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Alemania, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, UE, Unión Europea

«El camino hacia Europa»

Alemania “debe asumir un papel de liderazgo dentro de la Unión Europea”, afirmó ayer en un encuentro con estudiantes, el canciller alemán Friedrich Merz, que añadió que “si nos unimos mejor y hacemos más cosas juntos, podríamos ser al menos tan fuertes como Estados Unidos”. Este idealismo irrealizable, ya que Estados Unidos lleva décadas de ventaja en aspectos como el militar, armamentístico y se ha garantizado la subordinación europea en aspectos tecnológicos y energéticos, parte de un doble argumento geopolítico. Por una parte, la forma en la que la segunda administración Trump está tratando a los países europeos teóricamente aliados obliga a países como Alemania a enfrentarse a la realidad de haber dejado de ser un escenario principal en el teatro de operaciones de la lucha de grandes potencias. Por otra, el continente, con el temor de la posibilidad de perder la atención de Estados Unidos, que había aportado su paraguas de seguridad desde la posguerra para que los países europeos pudieran desarrollar sus estados de bienestar para desarrollar un modelo con el que contener al comunismo, se enfrenta a esa situación partido en dos y con una guerra de la que tiene que ocuparse.

Aunque sin ninguna base real sobre la que construir el argumento, la narrativa que está gestándose es la de la pinza de Putin y Trump. Según esa teoría -si es que puede llamarse así al cúmulo de alegaciones generalmente inconexas e incoherentes de personas como Michael McFaul o Gary Kasparov-, el aislacionismo y repliegue continental de Donald Trump es un retorno al mundo de las esferas de influencia en el que Estados Unidos dominaría América, China dominaría Asia y Rusia, Europa. Ya que se trata de un argumento narrativo, no hace falta explicar cómo eso es compatible con el intento de perpetuar la ruptura continental provocada por la guerra de Ucrania o la labor de Estados Unidos para conseguir expulsar definitivamente a Rusia del mercado energético europeo occidental. Esa labor se remonta a hacer varias décadas y ha comportado la lucha contra el Nord Stream -atacado en septiembre de 2022 por medio de una trama muy similar a la que Estados Unidos había detectado y, supuestamente, ordenado detener-, las sanciones contra las grandes petroleras rusas, la orden a los países europeos de cesar sus adquisiciones de energía de Rusia y, en el último año, la ayuda a Ucrania para atacar militarmente las infraestructuras de producción y exportación de petróleo ruso.

Sin las garantías de seguridad de Estados Unidos, insiste la teoría según filtran periódicamente diferentes servicios secretos europeos, Rusia podría estar preparada para invadir algún país europeo en los próximos años. Teniendo en cuenta que solo se trata de justificar una serie de decisiones políticas, económicas y militares ya tomadas, tampoco hace falta explicar cómo las tropas rusas van a invadir un país báltico, o incluso Polonia, si, por ejemplo, sigue luchando por lugares como Volchansk, a menos de diez kilómetros de su frontera, después de dos años de iniciada la batalla.

La suma de un peligro, el ruso, que no hace falta que se concrete y una realidad, Estados Unidos que ya no quiere cargar con el coste del grueso de la seguridad en Europa, tiene como consecuencia el actual discurso belicista, que se manifiesta en datos como los que ayer publicó el SIPRI, que apuntó a un enorme aumento del gasto militar europeo. En el informe destaca el descenso en el gasto estadounidense, fundamentalmente referido al abandono de la asistencia militar a Ucrania, que ha pasado de ser receptor de ayuda a un comprador importante que adquiere el material a través de los países europeos de la OTAN, cuyo gasto militar ha aumentado notablemente. Aunque los tres grandes ejércitos del mundo -Estados Unidos, China y Rusia- copan el 50% del gasto mundial, Alemania se sitúa en cuarto lugar, con un aumento de la inversión en el sector de defensa muy superior al de, por ejemplo, Rusia. El liderazgo alemán se percibe claramente en la militarización del continente, que no se produjo en 2022 a raíz de la invasión rusa de Ucrania, sino en 2025, cuando Donald Trump notificó a los aliados que Europa ya no es una prioridad para Estados Unidos.

En la última década, Rusia, en guerra desde 2022, ha aumentado el gasto en un 96%, mientras que Alemania, en paz, lo ha hecho en un 118%. Ucrania, en gran parte gracias a las subvenciones y créditos que ha recibido de sus aliados occidentales, ha aumentado su gasto militar en un 1501%, un incremento que, en parte explica el aumento del gasto militar en los países europeos que adquieren para Kiev las armas procedentes de Estados Unidos. Alemania, uno de los principales proveedores de Ucrania, ha hecho del país el séptimo en gasto militar total. Quienes insisten en la épica de la guerra asimétrica lo hacen en referencia a Rusia, tercer presupuesto mundial, que duplica el de Ucrania, pero prefieren no profundizar en la diferencia existente entre la suma del gasto estadounidense e israelí (primero y undécimo gasto militar respectivamente) y el de Irán, que ni siquiera aparece en el top-15.

