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Alemania, Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

El mundo conocido

En busca de un lugar en un nuevo mundo que no vieron venir, los países europeos tratan de posicionarse como potencia geopolítica de una realidad que ya no existe y que, pese a sus esperanzas, no va a regresar. Londres, París, Berlín y Bruselas se encontraron cómodas el 24 de febrero de 2022, con una guerra en la que habían decidido luchar y de la que hicieron su principal proyecto político. El paso del tiempo y la decepción de no haber conseguido debilitar económica, política, social o económicamente a Rusia ha tardado tiempo en asimilarse y sigue habiendo quienes, como Kaja Kallas y Volodymyr Zelensky, no han perdido la esperanza de provocar el tan ansiado colapso ruso. Poco a poco, los países europeos vieron cómo el Sur Global se desmarcaba de sus sanciones contra Rusia, otorgando al país más grande del mundo un salvavidas para redirigir su comercio y esquivar las sanciones para adquirir aquellos productos necesarios y que no se producían a nivel doméstico, una dependencia fruto de la desindustrialización propia del continente, que se ha seguido de oeste a este y que hace de la frontera china un factor esencial para la resiliencia rusa.

Sin la firmeza de Volodymyr Zelensky, que ha inventado un inexistente nuevo eje del mal de potencias revisionistas autoritarias que luchan contra la democracia occidental y los valores europeos y cuyo poder exagera hasta la saciedad para crear un peligro igualmente imaginario -nadie en su sano juicio podría ver a Rusia, Irán y la República Popular de Corea como un adversario real a alianzas verdaderamente existentes como la OTAN-, también sus aliados occidentales se empeñan en vincular a esos actores internacionales para crear una situación en la que los conflictos son simples y la Unión Europea siempre tiene razón.

Aunque fue Mark Carney quien pronunció en Davos el tan alabado discurso en el que apelaba a la colaboración de las potencias medias, ese proceso ya estaba en marcha. Así puede verse en la cooperación de los miembros de los BRICS, la asistencia de Irán a Rusia en la guerra de Ucrania, el creciente comercio bilateral al margen de la estructura del dólar o el ascenso imperial de potencias secundarias como Emiratos Árabes Unidos, capaz de proyectar fuerza en países como Sudán, Yemen o Somalia, pero dependiente de Estados Unidos para poder volver a exportar petróleo a través del estrecho de Ormuz. Los países occidentales simplemente han comprendido ahora que sus certezas ya no lo son tanto. Achacando esa nueva situación a Donald Trump, considerado un verso suelto, una aberración en la evolución de Estados Unidos y no un síntoma de ella, los países europeos y sus aliados mundiales -las partes de dominio blanco del viejo Imperio Británico, la República de Corea y Japón- mantienen aún la esperanza de la elección de un Demócrata o Republicano “normal” con quien volver a recuperar la centralidad geopolítica de la OTAN. Mientras tanto, mantener viva la imagen de una alianza defensiva que opera según las bases de la legalidad internacional -esa que, en su opinión, hacía posible el bombardeo de Belgrado, la destrucción de Libia o la independencia de Kosovo, pero no la de Crimea- es una de las principales obsesiones de Carney, Kallas o Zelensky. Y todo ello depende de dos ficciones: la idea de la buena OTAN, un grupo de amigos que es preciso preservar hasta que Estados Unidos comprenda que su rechazo a Europa no le será beneficioso, y el dogma de la Europa de los valores y la defensa de la multilateralidad.

Adalid de esos valores y con la credibilidad de ser el único país europeo que se desmarcó desde el primer momento de la guerra de Estados Unidos contra Irán, haber reconocido el Estado de Palestina y haber utilizado -dos años tarde, eso sí- la palabra genocidio para definir la masacre israelí en Gaza, el Gobierno de España ha hecho gala de esa postura estos días en Beijing. “El colapso del derecho internacional se hace patente en las dos crisis mundiales más destacadas de la actualidad: la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania y la guerra en Oriente Medio. Se está gestando un nuevo mundo, caracterizado por la competencia y una política de poder coercitiva; un orden mundial dominado por un puñado de potencias militares que pretenden establecer esferas de influencia. Por eso, el apoyo de la UE a la ONU es ahora más crucial que nunca”, afirmó Pedro Sánchez según citaban ayer los medios españoles. Esa visión es perfectamente coherente con una de las iniciativas globales que Xi Jinping presentó el año pasado. La iniciativa de gobernanza, detallada el pasado verano en la cumbre de Shanghai, se basa en la soberanía, derecho internacional, multilateralismo, un base centrada en las personas y pone el foco en buscar una actuación integral, “acciones coordinadas globales, movilización de recursos diversos y optar a resultados visibles”. Mientras Estados Unidos actúa unilateralmente en Oriente Medio y exige a sus aliados de la OTAN que envíen buques, un día para reabrir Ormuz y al siguiente para bloquear el bloqueo iraní del estrecho, el mundo presentado por China se asemeja mucho a la paz de Naciones Unidas que también parece anhelar Pedro Sánchez.

