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Donbass, Donetsk, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

90.000 millones para la guerra

“El prorruso y euroescéptico Rumen Radev gana las elecciones legislativas en Bulgaria con hasta el 39 % de los votos”, escribía el primer titular de la agencia EFE sobre las elecciones búlgaras el pasado fin de semana, asegurando que esas dos etiquetas, prorruso y euroescéptico aparecían al principio para que la audiencia, posiblemente no muy versada en la política de un lugar tan desconocido, adivinara rápidamente que la menguante población del país había votado mal. La noche empeoró aún más para quienes leen cada proceso electoral europeo en clave rusa, ya que Radev, exmilitar y que ha ratificado su compromiso con la OTAN y la UE, podrá gobernar en solitario. Por primera ocasión en una década, Bulgaria podría disponer de la estabilidad necesaria para implementar un programa político y no ceñirse únicamente a tratar de garantizar la supervivencia de coaliciones imposibles. Sin embargo, ese detalle que es el bienestar de un país que pierde población ante la emigración y la depresión económica, no es prioritario frente a lo más importante, cuál puede ser la postura de Radev con respecto al enfrentamiento con Rusia.

Desde la base de que cualquier manifestación de una política que no sea considerada lo suficientemente antirrusa es susceptible de considerarse colaboración con el Kremlin, el rechazo de Radev a olvidar el pasado común, el vínculo histórico y a no renunciar a las relaciones económicas con Rusia se ve ahora como una amenaza en potencia. “Rusia parece estar en camino de recuperar cierto grado de influencia dentro de la Unión Europea después de que el expresidente prorruso de Bulgaria, Rumen Radev, haya obtenido una mayoría aplastante en unas elecciones que permitirán a su partido formar un gobierno de manera unilateral”, titulaba al día siguiente de las elecciones The Washington Post. La obsesión por hacer de cada proceso político de la Unión Europea un referéndum sobre Rusia y de cada resultado electoral incómodo una herramienta de control ruso sobre Bruselas atraviesa el Atlántico.

Esa lectura es lógica teniendo en cuenta que el peligro ruso, entendido en el sentido amplio y no limitado a lo militar sino extendido también a lo económico y político, es el que justifica la ruptura continental y la actual política de vincular la suerte de la Unión Europea a Estados Unidos a pesar de su relativa pérdida de hegemonía y sus guerras ilegales. “Rusia es el enemigo”, afirmó el miércoles la exprimera ministra de Finlandia Sanna Marin, la socialdemócrata que aguantó las lágrimas posando junto a Zelensky en el funeral de un fascista, el héroe de Ucrania Mijailo Kotsiubailo, Da Vinci, miembro del Praviy Sektor. Desde su salida de la primera línea de la política, Marin ha reconducido su carrera hacia el lobismo, actualmente de la mano de Tony Blair, orgulloso miembro de la Junta de Paz de Donald Trump. En el discurso de Marin, el peligro ruso llama a un cambio. “No podemos depender de Washington”, afirmó en referencia a la cuestión militar en un momento en el que Estados Unidos reniega abiertamente de la OTAN y ha dejado claro que no participará en la misión de paz que Macron, Starmer y Merz llevan meses preparando para Ucrania una vez que se produzca, si es que se produce algún día, un alto el fuego. “Europa necesita fuerzas militares unificadas que incluyan a Ucrania”, añadió remarcando que no se trata de una ruptura con Estados Unidos, ni siquiera un alejamiento, sino de fomentar la militarización que, de cualquier manera, pasa por adquirir armas a Washington.

En ese rearme, la militarización de un continente partido en dos en lo político, económico y militar, con una estructura de seguridad construida contra una de las grandes potencias regionales, Ucrania es una parte integral. Tal y como exige Zelensky, que ha insistido otra vez en que no quiere una Unión Europea light sino la adhesión completa y el protagonismo que considera que merece su país, el plan de Marin -que es el de Blair y el del establishment político que representa- implica una integración militar de Ucrania en la Europa del rearme contra Rusia. Como se ha sabido esta semana, la integración militar que defienden tanto Kiev como gran parte de la clase política europea no supone necesariamente aceptar al país como aliado político. Para disgusto de Zelensky, las buenas noticias económicas que ha recibido esta semana su país no se extienden a las políticas y no hay intención de las grandes potencias europeas de fomentar el acceso rápido y completo de Ucrania en la Unión Europea, el premio de consolación que Kiev exige para poder olvidar la negativa de la Alianza Atlántica de presentar un plan de acceso claro y con una fecha estimada en la OTAN.