Irán y Ucrania siguen siendo dos de los temas más comentados en los países europeos. Ayer, Úrsula von der Leyen insistía en que es “demasiado pronto” para retirar sanciones contra Irán, un comentario obvio teniendo en cuenta que la UE introdujo nuevas medidas coercitivas contra el país persa, agredido por dos potencias nucleares que, por supuesto, no van a recibir ninguna sanción por parte de la UE o sus estados miembros. También el canciller Merz se refirió ayer a la guerra en Oriente Medio. “Una nación entera está siendo humillada por el liderazgo iraní. En este momento, no veo qué estrategia de salida están eligiendo los estadounidenses”, afirmó el dirigente alemán. Parte de esa idea, especialmente la completa ausencia de visión estratégica de salida del conflicto, es algo que puede aplicarse a los países europeos en relación con la guerra de Ucrania, en la que, hasta ahora, Bruselas y otras capitales europeas han sido incapaces de presentar un plan de victoria o uno de retorno a la diplomacia en busca de una resolución. Es más sencillo ver las carencias ajenas que aceptar que, desde hace prácticamente un año, los países europeos insisten en una idea que nunca iba a producirse: la exigencia de imponer a Rusia un alto el fuego con la vaga promesa de negociaciones futuras.

Las palabras de ayer de Friedrich Merz, que posiblemente tenga que matizar en el futuro, apuntan a cierta consciencia de lo inviable del discurso europeo. “Es de esperar que, en algún momento, se firme un tratado de paz con Rusia. Entonces, es posible que una parte del territorio de Ucrania deje de ser ucraniano”, afirmó el canciller alemán con una admisión poco habitual en la que dio por hecho que habrá un cambio de fronteras y, sorprendentemente, mencionó un tratado de paz, mucho más improbable que la modificación territorial. Pero más allá de ese nada común alarde de realismo, los comentarios de Merz sobre Ucrania han insistido en qué pueden hacer los países europeos por Ucrania más allá de la asistencia militar, que, como muestra la concesión de otros 90.000 millones de euros para financiar dos años más de guerra, va a continuar. Al igual que casi todo en Europa occidental, la solución a todos los problemas, también los de Ucrania, pasa por la adhesión a la Unión Europea.

“Si el presidente Zelensky quiere presentar esto a su propio pueblo y conseguir el apoyo de la mayoría, y si es necesario celebrar un referéndum, entonces debe poder decirle al mismo tiempo a la gente: «Les he abierto el camino hacia Europa»”, afirmó Merz con unas palabras que son exactamente lo que Kiev desea escuchar. El papel de Bruselas es “dar pasos hacia Ucrania que sean creíbles, irreversibles y que, en última instancia, conduzcan a la plena adhesión a la Unión Europea”, afirmó Merz que, sin embargo, precisó que “Zelensky tenía la idea de entrar en la UE en enero de 2027. Eso no va a funcionar. Incluso el 1 de enero de 2028 no es realista”.

Alemania es uno de los países que defienden la idea de dar a Ucrania la zanahoria de una adhesión sin derechos con una promesa de participación completa en la UE que recuerda a la propuesta que Merz, Macron o Starmer han tratado de imponer a Rusia: alto el fuego ahora y negociación en un futuro indeterminado. Zelensky ha de poder decir a su población que Ucrania se unirá a la Unión Europea, pero siempre sin entrar en analizar en qué condiciones y Bruselas ha de mantener el interés de Kiev, a quien, como afirmó ayer el canciller “no podemos perder ante Rusia, ni siquiera en el sentido de emocional de la percepción”. Pese a los doce años de discurso nacionalista de odio a todo lo ruso y una brutal guerra desde hace cuatro años, Friedrich Merz aún teme la posibilidad de que Ucrania pueda -otra vez, como ya ha hecho en el pasado- alejarse de la UE y acercarse nuevamente a Rusia.

Ucrania es demasiado útil para los países miembros de la Unión Europea como herramienta de la lucha común contra Rusia, pero no es una necesidad objetiva como un aliado al que habrá que financiar durante décadas. Mientras Kiev espera el momento en el que se le ofrezca la adhesión light o se abra la puerta a la entrada de pleno derecho en un futuro a largo plazo siempre por determinar, Alemania seguirá liderando la Unión Europea del rearme y la militarización.

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