Como demuestra el discurso pronunciado por Kaja Kallas en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas este lunes, las apariencias son solo superficiales. “El colapso del derecho internacional se hace patente en las dos crisis mundiales más destacadas de la actualidad: la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania y la guerra en Oriente Medio. Se está gestando un nuevo mundo, caracterizado por la competencia y una política de poder coercitiva; un orden mundial dominado por un puñado de potencias militares que pretenden establecer esferas de influencia. Por eso, el apoyo de la UE a la ONU es ahora más crucial que nunca”, afirmó la Alta Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad, recalcando claramente “la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania” cuando hay que apuntar contra el enemigo y la “guerra en Oriente Medio” cuando hay que proteger al aliado, incluso ahora que solo reparte reproches e incluso amenaza con abandonar la OTAN. La esperanza de que Washington vea la luz y comprenda que la OTAN y la lucha común contra Rusia es la política central de nuestros días no desaparece. Y en su intento de hacer global esa batalla contra Moscú, debilitar al enemigo requiere convencer al oponente. De ahí que, en su discurso del lunes en Beijing, Pedro Sánchez mencionara ejemplos como Irán, Líbano, Gaza y Cisjordania al destacar que China “hace mucho” por el derecho internacional, “pero puede hacer más” y, tras una pausa dramática, añadiera un sutil “también en Ucrania”.

Perdidos en un presente que no entienden y luchando contra enemigos y aliados para conseguir volver al mundo conocido, los países europeos buscan volver a poner a Ucrania en el centro de la geopolítica, con la obligación moral de apoyar a Kiev, afeando en cada ocasión posible la actuación de China, que ha continuado comerciando con Moscú y ha vendido material de “uso dual” a Rusia -también a Ucrania, cuyos drones también están producidos con componentes chinos, detalle que se destaca menos habitualmente-, y ocultando la agresión inicial de Estados Unidos para no tener que condenar a su principal aliado. “Insté a la reanudación de las negociaciones suspendidas en Islamabad, al esclarecimiento de los malentendidos y evitando cualquier escalada adicional”, escribió ayer Macron sobre sus conversaciones con Trump y Pezeshkian, siempre sin distinguir entre agresor y agredido.

“Exigimos el fin de la guerra de agresión rusa contra Ucrania: No aceptaremos una debilitación de la UE y la OTAN. Nos comprometemos a favor de más conversaciones para un plan de paz. Esto incluye seguir apoyando a Kiev frente al agresor ruso”, afirmó ayer Friedrich Merz coincidiendo con la enésima visita de Volodymyr Zelensky a la Unión Europea, donde el presidente ucraniano insistió en que Kiev no quiere “una OTAN light o una Unión Europea light”. Ucrania exige, además con inmediatez, antes de 2027, “una adhesión completa a la Unión Europea”. El único motivo por el que Zelensky no menciona una adhesión completa a la OTAN es el mismo por el que Merz se refiere a la necesidad de conversaciones de paz: que Estados Unidos insiste en que la OTAN es una línea roja y la guerra ha de resolverse por medio de la diplomacia. Más fiables para determinar las intenciones que las palabras, los hechos muestran que la postura europea no ha cambiado. Así lo muestra que las elecciones húngaras hayan sido leídas como un gran éxito europeo en gran parte en clave ucraniana y se haya exigido a Peter Magyar rapidez a la hora de desbloquear la emisión de deuda con la que la Unión Europea pondrá en manos de Kiev 90.000 millones de euros con los que continuar luchando dos años más, una financiación que ha de utilizarse, al menos en sus dos tercios, en la adquisición de armas. Al fin y al cabo, como insistió el ministro de Asuntos Exteriores alemán, “Ucrania está luchando por la libertad de Europa”. “O Ucrania se convierte en una parte integral del sistema de seguridad europeo, o algunos en Europa correrán el riesgo de convertirse en parte del mundo ruso”, había afirmado Zelensky horas antes en su sutil vídeo mensaje para preparar una nueva gira europea para exigir más armas, financiación y apoyo incondicional para Ucrania.

“La OTAN y la UE pueden beneficiarse verdaderamente de tenernos como un socio fuerte. Nuestro ejército es poderoso, y nadie necesita un ejército ucraniano «light» en estas posiciones. Esto es beneficioso para ambas partes”, sentenció ayer el presidente ucraniano, que anunció un acuerdo de cooperación militar con Alemania, uno más de los muchos acuerdos bilaterales que ha obtenido Ucrania, que aspira a jugar para Europa el papel que Israel juega para Estados Unidos. Con ello, Ucrania consigue 4.000 millones de euros más para que la UE pueda luchar por la paz por medio de la fuerza, concretamente la militar, como lo hace Estados Unidos. La insistencia europea en hacer girar toda su política exterior alrededor de la causa del mantenimiento de la guerra contra Rusia indica que el sentimiento es mutuo. Quizá esa sea una de las causas por las que la UE hace juegos malabares para exigir un alto el fuego en Líbano sin mencionar a Israel y prefiere condenar a Irán y prometer a Trump una misión “pacífica” y “defensiva” para Ormuz una vez que se pacte la paz y se insista en no sermonear a los aliados y admitir que la guerra contra Irán es ilegal, pero siempre sin osar condenar a Estados Unidos, una relación demasiado importante cuando el objetivo es volver a recuperar el mundo del 24 de febrero de 2022.

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