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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Irán, Israel, Minsk, Oriente Medio, Rusia, Ucrania, Zelensky

Doble vara de medir europea y ucraniana

La doble vara de medir de los países europeos quedó desenmascarada en Gaza. Tras años en los que cada acto de Ucrania era justificado ante la necesidad de luchar contra la ocupación rusa, la resistencia legítima de la población palestina fue condenada y demonizada y desde Bruselas, como desde Washington y Tel Aviv, se ha considerado el desarme y la desmilitarización de Gaza como la base sobre la que construir una resolución en la que la víctima, el pueblo palestino, quedaría a merced de la potencia ocupante. “Los europeos han expresado, con razón, su horror ante la muerte de civiles inocentes en Ucrania, pero los líderes de la UE permanecieron en su mayoría en silencio mientras Israel arrasaba Gaza. No solo han muerto muchos más civiles en Gaza que en Ucrania, sino que las acciones militares israelíes, según estimaciones publicadas en Foreign Affairs y en otros medios, podrían haber provocado la muerte de entre el cinco y el diez por ciento de la población de Gaza antes de la guerra —una cifra abrumadora, exponencialmente superior al número de víctimas de la guerra de Rusia en Ucrania”, escribía hace unas semanas Kishore Mahbubani, exembajador de Singapur en Naciones Unidas. “Nadie respeta a un sacerdote adúltero que predica la fidelidad conyugal en la iglesia. Pero así es como se ve a los líderes europeos en el Sur Global”, añadía para describir la percepción del resto del mundo que no forma parte de la burbuja occidental sobre la actuación europea en Palestina.

Esta coherencia se repite ahora incluso en aquellos países que han comprendido la ilegalidad de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y que han tomado algunas medidas para no participar de la guerra. Es el caso de España, que ha anunciado la prohibición del uso de las bases estadounidenses en su territorio y el uso de su espacio aéreo para misiones relacionadas con la agresión. Con condenas aún más blandas, otros países europeos, como Italia o Francia, han seguido la estela del Gobierno español, único que desde el primer día mostró su rechazo a la actuación estadounidense. Sin embargo, toda protesta o rechazo a la agresión contra un Estado soberano, sin provocación previa y cuando incluso representantes occidentales han confirmado que era posible el acuerdo nuclear que Irán buscaba y que Estados Unidos decía desear se ha producido desde posturas de falsa equidistancia o condenando directamente la respuesta iraní en lugar de la agresión original.

 “Las acciones de Irán están poniendo en riesgo la estabilidad económica mundial. Trabajaremos con nuestros socios para garantizar que la libertad de navegación se reanude lo antes posible”, escribió el jueves Úrsula von der Leyen, ignorando los varios miles de civiles asesinados por Estados Unidos e Israel en Irán y Líbano o la enorme destrucción de la que se jacta a diario Donald Trump. “Primero, los puentes; después, las centrales eléctricas”, proclamó ayer. En su línea de ignorar los valores europeos de defensa de los derechos humanos que dice predicar, la UE, como Estados Unidos, oculta cuál es la parte agresora y cuál la víctima para centrarse únicamente en el aspecto que le afecta, la cuestión económica. Ignorar los evidentes crímenes de guerra, culpar a la parte más débil y exigir que Irán detenga las represalias es más sencillo que abordar la causa del cierre del estrecho de Ormuz, la guerra de agresión por parte del aliado que le exige que intervenga militarmente para eliminar las consecuencias de su ataque.

El interés propio es también lo que está haciendo que Volodymyr Zelensky se haya lanzado a una cruzada mediática con la que tratar de colocar su mensaje en la prensa mundial y recuperar algo del protagonismo que ha perdido Ucrania ante una guerra regional de consecuencias económicas mundiales que puede afectarle directa e indirectamente. La reducción de envíos de armas estadounidenses a Ucrania y el aumento de ingresos que puede obtener Rusia a causa del incremento del precio del petróleo y el gas son los dos efectos directos contra los que trata de luchar Zelensky, que curiosamente ejerce un rol de defensor de evitar una guerra larga en Oriente Medio que contrasta con su actitud en Ucrania.

“Tenemos confirmación de mi inteligencia de que Rusia ha compartido y comparte información [con Irán], ellos comparten todo esto: muchas imágenes de satélite de diferentes objetivos en el territorio de los países de Oriente Medio”, declaró a NewsNation, precisando que “se trata de los Emiratos, de Arabia Saudí, de Qatar y de Jordania. En algunos aspectos, sobre algunos objetos, lo compartimos con los jordanos y se lo comunicamos a la parte estadounidense. Lo hicieron dos veces”. Zelensky insiste en utilizar sus datos de inteligencia, una fuente evidentemente parcial y cuyo trabajo es condicionar las circunstancias a su favor como único argumento. Los más de cuatro años en los que, por interés político, se ha tomado cada palabra que llegaba del SBU o del GUR de Budanov como hecho sin necesidad de verificación han dado a la inteligencia ucraniana un estatus de fuente indiscutible que vuelve a ser considerada prueba irrefutable, siempre por motivos políticos.

