clara en la que el grano no es más que un catalizador del intento de Ucrania de presionar, al más puro estilo Donald Trump, a uno de sus aliados. La deslealtad que siente Kiev no se limita al grano, sino que se extiende al rechazo israelí a entregar armas en 2022, a no haber enviado suficiente material militar en el momento en el que Israel entendió que podría permitirse alienar completamente a Rusia, la negativa de Israel a recibir a Zelensky en 2023 y el desinterés de Tel Aviv por permitir a Ucrania hacer su juego de propaganda desplegando unas defensas aéreas que Israel no necesita. Al contrario que otros países, incluida Ucrania, Israel dispone de su propia defensa y de la que le suministra Estados Unidos. Pese a su intento de presentarse como un país tan importante como Israel, Ucrania sigue sin entender la diferencia que hay a ojos de Estados Unidos entre Tel Aviv y Kiev. Esa y no la compra de un buque de grano procedente de los territorios ucranianos bajo control ruso -ya que han adquirido grano del mismo origen países como Egipto, Turquía, Líbano o Arabia Saudí también lo han hecho en el pasado sin crear ningún incidente diplomático- es el motivo de la ira de Ucrania. Kiev amenaza ahora con imponer sanciones contra el que siempre ha sido su modelo a seguir por adquirir grano procedente de lo que insiste en llamar “territorios temporalmente ocupados”, entre los que se encuentran, por ejemplo, Sebastopol y Kerch -origen desde el que salieron los buques a los que ha hecho el seguimiento Haaretz-, que Ucrania perdió hace doce años. Ucrania califica de «robado» todo el grano exportado de los territorios bajo control ruso, incluso aquel producido y exportado por las mismas personas que lo hacían antes del cambio de fronteras de facto.
“En cualquier país normal, la compra de bienes robados es un acto que conlleva responsabilidad legal. Esto se aplica, en particular, al grano robado por Rusia. Otro buque que transporta dicho grano ha llegado a un puerto en Israel y se está preparando para descargar. Esto no es –y no puede ser– un negocio legítimo. Las autoridades israelíes no pueden ignorar qué barcos están llegando a los puertos del país y qué carga están transportando”, insistió ayer por la tarde Zelensky en referencia al grano producido por los agricultores de los territorios del sur de Ucrania bajo control ruso y vendido a través de Rusia y no de Ucrania. Kiev, que criminaliza desde hace unos días el antisemitismo -entendido como la crítica a Israel-, que condena los movimientos de boicot, desinversión y sanciones contra los productos israelíes producidos en tierra robada a la población palestina expulsada de esos asentamientos y que siempre ha defendido la actuación de Israel en los territorios ocupados amenaza a Israel con “un paquete relevante de sanciones que abarcará tanto a aquellos que transportan directamente este grano como a las personas y entidades legales que intentan beneficiarse de este esquema criminal. También nos coordinaremos con socios europeos para garantizar que los individuos relevantes sean incluidos en los regímenes de sanciones europeos”. Hace apenas una semana, la Unión Europea rechazó suspender el Acuerdo de Asociación de Israel con la Unión Europea y, en su lugar, impuso más sanciones contra Irán por el cierre de Ormuz. Ni las más de 70.000 personas asesinadas en Gaza -800 de ellas durante el alto el fuego que Irán infringe sistemáticamente-, ni la ocupación del sur del Líbano, ni dos guerras ilegales contra Irán ni, por supuesto, las décadas de ocupación de Gaza y Cisjordania han conseguido que la UE imponga sanciones contra el Estado israelí. Puede que el grano ucraniano y Rusia consigan lo que parecía imposible. A eso aspira al menos Volodymyr Zelensky en su uso de la amenaza de venganza como herramienta para conseguir lo que quiere.
Comentarios
Aún no hay comentarios.