Hace apenas unos días, un artículo publicado por The New York Times proclamaba a Volodymyr Zelensky “líder del mundo libre”, una caricaturización de la situación llevando prácticamente al absurdo la analogía de la lucha de lo que Branko Milanovic llama el “Occidente colectivo” contra Rusia y la Guerra Fría. En el artículo, el presidente ucraniano era el ejemplo a seguir, el modelo al que aferrarse en un contexto geopolítico en crisis y en el que escasean las certezas. El texto de David French es el caso más extremo de un enaltecimiento que roza la hagiografía y que se generalizó en 2022. Ese efecto ha decaído desde entonces ante el aumento de la fatiga de la guerra, la demostración evidente del autoritarismo del líder y la pérdida de importancia internacional de la causa ucraniana ahora que la guerra en Europa compite por la atención mediática con guerras cuyas consecuencias sociales son mucho más dramáticas y que tienen, como ocurre con Irán, implicaciones económicas globales más relevantes de lo que tuviera Ucrania hace cuatro años.
En la parte opuesta del espectro, la cuestión que más ha lastrado esta última década la opinión internacional sobre Ucrania es, sin duda, la corrupción. Mientas la definición del país como el más pobre de Europa, una realidad antes incluso de la invasión rusa, era rebatida y se exigían evidencias, calificarlo como el más corrupto del continente siempre ha sido más sencillo y, en muchos casos, ni siquiera era necesario aportar pruebas. Dar por hecho, por ejemplo, que una parte importante de la financiación occidental para la guerra acaba en ciertas manos o que un porcentaje relevante de las armas enviadas por los socios europeos son vendidas en el mercado negro son dos de las líneas habituales de la narrativa. La corrupción ha sido también un elemento central de las campañas electorales, cuando en Ucrania aún se celebraban elecciones, ya limitadas por la prohibición de cualquier partido mínimamente de izquierdas o no lo suficientemente antirruso. El propio Zelensky llegó al poder aupado por una campaña con tres promesas básicas: conseguir una paz por medio del compromiso y el diálogo con Rusia, rebajar el contenido nacionalista de la legislación que había impuesto su predecesor y atajar la corrupción. Por aquel entonces, encerrar a Poroshenko era uno de los lemas de campaña.
Siete años después y sin elecciones a la vista debido a la situación militar y al escaso interés por conocer la opinión de una población ahora desperdigada por el mundo, el diálogo con Rusia se plantea en términos de imponer sus condiciones a Moscú escudándose en la fortaleza europea y ya nadie aboga por reducir los excesos nacionalistas a los que la invasión rusa ha dado aún más alas, pero la cuestión de la corrupción permanece estable. Eso sí, la veleta ha girado y ahora las miradas no están puestas solo en Poroshenko o en los oligarcas que forman parte de esa familia política, sino también en el entorno de Zelensky.
En noviembre del año pasado, en el peor momento posible por las dificultades que Ucrania sufría en el frente y en la retaguardia, estalló el escándalo que derribó al hasta entonces todopoderoso Andriy Ermak, mano derecha del presidente ucraniano, vicepresidente de facto y un hombre que había acumulado en sus manos tal poder que en Estados Unidos y la Unión Europea había quienes se preguntaban si trabajaba para Zelensky o era al revés. Las revelaciones de aquel momento, centradas en una trama vinculada a la empresa nacional de energía atómica, afectaron directamente a varias personas del círculo cercano del presidente. Tanto Zelensky como Ermak procedían de Kvartal 95, la productora audiovisual que produjo la serie Servidor del Pueblo, nombre que también se dio al partido político con el que llegó al poder en una campaña financiada, entre otros, por el oligarca Ihor Kolomoisky, hoy en prisión acusado -en su opinión, como venganza política- de corrupción. Entre otras tramas desveladas por medio de grabaciones telefónicas que dieron lugar a la Operación Midas, se acusaba a un grupo de personas encabezado por el socio de Zelensky en la productora, Timur Mindich, de lavado de dinero por valor de 100 millones de dólares.
En aquel momento, la enorme cifra económica que se creía que los acusados habían saqueado de las arcas del Estado, el hecho de que fuera precisamente en el sector de la energía, que sufría en ese momento a causa de los drones y misiles rusos y sometía a la población a la oscuridad, y la cercanía de Ermak y Mindich a Zelensky habrían sido letales para la credibilidad de cualquier otro presidente, especialmente teniendo en cuenta lo ocurrido unos meses antes. En verano, Zelensky había tratado de poner las estructuras anticorrupción -la Fiscalía (SAPO) y la Agencia Anticorrupción (NABU)- bajo el control de su Gobierno en lugar de permanecer teóricamente independientes. Ese intento de imponer el control del Estado provocó una revuelta de ciertas clases medias vinculadas al tercer sector y a la financiación occidental que explica la independencia de esas estructuras y en beneficio de quién se crearon. Creyendo que la impunidad que le ha garantizado su estatus de líder del mundo libre se extendía a poder actuar contra unas estructuras creadas por los países occidentales y hechas a su medida, Zelensky movió ficha, pero tuvo que retractarse de forma prácticamente inminente tras una llamada al orden de la Unión Europea. El margen de maniobra de Zelensky se limita a la guerra y no se extiende a la actuación política, especialmente en lo que respecta a instituciones cuya finalidad es mantener el control de los flujos económicos. Sin más posibilidad de salvar su credibilidad que dejar caer a su mano derecha, Zelensky cesó a Ermak, dejó escapar a Israel a su amigo Mindich que, al contrario que miles de ucranianos anónimos que huyen de la guerra, pudo hacerlo de forma tranquila y legal y esperó que las aguas se calmaran. El escándalo costó el puesto al ministro de Energía y deslegitimó completamente al exviceprimer ministro Oleksiy Chernyshov, pero salvó la situación para Zelensky, que rápidamente recompuso su círculo para introducir a personas vinculadas al aparato de seguridad, una garantía en tiempos de guerra.