Al contrario que en Bulgaria, donde ahora se cuestiona cuál será la postura con respecto al clima de enfrentamiento permanente con Rusia, los resultados electorales húngaros han desbloqueado el gran proyecto económico de la UE para Ucrania, paralizado durante meses debido al veto del Gobierno de Orbán. Tras la luz verde inicial del miércoles, ayer se ratificó finalmente la emisión de deuda común de 90.000 millones de euros para financiar durante dos años más al Estado y al ejército ucraniano. Como se aprobó a finales del año pasado, dos tercios de esa cantidad tendrán que ser utilizados para la adquisición de armas, con lo que la UE deja claro cuál es el valor de Ucrania, una herramienta militar de la que se espera que continúe luchando en esta batalla común contra Rusia.

El préstamo -que, en realidad, no lo es, ya que no se va a pedir a Ucrania su devolución hasta que Rusia pague unas reparaciones de guerra que nunca va a aceptar- fue aprobado a finales de 2025 y fue el plan B tras el fracaso de la idea inicial de expropiar los activos rusos retenidos en la UE, rechazado por el país más expuesto a la respuesta rusa, Bélgica. Todo se torció hace tres meses, cuando comenzó la saga del enfrentamiento entre Ucrania y Hungría, entre Zelensky y Orbán, a quien el presidente ucraniano lanzó una escasamente velada amenaza. “Esperamos que cierta persona de la UE no bloquee los 90.000 millones ni el primer pago de esa cantidad y que los soldados ucranianos puedan recibir sus armas. De lo contrario, facilitaremos la dirección de esa persona a las fuerzas armadas, para que puedan llamarle y hablar con él en su propio idioma”, afirmó Zelensky en clara referencia a Orbán y con unas formas que le valieron la reprobación de la Unión Europea y la crítica severa de Peter Magyar, futuro primer ministro de Hungría.

La disputa era más profunda que un oleoducto, ya que se remontaba a la postura de Orbán en defensa de la negociación con Rusia para finalizar la guerra de Ucrania, pero fue la destrucción del Druzhba lo que hizo estallar definitivamente la relación entre Ucrania, Hungría y Eslovaquia. Desde entonces, Orbán centró su campaña en el enfrentamiento con Ucrania, una estrategia que no le benefició electoralmente y que dio a Zelensky la posibilidad de utilizar sus herramientas para apoyar a la oposición. En un contexto de crisis económica, retrasar -casualmente hasta apenas un par de semanas después de la victoria electoral de la oposición -la finalización de la reparación del oleoducto que Ucrania rechazaba reconstruir es una clara estrategia de sabotaje económico con intereses de favorecer la derrota electoral de su enemigo.

El cambio de postura de Hungría, que ha levantado el veto a los 90.000 millones para la guerra de Ucrania ha sido analizado de forma simplista e interesada alegando los resultados electorales. Nadie ha explicado que Eslovaquia haya retirado sus reticencias al préstamo, a la deuda y al 20º paquete de sanciones contra Rusia sin que haya mediado ningún proceso electoral. La reparación del oleoducto Druzhba, el último que aún transitaba petróleo ruso a varios países de la Unión Europea, garantizando ingresos de venta a Rusia y de tránsito a Ucrania, siempre fue el precio de Hungría y Eslovaquia, para los que el aspecto económico y la protección del suministro energético de sus países ha sido el principal factor a tener en cuenta más allá de su amistad o no con Moscú o de su rechazo a la continuación del suministro militar a Ucrania.

Sin ninguna duda de que la financiación iba a llegar tarde o temprano, Zelensky se congratulaba el miércoles de la luz verde final. “La aplicación de nuestro acuerdo con la Unión Europea para desbloquear un paquete de ayudas de 90.000 millones de euros para Ucrania a lo largo de dos años ya está en marcha, al igual que un nuevo paquete de sanciones contra Rusia por esta guerra. El desbloqueo es la señal adecuada dadas las circunstancias actuales. Rusia debe poner fin a su guerra. Y los incentivos para ello solo pueden surgir cuando tanto el apoyo a Ucrania como la presión sobre Rusia sean suficientes”, escribió Zelensky, celebrando la concesión de los fondos y la aprobación de aún más sanciones, pero exigiendo todavía más, signo inequívoco de la certeza de que tampoco el 20º paquete va a lograr el objetivo de destruir la economía rusa.

Ucrania seguirá demandando más armamento, financiación, apoyo político y diplomático y sanciones contra Rusia. Y desde Kiev, Bruselas y los grandes medios, se seguirá señalando como prorrusos y euroescépticos a quienes osen no defender a ultranza la guerra hasta el final o defiendan la necesidad de no perpetuar la ruptura continental.

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