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Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Estambul, Minsk, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

Finlandización

“Lo que tenemos en la actualidad son, fundamentalmente, dos bloques, dos grupos de potencias capitalistas. Tenemos ante nosotros a todas las grandes potencias capitalistas del mundo —Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Alemania—, que durante décadas han seguido tenazmente una política de rivalidad económica incesante con el objetivo de alcanzar la supremacía mundial, someter a las naciones pequeñas y multiplicar por tres o por diez los beneficios del capital bancario, que ha atrapado al mundo entero en la red de su influencia”, afirmó Lenin en un discurso pronunciado en mayo de 1917, aún en plena Primera Guerra Mundial, un conflicto que había hecho militar una disputa entre potencias e imperios por los flujos financieros y económicos y por el reparto del mundo. Años de militarización tensaron tanto la cuerda que finalmente la movilización de unos y el cheque en blanco de otros dio lugar a una guerra que se llevó por delante a Europa, deslegitimó completamente el sistema sobre el que se había sostenido el continente y dio lugar a toda una serie de cambios, entre ellos el declive final del anterior hegemón, el Reino Unido, y el inicio de la transformación de Rusia en el enemigo destacado de los países occidentales.

Aunque las diferencias con la situación de hace algo más de un siglo son evidentes, lo son también algunos elementos comunes: la militarización, el discurso belicista que exagera la potencia del enemigo para justificar una inversión militar cada vez mayor o el enfrentamiento por esferas de influencia y control de los flujos comerciales y financieros. En el continente europeo, esta situación se da en el marco de una guerra abierta que nadie parece ser capaz de detener a pesar de sus consecuencias y de los riesgos que implica. La guerra y las finanzas siempre van de la mano y los inversores extranjeros tienden a ser, junto a las grandes corporaciones de armas, algunos de los grandes vencedores. A la espera del mejor momento y buscando generar la mejor posición para cuando el ruido de los cañones dé lugar al de la maquinaria de construcción, los grandes bancos analizan al detalle cada parte de la guerra para preparar a sus inversores para el día después.  

Las enormes cantidades que se mueven en una reconstrucción o reconfiguración de posguerra implican también grandes riesgos. En la guerra de Donbass, por ejemplo, las inversiones que no llegaban fueron una de las grandes quejas. Nadie podía permitirse invertir en reconstrucción cuando lo restaurado podía ser destruido en cualquier momento. Con una guerra mucho más intensa y que requerirá de inmensas cantidades de financiación, tanto el rédito como el riesgo pueden ser mucho mayores. Teniendo en cuenta que está dirigido a inversores que arriesgarán grandes sumas de dinero, es interesante analizar la visión que presentan los grandes bancos sobre el estado de la guerra.

“En un momento en el que las esferas de influencia están resurgiendo como un marco geopolítico muy utilizado, las condiciones de cualquier acuerdo sobre Ucrania serán analizadas minuciosamente en las capitales de Asia y Oriente Medio, y en ningún lugar más que en Beijing. Los gobiernos están sopesando cuánto valen los compromisos de seguridad occidentales y los inversores están evaluando la solidez de los marcos normativos que sustentan el comercio transfronterizo y los flujos de capital. Un mundo en el que se acepta de hecho la agresión territorial a gran escala —aunque sea parcialmente— es uno en el que aumenta la prima de riesgo asociada a operar en economías más pequeñas y expuestas. El resultado de esta situación determinará los cálculos del riesgo geopolítico mucho más allá de Europa”, escribe en su informe de mayo de 2026 JP Morgan, que plantea la guerra de Ucrania en términos de credibilidad occidental y de la erosión de las normas establecidas que entiende que supone el previsible cambio de fronteras que espera de esta guerra. Las agresiones a gran escala realizadas durante décadas por los países occidentales y que, en ocasiones, han dado como resultado el cambio de fronteras o la creación de Estados fallidos no son, aparentemente, un motivo para preocuparse por el aumento de la prima de riesgo asociadas a operar en esas economías.