Durante meses, el escándalo se ha traducido en lucha política partidista, pero no en causas penales con posibilidad de dar lugar a condenas ni en medidas para paliar el abuso de poder de una clase dominante que se enriquece incluso durante la guerra, cuando el nivel de vida de la población colapsa por completo. NABU y SAPO han sido, al menos hasta ahora, instrumentos de venganza política entre familias y elementos con los que crear discurso político, pero nunca han sido herramientas útiles para realizar la labor para la que teóricamente fueron concebidas. La situación cambió ligeramente ayer, con el anuncio de la presentación de cargos contra Andriy Ermak tras un registro realizado la noche anterior. Los acontecimientos se producían apenas unos días después de que medios de comunicación vinculados al sector liberal-nacionalista, el tercer sector y las subvenciones de la Unión Europea comenzaran a publicar nuevos audios en los que Mindich, Ermak y compañía volvían a quedar en evidencia. El hecho de que diputados como Oleksiy Honcharenko, conocido por pasearse por la Casa de los Sindicatos de Odessa antes de que se retiraran los cuerpos quemados de las víctimas el 2 de mayo de 2014, haya sido uno de los principales difusores de las grabaciones indica la importancia política de las revelaciones.
Los nuevos audios se centran en cuestiones tan prosaicas como la corrupción para la edificación de viviendas de lujo, causa por la que Ermak está ya a la espera de ver a un juez para conocer si hay medidas preventivas como la detención previa al juicio. “Las principales agencias anticorrupción de Ucrania anunciaron el 12 de mayo que habían imputado a seis sospechosos en el marco de una amplia investigación por blanqueo de capitales centrada en una urbanización de lujo a las afueras de Kiev, ampliando así una de las investigaciones por corrupción más delicadas políticamente que se han llevado a cabo en el país en los últimos años. Según la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania, conocida como NABU, los imputados son un exviceprimer ministro, un presunto cabecilla de la trama de corrupción de Energoatom y otras cuatro personas. Aunque no se les menciona en el comunicado de la oficina, Timur Mindich, un colaborador cercano del presidente Zelensky, y el exviceprimer ministro Oleksiy Chernyshov se encuentran entre los imputados”, explicaba ayer The Kyiv Independent.
“Según ha informado una fuente policial a The Kyiv Independent, los sospechosos del caso Energoatom habrían entregado dinero a Chernyshov para la construcción de las viviendas de lujo. La fuente añadió que una de las viviendas de lujo situadas cerca de Kiev, financiada a través del entramado de corrupción de Energoatom, estaba destinada a Ermak”, añade el artículo, que en ningún momento se refiere a Zelensky pese a que las sospechas desde el principio apuntan a que esas viviendas de lujo estaban destinadas a Mindich, Ermak y el propio Zelensky. La principal labor de los medios afines es ahora garantizar que la reputación del presidente ucraniano no queda manchada pese a lo evidente de su cercanía a personas investigadas por saquear las arcas del Estado que dirige.
Pero pese a que la cuestión Ermak está siendo la más publicitada, el centro del actual escándalo es el tráfico de influencias para conseguir contratos del Gobierno en el sector más lucrativo en un país en guerra: la producción militar. Las grabaciones se centran fundamentalmente en la joya de la corona de las start-up militares ucranianas, Fire Point, empresa que produce los misiles Flamingo que ahora atacan Rusia y que cuenta con contratos multimillonarios con el Estado para la producción de drones. Esta es, posiblemente, la industria más lucrativa de Ucrania y lo será mientras la guerra continúe. En las grabaciones puede escucharse a miembros del círculo de Timur Mindich ejerciendo de lobby de Fire Point, cuya propiedad es una de las grandes incógnitas, ya que se cree que el exsocio de Zelenesky es, en realidad, el principal beneficiario. Hace apenas tres años, Fire Point era una agencia de casting. Ahora se jacta de unos misiles que -falsamente- afirma que son más potentes que los Tomahawks estadounidenses.
Destacado solo por medios alternativos, uno de los mensajes que pueden escucharse en los audios publicados es la preocupación de la trama por la posibilidad de la paz, tras la que los contratos militares podrían quedar en nada. “Mientras Vova esté ahí, sobreviviremos”, afirma uno de los implicados en referencia a Volodymyr, Vova, Zelensky. El presidente ucraniano ha hecho la vista gorda ante el evidente tráfico de influencias de su círculo y solo dejó caer al hombre que más poder había acumulado en sus manos cuando la elección era Ermak o Zelensky. Dejar caer a su jefe de gabinete fue el precio a pagar por una supervivencia por la que el presidente ucraniano ha demostrado a estar dispuesto a todo.
Como en aquel momento, también ahora las revelaciones son, a la vez, una trama rusa con la que tratar de deslegitimar a Ucrania y una muestra evidente de que Ucrania no es Rusia y la corrupción se destapa y se castiga, dos argumentos contradictorios utilizados indistintamente en un contexto informativo en el que la coherencia no es necesaria. Las publicaciones de estos días y la posible imagen de quien fuera su mano derecha hasta hace cinco meses vuelven a suponer un problema para Zelensky, que ya no cuenta con la carta de cesar a un alto cargo, fingir sorpresa y alegar que la trama no le afecta y que solo se limita a su círculo político y social más cercano.
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