En una curiosa inversión de los términos, Rusia -o China, aunque es a Moscú a quien está culpándose del pecado de ayudar a un país atacado-, no puede aportar inteligencia sobre las bases militares desde las que un país es atacado es algo que merece condenas y sanciones. Ucrania, que el año pasado obtuvo inteligencia y permiso de Estados Unidos para atacar los intereses petrolíferos rusos, no solo tiene poca memoria, sino que utiliza la doble vara de medir europea que tanto molesta en el Sur Global. Es improbable que la gira de visita a los sátrapas del Golfo para obtener acuerdos de cooperación a cambio de unos interceptores que no están logrando defender los territorios vayan a cambiar la opinión de la población hacia Ucrania, un proxy que no esconde que su ejemplo a seguir es Israel. Posiblemente no ayuden tampoco las recientes palabras de Zelesnky sobre el primer ministro israelí, al que achacó no haber hablado con él en un año y medio y al que acusó de aspirar a mantener el equilibrio entre sus relaciones con Estados Unidos y con Rusia. La semana pasada, Israel atacó en dos ocasiones la central nuclear de Bushehr, operada por la Federación Rusa.

La doble vara de medir de Zelensky no se limita a Irán, sino que, como la europea, se extiende a Palestina, donde siempre ha mostrado su solidaridad con Israel y no ha tenido palabras para la situación de la población en territorio ocupado pese a que, como otros países del antiguo bloque socialista, Ucrania reconoce desde su independencia al Estado palestino. Como en la guerra de Irán, la narrativa ucraniana siempre ha pasado por hacer de Hamas un simple proxy del nuevo eje del mal con el objetivo de poder culpar a Rusia. Vincular las dos guerras no solo sirve a Zelensky para exigir más armas y sanciones contra Rusia, sino que es útil también para quienes aspiran a escalar cualquiera de las dos guerras, la de Oriente Medio o la de Ucrania. Esa imagen de una única guerra a nivel mundial, que el presidente ucraniano no ha dudado en calificar de Tercera Guerra Mundial, permite también a Zelensky dar consejos sobre cómo ha de librarse. La presencia de dos centenares de expertos ucranianos en la interceptación de drones es solo el primer paso para una influencia que Zelensky aspira a que sea política. Solo así podrá ganar la presencia y el prestigio suficiente para llamar la atención de Donald Trump, el hombre imprescindible del país sin el que Ucrania no ve creíble ninguna garantía de seguridad.

En 2019, Zelensky llegó al poder con un programa de limitación de legislación nacionalista, diálogo nacional y búsqueda del compromiso con Rusia para lograr el final de la guerra, entonces limitada a Donbass y concentrada en la línea de un frente estable desde la firma de los acuerdos de Minsk en 2015. Pese a su apabullante mayoría, Zelensky no solo no dio ningún paso hacia la paz, sino que continuó utilizando las mismas tácticas que su predecesor en la labor de dilatar hasta el infimito el proceso de negociación de una hoja de ruta que nunca tuvo intención de cumplir. En diciembre de 2019, Zelensky comunicó a Emmanuel Macron y Angela Merkel que los acuerdos eran inviables. Aun así, todos ellos ratificaron junto a Vladimir Putin una declaración en la que los acuerdos de Minsk eran definidos como la única vía posible para una resolución política al conflicto. La hoja de ruta de Minsk era inaceptable para Ucrania especialmente por dos motivos: hacía imposible la centralización política y cultural a la que aspiraba Maidan con la imposición del discurso nacionalista como único aceptable y no devolvía a Kiev el control del territorio más importante, Crimea. Ucrania eligió alargar artificialmente la guerra de Donbass aún a riesgo de que Rusia comprendiera finalmente que los acuerdos jamás iban a cumplirse e interviniera militarmente, como hizo en febrero de 2022. Ucrania, como los países europeos, siempre ha pensado que el tiempo corre de su parte: en los años de guerra de Donbass confiaba en que Rusia se agotara y finalmente cediera y ahora anhela el momento en el que la economía rusa estalle por los aires y el Kremlin se vea obligado a negociar en posición de debilidad y tenga que aceptar los términos impuestos por Kiev, Londres, París y Berlín. La Unión Europea trabaja incansablemente para conceder a Ucrania el deseo de contar con financiación y armamento para seguir luchando hasta ese momento que no llega.

Pero no todos los países son Ucrania ni todas las guerras han de prolongarse eternamente hasta conseguir todos los objetivos y evitar así una verdadera negociación en la que no se pueda simplemente imponer los términos de resolución. “Nuestro consejo, cuando nos lo pidieron, fue que pusieran fin a la guerra lo antes posible y se sentaran a negociar —aunque no pudieran sentarse a la misma mesa que Irán— y buscaran una solución diplomática para poner fin a la guerra. Pero eso depende de las partes”, afirmó Zelensky en referencia a sus conversaciones con los aliados árabes de Estados Unidos. La paz en Oriente Medio, sean cuales sean los términos, es demasiado importante para que todos los esfuerzos, sanciones, financiación y exportación de armas vuelva a centrarse en Ucrania.

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