Por la naturaleza de la audiencia a la que se refiere, el informe no analiza al detalle las perspectivas militares o la situación de la población -un detalle sin importancia para los actores internacionales-, sino que plantea el contexto en términos de posibilidades para sus inversores. El punto de partida es la certeza de que el final de la guerra llegará por medio de un acuerdo y que la resolución del conflicto no se producirá en un campo de batalla que considera bloqueado en una guerra de desgaste que, en algún momento, quizá este mismo año, dará lugar a un proceso diplomático en el que el resultado tendrá implicaciones políticas y económicas. Con datos del Banco Mundial, JP Morgan estima en 195.100 millones de dólares los daños que se han producido en Ucrania, una cantidad superior al PIB del país en 2024 (190.700 millones de dólares). Y, aunque se congratula por la entrega de los 8.100 millones del Fondo Monetario Internacional y los 90.000 millones del crédito europeo, se lamenta de que no se haya dado el paso de expropiar los activos rusos retenidos en la Unión Europea como parte de un “paquete de prosperidad” de 800.000 millones de dólares para diez años que supondría algo similar al Plan Marshall que Ucrania lleva exigiendo desde 2022. En cualquier caso, JP Morgan ve la guerra, no como la tragedia humana que es o incluso como riesgo de prolongación o expansión de un conflicto, sino como una oportunidad. En la guerra no solo ganan quienes se aprovechan de la industria de la muerte, sino quienes saben utilizar los recursos públicos que afloran tras la paz para beneficio propio.

“Es casi seguro que cualquier acuerdo implicará una cierta relajación de la estructura de sanciones impuestas a Rusia que ha transformado los mercados de la energía y las materias primas desde 2022; el alcance y el ritmo de esa flexibilización serán una variable clave para las empresas expuestas a los mercados energéticos, de materias primas y financieros rusos. Un acuerdo también abriría lo que podría ser una de las mayores oportunidades de inversión en reconstrucción de esta generación”, explica. A estas alturas, parece que a nadie se le debería escapar que, a mayor destrucción, mayores oportunidades. “La forma en que Occidente apoye a Ucrania en esta fase final determinará cómo los inversores y los gobiernos valorarán el riesgo geopolítico en los próximos años”, continúa el informe, que entiende que la situación para Ucrania ha mejorado ligeramente en el último año.

Las perspectivas de degradación rápida de la situación militar y financiera se han estabilizado, el creciente uso de drones equilibra ligeramente el contexto militar -aunque admite que la superioridad rusa sigue siendo una realidad- y la concesión del crédito europeo implica que Ucrania dispone de algo más de margen en términos de supervivencia económica. Sin embargo, admite que “el tiempo no juega a favor de Ucrania. A medida que la situación financiera de Ucrania se agrava, las presiones en el campo de batalla persisten y la atención de Occidente se divide cada vez más, la influencia relativa de Moscú aumenta”. La visión occidental se centra en no aceptar que, incluso con golpes que aspiran a la espectacularidad, como utilizar más de 600 drones contra Rusia, como Ucrania hizo ayer, la realidad de la guerra persiste. Es más sencillo explicar en términos de reproche que no ha sido posible derrotar a Rusia como la Unión Europea y la administración Biden pensaban conseguir utilizando el arma económica. No es la división interna ni una asistencia insuficiente lo que ha llevado a la guerra a la situación actual sino la propia realidad de las partes enfrentadas. Solo la asistencia internacional y la inmensa y constante movilización de recursos, inédita en este volumen en una guerra proxy, ha impedido la derrota de Ucrania y ha garantizado el sostenimiento del Estado, totalmente dependiente de la financiación de sus socios.

La configuración geopolítica a la que se refiere JP Morgan en vistas a una posible resolución parte de su valoración de hace un año, cuando Ucrania se encontraba en un momento crítico, presionada militarmente por su enemigo ruso y políticamente por su aliado estadounidense. “En nuestro informe de mayo de 2025, estimamos que lo más probable era que Ucrania se viera obligada a aceptar un acuerdo poco deseable con Rusia, «al estilo de Georgia», que, con el tiempo, la volvería a situar en la órbita de Moscú”, afirma el informe actual. Ahora, JP Morgan considera que “la trayectoria más probable de Ucrania ha pasado de un escenario «similar al de Georgia» a un desenlace más «similar al de Finlandia». Finlandia cedió alrededor del diez por ciento de su territorio a la Unión Soviética en 1944, pero mantuvo su soberanía, prosperidad y alineamiento con Occidente durante décadas a pesar de no contar con garantías de seguridad occidentales formales ni con fuerzas en su territorio antes de su adhesión a la OTAN en 2022. Aunque ninguna analogía es perfecta, prevemos un resultado similar para Ucrania: uno que preserve la soberanía y el alineamiento con Occidente, pero que no alcance una paz plenamente justa o segura”. El argumento parte de una falsa premisa, que Georgia se encuentra bajo la órbita de Moscú. En este mundo simplista en el que si no estás conmigo, estás contra mí, la postura de Tblisi rechazando abrir un segundo frente contra Rusia o unirse a las sanciones contra Moscú ha supuesto acusaciones de traición a la causa occidental para volver a la órbita rusa. Georgia y Rusia no han normalizado relaciones desde que se rompieran tras la guerra de 2008 y Moscú ni siquiera dispone de una embajada en el país.

Irónicamente, los escenarios de Georgia y Finlandia, que JP Morgan utiliza para enfatizar que la situación de Ucrania ha mejorado en el último año, son exactamente el mismo: pérdida de algunos territorios y neutralidad bajo una política de alineamiento con Occidente, pero con relaciones económicas -indirectas en el caso georgiano- con Moscú. Pero, lo que es más importante, la admisión de que el final de la guerra puede producirse según el escenario finlandés, es el reflejo de lo inútil de la guerra. La finlandización que Ucrania y Occidente han rechazado durante tantos años, era el modelo que en 2021 pudo haber evitado la guerra, salvado las vidas de centenares de miles de personas en Rusia y Ucrania y evitado la destrucción masiva que se ha producido desde entonces.

La cuestión de la finlandización también fue objeto de un reciente artículo publicado por The Kiyv Independent, que lo utilizaba, no para defender la paz, sino para justificar la continuación de la guerra. “El artículo argumenta que, al luchar durante otros dos años y perder eventualmente el resto de la región de Donetsk, Ucrania logrará la finlandización y, por lo tanto, retendrá su soberanía. Pero Ucrania podría haber salvado la mayor parte o todo su territorio, en efecto la mayor parte de la región de Donetsk, incluida Mariúpol, optando por la finlandización hace años”, comentaba entonces Leonid Ragozin. Con el cumplimiento de los acuerdos de Minsk y la aceptación de la neutralidad -o el compromiso de la OTAN de no expandirse a Ucrania-, no solo se habría evitado la invasión rusa, sino que Ucrania habría limitado las pérdidas territoriales a Crimea. En la primavera de 2022, la oferta rusa era similar, solo que incluía la pérdida de Donbass. Cualquier planteamiento de finlandización que se produzca ahora ha de tener en cuenta la enorme destrucción que esa opción habría evitado hace cuatro, cinco o más de diez años. Esta opción “ha estado sobre la mesa desde 2014. Cuando eventualmente se selle en piedra, los ucranianos tendrán razón al preguntar por qué el gobierno no optó por ella en 2026, 2021, 2015, etc”, escribió Ragozin, que se preguntó “¿para qué fue el sacrificio? ¿Para volver al punto en que Ucrania estaba en 2013, pero con el 20% del territorio, un cuarto de la población y gran parte de la infraestructura crítica perdidos?”.

Resignarse a una opción que ha estado ahí antes de que la guerra provocara los daños que harán necesaria una reconstrucción multimillonaria y el país perdiera una parte importante de su población debería llevar a una reflexión, más aún si se presenta la finlandización como reflejo de la mejora de la posición de Ucrania. Sin embargo, no hay arrepentimiento ni admisión por parte de Ucrania, sus aliados occidentales o medios, expertos o think-tanks que durante una década han rechazado la opción de la neutralidad como una línea roja inaceptable de que su intransigencia ha contribuido activamente en el camino hacia la guerra, una opción que, desde 2014, han considerado menos mala que una paz por medio del compromiso.

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